Camacho, Basilio y Quiteria

Joven Camacho, toda tu riqueza
no bastará a alcanzar las pretensiones
de hacer tuyos los bienes y los dones
del amor de Quiteria y su belleza.

Siendo tan generosa tu largueza
en la vida y las bodas que dispones
no ha de ser suficiente ante razones
como las de Basilio en su pobreza.

Que el amor se descuelga por las ramas
del árbol del deseo y los caprichos
sin permiso de mozos ni de damas.

¡Ay corazón tirano que cuando amas
como aman los amantes antedichos
ardes tan sin remedio entre tus llamas!

González Alonso

*Del Quijote (I, capXX): Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico, con el suceso de Basilio el pobre

Benito Pérez Galdós

Benito Pérez Galdós, a los cien años de su muerte y los ciento ochenta de su nacimiento

De Benito Pérez Galdós, ¡qué puedo decir yo! No sé a cuántos ni dónde leí la afirmación de que se trata del más sólido e importante escritor en lengua española después del indiscutible Miguel de Cervantes Saavedra. Max Aub asegura desde la altura de su autoridad que “desde Lope de Vega ningún escritor fue tan popular (ni) desde Cervantes ninguno (fue) tan universal”. Yo no tengo ninguna razón para contradecir esta afirmación, y mucho menos cuanto más voy ahondando en la lectura de su obra, que tanto me gusta, sorprende y hace disfrutar por la agudeza en el tratamiento de sus personajes, la plasticidad de sus descripciones en la diversidad de los paisajes que tan bien se amoldan o tan bien moldean el carácter, las costumbres y el modo de ser de los protagonistas de sus novelas. El vocabulario rico, amplio, escogido, preciso, escrupulosamente limpio, se recrece en una sintaxis creativa de afortunados giros, con expresiones tan concisas y apropiadas a las situaciones como si fueran un guante de paño fino o buena seda vistiendo con delicadeza la mano que lo calza. Su prosa, que es una afortunada recreación de personajes y escenarios, lo es también –según he leído y comparto- la de “un narrador excepcional de toda una época”. Entre los palos que sustentan el sombrajo de dicha prosa encontramos el humor inteligente, la sátira bien orientada, la guasa y el recurso, tan cervantino, de la ironía. Yo –en la misma línea cervantina- agregaría la nota de optimista mirada a la vida y la actitud positiva que nos abre las puertas de la esperanza.

El tratamiento de esta figura señera de la Literatura por parte del régimen dictatorial instaurado tras la derrota de la II República por los sublevados, fue de marginación y censura debido a las convicciones republicanas y socialistas del autor de los Episodios Nacionales. La izquierda derrotada hizo los esfuerzos que pudo desde el exilio para publicar sus obras y reconocer la importancia de este fecundo escritor. Y es de saber que Benito Pérez Galdós fue un hombre de ideología liberal que tomó parte en la política como republicano, que sufrió sus desencantos y participó también de muchas ilusiones sobre el futuro de España, lo que  le llevó a una buena amistad y colaboración con Pablo Iglesias, fundador del Partido Socialista Obrero Español. No fue religioso, pero tampoco se le puede tachar de anticlerical e iconoclasta. Sigue leyendo

Los días de agosto

Volaron, agosto, los cielos de tus días
pájaros de fuego,
la parva tendida
al sol de media tarde
y mugiendo las vacas
su calor a la sombra de los chopos.

Baja el río sus aguas de verano
rumoreando entre piedras
y los juncos que mecen las orillas;

sestean los mastines,
las abejas laboran los panales
y el amor se desnuda por los prados.

A veces llega una muchacha
con su cántaro
hasta el caño de la fuente de piedra
y salpica el frescor del agua
su rostro y su sonrisa. El sopor de la tarde
se columpia en el aire. Todo se aquieta
y pasa
en silencio. Sólo los sueños
dan vueltas en el trillo que arrastran los deseos
y aventan
la esperanza.

González Alonso

José Saramago

JOSÉ SARAMAGO, el escritor portugués

José Saramago.

A pocas horas del día 18 de junio del año 2010,  José Saramago nos entregó toda su vida y su obra, yéndose discretamente, lúcido y -presumo- con la entereza de su honestidad como hombre y como escritor universal. Todo esto carece de relevancia. La muerte es una cita inexcusable; lamentarla es ejercicio inútil, celebrarla es algo estúpido. Lo relevante es el hombre que nos queda para siempre en los pensamientos, las ideas, los sentimientos y las pasiones reveladas en cada una de sus palabras. Lo fundamental es la luz de su inteligencia, que permanecerá encendida en cada uno de sus artículos, poemas y novelas.

