EL TÍO SINDO
La cantina del pueblo era una foto de hace más de sesenta años. Los mostradores, altos, de maderas nobles del lugar; las ventanas y puertas ancladas en pesados goznes y las columnas de hierro de fuste estriado y con un asomo de decoración simulando un capitel a la altura de las vigas que sujetaban los techos elevados y ahumados por los vapores de mercancías tan variadas como los vinos verdes de año, por las aceitunas, los chorizos y jamones de la casa o las latas de escabeche que permanecían abiertas para acompañar en forma de tapa los vasos de vino de los parroquianos y veraneantes.
La foto podía ser perfecta desde la esquina donde observaba perplejo la escena, si nos entretuviéramos en quitar de en medio el cartelón colgado de la columna que anunciaba los helados. Al fondo, se apilaban en las estanterías cacharros de barro, porrones, porcelanas y ollas en un orden que fue marcando el tiempo al irlas amontonando a la espera de salir a los fogones, las cocinas de leña y las mesas. Y, al parecer, la espera ha sido larga para tan variopintos artículos, incluidas las sartenes y paelleras que colgaban inmóviles y cubiertas de polvo de los techos. La pared se doblaba en una esquina arrastrando con ella estanterías y cacharros hasta volver a replegarse sobre sí misma nuevamente a la derecha y terminar encontrándose con la fachada de ancho muro de piedra de la cantina.
Y para que nada faltase en la foto, acodado sobre el alto mostrador, un paisano enjuto observaba al personal, gente forastera y veraneante, desde su singular atalaya. Era el tío Sindo, boina calada hasta las cejas apretadas sobre los pequeños ojos hundidos en la edad de los ochenta, aunque la edad de los paisanos despista bastante, y la nariz cayendo sobre una boca arrugada en una sonrisa desdentada. Sigue leyendo

No imaginaba en Manuel Azaña esta frescura de lenguaje, de belleza exquisita, corrección y alto estilo, al prevalecer en mí la idea de un hombre entregado a la brega política, segundo y último Presidente de la II y última República. Pero, claro, no en vano recibió el Premio Nacional de Literatura en 1926 por la Vida de Juan Valera. El erudito y gran orador que fue se nos manifiesta en la conferencia que recoge este libro, celebrada el 3 de mayo de 1930, como un avezado ensayista capaz de proyectar con inteligencia y rigor una mirada moderna y culta sobre Cervantes y su obra para hacer una interpretación del Quijote totalmente alejada de los sesgos nacionalistas. 








El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Avellaneda utilizó y desarrolló a lo largo de su obra. Otro aspecto interesante de esta edición es la profusión de notas y datos que permiten aventurar con garantía la identidad del autor que se esconde tras Alonso Fernández de Avellaneda. Partiendo de la imposibilidad a día de hoy de una demostración categórica, yo no tengo escrúpulos en dar por descartada y por cierta la autoría de Lope de Vega. No sólo las circunstancias conocidas de las difíciles relaciones entre éste y Miguel de Cervantes, sino todas y cada una de las pistas dejadas por Avellaneda, referencias, estilo, fraseo, citas y lo escrito en el prólogo con las alusiones al Santo Oficio del que formaba parte, además de los elogiosos párrafos dedicados sin pudor al teatro de Lope de Vega, nos inclina a pensar que así fue.


AINHOA ARTETA EN EL AUDITORIO DE VERA (ALMERÍA)