LA CUELGA DE CUMPLEAÑOS
Una costumbre inmemorial leonesa
Las tierras leonesas y sus gentes conservan, junto al llionés hablado en algunas comarcas y el peculiar modo de entonar frases y uso de muchas palabras, algunas costumbres sorprendentes. Tal vez sean conocidos los bolos leoneses con su peculiar modo de lanzar al castro las medias bolas de madera en busca del derribo o paso del miche, ese bolo pequeño y fuera de la formación de los bolos en el castro y unido al mismo por el trazo de una línea curva sobre el suelo de tierra pisada . Son conocidos también, creo, los aluches o corros de lucha leonesa en los que, descalzos los luchadores y sujetándose uno al otro agarrados por delante y detrás al grueso y apretado cinto, desarrollarán un sinnúmero de mañas y zancadillas (la gocha, tranque, garabito, mediana, cadrilada, dedilla, sobaquillo, voleo, etc.) con el fin de derribar y provocar la caída de espaldas del contrario sin soltar las manos. Los filandones fueron, hoy sólo son testimoniales, también el alma del sentir leonés y cuna de la transmisión oral de historias, cuentos y leyendas.
Pero la costumbre de la cuelga será, pienso, menos conocida. El caso es que los cumpleaños se celebran en León (capital y provincia) de esta manera; una manera tan peculiar como única de la que se desconoce el origen o, al menos, no se tiene gran certeza ya que la tradición se ha ido transmitiendo de forma oral de generación en generación sin que se sepa que haya constancia de documentos escritos de antigüedad significativa. Aun así, si damos crédito a los versos que escribió Quevedo a lo largo de los cuatro durísimos años de prisión en las mazmorras frías y húmedas de lo que fue Hospital de San Marcos en León, hoy lujoso y confortable Parador Nacional, la costumbre de la cuelga ya se practicaba en los cumpleaños del siglo XVII.
Decíamos que Francisco de Quevedo y Villegas, en tiempos de Felipe IV, fue encarcelado en León por orden del valido Conde Duque de Olivares. A orillas del río Bernesga sufrió los rigores del crudo invierno leonés, desatendido de recursos y aislado, aunque en los dos últimos años la pena se suavizó en parte y pudo disponer de compañía e incluso acceder a la interesante biblioteca de los monjes del hospital. Y fue tal el castigo padecido que, con su afinada y sarcástica pluma, dejó dicho que “me duele el habla y me pesa la sombra”.
Hoy, a la otra orilla del río, se abre un ameno y agradable parque poblado de setos, estanques y árboles de distintas clases, desde castaños a robles y tilos, al que se le ha puesto el nombre de Parque de Quevedo y en el cual le rinde homenaje un pequeño busto del escritor y poeta. No sabemos lo que diría Quevedo si alcanzara a tener noticia de todo ello y si el dolor de sus huesos sería menor al sol del invierno en el parque o a la sombra del verano junto a las fuentes y estanques.
Pero yendo al tema de la cuelga de la que nuestro escritor del Siglo de Oro pudiera haber tenido noticias, alcanzamos a leer entre sus versos, de su puño y letra, los que siguen:
Si yo me muero, me olvidan,
y si cumplo años, me cuelgan;
si vengo, dicen qué traigo,
si voy, que lleve encomiendas. Sigue leyendo



La obra, de carácter circular, se abre y se cierra con la misma escena, la del asesinato de Desdémona a manos del celoso Otelo; la diferencia entre una y otra es que en la primera el crimen tiene un carácter tragicómico haciendo reír al espectador; en la segunda ocasión, la que cierra la representación, el carácter trágico no deja lugar a la risa. Por medio queda en suspenso la realidad del personaje de la operadora de luz y sonido –que antes fue actriz- alcohólica y depresiva tras una historia personal de acoso sexual sin resolver; la realidad de la joven actriz debutante viviendo también una situación de acoso por parte del actor principal, con cierta fama e influencias y muchas promesas de trabajo para la debutante; también se nos muestran las miserias y resentimientos de una pareja rota y la situación del eterno y frustrado actor de segunda fila. 

Ajú vivía en la cueva de La Loba, que se abría en la pared rocosa de la Montaña Blanca por encima del bosque.
Un día que salieron de caza se movían por el faedo con sigilo, escuchando con atención todos los ruidos y buscando en el suelo rastros de huellas de los animales que al amanecer bajaban a beber al río. Ajú no sabía que Ajá estaba de caza, y Ajá tampoco sabía que Ajú se encontraba en el bosque.
Las flechas de los arqueros salieron silbando al rasgar el aire en busca de la presa y alcanzaron al jabalí al mismo tiempo, dejándolo muerto al instante.
En la figura del viejo idealista loco no se puede dejar de apreciar la evocación cervantina de don Quijote, recuerdo reflejado en otros pasajes como en el de Riego conducido con todo el idealismo liberal que representaba en un carro de bueyes a la horca. O en los mismos discursos del viejo maestro liberal y la imagen de su mujer, ya fallecida, a modo de una Dulcinea. Pero podríamos seguir con las pinceladas cervantinas en su estilo narrativo, la ironía –incluso el sarcasmo- y la visión relativa de los hechos, la fuerte convicción ideológica de los liberales y la altura de sus miras, pero la desconfianza que se pone de manifiesto en los protagonistas de su puesta en práctica, así como sus contradicciones o la humana flaqueza ante la muerte. Se refleja la dureza, violencia y odio irracional de los absolutistas y las gentes que los apoyaban, más brutales cuanto más incultos e ignorantes, la perversa acción de la Iglesia con las prédicas de curas y frailes animando al infierno de la represión, el miedo confundido y mezclado con la amenaza que los liberales suponían para la propiedad privada y la religión, la salvación del alma… Todo ese ambiente sórdido y gris que Benito Pérez Galdós nos describe resulta mucho más grosero que cualquier imaginación. Así, podemos leer tras la descripción de la maquinaria burocrática y su oficio en la redacción de los autos: El infierno de aquella época era la más infernal que puede imaginar la humana fantasía espoleada por el terror. (Capítulo 14) 
