CANTO A MÍ MISMO
Walt Whitman
Prólogo y traducción: Enrique López Castellón
Edimat Libros.- Madrid, 1999
“Yo me celebro y me canto”. Es el verso de presentación, contundente, con que abre Walt Whitman el libro “Canto a mí mismo”. No es, sin embargo, una celebración y canto al yo personal, anuncio de un yoismo narcisista o un enfermizo egotismo, sino que –en cierto modo mesiánico- el yo es una representación de la humanidad para la que escribe y canta e invita –como en una última cena- a la comunión de sus emociones. Sigue: “Y de lo que me apropie te debes apropiar”, abriendo generoso el tabernáculo a quienes se sienten a su mesa (comed y bebed todos de él…).

A sus 37 años, confiesa: “He empezado a vivir, y sólo espero no dejar de hacerlo hasta mi muerte”. Estar vivo es una cosa, vivir es otra muy diferente y el poeta de un único y monumental libro, “Hojas de hierba”, nos lo descubre y muestra como quien orienta e informa en la mitad de la nada de un arenoso desierto.
“Canto a mí mismo” forma parte del libro total “Hojas de hierba” y es el poema más extenso y conocido; solamente en la primera edición de 1855 ocupaba más de la mitad del volumen y aparecía sin título alguno.
De la presente edición, traducida y prologada por el catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, Enrique López Castellón, seguiremos las notas y acertados juicios sobre la calidad y alcance de la obra de W. Whitman y su significativa influencia en la poesía.
El trabajo llevado a cabo para acercar al español los versos en inglés no se ha reducido a la simple traducción, sino que ésta se sustenta con solidez en la investigación y conocimiento de la vida, circunstancias y pensamiento del poeta norteamericano. Desconozco los méritos y calidad de otras traducciones, pero la de ésta está fuera de toda duda y se percibe desde el primer momento en las intenciones, planteamiento del trabajo y resultado final. Sigue leyendo
Garras del paraíso.- Charles Bukowski
De este poeta, novelista, cuentista y testigo de cargo de la sociedad de su época, tampoco pueden ignorarse influencias de escritores como pudieran ser, quizás las más significativas según los expertos, de Hemingway y Dostoyevski. Y menos puede negarse la influencia que él ejerció y sigue ejerciendo en las generaciones que le siguen hasta nuestros días y que se revela en la obra de poetas jóvenes y menos jóvenes, aunque de manera –digamos- más moderada en muchos casos o tremendamente insufrible entre otros muchos de los vulgares imitadores de lo inimitable.
LA CASA DE LOS CELOS Y SELVAS DE ARDENIA
Y ese día afortunado y feliz ha llegado. El pasado 27 de julio, en el marco del festival de teatro Olmedo Clásico, “La casa de los celos y selvas de Ardenia” cobró vida y se hizo realidad mágica y desconcertante.
Tal vez Cervantes, que no daba puntada sin hilo, tuviera la intención –como hizo con su don Quijote y las novelas de caballerías- de parodiar las obras de Lope de Vega y desarrolló toda una trama de acciones burlescas en torno al tema amoroso de los celos recurriendo a encantamientos, juegos de magia, apariciones y distintas figuras alegóricas. Para todo ello, además, recurrirá a la narración en diferentes planos que se superponen y cruzan, como el caballeresco y el pastoril, con lenguaje diferente, culto y vulgar, según cada ocasión y las diferentes escenas. Reinaldos y Roldán, en el plano caballeresco, lucharán por el amor de Angélica; y Clori en el plano pastoril- preferirá al tosco pastor, aunque rico, Rústico, antes que a Lauso, fino y culto, pero pastor pobre. En medio de este lío hará aparición el caballero leonés Bernardo del Carpio en busca del mago Merlín, que mediará en las disputas de los caballeros franceses. Un ángel hará la anunciación ante Carlomagno de la inminente invasión mora de Francia, y el rey francés, para calmar a los caballeros en sus disputas y resolver el problema de la amenaza musulmana, los mandará a la guerra con la promesa de conceder la mano de Angélica al que atestigüe mayor número de proezas en la contienda. Y así, sin final, termina la obra.
