Insolación, adaptación teatral de Pedro Víllora sobre la novela de Emilia Pardo Bazán
Dirección de Luis Luque
Reparto: María Adánez, José Manuel Poga, Chema León y Pepa Rus
Teatro Barakaldo, 10 de octubre de 2015

Insolación es una novela recreada para el teatro por Pedro Víllora. Debo decir que con afortunado acierto el dramaturgo ha construido este cesto con los mejores mimbres del trabajo escénico para recoger con sabiduría lo esencial de la novela de Pardo Bazán, tanto en el fondo como en la forma.
Emilia Pardo Bazán fue una notable aristócrata que pudo haberse conformado con vivir una vida acomodada, regalada de todos los privilegios de su clase. Pero, además de aristócrata fue mujer inteligente capaz de enfrentar de manera crítica los males sociales de su época, sobre todo los referidos a la condición femenina en la desigualdad de oportunidades y derechos, tanto laborales como personales. No solamente carecían las mujeres del derecho al voto, sino que su papel estaba relegado a la condición de esposa y madre en los interiores de las casas y sus fogones.
La doble vara de medir las conductas masculina y femenina en el orden moral, lo tocante a la sexualidad y su capacidad para decidir sobre su propio destino en la vida, fue duramente denunciado por la escritora, prolífica en obras y tocando todos los géneros, tal como se refleja en esta obra teatral. El personaje de la marquesa viuda tiene algo de autobiográfico en su decisión de afrontar los riesgos de romper con los convencionalismos sociales y tomar decisiones que, en la vida personal de la autora, la llevó a romper su matrimonio y asumir la experiencia del amor y la sexualidad con desbordante y natural libertad.
En la obra de teatro aflora el personaje libertino, adulador, seductor y canallesco del donjuán, al cual se alude literalmente en la trama. Frente a él encontramos otro personaje interesante, de aspecto y formas serias, intelectual, de discurso liberal e incluso transgresor muy influenciado por las ideas de la Revolución francesa, por supuesto también aristócrata, que disipará las dudas de la marquesa son sus argumentaciones sobre la hipocresía de la moral burguesa en su doble rasero de medir la condición femenina respecto de la masculina. Pero este personaje, en el fondo íntimamente conservador, criticará, sintiéndose engañado y frustrado en sus expectativas con la marquesa, la decisión coherente de la mujer al entregarse libremente a sus deseos en brazos del donjuán.
La cuestión amorosa, importante y central, no oculta la mirada a la sociedad en la que se produce. Desde la alta atalaya de los privilegios de la nobleza, Emilia Pardo Bazán otea los horizontes de la vida en la España de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, baja con su personaje a la vida del pueblo y la chusma que se divierte y entrega a la fiesta en el San Isidro madrileño, se emborracha, se enamora y vuelve para tomar una decisión, anteponer los sentimientos a las convenciones sociales.
Si el texto dramático, como he dicho al comienzo, es realmente bueno, la dirección de Luis Luque y el trabajo de interpretación del cuadro escénico no le van a la zaga. Con austeridad se recrea en las sombras el ambiente opresivo en el que se debate la protagonista hasta que del sol es la luz la que ilumina las estancias de su mundo y su interior, para entregarse a un calor que antes la asfixiaba. Impecables y ricas en matices, las interpretaciones de unos actores y actrices que vienen, como es el caso de María Adánez y Pepa Rus, de las series televisivas, nos sorprenden y admiran agradablemente y nos dejan ver la versatilidad de sus grandes recursos dramáticos más allá de las caricaturas de los personajes de la televisión que, por otra parte y de otro modo, tan bien interpretan y tanto nos hacen disfrutar.
Aplauso merecido y agradecimiento por ofrecernos la ocasión, una vez más, de una tarde espléndida de sábado de teatro. Vale.
González Alonso

