Abre los ojos, deseada patria

Don Quijote y Sancho vuelven a su aldea.- ¡Abre los brazos, deseada patria!

Abre los ojos, deseada patria
(Sancho Panza.- El Quijote, II-LXXII)

Abre los ojos, deseada patria,
y mira que a ti vuelve Sancho Panza
no muy rico, si bien apaleado,
menos bruto y más lleno de locura
para alumbrar feliz un mundo nuevo.

Abre los brazos, patria deseada,
recibe con orgullo a don Quijote
de los brazos ajenos ya vencido
e invicto de sí mismo; dale, patria,
sepultura feliz a su cordura
y a su sana locura eterna fama.

Sobre los anchos muros de tu historia
a lomos de aquel rucio y Rocinante
cabalgarán sus nombres; Dulcinea
será llave encantada de tus sueños,
que si el vivir merece la aventura
tienes , patria, la vida asegurada.

Un sol será Cervantes en el cielo
del universo, estrella acompañada
por cuatro esferas como cuatro lunas,
cuatro planetas fijos en sus órbitas
que sin pausa recorren Rocinante,
Dulcinea sin par y del Toboso,
el audaz don Quijote y Sancho Panza.

González Alonso

Sistema solar Cervantes: Sol Cervantes, Dulcinea, Rocinante, Quijote y Sancho

Las siete cabras del cielo

Las Pléyades o las siete cabras del cielo

Las siete cabras del cielo
(Sancho Panza.- El Quijote.- II-XLI)

Nos puso la NASA los ojos en Saturno,
los suelos de sus lunas, los anchos
anillos en sus órbitas
y el alma abrió la boca del asombro
al espacio solar y planetario; la Tierra, allí,
en su lejanía obscura,
diminuto puntito iluminado navegando el vacío
que corren las invisibles partículas mensajeras
del Universo. Y antes,
mucho antes de ahora,
cuatrocientos años antes que la NASA
y sus ingenios espaciales,
voló los universos Sancho Panza
a lomos
de la noble madera
clavileña
y nos descubrió las siete
cabras del cielo,
las dos verdes, las dos
encarnadas,
las dos azules
y la una de mezcla. Ningún cabrón
pasaba
de los cuernos de la Luna, por si queréis
saberlo.

González Alonso

Don Quijote y Sancho Panza a lomos de Clavileño

¿Quién es el señor Schmitt?- Sébastien Thiéry

¿Quién es el señor Schmitt?Sébastian Thiéry

Barco Pirata, compañía

Dirección y adaptación: Sergio Peris Mencheta

Reparto:

Javier Gutiérrez, Cristina Castaño, Xabier Murua, Quique Fernández y Armando Buika  

Teatro Barakaldo, 6 de octubre de 2018

La primera consideración a la que debo referirme es el público. El cine y la televisión arrastran a buen número de personas al teatro como espectadores ocasionales. Van con la risa puesta y creen estar en el salón de su casa ante la serie de turno de la cadena televisiva de turno. Y surge el fracaso. Resulta patético comprobar que no entienden nada. Ríen antes de que el actor o la actriz inicien el mínimo gesto, aplauden a deshora escenas intrascendentes y encajan con desconcierto las escenas de calado. Un público, en fin, encasillado en la comedia casposa televisiva de chiste fácil incapaz de entender el teatro y al que prestan un flaco favor. Eso incomoda y perjudica al espectáculo. Imagino la perplejidad de los actores ante reacciones tan fuera de lugar.

Pero la obra del francés Sébastian Thiéry es buena; diría más, es muy buena. Parece rara, pero sólo si queremos encasillarla en un género; de otro modo, nos encontraremos ante un planteamiento complejo que transita por los recovecos del teatro del absurdo con pinceladas irónicas al estilo de un inteligente Darío Fóo. La trama, que arranca con un suspense inicial, se sumerge en el humor de la comedia para acabar en un drama con un final amargo que invita a la reflexión, o un final –si lo preferimos- abierto.

