Los Mácbez, adaptación sobre Macbeth, de W. Shakespeare

Los Mácbez
Adaptación de Juan Cavestany sobre Macbeth, de W. Shakesperare
Dirección: Andrés Lima

Teatro Barakaldo
8 de noviembre de 2014

Quiero comenzar expresando la profunda sensación de pesimismo sentida al final de una representación cruda, dura, sin concesiones, de esta versión del Macbeth de W. Shakespeare. Traída la acción a tierras gallegas de meigas y profundas raíces folclóricas desde una Escocia también verde, húmeda y de bosques habitados por brujas y hadas, nada se mueve más allá de la impenitente ambición sin medida y traición humanas. Del gran bosque de Birnam a la carvalleira (bosque de robles) de San Xusto, alter ego del primero, a la locura de Lady Macbeth y suicidio final, todo transcurre como si el tiempo, congelado, no hubiera movido ficha después de más de cuatrocientos años; la misma obsesiva ambición de poder y el ejercicio de la traición y el crimen para alcanzarlo.

La presente obra nos presenta con un enfoque tragicómico a un conjunto de ejecutivos mediocres y políticos de medio pelo cegados por el poder en el seno del gobierno de la Xunta de Galicia. Las profecías de las tres meigas hacen concebir a uno de los altos ejecutivos recientemente promovido a vicepresidente la ilusión de alcanzar el máximo poder, la presidencia del gobierno. En el momento de tomar la decisión de ejecutar su traición y dar muerte al mismo presidente que lo tutela y a la vez convertirá en pieza de sus pretensiones para mantener el control del poder en sus manos y las de su familia, empezará a ver sombras de enemigos que amenazan su carrera política. Una vez desatada la violencia serán el miedo, los fantasmas y la ambición imparable, los que harán que los crímenes y asesinatos se continúen entre amigos, parientes y cualquier persona próxima o lejana que se imagine o pueda parecer una amenaza. El resultado, un verdadero infierno. No habrá lugar ni tiempo para disfrutar de la situación conseguida, ni por parte de Mácbez convertido ahora en presidente, ni por su mujer, convertida ahora en primera dama, atormentados por el miedo a perder el poder arrebatado violentamente y perseguidos por las sombras y los fantasmas de sus crímenes.

La fidelidad al texto de William Shakespeare resulta proverbial. El recurso al bilingüismo en algunas partes de las escenas es acertado, así como la ubicación del desarrollo de este drama shakesperiano que tanto nos recuerda la época imperial romana, en un espacio polivalente en blanco con una iluminación muy bien conseguida.

El ritmo está magníficamente logrado, manteniendo la acción en cada escena sin dar lugar a un respiro. La sexualidad, asociada a la figura de dominación y poder, se expresa en medio de la violencia desatada por la ambición. Todo cuadra en este planteamiento en el que la sangre que no se consigue lavar acompañará a los protagonistas en una sucesión sin fin. La violencia, una vez desatada, será ya un río imparable que arrastrará a la destrucción a los propios protagonistas de la misma.

Del elenco encargado de poner sobre las tablas esta representación de la penosa vida política actual española y –por extensión- de cualquier país en el que los empresarios y políticos sean la misma cosa,  solamente cabe reconocer su profesionalidad y entrega sin reservas. Magníficos todos, aunque debamos destacar –por su relevancia- a Javier Gutiérrez y Carmen Machi en los papeles del Macbeth y Lady Macbeth shakesperianos.

Puedo acabar resumiendo que si bien es verdad que la fiel representación del Macbeth de Shakespeare nos permitiría –sin duda- extrapolar la acción a la actualidad, con su miseria, ambición, fraudes, impunidad, crímenes, corrupción y robos entre la clase política y empresarial, también es de agradecer esta denuncia directa, con nombres y apellidos, con ambientes geográficos y sociales de nuestro entorno y nuestra actualidad. Todo se hace, así, evidente ante nuestros ojos y nos mueve a la repulsa y la censura. Poner de manifiesto que la constante de la ambición humana actúa a través de los siglos no nos consuela; queremos acabar con esta situación, con justicia y rigor, y lavar la sangre derramada por las manos asesinas, soñar y creer que otro mundo y otra sociedad son posibles.

Si lo anteriormente expuesto hubiera sido por parte del director Andrés Lima uno de los objetivos a conseguir entre el público, así como por parte del cuadro escénico de Los Mácbez, por lo que a mí concierne debo decir que lo han conseguido.

González Alonso

El nombre de la rosa, de Umberto Eco.- Teatro

El nombre de la rosa, de Umberto Eco

Dirección: Garbi Losada
Adaptación: Garbi Losada y José Antonio Vitoria
Teatro Barakaldo, 18 de octubre de 2014

El título El nombre de la rosa, de Umberto Eco, fue doblemente celebrado con la publicación de la novela (1980) y la adaptación al cine de Jean-Jacques Annaud (1986) en la que sobresalía el trabajo del actor Sean Connery en el papel de Guillermo de Baskerville. Ahora llega la versión teatral en español. También hay un gran trabajo de los actores, aunque es difícil dejar de compararlo con la película porque, pienso, el planteamiento de la obra y el guión se mueven muy próximos a ella, junto a la intención declarada de ser fiel al texto, cosa que se consigue. Pero no hay nada novedoso, e incluso la audición y comprensión se resienten y quedan comprometidas en muchas de las intervenciones y declamación del texto, más propias del cine o la televisión.

La adaptación no es mala si –como he dicho- persigue esa fidelidad al texto de la novela y el desarrollo de la acción; no obstante, resulta fallida al replegarse al peso de la obra de Umberto Eco y no poder superar la efectividad de los recursos cinematográficos. Querer contarlo todo tal vez no habría sido posible si el enfoque de la puesta en escena hubiera hecho hincapié en alguno de los muchos aspectos relevantes como las luchas en el seno de la Iglesia, la naturaleza del amor, el control cultural en manos de las abadías, el valor de los libros, el fanatismo y la superstición, el racionalismo y el progreso, el valor de la fe, el poder de la Inquisición, etc. Pero la apuesta se resolvió en el sentido de querer contar todo de esta crónica medieval de intriga y estilo policiaco: se va a celebrar un encuentro entre las facciones enfrentadas de la Iglesia para resolver sus diferencias, los franciscanos defensores de la pobreza, por una parte, y el papado, defensor de la propiedad de bienes y riquezas, por otra. El lugar, una afamada abadía benedictina italiana. Antes de la llegada de las distintas delegaciones, en la mencionada abadía se suceden una serie de muertes violentas misteriosas. Todo gira en torno a un libro de Aristóteles, un tratado sobre la risa que se guarda en la biblioteca a la que solamente tiene acceso un reducido grupo de frailes; un libro que mataba a quien lo leía, envenenado por el fanático e intransigente fraile ciego de origen español Jorge de Burgos.

