Las desventuras de Arlecchino.- Carlo Goldoni
Centro Cultural de Garrucha, 19 de noviembre de 2022
MDM Producciones
Adaptación: Mauricio Albera
Actores: Daniel Vignolo; Mauricio Albera; Rex de los Ríos
La grandeza del teatro no reside ni se mide solamente en las grandes salas; es más, será en las pequeñas salas de localidades de provincia, de público heterogéneo, dispar en formación y gustos e ideas sobre el teatro, donde realmente puede tomarse el pulso del valor del trabajo de las compañías y la consistencia del texto. Dicho lo cual, reconozcamos, en primer lugar, el extraordinario acierto de estos grupos teatrales al saber hacer de puente entre la obra representada y el público asistente con su conocimiento de la psicología del espectador y el despliegue de recursos teatrales muy eficaces para que se produzca esa comunión y complicidad necesaria entre actores y público.
El argumento de “Las desventuras de Arlecchino” es simple; Arlecchino o Arlequín, es un sirviente al que le ocurren toda suerte de desgracias, robos, golpizas, engaños, enredos y falsas denuncias que lo llevarán a prisión. Tras los diferentes incidentes sufridos y estando al servicio de un burgués filántropo y con problemas familiares a los que Arlecchino se ve forzado a remediar sin conseguirlo, todo se resolverá felizmente para él a quien el altruista burgués reconocerá su buena intención y mejor corazón.
La pieza original de Carlo Goldoni ha sido traída a la actualidad, tocando los problemas e inquietudes de hoy día, por Mauricio Albera, que da vida al personaje protagonista. Y lo ha hecho muy bien. Destaca en el grupo, además del excelente trabajo de Rex de los Ríos, la interpretación de los diferentes personajes, incluidos los femeninos, de Daniel Vignolo, un alarde de versatilidad y derroche de imaginación, además de la exhibición de una forma física envidiable en intervenciones casi circenses. Sigue leyendo
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Pero, siguiendo el propio consejo de Descartes al final de su prólogo, no me formaré un juicio definitivo sin previamente haberme tomado el trabajo de leer todas y cada una de las objeciones recibidas sobre sus propuestas y todas y cada una de las respuestas que han merecido del pensador francés.
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Si, de entrada, se detiene de manera tan rotunda en la importancia de un título ¿qué imaginar de todo lo demás? Repasará, con la misma determinación, las consideraciones que hacen a un autor digno de ser leído o no, parándose con detalle en la cuestión del estilo y recriminando el pecado de la afectación. Schopenhauer considera que el estilo es un reflejo del pensar; aboga por un estilo natural al que, nos dice, renuncian los mediocres, que dejarán a un lado también la espontaneidad. De este modo nos señala a quienes pretenden producir en el lector la apariencia de talento tras la máscara de la incomprensibilidad o la escritura farragosa que conlleva la dificultad de entender. Es decir, tacha de incompetentes a quienes escriben para que nadie lo entienda, que es lo fácil. Alaba y estima, sin embargo, al escritor que expone sus ideas para ser entendidas por todo el mundo, que es lo difícil. Escribir poco claro o mal sólo significa pensar de modo turbio y confuso; la sencillez será, por el contrario, atributo de la verdad y de la naturaleza del genio. El estilo vago, forzado, ambiguo; así como el prolijo y cargado, solamente –asegura Schopenhauer- nos habla de un autor que intenta ocultar su pobreza de pensamiento. Hay, por tanto, que huir de lo pedantesco y difícil de comprender como resultado de intentar escribir con un estilo afectado. De igual manera resulta inconveniente querer escribir como se habla o hablar como se escribe. 
