La ruina del cielo
Luis Mateo Díez
Ollero y Ramos, Editores Madrid, 1999.-( Tercera edición de 2001)
Premio Nacional de la Crítica
Luis Mateo Díez, por boca del personaje Ovidio Ponce de Lesco y Villafañe, abre el capítulo 31 con una frase desoladora: “Celama es el espejo no del esplendor del cielo sino de su ruina”. Una metáfora de la misma vida y destino de sus habitantes sustentada en la tierra. El médico Ponce de Lesco ve su vida “no como el espejo de todo lo bueno que ambicioné, sino de la desgracia y la ruina de lo que de veras soy”, y en el fracaso de la persona se encuentra el de la tierra, “buena –añade- para que a uno no le hiriese el esplendor con sus falsos brillos y para compartir la caída de lo que en la vida se acumula como peso de la desgracia”.
“La ruina del cielo” es un canto duro como los inviernos sin filandones del páramo leonés y una disección del hombre y la mujer, habitantes sarmentosos abatidos por ese extremo de la vida que se resuelve en el silencio y el olvido.
Pensé muchas veces en esta novela, largo obituario de la memoria y las culturas rurales, de las almas que anidaron en un territorio entregado a la decadencia implacable de “una arquitectura de la necesidad y la supervivencia, no impostada en la tierra sino crecida de su vientre, fabricada con el barro y la paja de su propio organismo”. Así, tierra y hombre, en el mismo destino, como un solo ser que vivió y amó.
La obra de Luis Mateo Díez trasciende la fatalidad del destino leonés de sus tierras y habitantes en general y de la meseta y el páramo en particular para hacerse presagio de finales compartidos a lo largo y ancho del mundo. Pero lo hace desde la voz rota, la filosofía y la idiosincrasia del pensamiento y el pesimismo leonés de su propia derrota.
Es un libro desgarrador, pero hermosamente humano y que conmueve con la belleza esplendorosa de la muerte, de la que gracias a la palabra escaparán los nombres de las personas que desfilan por entre los papeles revueltos entre los que hurgará y reconstruirá sus vidas, pasiones, rencores, envidias, amores y odios, el médico Ismael Cuende. Un libro revelador del alma y modo de esta parte del territorio astur que fue cuna y asiento del Reino de León y que, igual que sus gentes, está entregado a la ruina del cielo y su olvido.
Tal vez resulte inquietante esta lectura transida de poesía luminosa que Luis Mateo Díez se sintió empujado a escribir, pero acercarse al dolor de manera tan honesta tiene esos riesgos; así, cuando acabamos su lectura, sabemos que hemos dado comienzo a otra más larga y desconocida, ya no sabremos qué futuro hay y nos sentimos bastante desorientados en un presente al que se le ha secuestrado su pasado. Quizás, como al médico de Celama, no nos quede más remedio que buscar en el alma de los muertos y la desoladora llanura aplastada por esta verdadera ruina del cielo. Pero morir, como en Celama, se muere solo.
González Alonso
*En noviembre de 2023 el escritor leonés y académico de la Lengua recibe el Premio Cervantes de las Letras, la máxima distinción en español para un escritor tras el Nobel de Literatura.
CANTO A MÍ MISMO
ELOGIO DE LA EDUCACIÓN
Antes de meterse en harina con las disquisiciones anteriores y otras de mayor calado, Vargas Llosa se pregunta y nos pregunta acerca de lo que se entiende por un gran libro cuando hablamos de literatura. Y no se está refiriendo al soporte material, el papel, en el que vienen envueltas las historias de las novelas, el teatro o la poesía, sino –obviamente- que se estará refiriendo a su contenido, la historia que cuenta y fabula, esa mentira creada a partir de la experiencia y la imaginación de su autor impelido por la necesidad de contarla, generadora de una realidad literaria que chocará con la otra realidad experimentada, manca y deficiente, mostrándose disconforme y rebelde para mejorarla y actuar transformándola. Se referirá, entre sus ejemplos, al Quijote y su significado como caballero empeñado en “ver gigantes donde hay molinos de viento” que, como el personaje creador de su propio mundo real, encontrará la manera de protestar contra las miserias de este mundo y de intentar cambiarlo.
Meditaciones
Muchas fueron las meditaciones, redactadas de forma breve y a modo de apuntes, del emperador Marco Aurelio, como hombre y como emperador, que a lo largo de su vida se ocupó en considerar y escribir. Como hombre, la mayoría de de ellas las encuentro bien orientadas, muchas útiles y otras propias de la sociedad de la época, sus creencias, costumbres y modo de vida a las que, como emperador, contribuyó a desarrollar y consolidar. Y, aunque son muchas las meditaciones, son más bien pocos los temas, pensamientos e ideas sobre las que se desenvuelven. Marco Aurelio parece repetirse una y otra vez, como un mantra, las mismas ideas fundamentales, aquellas que le servían para afrontar los desafíos del gobierno sin perder de vista su condición de hombre, y no dios, y esforzándose por buscar y encontrar el lado bueno de sus semejantes y colaboradores. Una actitud de sereno análisis de las situaciones y la búsqueda de soluciones. Diría, a la luz de estas meditaciones, que quiso ser emperador sin dejar de ser hombre, y ser hombre sin dejar de ser emperador. Para ello se sirvió de los ejemplos de la filosofía y la razón, sin que lo abandonaran la religión y la fe en las divinidades.