El olor a incienso y la música gregoriana ayudaron de manera eficaz a crear la atmósfera medieval en la que se desenvuelve la trama, así como la caracterización de los personajes, un trabajo arduo y realmente digno de aplaudir. La obra, literalmente, transcurre dentro de un libro que se despliega, se retrae, cambia y da forma y cabida a los espacios de la abadía en los que transcurre la trama de la acción. La iluminación pecó de tenebrismo y contribuyó a dar la sensación de representación plana, uniforme. Hubo, también hay que decirlo, efectos realmente conseguidos, como la incursión de Guillermo de Baskerville y Adso de Melk, su novicio, en el laberinto de la biblioteca, el encuentro con el fraile cielo Jorge de Burgos y el posterior incendio que devoró los fondos de una de las mayores bibliotecas de la cristiandad.

Una buena, excelente noche de teatro, una representación seria, de mucho trabajo y buena articulación del movimiento escénico, con momentos puntuales de notable intensidad, pero sin la chispa propia y necesaria o la genialidad para hacerte olvidar mientras la veías de la novela de Umberto Eco ni de la película de Jean-Jacques Annaud. Arriesgado y difícil competir desde el teatro con los dos grande hitos mencionados, pero ahí estaba la gracia. No se consiguió y, sin quitarle ningún mérito a lo visto y aplaudido, hay que reconocerlo como fue. No siempre se alcanza lo genial; pero en el intento, esfuerzo, trabajo y recorrido, quedan muchas grandes cosas como las de ayer noche en el teatro. Otro aplauso.

González Alonso

Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos

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Las amistades peligrosas
Choderlos de Laclos

Compañía Metatarso Producciones
Teatro Barakaldo, 2 de octubre de 2014

Nos llega en forma de teatro una de las más conocidas publicaciones libertinas francesas del siglo XVIII. Hace algunos años pudimos disfrutar esta misma obra en forma de cine; pero me apresuraré a decir que la obra teatral de la que estamos hablando supera en todo a la película de Stephen Frears, desde el tratamiento y fidelidad al texto de Choderlos de Laclos, hasta la puesta en escena y el desarrollo de toda la trama y la acción. No es exagerar. Es, simplemente, cuestión de ser justos.

La obra de teatro, a diferencia de la conocida película, no hace ninguna concesión meramente sentimental a las relacciones que se establecen entre los personajes. No cae en la trampa de teñir la crudeza de las conductas sexuales con un barniz amoroso o afectivo. Si esto se refiere al contenido de la obra, lo que sigue –en comparación con la película- es pura magia, originalidad y acto creativo en todo cuanto la puesta en escena y la representación nos deparan.

Con Las amistades peligrosas estamos en un siglo de pelucones, miriñaques, enaguas, corsés, polvos blancos en la cara, rape, vestidos masculinos ostentosos y llenos de colorido, duelos a espada, las ideas de la Ilustración y una nobleza enriquecida, ociosa y entregada a los placeres del mundo y de la carne, sin escrúpulos y profundamente narcisista. En este contexto aparecerán obras como Margot la remendona (Historia de una prostituta) de Fougeret de Montbron; Los ejercicios de devoción, del Abate Voisenon y La Academia de las Damas, escrita en latín por el Maestro Nicolás Chorier. Todas ellas de una inaudita audacia reflejando con su erotismo la doble moral de clérigos, monjas y frailes, así como la de una nobleza hipócrita y pragmática en los asuntos sexuales. La cumbre de toda esta filosofía de vida llegará con el Marqués de Sade, a finales del XVIII y principios del XIX,  escritor y filósofo francés, ateo radical, que defendió el triunfo del vicio sobre la virtud, autor de Justine, y que se pasó más de media vida encarcelado, recluído en manicomios y a punto de ser guillotinado.

Una de las cuestiones deslumbrantes de Las amistades peligrosas en su puesta en escena es el acierto de recrearnos los personajes en sus trajes de época sobre un escenario poblado de micrófonos e instrumentos musicales, piano, guitarras eléctricas y batería. La música clásica inicial al piano dará paso al rock and roll más agresivo, ráfagas operísticas o baladas, como si fuera la música un personaje más en escena. La belleza de este contraste recreado por una buena iluminación, los pasos de baile, el carácter cómico y caricaturesco de algunos pasajes junto a la brutalidad de las relaciones establecidas entre los diferentes personajes y el desenlace trágico de algunos de ellos, hacen de esta representación algo digno de ver y recordar.

Recuerdo que el pasado verano fue ésta una de las obras de teatro que formaban parte del cartel del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro. Entonces, no pude verla. Hoy, no me arrepiento de, al fin, haberla podido ver.

El argumento desarrolla la lucha de seducción y poder entre la Marquesa de Merteuil y el Vizconde de Valmont, poniéndose pruebas que a cada cual exigía someter sexualmente a terceras personas, muchachas adolescentes, casadas reputadas por su honestidad, jovenzuelos inexpertos o madres precavidas con la custodia y virtud de sus hijas. Retos difíciles que ambos van superando recurriendo a cualquier artimaña y sin el más mínimo escrúpulo. Las víctimas no importan. Lo que verdaderamente importa es el placer y la sensación de poder. En su arriesgado juego de seducción, ganará quien logre la mayor proeza, manifieste el mayor desprecio y supere la prueba sin mostrar debilidad o amor. En cierto modo todo nos recuerda al personaje del teatro romántico español Don Juan Tenorio, de Zorrilla, o su predecesor el Don Juan de El convidado de piedra, de Tirso de Molina. Solamente que en el caso de esta novela hoy convertida en pieza teatral, serán dos los seductores, una mujer y un hombre, los cuales –a su vez- lucharán entre sí por ver quién acaba siendo seducido y vencido por quién.