José Saramago, portugués de raíz, de hondo amor a su tierra, auténtico, completo, tuvo la entereza moral de mantener la coherencia de su pensamiento plantándose ante la servidumbre del poder cuando las autoridades lusas impiden su presentación al Premio Literario Europeo de 1991 tras la publicación de la novela El Evangelio según Jesucristo porque, según el gobierno, ofendía a los católicos, y se traslada a la isla de Lanzarote (Islas Canarias, España) en un autoexilio que se prolongará  por más de veinte años hasta su muerte.

Es y será para siempre José Saramago, el portugués, también en gran parte español convencido de que Portugal y España se merecen una a la otra, proclamando alguna vez incluso la conveniencia de la unión política de ambos países, para asombro de todos, españoles y portugueses. Porque José Saramago no sólo vio, sino que entendió con claridad meridiana el alma ibérica de los pueblos que conforman la realidad cultural en la que vivimos muy por encima de las diferencias de idioma y los prejuicios interesados de los nacionalismos peninsulares.

El autor del Ensayo sobre la ceguera, Premio Nobel (8 de octubre de 1998) por esta misma obra y escritor reconocido con otros numerosos premios y por universidades de todo el mundo, comunista y participante en la Revolución de los Claveles de 1974, nos deja abierta a la luz de la Literatura sus trabajos desde un silencio próximo, respetuoso, y vuelve a su tierra lusa y se queda en su tierra española para siempre, aventándose a todo el mundo sus palabras de hondura humana y clara inteligencia. No se puede decir más, sino que aquí está.

González Alonso

Las diez de últimas

 

Las diez de últimas

Barajaron tus padres la partida
en un lance de amor. Fue gran ventura
tu venida a este mundo y la hermosura
del precioso regalo de la vida.

El juego que tocó, a la suerte unida,
te premió con jugadas y largura
en la felicidad que el tiempo apura
con días de alegría sin medida.

Pero llegada, al fin, la postrer mano
cuando quiso la muerte las penúltimas
cartas jugar, erró en su vano intento.

No es que  del juego fuera yo un portento
pero supe guardarme de antemano
el triunfo que me dio las diez de últimas.

González Alonso

Antonio Gamoneda

.

Antonio Gamoneda en la presentación de la antología colectiva Árido Umbral en León

Soy el que comienza a no existir
y el que solloza todavía.
Qué cansancio ser dos inútilmente.

Antonio Gamoneda
Lápidas .-(Esta luz)

Antonio Gamoneda me decía: la poesía es la juventud; y sus manos grandes se abrían hacia los demás mientras él se refugiaba detrás de su mirada y una amplia sonrisa. El poeta leonés nacido en Oviedo, cosas del destino, me dejaba también con un abrazo la dedicatoria en su libro Esta luz (Poesía reunida 1947-2004) en la fraternidad del paisanaje y de la poesía. Palabras y abrazo fraternos de un paisano cuyos versos ya son rumor incesante de aguas orilladas en las márgenes del  Bernesga y el Torío, aliento de aire helado en los pináculos de la catedral, memoria de trenes atravesando el barrio de El Crucero y piedra tallada en estrofas esparcidas por el suelo del Parque de la Poesía compartiendo espacio con el busto del Padre Isla, en los aledaños de lo que fue la estación de vía estrecha o de Matallana, o de Bilbao, que era hasta donde  llegaban los trenes del carbón y ahora los de los pocos viajeros que transitan, con menos fatigas que antaño, esas vías.

León siempre se deberá y estará en deuda con uno de sus más silenciosos, abnegados y entregados de sus habitantes; siempre verá esta ciudad por sus ojos y encontrará su alma en la voz lenta y amasada de tiempo, compromiso y dolor, del poeta. Tal vez pueda parecer excesivo, pero creo que lo leonés y su fama de parco, un poco abrupto y árido, de silenciosos interiores, se entiende mejor en la escritura de Antonio Gamoneda, la cual nunca dejó de ser la vida, materia única del poema. Sigue leyendo

Los días de julio

Los días de julio

Cuando se llaman los grillos en la noche
y atruenan las chicharras
al sol del mediodía
y las colmenas
son un zumbido frenético de abejas,

cuando se aquietan las truchas
en las pozas
y el mar detiene sus olas a la orilla
de las playas
y todo duerme y sestea

entonces yo extiendo  el mantel de los recuerdos
y sé que la vida se multiplica,
se agranda y crece entre los días de julio
como pájaros de luz.

Y sé por qué no fue una derrota
al final de aquel verano
lo que mató a don Quijote,
sino
en la forma del hidalgo Alonso
Quijano, el Bueno,
la vida no pudo resistir
la muerte de la ilusión.