¿Qué es lo que cuestiona esta propuesta teatral? Pues, en principio, la imagen que tenemos de nosotros mismos, lo real y lo inventado, así como la imagen que de nosotros mismos tienen los demás. ¿Qué somos? ¿Cómo adaptarnos al entorno y la presión social? Y como respuesta ante el desconcierto, el riesgo, la amenaza y el miedo, nos ofrece una hermosa metáfora: nadar a favor de la corriente; no hacer como los salmones, que remontan el río contra corriente para encontrar la muerte. Me parece acertada y oportuna la cita de H.P. Lovecraft del programa de mano de la obra: “Ni la muerte, ni la fatalidad, ni la ansiedad, pueden producir la insoportable desesperación que resulta de perder la propia identidad”.

Me gustó la dirección de Sergio Peris Mencheta y el planteamiento de la acción en los espacios de un decorado clásico, pero tan inestable como la vida y la personalidad de los personajes protagonistas, con sutiles cambios sin que nada cambie, como la puerta de la casa que se desplaza a lo largo de la pared y ya no es la misma puerta que antes no se podía abrir, pero sigue siendo –paradójicamente- la misma puerta. El argumento: una feliz y acostumbrada –quizás aburrida- pareja de mediana edad se encuentran en su casa desayunando y empiezan a percatarse de que ni aquella es su casa ni ellos son ellos. Suena un teléfono que no tenían, preguntan por un señor que no conocen, parecen estar en un país que no es el suyo, les aparece un hijo negro y edad imposible, las ropas, libros, cuadros y recuerdos resultan ser los de otras personas que ahora son ellas mismas ante la inevitable sorpresa, dudas y el pánico desatado.

Me gustó la interpretación. Descuella Javier Gutiérrez en el personaje principal del señor Schmitt. Reconozco la labor de Cristina Castaño como señora Schmitt. No se puede considerar el corto e inapreciable papel, secundario y testimonial, de Armando Buika y Xabier Murua. Y magnífica –tal vez, en mi opinión, la más acertada actuación teatral- la interpretación de Quique Fernández en su doble papel de policía y psiquiatra. No me gustó el público. Pero no es responsabilidad del cuadro escénico de la compañía Barco Pirata.

Lo demás, un teatro lleno a rebosar, una tarde agradable de casi otoño y un nuevo encuentro con el siempre mágico y alentador mundo de las tablas. Y hasta la próxima.

González Alonso

En la estación del tren

Noche de frío en la estación del tren

En la estación del tren

Diez minutos sobran a mis propósitos:
repasar los últimos recuerdos arropados de bondad,
dejar volar la mirada
hasta la frágil línea del horizonte,
hacer las maletas con las cosas necesarias.

No hay demasiados recuerdos compasivos; tal vez
baste el gesto agradecido del emigrante negro
frente a un desayuno. El horizonte se ha borrado
entre nubes agrisadas de diciembre
y no encuentro nada imprescindible
que descolgar del armario
para el viaje que llegará a su tiempo
y espero en el andén solitario de los años.

No creo poder encontrar la frase adecuada;
además, ¿a quién le importaría? Ni siquiera
siento la premura de un gesto; a mi alrededor
el aire de la noche envuelve las horas del reloj
de una estación solitaria, los raíles
de acero, la materia del frío,
la mortecina luz de una lámpara,
el eco de la vida
con la solapa del abrigo alzada
y las manos metidas en los bolsillos.

González Alonso

Estación de tren solitaria

Recitado en el cuaderno de Poesía y Cuentos :  PoeteSSen   de Elsa y Javier:

Traducción al árabe de Chahid Abdeltif:

في محطة القطار
ترجمة عبد اللطيف شهيد

عشرة دقائق تزيد عن قصدي:

أُراجع آخر الذكريات مُتَدَثِّرا بالطيبوبة،

أدع تحليق النظرة

إلى الخيط الهش للأُفق

أَعد الحقائب بالحاجات الضرورية.

لا توجد ذكريات كثيرة حنونة؛ ربما

يكفيني الإشارة الشكورة لمهاجر أسود

إزّاء وجبة فطور. الأفق انمَحى

بين السحب الرمادية لدجنبر

ولم أجد شيئا ضروريا

لأزيح من الدولاب

للسفر الذي سيحل في أجله

وأنتظر على الرصيف وحيداً

لا أعتقد أني سأتوفق للجملة المُناسبة؛

إضافةً، من سيهتم؟ لا أشعر حتى

بسرعة إشارة؛ من حولي

هواء الليل يُغلّفُ عقارب ساعة المحطة الوحيدة،

السكة الحديدية الصلبة،

المادة الباردة،

الضوء الخافت لمِصباح،

صدى الحياة

مع طيَّة المعطف الطويلة

والأيدي بداخل الجيوب.

