Árbol de brujas

Escoba de brujas

ÁRBOL DE BRUJAS
(Para la obra gráfica de Maitane Piquer)

La bruja coruja se peina se peina
en noche de luna
y el aire la lleva;
maúllan los gatos letanías y salmos
subidos al árbol
que dobla sus ramas
ante el viento norte
del paisaje cárdeno, azul
y violeta.

¡Ay, árbol de brujas! ¡Ay, noche!
¡Ay, luna!

Duermen las cigüeñas
en los campanarios; el cuclillo vuela,
la bruja coruja se peina
se peina
y pierde la luna su blancor redondo
en el manto obscuro de las sombras negras.

¡Ay, luna! ¡Ay, noche!
¡Ay, árbol
de brujas!

¿Qué sueñan los gatos? La bruja coruja
montada en su escoba
por el ancho cielo
se eleva y eleva…

Cansadas
de invierno
las horas se posan
en las ramas secas.

González Alonso

* El cuadro que acompaña al poema, «Árbol de brujas«, de la artista Maitane Piquer, forma parte de la «Expo Vértigo» 2022 de Portugalete, junto a las creaciones de otros nueve artistas jóvenes. Mi agradecimiento a la autora por acoger mi poema junto a su obra.

Oigo a los que hablan

árbol con pájaros

Oigo a los que hablan hablan
y no dicen nada.
Otros miran
y nada ven.

Donde hubo una vez un árbol
engulle las sombras escarmentadas
un hueco enorme y vacío;
cuando llega a mover el murmullo
de sus hojas verdes el viento
el silencio es pesadumbre
columpiándose en el aire.

Necesito palabras para el alma,
miradas que vean, nombres que amen,
árboles llenando el espacio de la vida
a donde llegue el viento y susurre
entre las ramas,
en donde las alas del aire
muevan los sueños,
los pájaros traigan ramas en los picos
y cantos en la mañana
para inundar, felices, la primavera con sus nidos.

González Alonso

Don Juan de la calabaza

calabaza

Don Juan de la calabaza

El Don Juan y la Calabacera
se parecen en que son,
aunque lustrosos por fuera,
huecos y sin corazón
.
Pepa Agüera

No teme Don Juan la muerte
ni al amor,
sangre y beso en el acero
de la punta de su espada
y a despecho del honor.

Calabaza  calabacera
que das a los vivos risa
y a los muertos miedo y pena.
Calabaza,
risa y miedo,
calabacera.

Don Juan de la calabaza,
calavera de Don Juan;
en los ojos fuego
y noche,
rejas
de monja.
En el aire
del convento,

sólo
sombras;

calabaza desdentada, calavera
calabacera
de Don Juan
negra silueta,
sino negro,
capa negra,
desafío
acero en mano
a los pies de un panteón.

¡Que llamen al enterrador!

Los vivos ríen
de miedo;

de risa
ríen los muertos
calabaceros.

Calabaza  calabacera
que das a los vivos risa
y a los muertos miedo y pena.
Calabaza,
risa y miedo,
calabacera.

González Alonso

DALÍ

La casa vacía

La casa vacía

Salieron los libros. En cajas como almacenes de letras fueron amontonados
y las estanterías ofrecen su vientre vacío al aire,
materia de la nada, oquedades estériles en la estancia silenciosa.

Luego los cuadros. Y las paredes enmudecieron; apenas en su piel alguna herida
del tiempo y el polvo donde hablaba la lengua del color y la forma.
Los muebles se resisten en sus espacios conquistados; pero saben
de su gesto inútil, de su poco peso, la ligereza inmutable del destino.

Se vacía la casa de sus palabras aprendidas con esfuerzo
y tropiezan las miradas volando sin encontrar donde posarse. Se van
aquellos recuerdos inolvidables
cuando la luz entra por las ventanas.

El delgado hilo de las horas felices se rompe entre tus manos
y las fotografías sólo son ya imágenes desgastadas
sobre el frágil papel  de la memoria..

No sabías, es cierto, que todo esto sería así; olvidaste
lo aprendido, y los afectos ya no te poseen; huyeron
los sentimientos
para habitar las regiones desoladas del vacío,
a excepción de la tristeza que te amortaja.

Abriste la puerta de la casa vacía. No fue difícil
salir. Así es
la vida. Sin ángeles que la guardan.

González Alonso

La vida es más

El Chaltén2

La vida es más
Altissima quaeque flumina minimo labuntur sono
(Los ríos más profundos son los que corren con menor rumor)
Curtio

No se me achacará ambición alguna
por escribir los versos de un poema,
pues más allá del amor
la empresa más ruinosa
es la de la poesía.

No es verdad,
no mintáis,
no engañéis vuestros ojos
con la belleza cultivada de palabras
ni deis al corazón trabajo estéril
golpeando en el yunque de los sueños.

Vivir es más. Las horas de los días
pasan con su rumor como corren las aguas
de los ríos profundos
y la sabiduría se aventura
en búsquedas
de llanuras incultas.

Que así
te abrace el tiempo
con su túnica blanca
y el animoso verbo
que enciende el aba en luz,
el canto que compite con la alondra
y se debe a sí mismo y a sí mismo se entrega
con libertad infinita. Luego
podemos despreciar los altos rascacielos,
la belleza geométrica de insolentes pirámides,
la música sublime  de un concierto
de Bach
o de Vivaldi o de Haydn
o de Pachelbel

y podemos tener sexo a la hora
del desayuno
aunque el resto del día sólo pueda
amarte,
contar –como Virgilio- asomado al brocal de tu mirada
que reconozco las huellas
de un antiguo fuego.