Si del resultado final de esta versión de Las amistades peligrosas firmada por Javier Patiño y Darío Facal solamente podemos expresar los más altos elogios, del conjunto formado por los actores y actrices que con tanta naturalidad, entrega y profesionalidad recrean y dan vida a los personajes en un trabajo complejo que les exige, además, interpretar música, actuar y resolver con escrupuloso arte las escenas eróticas de la obra, sólo podemos reconocer y alabar su trabajo y el resultado del mismo. El desarrollo de la acción apoyada, fundamentalmente, en el intercambio epistolar, es la base en la que se sustenta la representación. Un ir y venir de cartas y una sucesiva ocasión de encuentros y desencuentros magistralmente medidos y magistralmente interpretados.

Carmen Conesa, en Merteuil; Cristóbañl Suárez, en Velmont; Iria del Río como Jourvel; la jovencísima Lucía Díez, en Cecile; Mariano Estudillo, en Danceny y Lola Manzano como Volanges, conforman el elenco artístico que de forma tan coordinada hicieron posible una noche mágica más de teatro en Barakaldo.

Si la crisis económica que padecemos desde hace cinco largos años y que parece querer ir para otros tantos no acaba con el teatro, espero que actores, dramaturgos, directores, técnicos y productores, puedan seguir regalándonos arte y cultura, de los que tanto necesitamos. Y no va más, sino este aplauso para la Compañía Metatarso Producciones y quienes la componen.

González Alonso

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La violación de Lucrecia, de William Shakespeare

La violación de Lucrecia
William Shakespeare

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Nuria Espert
Dirección: Miguel del Arco
Producción: Juanjo Seoane

Teatro Barakaldo (Vizcaya)
27 de septiembre de 2014

Una representación de tal naturaleza podría despacharse brevemente con un gran elogio de admiración, y punto. Permitidme, no obstante, compartir con vosotros un comentario algo más extenso y algo más allá del merecido elogio. Porque hablar de Nuria Espert y todo lo que toca en el teatro y la vida artística es discurrir por el camino del acierto, el prodigio escénico y el éxito reconocido con total merecimiento. En el caso de la obra que nos ocupa podemos decir que algo tan sublime y difícil sólo puede ser llevado a cabo por alguien tan prodigioso como la actriz catalana de Hospitalet de Llobregat.

Ahora bien, mencionado lo anterior, agregaré que una vez concluída la representación y todavía sujetando a duras penas la emoción desatada, no estaba nada seguro de quién había dirigido a quién, si Miguel del Arco a Nuria Espert –como justificadamente orgulloso confiesa- o Nuria Espert a Miguel del Arco. Porque, hay que subrayar, toda la obra y puesta en escena está al servicio del genio y coraje de la actriz, a partir de un texto admirablemente traducido por José Luis Rivas Vélez que, sin perder la belleza del lenguaje del siglo XVI de este poema de juventud de William Shakespeare, se hace absolutamente comprensible y asequible, facilitando la percepción de la belleza poética en los giros y expresiones propios de la época.

La obra, evidentemente, admite otras posibilidades escénicas. Sostener todo el texto del poema durante una hora y cuarto en la interpretación de una sola actriz, dando vida alternativamente a Lucrecia, Tarquino, Colatino o Junio Bruto, a la vez que va desarrollando la narración, es el extraordinario, extremado y difícil camino elegido. Pero, junto al narrador –en este caso narradora-, optar por poner en escena a los personajes precitados, incluso al padre de Lucrecia y las sirvientas, sería añadir valor plástico y belleza al espectáculo, siempre que la dirección de escena acertara –cosa para la cual hay buenos y sobrados candidatos- con las exigencias dramáticas del poema. Y no me sorprendería que, en un futuro, se aborde de este modo la representación de La violación de Lucrecia que hoy y en este caso ha sido entregada a la experiencia, genio, sabiduría, arte y –como he dicho anteriormente- excepcional coraje de Nuria Espert.

La violación de Lucrecia es un poema narrativo de tema histórico y carácter dramático a través del cual William Shakespeare no desperdicia la ocasión de ofrecernos una reflexión crítica sobre la sociedad, sus mecanismos de poder y la condición humana. Basado en un texto de Ovidio, nos relata cómo el desenfreno, orgullo y falta de escrúpulos del príncipe Sexto Tarquino le llevaron a violar a la mujer de su mejor amigo, el general Colatino, para lo cual abandona  secretamente el campamento y se dirige a la casa de Lucrecia, de quien Colatino había alabado públicamente su belleza y demostrado su fidelidad y castidad. Las consecuencias de semejante agresión serán el final de Lucrecia y el final de los reyes en Roma. Lucrecia se dará muerte confesando el nombre del violador en presencia de su padre Lucrecio, Colatino y otras personas, entre las que se encontraban Publio Valerio y Junio Bruto; este último, aprovechando la oportunidad que le brindan las circunstancias, va a ser quien les anime a impulsar una rebelión popular, denunciando el crimen de Tarquino y exponiendo públicamente ante los ojos de los romanos el cuerpo sin vida de Lucrecia. Como consecuencia de todo ello acabará la etapa del reinado en Roma, siendo depuesto el rey y desterrados todos los miembros de la familia de Tarquino, lo que daría lugar al inicio del periodo de la república con el paso del poder a manos de los cónsules.

El teatro, abarrotado, aplaudió largamente de pie la representación de Nuria Espert y su generosa entrega. Merecidos aplausos que siguen aquí y seguirán allí  donde se represente esta obra.

González Alonso

Almagro, Festival Internacional de Teatro Clásico 2014

 

Miguel de Cervantes: El coloquio de los perros
Lope de Vega: El caballero de Olmendo
Chema Cardeña:  La puta enamorada

 

1.- El coloquio de los perros, de Miguel de Cervantes, en la versión y dirección de Ma Zhenghong y Alejandro González Puche puesta en escena por Laboratorio Escénico Univalle de Colombia.

Miguel de Cervantes siempre aspiró al reconocimiento y  el éxito en el teatro. Para ello trabajó con ahínco y pulcritud, pero el teatro del Siglo de Oro estaba reservado a la gloria del verso y la genialidad de Lope de Vega. La suerte literaria de Cervantes se libró en la prosa. Tampoco la poesía fue su destino, y con el Quijote alcanzó –definitivamente- un lugar en la cumbre de la Literatura Universal.