Carta de septiembre

Carta de septiembre

Septiembre viene al agua
de la fuente en el jardín
y vuela el aire en ramas
de palmeras. Oigo sus palabras,
presiento el otoño
columpiándose
en las flores rosadas
de las buganvillas
todavía aferradas a la altura y la luz. Un pájaro
picotea
los restos del verano. Sólo silencio
y rumor de aire y agua
salpicando la mañana. Sólo
el mar
alzándose al levante y la casa
con las puertas abiertas.

Tal vez la noche acabe llenando con estrellas
esta carta al final de las horas del día,
cuando duermen las moscas
y los recuerdos vuelven a los rincones
habitados de olvido.

González Alonso

Herencia

 

Herencia

Fui  la señal del cielo
y aquél que advirtió un lugar
en las estrellas
y os dio un universo
de palabras.

No era ángel ni profeta
ni era dueño de los mapas
del mundo
y el caudal antiguo de la vida.

Sólo un amor desconocido
corrió por mis venas
y los pulsos,
se alzó a las savias
de mis ramas. Vosotras, hijas mías,
sabréis qué hacer con todo aquello
que una vez llegó a vuestra alma
y canta y duerme
con la alondra que anuncia
la hora primera
de la madrugada.

González Alonso

La visita

 

La visita

Me visitó el poeta con sus cosas cotidianas,
carente de encanto,
buscándose a sí mismo con sonrisas
y muecas y palabras vacías
en un desierto estéril de emociones,
anodino y mediocre con sus citas
de frases hechas y erudición casposa
ante la taza de café
y el péndulo
monótono
de las horas tediosas de la tarde.

Me visitó el poeta, abrió su boca
y habló de sus versos;
cerró su boca
y pensaba en sus versos
y sus versos le perseguían como fantasmas
y nada había más allá de sus versos
y se miraba en ellos como en un espejo
de agua.

Me visitó el poeta
y descubrí al pobre hombre de la calle
de una ciudad cualquiera
abrumado
por su destino de poeta.

Me invitó a su casa el hombre
con sus problemas domésticos diarios
y su música de jazz y el desgarro de los tangos
en los viejos discos de vinilo; miraba con lentitud
el aire de la alcoba; me ofreció
vino y preguntó qué tal me iba,
que a él las cosas mal, pero aguantaba
y sonreía. Detrás
de sus ojos bulle el mundo y la memoria
y el hombre con sus cosas
extraordinarias.

Me visitó el hombre
y descubrí al poeta. Ahora
todo está bien y abro los libros
por las páginas del ruido de las calles
y la alegría bulliciosa
y los sueños adolescentes y las sonrisas
de las muchachas que aman en primavera.

González Alonso

Carta de agosto

 

Carta de agosto

Tal vez recuerdes
el nombre del amor de los veranos
perfumados de tomillos
en las tardes; o en las mañanas
las frescas aguas del río,
los cuerpos abrazados en la hierba
de las horas del monte y de los besos
húmedos
y los sueños
por entre las miradas
y en las manos las caricias, mariposas
en el tacto desnudo de la piel.

Ahora estoy aquí, en el mismo lugar,
el sol rozando el horizonte,
los tomillos colmando la tarde con su aroma,
tendida sobre la hierba,
la luz de un cielo limpio en mis pupilas.

Tal vez, alguna vez lo sepas,
como cuando fuimos felices
como cuando inventamos el amor
como cuando fuimos el mundo
y agosto resultó ser, al fin,
toda la vida.

González Alonso

 

La Ternura, de Alfredo Sanzol.- Teatro de La Ciudad y Teatro de La Abadía

La ternura, de Alfredo Sanzol

Teatro de La Ciudad y Teatro de La Abadía

En el reparto: Paco Déniz, Elena González, Natalia Hernández, Javier Lara, Juan Antonio Lumbreras y Eva Trancón

Teatro Barakaldo, 21 de julio de 2018

 

La obra, producida por el Teatro de La Ciudad y coproducida por el Teatro de La Abadía, viene avalada por la firma del texto y la dirección escénica a cargo de Alfredo Sanzol. Suficientes argumentos de peso para prepararse a ver algo de calidad y a los que se sumarán los de las tres actrices y los tres actores encargados del reparto. Y no cabe la decepción.

