Hoy, amigo mío

 

HOY, AMIGO MÍO

Hoy, amigo mío, estoy triste;
no importa por qué; sólo
estoy triste
y ya no puedes escuchar mi tristeza.

Tal vez el tiempo dejó atrás las alas
de la alegría
y se posa en mi corazón
con su pesada carga
de nostalgia. O mis ojos
-antes vivaces y alegres-
albergan miradas que ven sólo
la arquitectura olvidada
de otros años y otros árboles
con sus frutos agrestes
de tardes de verano
por el monte.

Hoy la vida se detiene en los surcos
de una canción lenta
y triste como mi tristeza,
con palabras que no entiendo y, sin embargo,
me alcanzan
y me hieren.

Amigo mío,
estoy triste.
Te has ido y no sé cómo
puedo vaciar mis lágrimas
ni nombrar las horas felices.

Si al menos mereciera alcanzar la caricia
de una mano suave como vuelo
de mariposa; o el consuelo
de una sonrisa
sola
cuando el sol se desvanece
dibujando el horizonte
de la noche… Pero
me llega solamente un eco repetido
de despedidas. La dilatada
y desdibujada sombra del recuerdo.
Y estoy triste.

González Alonso

El filósofo que llora

EL FILÓSOFO  QUE LLORA

Te dijeron, no llores,
no es para tanto, los hombres
no lloran. Y cerraste los ojos,
apretaste el nudo que ahogaba tu garganta,
contuviste el aire que oprimía tu pecho
tantas veces como las lágrimas
se asomaron al brocal de la tristeza,
la pena de una pérdida, la humillación
sufrida, el dolor de la soledad
y el amor que olvidó tu nombre.

Se marchitaron las flores en el jardín de la vida
sin llanto.

Pero algo andaba mal
en el ánimo y el fondo de las cosas,
y las sonrisas no encajaban en los labios.

Cómo organizar los sentimientos,
cómo limpiar el alma
atrapado en la nostalgia de un pretérito
imperfecto idealizado, y en un futuro pintado
de expectativas
de augusta felicidad.

Así me hicieron una y cien veces cien
aquellos que pasan por la vida
oyendo sin escuchar
y mirando sin ver lo que tienen delante.

Y ya sólo quiero el silencio
y el deleite del descanso, la pausa que me socorre
depurando experiencias, organizando las noticias
del mundo; y, al fin poder, serenamente,
advertir mis emociones
junto a Heráclito de Éfeso,
el filósofo
que llora.

González Alonso