Esta obra de teatro no es tal, ya que se trata de una de las denominadas novelas ejemplares. Pero tras la versión llevada a cabo por Ma Zhenghong y Alejandro González Puche, ya no es una novela ejemplar, sino toda una gran obra de teatro. Cervantes estaría tan contento como sorprendido si pudiera ser testigo de ello.

El argumento trata de dos perros que, por una noche, consiguen hablar. Contándose sus andanzas y experiencias perrunas aprovechan, en la pluma cervantina, para repasar personajes y costumbres con un sentido crítico acerado y un sentido del humor ácido. La condición humana se muestra al desnudo descubriéndonos hipocresías, contradicciones y egoismos que nos colocan, como especie, por debajo de la condición que llamamos animal, como es el caso de los pastores que acusan al lobo de las ferocidades y ataques al rebaño que ellos, con astucia y engaños, llevan a cabo. Esta actitud es cosa que desconcierta al perro encargado de guardar las ovejas y que acabará recibiendo el castigo del amo que piensa en su descuido y falta de celo para defenderlas.

Con esa inclinación de Cervantes hacia el mundo de la locura, cuya exposición máxima será el Quijote, presente en otras obras como El Licenciado Vidriera, en este Coloquio de los perros hará transcurrir la acción en un manicomio. Será un loco que que, asombrado, advierta de las conversaciones nocturnas de los canes, y lo cuente. En la institución mental, junto al guardián, Cervantes situará a un escritor, un matemático y un científico, compartiendo el destino que la sociedad les adjudica junto a los perros. Tan peligrosos parecen.

Con un lenguaje que transita del de el Siglo de Oro al español actual, con las particularidades expresivas regionales, el Laboratorio Univalle de Colombia arma esta obra de teatro, aprovechando las críticas de Cervantes para traducirlas con acierto a los problemas actuales, de los que no escapan el racismo o el problema de la injusticia y la igualdad. Se plantan en escena poniendo, inicialmente, de manera muy formal, académica y acartonada a Cervantes; pero no les suena a Cervantes esa forma huera, vacía, de pura apariencia en la que los gestos y las palabras van cada uno por su lado, y se lanzan, entonces, a esta búsqueda de lo más profundo, actual y comprometido del espíritu cervantino, con el resultado de un excelente trabajo, ágil, dinámico, coherente, vivo y descarnadamente presente entre los males que afligen a nuestras sociedades.

Todo el reparto, en la labor de equipo de los siete actores que dan vida a los distintos personajes, brilla a gran altura en el ameno juego de escena.

Sigmund Freud conoció este texto, y sospecho que el resto de la obra cervantina, y –según leo en el programa de mano- lo consideró un modelo excepcional de la relación entre el terapeuta y el paciente. Y es que, Cervantes, bien sabía que había mucho que curar en el alma humana. Y en esas seguimos.

 

2.- El caballero de Olmedo, de Lope de Vega, dirigida por Lluís Pasqual y puesta en escena por La Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico y La Kompanya Lliure en una coproducción de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y el Teatro Lliure.

Esta representación viene precedida por la acreditada firma de Lluís Pasqual como director de la versión de Lope, la participación de la actriz Rosa María Sardá en el papel de Fabia, la alcahueta, y el trabajo de los elencos de La Joven Compañía de Teatro Clásico y la Kompanya Lliure. Muchas circunstancias favorables como para que resultara fallido el proyecto.

No defrauda, en efecto, esta puesta en escena que renuncia a los trajes de la época y cualquier decorado. Un conjunto de sillas que ocuparán los actores, de las que se levantarán para montar las diferentes escenas y unas espadas para las ocasiones, son todo cuando cabe sobre el escenario, así como el coro que se hace u deshace para interpretar las canciones en forma de canon o acompañadas por la guitarra o la percusión de los cajones.

Si toda la representación transcurre de forma armoniosa, sin despistarse del argumento ni producir vacíos o pérdida de interés en lo que se muestra, hay que señalar cómo a una parte del público no le gustó demasiado este teatro clásico que esperaban ver rigurosamente de capa y espada y sin canciones y ritmos tan variados como las soleares, fandangos, coplas o tangos, evidentemente inexistentes en el siglo XVII español. Por mi parte debo decir que todo lo visto me pareció muy acertado, de exquisito gusto e inteligente. Es mucho más difícil hacer esta versión actualizada en texto y ambientación, que reproducir fielmente lo que tuvo que ser una representación de la época. Considero, además, que no se aparta un ápice del espíritu de Lope de Vega ni distorsiona el mensaje o merma el dramatismo de la obra. Y quiero pensar que de esta opinión fue la inmensa mayoría del público que aplaudió este caballero de Olmedo.

Lluís Pasqual se centra en esta versión suya en el aspecto más poético del teatro de Lope de Vega, asegurando haber escuchado esa voz lírica más elegante y más conmovedora al servicio del gran poema de amor roto, un amor que pasa de la luz a la oscuridad, de la felicidad de la plenitud al dolor de la ausencia. Y será esta actitud de Lluís Pasqual en su segunda aproximación a El caballero de Olmedo (la primera fue hace veinte años en francés) la que nos explique su deseo de atender a la reclamación del espectador de tener una mayor proximidad y cercanía al hecho teatral. La casi supresión del verso, el lenguaje vivo y actual sin perder la riqueza expresiva del Siglo de Oro y las demás circunstancias anteriormente reseñadas en los párrafos precedentes, lo consiguen.

Cada cual saque sus conclusiones; las mías son el sincero aplauso que me mereció lo visto y experimentado en esta noche teatral de Almagro.

 

3.- La puta enamorada, obra en tres jornadas y epílogo,  de Chema Cardeña, dirigida por Jesús Castejón en una coproducción de Euroscena y el Teatro Calderón de Valladolid.

Diego de Velázquez, el pintor de la luz, nos dejó entrever en sus cuadros y en su propia vida algo más que la vida de la Corte. Los temas de Velázquez tocan la mitología y alcanzan la vida cotidiana. Pero tuvo que realizar su trabajo bajo el dominio del poder y sus avatares, poniendo buen cuidado en no perder algo más que el privilegio de ser el pintor de Cámara, debido a sus ideas políticas personales.