González Alonso

El caldo de la tartera

El caldo de la tartera

Ahora que se cerraron las minas de carbón y León se queda sin mineros, a mi recuerdo acuden los días de idas y venidas de aquellos hombres, entre ellos mi padre, que arrancaban el mineral en los pozos del concejo. Junto a la vida de la mina, bullía y se apagaba la de los mineros atacados por la silicosis. Era la epidemia del hambre y la necesidad. Picar más y más deprisa, con barrenos, picos y palas y, si hacía falta, con las manos. Y respirar el aire viciado del polvo de la hulla y el grisú.

Porque, como lo primero que Victoriano Crémer descubrió, el carbón es negro. Y la situación acabó en una alta nómina de bajas por enfermedad que el médico de La Pola de Gordón atendía. La empresa envió a la consulta a un representante cualificado para preguntarle al médico el porqué de tanta baja laboral y cuál era la situación de los presuntos enfermos, por si podían –y debían- volver al trabajo. El médico le miró a los ojos, y tras un breve silencio, le espetó:

-Tiene usted razón; enfermos, lo que se dice enfermos, sólo tengo uno que podría volver a la mina. Los demás sólo son despojos humanos. Sigue leyendo

Dulcinea, el amor, y las mujeres

Dulcinea, el amor, y las mujeres

El primer capítulo de la novela cervantina termina con la presentación de la dama de los sueños de don Quijote: Dulcinea del Toboso. Acaba de darle nombre al personaje que jamás asomará a las páginas del Quijote si no es a través de la voz del ingenioso hidalgo y merced al sutil arte con que Cervantes trata este personaje femenino.

Recordemos que don Quijote no hace sino seguir el ejemplo de lo que hacía todo caballero andante de cuantos conoció a través de los libros de caballerías, así que decidió convertir en su dama a una moza labradora, Aldonza Lorenzo, de muy buen parecer y vecina de un pueblo próximo al suyo. Lo que ocurre es que el nombre de la susodicha moza le parece de una gran vulgaridad, dado que corría el dicho de «A falta de moza, buena es Aldonza«, por lo que tomará la decisión de cambiárselo. Alonso Quijano, que de joven había estado algo enamorado de Aldonza Lorenzo, aunque jamás le había dado noticia o parte de sus sentimientos, le otorga el nuevo nombre de Dulcinea del Toboso al convertirla en su dama, la dama de don Quijote, alter ego de Alonso Quijano.

Lo que conviene recordar es que este nombre ya era conocido por Cervantes a través de la novela Los diez libros de Fortuna de Amor del sardo Antonio Lofrasso, en la que aparecen Dulcineo y una pastora llamada Dulcinea.

Dulcinea es, en el marco de las creencias de don Quijote, una necesidad. Serafín Vegas, en El Quijote desde la reivindicación de la racionalidad, insiste en lo subrayado anteriormente demostrando que don Quijote, en su búsqueda de un mundo más justo y mejor ordenado, se ve obligado a seguir fielmente los dictados de los ejemplos de los antiguos caballeros andantes, entre los cuales está el ser caballero enamorado de “la más alta princesa del mundo”, y don Quijote, al investir a su dama de los adornos y más altas virtudes, no lo hace porque lo desee de manera subjetiva, sino que le viene determinado por una exigencia objetiva de racionalidad que hace que la creencia en Dulcinea “se convierta en motor de lo mejor que don Quijote pueda y deba racionalmente hacer”. Sigue leyendo

Los días de junio

Los días de junio
(Versículos a partir de «Las mil y una noches»)

Qué aurora tan luminosa la que me trae tu venida
un día entre los días de junio
oh, mi dulce esposa circundada de gracia.

Turbada la mirada
mi lengua nada puede decir, y siento ardiente
la exquisita dicha del amor, cautivo
de inaugurar esta jornada
con tu deliciosa contemplación, desnuda
entre las desnudas y primeras horas
que visten la mañana.

Como en las mil y una noches así me encuentras
desvestido y perdido en el desierto
de la ansiedad y los celos
en busca del agua fresca
que ofrece el beso en el manantial de los labios,
el que calma, sólo él, más de mil pesares, mil presagios
y mil penas.

Ven, amada mía, con tu honesta mirada
y el rubor de tus mejillas que avergüenza al mismo sol,
desanuda sin demora en la miel de tu boca
el difícil nudo de la espera
antes de que el viento funesto del otoño
marchite con su aliento el brillo de mis ojos
que hoy gozosos se posan
sobre tu cuerpo perfecto en miradas sensuales
y cubre de la vista de los hombres
con delicado tacto
el delgado vestido de la recta
y decorosa
castidad.

Has venido, sin saberlo, a obedecer tu destino. Y todo
es amor, todo el amor que habla
para que yo ponga a la puerta de mi torpe lengua
la cerradura firme del silencio.

González Alonso