“TODOS LOS POEMAS”
muestra en su “aldea de palabras”, nos las hace sentir y conocer con el encantamiento de su voz. Imposible alcanzar la esencia de su belleza de ninguna otra manera. Porque si alguna cosa es consustancial a la poesía de Antonio Pereira y la distingue, será la magia que emana de sus poemas y relatos que cristalizará en la expresión de los recuerdos hasta hundir sus raíces en los mitos, fábulas y leyendas de su tierra fronteriza por donde transitan desde antiguo razas como la judía en su posible paso errante o los idiomas que acrisola el sentir de sus gentes: “No más de un día al año es el festejo / común de dos ciudades fronterizas. / Se hermanan los colores, las monedas… / / Los niños de aquel lado y de este lado / saben el mismo idioma de la risa // La musical presencia de las patrias / reparte en pasacalles la alegría. / (La fiesta, pg. 51) 
Sobresalen algunos de los aludidos personajes, tanto oriundos como foráneos. Entre estos últimos cabe destacar la inteligencia, actuación e influencia de Dominique Aubier en Carboneras. Esta joven, atractiva y bella judía, que se enfrascó en la interpretación del Quijote a la luz del Zohár de Moisés de León y las lecturas talmúdicas, se instalará en un viejo y quijotesco molino de viento próximo a la playa y atrajo al pueblo a un nutrido grupo de judíos, mayormente israelitas, entre los que se contaban filósofos, artistas y arquitectos como André Bloch, que construirá la original Casa del Laberinto. 
vocación, pues “saber lo que le gusta a uno es el comienzo de la sabiduría y la madurez”, según señala en su exposición. Argumentando a favor y en contra de la juventud y de la vejez entiende que el fin del arte, a cualquier edad, es deleitar y que hacerlo no consiste en repetir clichés propios o ajenos, sino en explorar con alegría las formas de expresión del propio talento del artista. Y, en mitad de estas disquisiciones, se referirá a la ilusión de “las delicias de la popularidad”. Advierte, sin negar los beneficios de la aprobación de los demás, que entregar la creación al albur del éxito o el fracaso es renunciar a crear algo que merezca verdaderamente la pena, pues el artista verdadero no puede –segura- dejar de ser un hijo de la Alegría que hace su oficio por su gusto y para agradar a otros. Pero –y eso es lo realmente difícil- no debe atender a los gustos de los demás, sino conseguir que, pese a ellos, los demás acepten los gustos del artista. 
El diablo cojuelo.- Luís Mayorga, sobre la novela de Luís Vélez de Guevara.
La novela clásica del siglo XVII será tomada por Luis Mayorga y apropiada para la escena por Rhum & Cia montando un espectáculo burlesco, de reflejos picarescos, con tintes esperpénticos y pinceladas surrealistas del teatro del absurdo para mostrarnos cómo pasan los siglos, pero los vicios permanecen. De manera grotesca y divertida, los actores -los muy buenos actores y músicos- tienden un puente entre el teatro barroco y el mundo de los payasos cuando un grupo de ellos decide trascender su vida artística interpretando una obra clásica que demostrara a sus descendientes su valor y capacidad como artistas. Así, el empeño por llevar la obra a escena les hace descubrir sus posibilidades, limitaciones, vicios y virtudes, pasando a ser los primeros en convertirse en objeto del diablo cojuelo. Y en el envite, los espectadores serán investidos a su vez de becarios (que pagan, pero aprenden) y convertidos necesariamente en coprotagonistas y víctimas del diablo cojuelo. A lo largo de la representación de este retablo colorista se oirá pedir justicia en varias ocasiones, una constante gritada y exigida a través de los siglos y, como resulta innecesario resaltar, todavía no resuelta. 

El punto de partida de “Contra el fanatismo” será un acto de intolerancia y fanatismo ocurrido en Francia, como fue la muerte de Jean Calas. Se pone de manifiesto la indefensión del acusado, la falta de pruebas y lo absurdo de la denuncia por parte de una congregación radicalizada con la religión y llena de odio. La posición de la Justicia, viciada de la intolerancia social dominante y alejada de la razón, será objeto de la crítica de Voltaire que se pregunta si los jueces o el Papa son infalibles y demuestra la parcialidad de dichos jueces en el juicio que llevó a Jean Calas al cadalso, acusado de ahorcar a su propio hijo por su posible renuncia a las propias creencias religiosas para abrazar el cristianismo. Tras el veredicto final de los 13 jueces del caso Jean Calas, Voltaire exclama: Parece como si el fanatismo, indignado desde hace poco con los éxitos de la razón, se debatiera bajo ella con mayor rabia.