De la difícil y tormentosa vida de la España del Siglo de Oro, de la gloria de un Arte único en la historia a la Inquisición y la paradoja de la lujuria y la penitencia caminando de la mano de la Cuaresma y el Carnaval, está hecha esta pieza teatral de Chema Cardeña.

Bien hilvanada, mejor cosida, resuelta de manera impecable, estupendamente desarrollada, La puta enamorada es, en palabras del propio Cardeña, un canto a la libertad de creación, al amor y a la lucha por la supervivencia que nos hará descubrir –agrega- lo poco que hemos cambiado en cinco siglos de nuestra historia.

El leitmotiv para el drama será el encargo a Velázquez por parte de Felipe IV del  retrato a una querida suya, una actriz con sobrenombre de la Calderona. El encuentro del pintor con la mujer y su criado en un discreto y apartado estudio, dará pie a cuestionar la libertad del pintor, los deseos de la amante del rey y la ambición del criado, enamorado de su dueña y por la que arriesgará su seguridad cuando pretende alejarla de la influencia del pintor. El amor entre el artista y la amante del rey va a determinar el tipo de cuadro que pintará, supuestamente la Venus del espejo, pero también el papel que ésta jugará en defensa del pintor sevillano ante las intrigas y persecución de la Corte. La puta enamorada ya no lo será del rey, sino de Velázquez y éste, enamorado de la puta del rey aparecerá, como ella, prostituido y utilizado por la Corte y la reina, a la que debe algo más que favores.

En medio del amor se alza la figura de una mujer valiente en un mundo de hombres, junto a la soledad del genio y servida por un marginado y su lucha para conseguir un puesto en la sociedad. Cardeña pinta este cuadro con soltura de pinceladas y color, dejando que la luz de Velázquez llene la atmósfera de lo etéreo y el aire se mueva y respire emoción y ternura. Des este modo descubrimos que las palabras que nombran y son dichas en tono alto son, a menudo, nombres cambiados; la puta puede ser el genio, reina la puta, traidor el noble y noble el pobre desgraciado.

Con algunas concesiones al verso en el texto y la fuerza interpretativa de la actriz Eva Marciel en el personaje de la Calderona, Javier Collado en Lucio y Federico Aguado en Velázquez, componen el reparto de esta puesta en escena, obra en tres jornadas y epílogo, espectáculo de ¡pasen y vean, señoras y señores…! para el disfrute del teatro de siempre y para siempre.

González Alonso

En un lugar del Quijote, de Ron Lalá coproducido por la Compañía Nacional de Teatro

Íñigo Echevarría.- En un lugar del Quijote. Compañía Ron Lalá

En un lugar del Quijote
Ron Lalá con el patrocinio de la Compañía Nacional de Teatro Clásico

Dirección: Yayo Cáceres

Teatro Barakaldo (Vizcaya) 11 de mayo de 2014

Muchas muchas cosas y todas admirables. La primera y más singular es la convicción, recogiendo la jocosa invitación cantada de final de obra, de que leer el Quijote es lo mejor que se puede hacer. Si para ello, además, te compras una buena edición del mismo en una librería (artículo ampliado: ideas para encontrar una buena edición del Quijote), es posible que lo conviertas en libro de cabecera y te acompañe toda la vida junto con otras lecturas.  Porque el grupo teatral Ron Lalá no solamente nos descubre y recrea el verdadero espíritu de la obra cervantina, sino que lo completa y complementa con aportaciones propias, en verso y prosa, cargadas de una profunda crítica a los males de las sociedades de nuestro tiempo, en un lenguaje directo, claro, preñado de profunda ironía que proviene –ese es el acierto genial- de la misma esencia y fondo del Quijote. Nada hay, pues, que suene a Cervantes por un lado y por el otro a la creación literaria de Ron Lalá, pues todo es uno y en todo nos reconocemos y aprendemos.

Juan Cañas, Daniel Rovalher e Íñigo EchevarríaEl Quijote, por lo expuesto, se resiste a alejarse de nosotros y nuestro tiempo; se nos apega al pesimismo de los vicios del poder, la corrupción, la mirada corta de políticos y poderosos financieros manejando el gobierno, atentos a su enriquecimiento personal antes que al bien de la república. Y esa es la auténtica y verdadera locura, no los desvaríos de un hidalgo vuelto caballero andante en su fantasía y un escudero venido a gobernador de ínsulas sin despegarse del olor a ajos y amor al vino.

Bastaría decir que este concienzudo trabajo del grupo teatral Ron Lalá debería recorrer todos los escenarios  de habla española por muchos años y, así mismo, formar parte del currículo escolar de los estudiantes, universitarios y no universitarios, no como actividad obligatoria e impuesta –que es el peor modo de arrojar sobre cualquier obra sospechas, recelos, reticencias y rechazos- sino como oportunidad, posibilidad y libre acceso. La voluntaria asistencia sería inmediatamente premiada por la felicidad, gozo y disfrute, del aprender y comprender sin reservas, riendo y participando de cuanto se muestra. Creo que, entre las muchas cosas que he dicho encontrar admirables en la representación de En un lugar del Quijote, puede señalarse también la de sentir la novela y vivirla tal y como debieron sentirla y vivirla los lectores del siglo XVII, con la risa espontánea en cada situación, las muchas sonrisas cómplices, la lágrima a flor de piel en ocasiones y la conciencia, finalmente, de que este mundo nuestro necesita un arreglo que sí está en nuestra mano.

Dejo aquí todos los elogios de mi repertorio para los actores que sobre las tablas actuaron de manera tan creativa y convincente, rayando la excelencia en numerosas ocasiones y siempre a un nivel envidiablemente alto. No menos elogios se merecen los demás componentes del equipo puesto al servicio de esta producción, tales como los responsables de la dirección literaria, la dirección musical o la dirección escénica, Álvaro Tato, Miguel Magdalena y Yayo Cáceres, los cuales también tomaron parte en el reparto junto a Juan Cañas en el papel de Cervantes y otros personajes, Íñigo Echevarría en el de don Quijote y Daniel Rovalher como Sancho Panza.

No dejaré de mencionar que la obligada selección de las aventuras del caballero de la triste figura permite, sin menoscabo, la comprensión global de la obra en la que, caballero andante y escudero van recreando la historia que el autor, Miguel de Cervantes, va escribiendo sobre el escenario, trayendo y llevando personajes con los que establece diálogos y discusiones muy sabrosas. Pero llega a resultar tan real el personaje de ficción que, en ocasiones, es él quien le dicta al autor el texto, acomodándolo a la propia idea de la historia, por lo que Cervantes pasa a ser un personaje en manos de don Quijote.