Supongo que todo lo reseñado no va a descubrir nada nuevo a nadie. Pero sigue ocurriendo. No importa que llevemos ya un buen mordisco del primer tercio de otro siglo y no estemos en Brasil. El mundo sigue danzando al ritmo del dinero y conseguirlo es el fin, lo demás sólo son medios. Así que la prostitución, la miseria, las mafias, el contrabando de bienes y personas, la esclavitud, siguen sin ser erradicadas de las entretelas de las sociedades actuales en las que sobrevivimos, nutriendo y engordando a políticos, banqueros, multinacionales y toda la ralea de gentes sin ninguna clase de escrúpulo.
Una puesta en escena meticulosa y efectista. Una obra excesivamente larga en sus ciento veinte minutos de representación sin intermedios no puede evitar la sensación de vivir momentos repetidos y pérdida de gas en algunos tramos de la obra. Pero la magnífica actuación del elenco teatral, su entrega, capacidad de interpretación y versatilidad para el canto y la danza, sacan adelante el trabajo con brillantez, sobre todo en la traca última con dos finales distintos, uno supuestamente impuesto por las presiones del productor o la censura, que acabarán siendo el mismo y único final a manos del propio autor de la comedia.

Representación, por la forma y el contenido, para adultos. Tal vez despiste el que se trate de teatro de marionetas y eso haga acudir a la sala a padres con sus hijos pequeños. ¡A ver cómo se lo explican luego en casa! Al menos, algunas de las preguntas que oí hacer a una niña a su padre, situados detrás de mí. No es ningún drama, pero las situaciones planteadas y sus finales no son nada inocentes y están muy por encima de las capacidades de juicio, las necesidades, las expectativas y las habilidades infantiles.




El arte de la entrevista
de antemano de la bondad de este trabajo de Juan Mayorga, que es –de verdad- un muy buen trabajo. Más bien, pienso que la razón del éxito –del que me alegro- reside en el tirón televisivo del actor y las actrices del reparto. Una jovencísima Elena Rivera, con protagonismo en series de televisión como Cuéntame, en una actuación muy natural, digna y con momentos de gran acierto. Tal vez, como ocurrió con el resto del reparto, esa naturalidad pecó de excesiva, haciendo ininteligibles algunas partes y diálogos que, interpretados de ese modo, en la televisión no es problema para oirse con claridad. Sobre esta cuestión puede que tenga algo que decir el director, Juan José Afonso. No estoy pidiendo una sobreactuación de los personajes, que los haría menos creíbles y la obra aburrida, sino apuntando que debió existir o desarrollarse una actuación más teatral. Seguimos con el personaje masculino interpretado por Ramón Esquinas, que consiguió el mejor resultado posible con el papel menos brillante del reparto. Luisa Martín, gran profesional, en una interpretación sin fisuras y llena de matices bien trabajados le imprimió un ritmo estupendo a su actuación. Y Alicia Hermida, simplemente magnífica en el papel de la abuela, la pieza que se rompe de este puzle de la vida familiar y que, necesariamente, obliga a ala recomposición de las relaciones y los afectos.
Una vez puesto el pero de resultar un montaje teatral atacado de excesiva naturalidad, digamos que –aparte de la ya mencionada dificultad de una buena y clara audición- hizo que la obra transcurriera demasiado plana, con escasos momentos en los que la intensidad dramática te sobrecogiera o, al menos, te sorprendiera. Obra de teatro de telón y acto único. De texto. Se sube el telón, se ve, se disfruta, se echan en falta las cuestiones ya señaladas, se sonríe, a veces también se ríe, se piensa, se reflexiona ante el desarrollo y los lugares por donde se conduce la acción, se baja el telón. Y se aplaude, cómo no. Porque es teatro y está bien hecho. Porque tampoco es imprescindible romper todos los esquemas en cada nueva representación, e incluso porque está bien utilizar los esquemas conocidos, con sabiduría y prudencia.