La comedia de Alfredo Sanzol se nos presenta espléndida, juiciosa, ocurrente, mágica, llena de lirismo, interesante en extremo en sus dos horas de representación y sin descanso, que se nos harán breves como la felicidad, rara y efímera, que ocasionalmente jalona nuestras vidas.

No es descubrir el Mediterráneo decir que enseguida nos sentimos transportados al Siglo de Oro español, no sólo por el contexto histórico en el que se desenvuelve la comedia, sino por la maestría del estilo, los recursos lingüísticos y el ritmo. Sin que le falte la intención didáctica, que no moralizante, propia de la época.

El autor subraya de “La ternura” que se inspira en el universo de las comedias de William Shakespeare. Mención innecesaria, pero aclaratoria para evitar especulaciones. La comedia de Sanzol, que muy bien y oportunamente podría formar parte de la programación de festivales como el Internacional de Teatro Clásico de Almagro, brilla con el ingenio, la gracia, el humor y la agilidad de un Lope de Vega y el sentimiento profundo, penetrante y lírico de un Calderón de la Barca.

La solidez de esta pieza teatral no ofrece resquicios, es un todo en su interpretación y puesta en escena que constituye un hito destacable en la realidad del teatro español, para orgullo de todos.

Pero, ¿de qué va esta magnífica obra de teatro?  ¿Y quién mejor que su autor para explicarlo de manera clara y concisa? Alfredo Sanzol nos dice en el programa de mano de la representación:

La Ternura es una comedia romántica de aventuras en la que intento contar que no nos podemos proteger del dolor que produce el amor. Que si queremos amar nos tenemos que arriesgar a sufrir. Y que tampoco los padres pueden proteger a los hijos del sufrimiento de la vida porque eso pone en peligro la vivencia de una vida plena.

 La Ternura cuenta la historia de una reina algo maga y sus dos hijas princesas que viajan en la Armada Invencible obligadas por Felipe II a casarse en matrimonio de conveniencia con nobles ingleses una vez que se lograse con éxito la invasión de Inglaterra. La Reina Esmeralda odia a los hombres porque siempre han condicionado su vida y le han quitado la libertad, así que no está dispuesta a que sus hijas tengan el mismo destino que ella. Cuando la Armada pasa cerca de una isla que la Reina considera desierta…

Tras los puntos suspensivos imaginen la destrucción de la Armada Invencible y el sacrificio de miles de hombres para intentar salvar el destino de las hijas de la Reina Esmeralda; pongan ustedes a tres hombres en esa pequeña isla que la Reina cree desierta, un padre que detesta a las mujeres y sus dos hijos, recluidos en ella hace veinte años, cuando el menor de ellos contaba cuatro de edad y que, naturalmente, sabe de las mujeres lo que su padre le cuenta, describiéndolas como seres monstruosos. Tras la destrucción de la Armada por los hechizos de la Reina Esmeralda (vestida de verde, naturalmente) y su llegada a la isla de manera también mágica viajando en un gran pañuelo con el que se cubrirán, imaginemos cómo las mujeres se percatan de la presencia de hombres y, disfrazándose de soldados, se encuentran con ellos… para, tras estos últimos puntos suspensivos y todas las situaciones cómicas imaginables, desatarse la ternura.

La vida necesita y se alimenta del amor. Nadie nos puede proteger, como afirma Sanzol, de sus riesgos; pero nada nos puede procurar la calidad del estremecimiento de sus emociones. Situaciones nuevas y confusas para los habitantes de esa pequeña isla perdida en un océano de dudas y amenazas, pero también de esperanza y promesas. Todo se desata en los corazones. Y todo lo volvemos a descubrir en los nuestros. La obra “La Ternura” es un bálsamo para el espíritu, una navegación o travesía libre y sin complejos a la que nos hacemos en la nave del teatro. ¿Qué más puedo decir? Sólo aconsejar, sugerir, invitar a quienes puedan y tengan la ocasión, a formar parte de los afortunados navegantes subidos a este barco, y agradecer a cuantos armaron las tablas de esta embarcación el regalo de este viaje, el corazón puesto en la empresa, el duro empeño y la profesionalidad artística con que lo hacen.

No va más, sino la felicidad de haber tenido la suerte de participar en la aventura de esta tarde de teatro. Salud.

González Alonso