Poco o nada –por lo mucho que me gustaría decir y nunca demasiado- interesa ahora contar en esta pobre crónica de una jornada tan memorable. Pero no quiero ni puedo en modo alguno despachar este texto sin renovar mi aplauso agradecido y de corazón a estas gentes artistas y locas tan necesarias a este mundo y a la vida de la república y sus ciudadanos.
Sea.

González Alonso

La compañía Ron Lalá en la obra En un lugar del Quijote

La Estrella de Sevilla.- Lope de Vega .- Compañía Clásica de Sevilla

La Estrella de Sevilla.- Lope de Vega
Teatro Clásico de Sevilla.- Dirección de Alfonso Zurro
Teatro Barakaldo.- 29 de marzo de 2014

Con todos los ingredientes de la tragedia, esta obra de Lope de Vega nos deja, en la versión de Alfonso Zurro, en terreno de nadie. Lo que el espectador poco avezado y aún menos versado en cuestiones críticas puede ver, como es mi caso, no es sino un enredo monumental provocado por un rey en la Edad Media española que pretende gozar los favores de una noble sevillana y, a consecuencia de ello, acaban encontrando la muerte dos personas; una, por intentar facilitar las cosas al rey dejándolo entrar en la casa de la atractiva mujer, y la otra por oponerse a las pretensiones del mismo rey.

Nada me hace pensar en las intenciones de alzar la voz contra las arbitrariedades del poder, como se sugiere en la sinopsis del programa de mano. Los muertos y los enredos, intrigas amorosas y escarceos, se producen entre las gentes que detentan el poder, los nobles y el más noble de los nobles, el rey. Entre los muertos, una víctima plebeya, la esclavilla que franqueó la nocturna entrada  del rey en la casa, muerta a manos del hermano de la dama pretendida por el monarca, y el mismo noble hermano –puntilloso y altamente pagado de honra, juicio recto y comportamiento ejemplar cuando se trata de defender sus intereses- a manos de un sicario contratado por el mismo rey, que resultó, a su vez, ser el prometido de la dama y amigo de la víctima.

Para hacer creíble todo este rocambolesco argumento hay una apelación constante y desmesurada a las cuestiones de honor y el sentido de la justicia que fueron esgrimidos durante el medievo. La mujer es rea de las decisiones del padre, del hermano o del marido, por este orden. Además, resultará ser culpable por ser bella y por ser mujer de lo que su beldad y atractivo femenino desencadene en los hombres, y cuando puede decidir porque le es permitido, lo hará por amor y perdonará al asesino.

Da la impresión de que las cosas del gobierno no existen, sino solamente la cuestión de con cuántas mujeres irse a la cama. El monarca parece atender las cuestiones amorosas con la misma suerte que las olvidadas obligaciones del reino. Para ello, como para cualquier otro capricho, el poderoso repartirá prebendas, comprará voluntades, terminará con la vida de quien se interponga en su camino e interpretará la ley a su antojo. De igual modo, se entiende que actuarán del rey abajo cuantos le rodean, jalean, sirven, adulan y temen.

Debo confesar que la obra llega a aburrir en determinados momentos. Hay pasajes interesantes y muy bien interpretados en los que la cosa parece despegar; pero enseguida vuelve a lo mismo sin remedio. La interpretación tampoco ayuda mucho. Bastante plana y falta de contrastes. Cada actor o actriz tiene sus minutos de gloria y buena puesta en escena de su personaje, y el resto queda en brazos de un transcurrir tedioso y previsible. La plasticidad del montaje, en cambio, resulta sugerente y hermosa. Todo el juego de largas varas o lanzas delimitando en cada momento los diferentes espacios en los que transcurre la acción sobre el escenario, el trabajo de los duelos con espadas o el ambiente de la corte real, los coros introducidos o los efectos de iluminación, son un acierto al que sirve también de manera eficaz la música que se acompaña. El vestuario y el movimiento escénico, impecables.

Se trata, en fin, de un Lope de Vega poco reconocible en este drama que él situó en tiempos del reinado de Sancho el Bravo de Castilla en el siglo XIII. Un siglo XIII demasiado contaminado del rancio sentido del honor caballeresco del siglo XVII, junto con el desprecio por la vida. Intentar sacar más de donde no hay, es vano intento. Tarde primaveral de teatro, ocasión siempre feliz para aplaudir la voluntad y el trabajo del elenco del Teatro Clásico de Sevilla y su aproximación al Siglo de Oro de la mano de esta tragedia de Lope de Vega.

González Alonso

La dama duende.- Pedro Calderón de la Barca. Compañía Miguel Narros

La dama duende.- Pedro Calderón de la Barca

Compañía Miguel Narros

Teatro Barakaldo.-22 de marzo de 2014

La dama duende se encuadra en el género de comedia de capa y espada. Un cúmulo de enredos y equívocos en torno al amor y final feliz para todos. El ritmo frenético de las situaciones enlazadas en la obra de Calderón acaba desorientando en más de una ocasión al espectador. Se producen escenas, como las que intercalan las escapadas de las mujeres en busca de hombres, en las que no sabes muy bien dónde está situada la acción. Pero eso, pienso, no es imputable a Calderón, sino al montaje y actualización de la comedia.

Nueve personajes sobre el escenario. Diez. Porque el décimo personaje viene a ser el pasadizo secreto del que se servirá la joven viuda Doña Ángela, interpretada por Diana Palazón, para entrar y salir en la alcoba del invitado de sus hermanos, Don Manuel, que interpretará Chema León, dejándole notas escritas o revolviendo sus pertenencias, lo que dará pie para imaginar la actuación misteriosa de una mujer duende o un fantasma. Los criados jugarán el papel más humorístico de la representación, aunque lo cómico alcanza a todos los personajes y situaciones de la comedia, sin excepción.

Todo el enredo del argumento, que viene a ser un conjunto de diversos argumentos, está puesto a disposición del espectador no sólo para entretener y divertir, sino con el propósito de plantear los aspectos y sevicias del amor como son los celos, la iniciativa de las mujeres en las relaciones amorosas y sus estratagemas para hacer valer sus derechos y conseguir sus propósitos, o el sacrosanto sentido del honor masculino y su defensa a punta de espada ante cualquier supuesto menoscabo del mismo.