González Alonso

Locura

árboles en la bruma

Había un hombre solo; detrás de su tristeza
miraba inmóvil a través de la ventana.

Veía sombras de luz, ángeles desnudos
por entre la lluvia y los árboles, amándose
con el placer frío del invierno.

No perturbaron
su ánimo
la claridad del día ni las tinieblas
que acostumbran a traer las noches. Allí
seguía
solo, detrás de su tristeza
y  la ventana, los ojos abiertos e inmóvil.

Los ángeles van y vienen y se abrazan
silenciosos. La humedad
es bruma que envuelve los recuerdos
de un amor frío en la piel de la memoria,
cenizas que esparcen sus miradas.

Dijeron que estaba loco. Lo encontraron solo
y detrás de la ventana, inmóvil. Pero él ya corría
por la humedad del invierno entre los árboles
abrazando su desnudez a los ángeles
y su luz.

González Alonso

El tiempo en el espejo

cuando_viajamos_en_el_tiempo (2)

El tiempo en el espejo

Antes de mirarme
en el espejo
vi el paso del tiempo,
el muñón de la rama herida del árbol, la página
amarillenta del libro,
el polvo reposado en el mueble de la estancia,
la ceniza del fuego de ayer, la teja
rota en el tejado,
el cuello desgastado de la camisa,
al lado del camino
la rueda partida de un carro,
las arrugas de los zapatos,
la roca desprendida del acantilado, la lágrima
en el ojo, el tallo de una flor
sin pétalos,
la hiedra en las piedras de la tapia
del cementerio, los números de teléfono
que ya no responden,
los perros sin dueño,
el color apagado de las sonrisas en las fotografías,
las cartas escritas a mano.

Sólo la muerte
sola
en los titulares de los diarios,
el hambre,
el terror, las guerras
y los cientos de miles de refugiados
caminando a través de los campos y las fronteras
se resisten a los días
y el óxido del paso de los años.

González Alonso

*Publicado en el libro «Ruido de ángeles» (Ed. Vitruvio, Madrid 2020)

Con cinco dedos

tiro en la cabeza

Cinco dedos apuntan a la desesperación, los ángeles
abandonaron la madrugada
y el hombre ya no entiende la luz
del día, el hombre ya no respira el aire
de la mañana, el hombre sólo es sombra
y sólo es hombre.

Cinco dedos apretados en la culata, el cañón
en la sien, y los sueños a la deriva de un mar
agitado de olas amargas.

Acodado sobre la mesa de roble mira la pared
blanca; él se sabe en el último minuto
arrojado del paraíso, sujeto su destino
a la derrota de la vida. No llora ni murmura
ni alza su pensamiento del brumoso vacío,
y mientras cierra los ojos
el proyectil recorre silencioso el trayecto de la muerte.

Los ángeles no vieron. Un estallido de recuerdos rotos
liberados. Un pesado lastre de deseos.

Cinco dedos reposan sobre un arma, la cabeza
sobre la mesa, la pared blanca. El hombre
abandonó ligero la mañana y fue titular
del día en los periódicos
que él nunca leía.

González Alonso

Todo es orden

sala de hospital_

Todo es orden

Todo es orden; silencio todo en los anaqueles del alma
y los ojos mirando al invierno. Recorres la distancia
de los recuerdos,
los días se hacen números
y vuelan en desconcierto mariposas por las paredes
de la sala de hospital. ¡Qué quietud,
qué lejos la vida
tropezando con nombres y nostalgias
en el brocal de los ojos!

Tal vez sea que la muerte nos visita mucho antes aún
de que morimos
y nos asiste y mima de despedidas
y complace nuestros sueños
en hilos de seda. O posa su mirada
en las pupilas
cubiertas por los párpados
y sonríe
y se ilumina; tal vez, entonces,
la alondra canta
no porque llega el día, sino porque la noche
acaba. Y ya es todo orden, silencio en el aire quieto
de la estancia, espirales de tiempo

y frío,

agua de melancolía

en  calma.

González Alonso

(Del libro «Ruido de ángeles«.- Editorial Vitruvio.- Madrid, 2020)

Lancia

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Lancia

Sobre el cerro de Lancia escarba la tierra
el viento helado del norte y tumba los abrojos. Qué desolada
extensión abatida por el tiempo sin medida en los relojes
de la vida. Una piedra labrada se desprende del barro
y ofrece a la vista sus ángulos antiguos; una única piedra,
sillar de muro que sostenía la casa,
aparece desnuda.

No son éstas las palabras de un hijo
ante la tumba abierta de los padres; es el huérfano
el que llora y maldice el filo de la espada
cuando el viento helado del norte quema la hierba del cerro
de Lancia y una única piedra
sostiene la ciudad arrasada; por ella se alzan las voces
que traían la muerte y escucho susurrar en las lenguas
de fuego de las lucernas al amor que era abrazo
desnudo y el hogar ardía en los fuegos de la risa, cuando
la simiente crecía entre los sueños las cosechas.

Qué lejos nos queda toda aquella fértil felicidad.

Una piedra sola. Lancia se envuelve en memoria
y en nostalgia

y el cielo se desploma
gris sobre sus ruinas.

González Alonso

LANCIA1