Garras del paraíso.- Charles Bukowski
De este poeta, novelista, cuentista y testigo de cargo de la sociedad de su época, tampoco pueden ignorarse influencias de escritores como pudieran ser, quizás las más significativas según los expertos, de Hemingway y Dostoyevski. Y menos puede negarse la influencia que él ejerció y sigue ejerciendo en las generaciones que le siguen hasta nuestros días y que se revela en la obra de poetas jóvenes y menos jóvenes, aunque de manera –digamos- más moderada en muchos casos o tremendamente insufrible entre otros muchos de los vulgares imitadores de lo inimitable.
“TODOS LOS POEMAS”
muestra en su “aldea de palabras”, nos las hace sentir y conocer con el encantamiento de su voz. Imposible alcanzar la esencia de su belleza de ninguna otra manera. Porque si alguna cosa es consustancial a la poesía de Antonio Pereira y la distingue, será la magia que emana de sus poemas y relatos que cristalizará en la expresión de los recuerdos hasta hundir sus raíces en los mitos, fábulas y leyendas de su tierra fronteriza por donde transitan desde antiguo razas como la judía en su posible paso errante o los idiomas que acrisola el sentir de sus gentes: “No más de un día al año es el festejo / común de dos ciudades fronterizas. / Se hermanan los colores, las monedas… / / Los niños de aquel lado y de este lado / saben el mismo idioma de la risa // La musical presencia de las patrias / reparte en pasacalles la alegría. / (La fiesta, pg. 51) 
Sobresalen algunos de los aludidos personajes, tanto oriundos como foráneos. Entre estos últimos cabe destacar la inteligencia, actuación e influencia de Dominique Aubier en Carboneras. Esta joven, atractiva y bella judía, que se enfrascó en la interpretación del Quijote a la luz del Zohár de Moisés de León y las lecturas talmúdicas, se instalará en un viejo y quijotesco molino de viento próximo a la playa y atrajo al pueblo a un nutrido grupo de judíos, mayormente israelitas, entre los que se contaban filósofos, artistas y arquitectos como André Bloch, que construirá la original Casa del Laberinto. 
vocación, pues “saber lo que le gusta a uno es el comienzo de la sabiduría y la madurez”, según señala en su exposición. Argumentando a favor y en contra de la juventud y de la vejez entiende que el fin del arte, a cualquier edad, es deleitar y que hacerlo no consiste en repetir clichés propios o ajenos, sino en explorar con alegría las formas de expresión del propio talento del artista. Y, en mitad de estas disquisiciones, se referirá a la ilusión de “las delicias de la popularidad”. Advierte, sin negar los beneficios de la aprobación de los demás, que entregar la creación al albur del éxito o el fracaso es renunciar a crear algo que merezca verdaderamente la pena, pues el artista verdadero no puede –segura- dejar de ser un hijo de la Alegría que hace su oficio por su gusto y para agradar a otros. Pero –y eso es lo realmente difícil- no debe atender a los gustos de los demás, sino conseguir que, pese a ellos, los demás acepten los gustos del artista. 
El diablo cojuelo.- Luís Mayorga, sobre la novela de Luís Vélez de Guevara.
La novela clásica del siglo XVII será tomada por Luis Mayorga y apropiada para la escena por Rhum & Cia montando un espectáculo burlesco, de reflejos picarescos, con tintes esperpénticos y pinceladas surrealistas del teatro del absurdo para mostrarnos cómo pasan los siglos, pero los vicios permanecen. De manera grotesca y divertida, los actores -los muy buenos actores y músicos- tienden un puente entre el teatro barroco y el mundo de los payasos cuando un grupo de ellos decide trascender su vida artística interpretando una obra clásica que demostrara a sus descendientes su valor y capacidad como artistas. Así, el empeño por llevar la obra a escena les hace descubrir sus posibilidades, limitaciones, vicios y virtudes, pasando a ser los primeros en convertirse en objeto del diablo cojuelo. Y en el envite, los espectadores serán investidos a su vez de becarios (que pagan, pero aprenden) y convertidos necesariamente en coprotagonistas y víctimas del diablo cojuelo. A lo largo de la representación de este retablo colorista se oirá pedir justicia en varias ocasiones, una constante gritada y exigida a través de los siglos y, como resulta innecesario resaltar, todavía no resuelta.