No me atrevería a ver en los aspectos anteriormente reseñados una intención revolucionaria, reivindicativa o ácida de Calderón; pero lo cierto es que, al amparo de la comedia, nos describe muy bien cómo funcionaban las cosas bajo el manto rígido de la moral y nos deja a las claras la imparable fuerza del amor y los sentidos.

Calderón de la Barca escribe este texto con apenas treinta años de edad y en el momento álgido de su carrera y un reconocimiento sólido de su obra. La recreación llevada a cabo por el fallecido dramaturgo Miguel Narros es sensiblemente más corta que la original, pero no resulta trascendente ni merma el valor de la comedia. Su buen hacer lo desarrolló en una dirección de los personajes que roza, en algunos casos, la excelencia. El vestuario y la escenografía son elementos reseñables que hay que destacar.

Si atendemos a la interpretación de los actores debo confesar lo admirable de su trabajo manteniendo un alto nivel, aunque encuentro que hay aspectos mejorables y otros que se hacen innecesarios, como el excesivo movimiento en escena, con exageraciones que quedan en el aire y recargan de barroquismo el tono que imprimen en la acción. La recitación de algunos pasajes amorosos entre Doña Ángela y Don Manuel es exquisita, en contraste con la excesiva rapidez de otras partes que impiden entender bien los finales de frase. La actuación de Diana Palazón merecería que cobrara más protagonismo en cada escena en las que toma parte dando vida a la que es, per se, protagonista de todo el enredo, la joven y bella viuda Doña Ángela. Es un punto exigible, pero hay que reconocer, ante todo,  que estuvo a la altura de las exigencias del papel. Estupendo Chema León interpretando a Don Manuel; acertado y ocurrente y algo histriónico, Iván Hermes, en el criado Cosme; francamente bien, en un tono adecuado y con buenos recursos cómicos, el trabajo de Mona Martínez; divertido y con aciertos geniales, Emilio Gómez en Don Juan, hermano de Doña Ángela y de Don Luis, que interpretó con solvencia Marcial Álvarez. Con frescura, estupenda vocalización y acierto en su papel de Doña Beatriz, nos ofreció su trabajo Eva Marciel y, finalmente, con papeles menores pero importantes y bien puestos en escena, Paloma Montero, en el personaje de Clara y Antonio Escribano en el de Rodrigo.

Los diferentes argumentos incluidos por Calderón en La dama duende se ensamblan a la perfección, como –y cito literalmente- se subraya en el programa de mano, explicando el entramado general de la obra: Como siempre en sus mejores textos, Calderón engarza en La dama duende multitud de argumentos aún vigentes: la decisión de Doña Ángela de escaparse a las obligaciones de su viudedad para frecuentar la compañía de los hombres, lo que justifica y acentúa el clima erótico de ciertas escenas, al ánimo corrupto del criado Cosme que lo lleva a cometer pequeños latrocinios aparentemente disculpables. Este mundo de moral dudosa y libertaria se enfrenta a la cómica rigidez del tercer hermano, Don Luís, vigía del decoro y la corrección y eternamente frustrado en sus deseos vitales y amorosos.

Una tarde de siglo XVII español en el Teatro Barakaldo con todos los ingredientes necesarios para seguir apostando por el arte dramático y su actualidad, como lo demostró el numeroso público que llenó el aforo y que aplaudió generosamente el generoso esfuerzo del elenco de la Compañía Miguel Narros en esta su recreación calderoniana de La dama duende.

González Alonso

El amor después del amor.- Garbi Losada.- ADOS TEATROA

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El amor después del amor, de Garbi Losada
ADOS TEATROA

Teatro Barakaldo, 28 de febrero de 2014

Más allá de donde ubiquemos el amor, sea en una relación heterosexual u homosexual, la obra es un acierto en el modo, forma y fondo, al tratar la demencia generada por el alzheimer. Dicho esto, cabe desgranar el cúmulo de emociones suscitadas a través de la acción desarrollada sobre el escenario, así como abrir el abanico de los afectos expuestos a la irreversible pérdida de la memoria que van aflorando y abrazando con sus angustias a cuantas personas rodean a la persona enferma y, a través de la representación, a los espectadores. Del nudo en la garganta, al llanto desconsolado e incontenible de alguna de las personas asistentes. De la visión desoladora de una personalidad progresivamente desintegrada y destruida, al desamparo total de la muerte.

No hay, sin embargo, melodramatismo en este texto. Lo subrayo por si alguien se siente inclinado a pensar que la emoción y las lágrimas pudieran responder al tono sensiblero y fácil de la obra. No es el caso. Hay un trabajo serio de disección de la enfermedad y una exposición nítida y sin concesiones de sus  efectos devastadores y  el alcance de los mismos. Cualquiera que tenga o haya tenido algún familiar afectado por algún tipo de dolencia como el alzheimer o semejantes, habrá revivido dolorosamente su situación y habrá sentido, probablemente, más cercana la comprensión y la compañía en esta tragedia. Cualquiera que solamente haya oído hablar de este problema, se habrá impresionado. Creo que nadie sale de la sesión teatral indiferente ante lo que ha presenciado.

Pero tampoco conviene entender que  la obra se trate de un simple texto bien hecho de denuncia y campaña en torno al alzheimer. Estamos hablando de teatro, de arte escénico, y es desde esa perspectiva que debemos enjuiciar lo que ADOS TEATROA planta ante el espectador.

Al acierto del texto de Garbi Losada, bello y poético, crudo y desgarrador, bien construído sobre situaciones afrontadas con realismo y valentía, hay que agregarle el no menor acierto de un montaje en el que la obra plástica de Dora Salazar envuelve la acción en toda la amplitud del escenario para proyectar de manera amplificada el proceso interior de la enferma, su cada vez más fragmentada visión del mundo y el recorrido por los recuerdos que le van quedando; ese último tramo de la vida en la que permanecerán los afectos más profundos como última compañía.

También la música. En este caso está tan pegada a la acción y su desarrollo que parece pasar desapercibida. Pero sólo puede considerarse este resultado un éxito del autor, Javier Asin. Contribuye de manera eficaz a crear el clima adecuado y, junto al trabajo de iluminación de Xabier Lozano, definir en sus coordenadas exactas la acción dramática.

