13 años de Lucernarios
Llevando la contraria a la superstición que sobre el número 13 existe en nuestra cultura, aquí estamos para celebrarlo y agradecer que el paso del tiempo no merme el interés y las ganas de seguir publicando. En este año 2022, a 13 de la primera publicación en este cuaderno y en el día 13 de hoy, podemos no olvidar la cruel guerra que asola los campos de Ucrania invadidos por el ejército ruso; unos campos hechos para dar trigo y pintar de amarillo su bandera que se confunde con el azul del cielo, ahora ensangrentados. ¡Cuánta gente inocente, cuántas almas jóvenes, sacrificadas por la ciega ambición! No podemos dejar de decir no a la guerra, retomar el activismo pacifista de los años sesenta contra la guerra de Vietnam, afirmar nuestro rechazo al fanatismo y la intolerancia. Y, como secuelas de la grave pandemia de 2020, todavía seguimos curándonos y protegiéndonos, aunque más aliviados. Fue un pelea dura y larga.
A estas alturas, dentro de la celebración, también encontramos los lados positivos, como son la permanente compañía de tanta gente amiga que viene a dejar su testimonio desde las páginas de sus cuadernos o desde la lectura reposada en sus casas; la vida que sigue abriéndose paso y buscando alternativas urgentes al cambio climático, o el nacimiento en este mes de noviembre del primer nieto que viene a la familia y que nos trae la alegría de la esperanza. Para seguir mirando hacia adelante y alcanzar, el año próximo, los 14 años adolescentes de Lucernarios. Para todo ello y para vosotros, con mi abrazo.
Julio González Alonso
Pensamiento, palabras y música
Si, de entrada, se detiene de manera tan rotunda en la importancia de un título ¿qué imaginar de todo lo demás? Repasará, con la misma determinación, las consideraciones que hacen a un autor digno de ser leído o no, parándose con detalle en la cuestión del estilo y recriminando el pecado de la afectación. Schopenhauer considera que el estilo es un reflejo del pensar; aboga por un estilo natural al que, nos dice, renuncian los mediocres, que dejarán a un lado también la espontaneidad. De este modo nos señala a quienes pretenden producir en el lector la apariencia de talento tras la máscara de la incomprensibilidad o la escritura farragosa que conlleva la dificultad de entender. Es decir, tacha de incompetentes a quienes escriben para que nadie lo entienda, que es lo fácil. Alaba y estima, sin embargo, al escritor que expone sus ideas para ser entendidas por todo el mundo, que es lo difícil. Escribir poco claro o mal sólo significa pensar de modo turbio y confuso; la sencillez será, por el contrario, atributo de la verdad y de la naturaleza del genio. El estilo vago, forzado, ambiguo; así como el prolijo y cargado, solamente –asegura Schopenhauer- nos habla de un autor que intenta ocultar su pobreza de pensamiento. Hay, por tanto, que huir de lo pedantesco y difícil de comprender como resultado de intentar escribir con un estilo afectado. De igual manera resulta inconveniente querer escribir como se habla o hablar como se escribe. 

Villa y Marte
La cuestión que comentaremos ya es conocida de otras representaciones emblemáticas de Ron Lalá, como

Viajes al otro mundo
Efectivamente, H.P. Lovecraft persiguió siempre de manera compulsiva el Paraíso desde las ataduras de su vida y sus principios; al efecto, iniciará un largo viaje a través de los años que cada vez lo alejaban más de la infancia, el lugar feliz al que ansiaba retornar porque sentía, como entendía Erich Fromm, que solamente en la infancia se encontraba ese Paraíso o “estado de unidad original con la naturaleza”, el “estado de inocencia” de que hablaba Hegel.
Antes de ser construido en La Pola de Gordón el ya desaparecido colegio Doctor Álvarez Miranda en el solar del edificio que, según creo, había sido centro de enseñanzas medias durante la Segunda República y que mucho más tarde y hasta día de hoy acabaría reconvertido en Centro de Salud, se podía ver una fragua pegada al costado de la pared de la izquierda del inmueble de piedra y ladrillo raseado. Por la callejuela de la fragua o herrería se llegaba al río Bernesga, y en su orilla había un potro de madera con todos los artilugios para herrar a los animales. Toda la margen del río estaba comida de matorrales y chopos recrecidos que desafiaban a los guajes y ponían a prueba su espíritu aventurero intentando adentrarse por entre los ramajes y, aún, consiguiéndolo en gran parte.