La Zaranda.- Teatro Inestable de Andalucía La Baja
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Maribel y la extraña familia se estrenará en 1959, el mismo año que Miguel Mihura recibe el Premio Nacional de Teatro. El argumento es sencillo. Una joven prostituta de barra americana y un joven empresario de provincia, tímido y apocado, entablan relación en un club de alterne. El joven se enamora y trae a la mujer a la casa de su madre y su tía en Madrid. Las ancianas la acogen con alegría y hacen todos los esfuerzos posibles para que se quede y se case con el joven. La muchacha no encuentra el momento y el modo de explicarles cuál es su profesión. Cuando la ocasión aparece, ni el joven ni las ancianas quieren saberlo, aceptando a la persona que tienen delante y una pequeña biografía, simple e inocente, que hacen de la joven. Seguirán los enredos en los que se verán envueltas las prostitutas amigas de la protagonista, los temores de todas y la extrañeza de pretenderla por esposa junto a otras circunstancias que provocarán escenas cómicas. Pero el amor acabará triunfando para derribar las barreras de los prejuicios sociales.
Miguel Mihura, que durante la guerra civil y escapando de la situación del Madrid republicano en el que los señoritos –y Miguel lo era- no tenían acomodo fácil, busca refugio en San Sebastián, donde será enterrado a su muerte en 1977. Se apuntó a la Falange, cosa que de grado o por fuerza tantos otros tuvieron que hacer intentando garantizar su seguridad, aunque el carné de falangista no significó un cambio en su manera de pensar o escribir, aparte de algunas publicaciones propagandísticas, el precio mínimo exigido por la dictadura franquista para hacerse un hueco entre los vencedores.

Luigi Pirandello (Premio Nobel de Literatura, 1934) estrena la obra Seis personajes en busca de autor, en 1921. A principios del siglo XX el dramtaturgo italiano pone no pocas de las bases en los precedentes de lo que había de ser el teatro moderno y en la gestación del llamado teatro del absurdo. Innovaciones en lo formal y en lo conceptual. Comedia sin actos ni escenas, prescinde del telón que permanecerá levantado durante toda la representación, el escenario vacío, ausencia de decorados, iluminación ligera. En lo conceptual, el teatro apunta al conflicto existencial de la persona en el drama de vivir y convivir; un teatro de la palabra que hurga sin piedad en los sentimientos y las pasiones humanas.
Dentro de este teatro de la palabra tan bien entendido e interpretado por el elenco de la compañía que lo subió a las tablas y en la desnudez de una bella austeridad escenográfica, lo que deslumbra es la acción, lo que atrapa es el sentido existencial del drama, lo que conmueve es la realidad, y la verdad que nuestra propia realidad encierra se presenta al desnudo en la realidad de los demás reclamando el derecho a existir.

Puedo acabar resumiendo que si bien es verdad que la fiel representación del Macbeth de Shakespeare nos permitiría –sin duda- extrapolar la acción a la actualidad, con su miseria, ambición, fraudes, impunidad, crímenes, corrupción y robos entre la clase política y empresarial, también es de agradecer esta denuncia directa, con nombres y apellidos, con ambientes geográficos y sociales de nuestro entorno y nuestra actualidad. Todo se hace, así, evidente ante nuestros ojos y nos mueve a la repulsa y la censura. Poner de manifiesto que la constante de la ambición humana actúa a través de los siglos no nos consuela; queremos acabar con esta situación, con justicia y rigor, y lavar la sangre derramada por las manos asesinas, soñar y creer que otro mundo y otra sociedad son posibles.
El nombre de la rosa, de Umberto Eco
El olor a incienso y la música gregoriana ayudaron de manera eficaz a crear la atmósfera medieval en la que se desenvuelve la trama, así como la caracterización de los personajes, un trabajo arduo y realmente digno de aplaudir. La obra, literalmente, transcurre dentro de un libro que se despliega, se retrae, cambia y da forma y cabida a los espacios de la abadía en los que transcurre la trama de la acción. La iluminación pecó de tenebrismo y contribuyó a dar la sensación de representación plana, uniforme. Hubo, también hay que decirlo, efectos realmente conseguidos, como la incursión de Guillermo de Baskerville y Adso de Melk, su novicio, en el laberinto de la biblioteca, el encuentro con el fraile cielo Jorge de Burgos y el posterior incendio que devoró los fondos de una de las mayores bibliotecas de la cristiandad.