El otro aspecto relevante de este estreno absoluto en el teatro Barakaldo se refiere a la interpretación. Acertada y con momentos magistrales en el caso de la protagonista, Ane Gabarain; con más voluntad y corazón que aciertos los de Dorleta Urretabizkaia y Sara Cozar. Pese a su amplia experiencia, tal vez su juventud o el peso de la responsabilidad en unos papeles difíciles les haya conducido a una gestualidad y expresión corporal bien concebidas pero poco creíbles en determinadas escenas, así como una sobreactuación o tono de voz excesivamente elevado y plano. Nada, por otro lado, que afecte de manera negativa a la línea de flotación de la obra en su puesta en escena. Se merecen, sinceramente, todos mis respetos y aplausos por encima de las anteriores observaciones.

Una tarde de teatro, en suma, interesante y muy positiva. Un estupendo espectáculo que va más allá del entretenimiento, que no es cosa mala, y de la simple anécdota. Teatro de compromiso, agarrado a las raíces de los problemas humanos, aquellos que, como el alzheimer, nos deshumanizan a cuantos vivimos en su periferia cuando los ignoramos. Porque el amor lo encontramos y lo necesitamos, como el título indica, también después del amor.

González Alonso

Crítica teatral (inicial) de David Barbero: El amor después del amor

La anarquista, de David Mamet

La anarquista
David Mamet
Teatro Español
Versión y dirección de José Pascual

Teatro Barakaldo (8 de febrero de 2014)

Me comentaba un amigo a la salida del teatro que a la obra le sobraba una hora de la hora y media de representación. Es posible. Pero también puede, si nos metemos en los entresijos y nos liamos a discutir la problemática planteada, que necesitemos varias horas para, tal vez, no llegar a una solución provisional y, menos aún, definitiva.

No me parece mal el planteamiento. Es como lanzar un tema a discusión entregándolo al debate de la sociedad y que la sociedad decida. No me hubiera parecido bien si previamente no hubiera sido trabajado el tema, exponiéndolo desde todos los ángulos posibles y en un contexto amplio, sin restricciones.

El tema sobre el cual escribió el dramaturgo estadounidense David Mamet (guionista de El cartero siempre llama dos veces) no es el anarquismo, sino el ejercicio de la violencia como método para conseguir algún fin que, en el caso del anarquismo, sería el de subvertir el orden social establecido. La violencia política se contrapone al ejercicio de la violencia del Estado para evitar la primera o castigarla.

Hay un hecho dramático en las consecuencias de la acción violenta que concluye en el crimen o el asesinato, y es que resulta irreversible e irreparable. Nadie puede restituir la vida a las víctimas, y esto genera un conflicto moral en la sociedad. Es lícito defenderse de la amenaza terrorista y de las acciones violentas, como resulta lícita la imposición del castigo. Pero si la sociedad y las leyes emanadas de su constitución organizada en la forma del Estado no quieren ponerse a la altura de los asesinos, tampoco puede actuar violentamente contra sus vidas. De ahí la lógica supresión de la pena de muerte, lo que revela una altura de miras por encima del asesino y su código ético. No obstante, ¿qué clase y cantidad de pena o castigo puede redimir la acción violenta de acabar con una vida?

El dilema, teóricamente, se resuelve incorporando el concepto de reinserción. La reinserción exigirá el arrepentimiento y la expresión de la voluntad de acatar, respetar y cumplir las leyes vigentes. Pero un problema sigue a otro. ¿Cómo medir el arrepentimiento?¿Cómo evaluar la disposición a cumplir las leyes?

En La anarquista, las dos protagonistas se enzarzan en la discusión de estos asuntos. La funcionaria de prisiones en busca de las pruebas del arrepentimiento. La presa, en busca de conseguir la libertad. Para ello la funcionaria le exigirá que delate a su compañera de asesinato revelando dónde se encuentra. La presa, que dice renunciar a las ideas que la condujeron al crimen rechazando la violencia como método y confiesa su conversión a la fé cristiana, no podrá ocultar el convencimiento íntimo de encontrarse ante una sociedad a la que el Estado tiene secuestrada manteniendo la imposición, la administración de sus libertades, derechos y obligaciones, de manera autoritaria y abusiva y protegiendo los privilegios de los poderosos en perjuicio de los más débiles. Una hará lo posible para intentar conseguir la libertad y la otra lo imposible para impedirlo.

Si no podemos saber nunca  hasta qué punto fue sincera la confesión de la presa o sólo una estratagema para salir de la cárcel, tampoco sabremos cuánto de sentimiento de venganza abriga la funcionaria de prisiones o si solamente quiere estar segura de poder firmar la petición de libertad con garantías, porque –de manera expresa- confiesa abiertamente no creer en la reinserción a la que la presa tiene derecho.

En este contexto, cualquier acto de piedad se verá superado por el sentido del deber y la aplicación de las leyes. La actuación de la funcionaria se asemeja a la del creyente poseído de la fe que practica las normas que la Iglesia le dicta; si su actuación es equivocada, no será ella quien se equivoque, sino el Estado que dicta las normas, al igual que el error del creyente no le puede ser imputado a él, sino a la Iglesia. La responsabilidad moral está a salvo en ambos casos. En cierto modo el discurso sobre la culpa que subyace en el texto de David Mamet me ha recordado la novela de Dostoievski, Crimen y castigo.

Nos encontramos, hay que decirlo, ante una obra en la que el texto lo es todo. Dos personajes, una mesa con documentos y un teléfono que suena de vez en cuando y dos sillas, es cuanto puede encontrarse en el espacio del escenario. La dificultad de mantener la tensión y la atención del espectador en estas circunstancias es muy grande. Pero la versión de José Pascual interpretada por las actrices Magüi Mira y Ana Wagener supera, con creces, la mencionada dificultad. Variedad de matices, ritmo ágil, conversaciones que transmiten naturalidad y realismo, buena gestión de los silencios y una actuación alejada de lo melodramático y exagerado, hacen creíbles a los personajes y logran que el teatro sea, una vez más,  la magia viva que nos anima y da razón para no dejar de asistir a él. Aunque tengamos que imaginar o discutir los finales.

González Alonso