Las siete cabras del cielo
(Sancho Panza.- El Quijote.- II-XLI)
Nos puso la NASA los ojos en Saturno,
los suelos de sus lunas, los anchos
anillos en sus órbitas
y el alma abrió la boca del asombro
al espacio solar y planetario; la Tierra, allí,
en su lejanía obscura,
diminuto puntito iluminado navegando el vacío
que corren las invisibles partículas mensajeras
del Universo. Y antes,
mucho antes de ahora,
cuatrocientos años antes que la NASA
y sus ingenios espaciales,
voló los universos Sancho Panza
a lomos
de la noble madera
clavileña
y nos descubrió las siete
cabras del cielo,
las dos verdes, las dos
encarnadas,
las dos azules
y la una de mezcla. Ningún cabrón
pasaba
de los cuernos de la Luna, por si queréis
saberlo.
Diez minutos sobran a mis propósitos:
repasar los últimos recuerdos arropados de bondad,
dejar volar la mirada
hasta la frágil línea del horizonte,
hacer las maletas con las cosas necesarias.
No hay demasiados recuerdos compasivos; tal vez
baste el gesto agradecido del emigrante negro
frente a un desayuno. El horizonte se ha borrado
entre nubes agrisadas de diciembre
y no encuentro nada imprescindible
que descolgar del armario
para el viaje que llegará a su tiempo
y espero en el andén solitario de los años.
No creo poder encontrar la frase adecuada;
además, ¿a quién le importaría? Ni siquiera
siento la premura de un gesto; a mi alrededor
el aire de la noche envuelve las horas del reloj
de una estación solitaria, los raíles
de acero, la materia del frío,
la mortecina luz de una lámpara,
el eco de la vida
con la solapa del abrigo alzada
y las manos metidas en los bolsillos.
González Alonso
Recitado en el cuaderno de Poesía y Cuentos : PoeteSSen de Elsa y Javier:
Septiembre viene al agua
de la fuente en el jardín
y vuela el aire en ramas
de palmeras. Oigo sus palabras,
presiento el otoño
columpiándose
en las flores rosadas
de las buganvillas
todavía aferradas a la altura y la luz. Un pájaro
picotea
los restos del verano. Sólo silencio
y rumor de aire y agua
salpicando la mañana. Sólo
el mar
alzándose al levante y la casa
con las puertas abiertas.
Tal vez la noche acabe llenando con estrellas
esta carta al final de las horas del día,
cuando duermen las moscas
y los recuerdos vuelven a los rincones
habitados de olvido.
Fui la señal del cielo
y aquél que advirtió un lugar
en las estrellas
y os dio un universo
de palabras.
No era ángel ni profeta
ni era dueño de los mapas
del mundo
y el caudal antiguo de la vida.
Sólo un amor desconocido
corrió por mis venas
y los pulsos,
se alzó a las savias
de mis ramas. Vosotras, hijas mías,
sabréis qué hacer con todo aquello
que una vez llegó a vuestra alma
y canta y duerme
con la alondra que anuncia
la hora primera
de la madrugada.
Me visitó el poeta con sus cosas cotidianas,
carente de encanto,
buscándose a sí mismo con sonrisas
y muecas y palabras vacías
en un desierto estéril de emociones,
anodino y mediocre con sus citas
de frases hechas y erudición casposa
ante la taza de café
y el péndulo
monótono
de las horas tediosas de la tarde.
Me visitó el poeta, abrió su boca
y habló de sus versos;
cerró su boca
y pensaba en sus versos
y sus versos le perseguían como fantasmas
y nada había más allá de sus versos
y se miraba en ellos como en un espejo
de agua.
Me visitó el poeta
y descubrí al pobre hombre de la calle
de una ciudad cualquiera
abrumado
por su destino de poeta.
Me invitó a su casa el hombre
con sus problemas domésticos diarios
y su música de jazz y el desgarro de los tangos
en los viejos discos de vinilo; miraba con lentitud
el aire de la alcoba; me ofreció
vino y preguntó qué tal me iba,
que a él las cosas mal, pero aguantaba
y sonreía. Detrás
de sus ojos bulle el mundo y la memoria
y el hombre con sus cosas
extraordinarias.
Me visitó el hombre
y descubrí al poeta. Ahora
todo está bien y abro los libros
por las páginas del ruido de las calles
y la alegría bulliciosa
y los sueños adolescentes y las sonrisas
de las muchachas que aman en primavera.
Tal vez recuerdes
el nombre del amor de los veranos
perfumados de tomillos
en las tardes; o en las mañanas
las frescas aguas del río,
los cuerpos abrazados en la hierba
de las horas del monte y de los besos
húmedos
y los sueños
por entre las miradas
y en las manos las caricias, mariposas
en el tacto desnudo de la piel.
Ahora estoy aquí, en el mismo lugar,
el sol rozando el horizonte,
los tomillos colmando la tarde con su aroma,
tendida sobre la hierba,
la luz de un cielo limpio en mis pupilas.
Tal vez, alguna vez lo sepas,
como cuando fuimos felices
como cuando inventamos el amor
como cuando fuimos el mundo
y agosto resultó ser, al fin,
toda la vida.
Yo vi la luz, yo vi
la luz
y un manantial de estrellas
y vitrales. Estaba ciego
y vi la luz, el milagro de ojivas
en mis pupilas de noche
y espacios inabarcables.
Yo rodeé sus piedras de palabras.
Yo alcé a sus pináculos el vuelo
de los sueños
y vi ángeles en coros de aleluyas,
la soledad titánica del hombre,
la escritura en el aire
de un salmo mineral
y poesía
y luz. Yo vi
la luz
del séptimo mes y estaba ciego,
ciego,
sin ver
delante de la luz bajo las bóvedas
de crucería
del templo. Yo lo vi.
Yo vi el milagro
de la luz
en los altares.
Deja que amanezca el día
y los rayos del sol toquen
las superficies de las aguas y las cosas. Mira en torno
y acaricia
la soledad que te acompaña; repasa los recuerdos
y haz cuenta de los nombres, pon fecha a los fracasos,
compañía de ilusiones que huyeron con su alegría
a los rincones perdidos de las distancias.
Mide el silencio
que abarca la mañana
entre el tictac de un reloj de pared y las horas
del toque lejano de campana; a sorbos
toma el café amargo de la vida
despacio,
con calma.
Deja amanecer
y abre las ventanas; de lo que atrás ya queda
es nada envuelto en sombras
y memoria que sangra; son nombres
que olvidaron, fotografías sin rostro en álbumes sin fecha
y desierto de afectos.
Que este dolor sea el último. Abre al día
los ojos
y los colores tendidos por los montes; el canto de los pájaros
te acompaña y te esperan las sonrisas
en ramos de ilusiones
y el abrazo del tiempo
que no olvida. Entonces, será entonces
cuando
la noche sea sábana de sueño
poblada de palabras en revuelo
y alas de mariposas.