Contra el fanatismo.- Voltaire
Taurus.- 2020
Juan Ramón Azaola, traductor
François-Marie Arouet (1694/1778), el que se hiciera llamar Voltaire sin que hasta la fecha se conozca la razón y el significado de su pseudónimo, vivió durante los reinados de Luis XIV y Luis XV en la Francia de la Ilustración y aportó sus ideas revolucionarias en defensa de la ciencia y la razón por encima de la religión. Abrazó el liberalismo y las ideas del filósofo inglés John Locke, defendiendo que el pacto social no supone en ningún caso los derechos naturales de la persona. Librepensador y defensor de la libertad y la tolerancia religiosa también rompió moldes con sus poemas escandalosos al estilo de los eróticos de La Fontaine. En su celo por defender la tolerancia criticó duramente al cristianismo y las otras religiones, como la mahometana y la judía. Sin embargo, tal y como se desprende de la lectura de esta obra, Voltaire no fue intolerante con la religión, pues sin aceptar sus dogmas, los respeta. Se le atribuye erróneamente la frase popular “No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, aunque sí es verdad que, en cierto modo, refleja bastante bien el espíritu de tolerancia que el pensador francés defendió en esta obra “Contra el fanatismo”, y en otras de su autoría, como “La muerte de César”, “Edipo” o las “Cartas filosóficas”.
El punto de partida de “Contra el fanatismo” será un acto de intolerancia y fanatismo ocurrido en Francia, como fue la muerte de Jean Calas. Se pone de manifiesto la indefensión del acusado, la falta de pruebas y lo absurdo de la denuncia por parte de una congregación radicalizada con la religión y llena de odio. La posición de la Justicia, viciada de la intolerancia social dominante y alejada de la razón, será objeto de la crítica de Voltaire que se pregunta si los jueces o el Papa son infalibles y demuestra la parcialidad de dichos jueces en el juicio que llevó a Jean Calas al cadalso, acusado de ahorcar a su propio hijo por su posible renuncia a las propias creencias religiosas para abrazar el cristianismo. Tras el veredicto final de los 13 jueces del caso Jean Calas, Voltaire exclama: Parece como si el fanatismo, indignado desde hace poco con los éxitos de la razón, se debatiera bajo ella con mayor rabia.
Los argumentos y pruebas que Voltaire va presentando a favor de la tolerancia para identificar a los intolerantes entre los responsables religiosos que estimulan a las masas y las mueven al odio son no sólo numerosas, sino también concluyentes. Toda su filosofía se basa su concepción del “derecho natural” y el “derecho humano”. El segundo se fundamenta en el primero sobre el principio universal que puede formularse así: No hagas lo que no quisieran que te hicieran a ti. Ni en el derecho natural ni en el humano puede tener cabida la intolerancia, pues impone al otro un modo de pensar, de creer, opinar y actuar con la amenaza del castigo que puede llegar a la muerte. Sigue leyendo

Las desventuras de Arlecchino.- Carlo Goldoni
El argumento de “Las desventuras de Arlecchino” es simple; Arlecchino o Arlequín, es un sirviente al que le ocurren toda suerte de desgracias, robos, golpizas, engaños, enredos y falsas denuncias que lo llevarán a prisión. Tras los diferentes incidentes sufridos y estando al servicio de un burgués filántropo y con problemas familiares a los que Arlecchino se ve forzado a remediar sin conseguirlo, todo se resolverá felizmente para él a quien el altruista burgués reconocerá su buena intención y mejor corazón.
Meditaciones sobre la existencia de Dios
Pero, siguiendo el propio consejo de Descartes al final de su prólogo, no me formaré un juicio definitivo sin previamente haberme tomado el trabajo de leer todas y cada una de las objeciones recibidas sobre sus propuestas y todas y cada una de las respuestas que han merecido del pensador francés.
13 años de Lucernarios
Pensamiento, palabras y música
Si, de entrada, se detiene de manera tan rotunda en la importancia de un título ¿qué imaginar de todo lo demás? Repasará, con la misma determinación, las consideraciones que hacen a un autor digno de ser leído o no, parándose con detalle en la cuestión del estilo y recriminando el pecado de la afectación. Schopenhauer considera que el estilo es un reflejo del pensar; aboga por un estilo natural al que, nos dice, renuncian los mediocres, que dejarán a un lado también la espontaneidad. De este modo nos señala a quienes pretenden producir en el lector la apariencia de talento tras la máscara de la incomprensibilidad o la escritura farragosa que conlleva la dificultad de entender. Es decir, tacha de incompetentes a quienes escriben para que nadie lo entienda, que es lo fácil. Alaba y estima, sin embargo, al escritor que expone sus ideas para ser entendidas por todo el mundo, que es lo difícil. Escribir poco claro o mal sólo significa pensar de modo turbio y confuso; la sencillez será, por el contrario, atributo de la verdad y de la naturaleza del genio. El estilo vago, forzado, ambiguo; así como el prolijo y cargado, solamente –asegura Schopenhauer- nos habla de un autor que intenta ocultar su pobreza de pensamiento. Hay, por tanto, que huir de lo pedantesco y difícil de comprender como resultado de intentar escribir con un estilo afectado. De igual manera resulta inconveniente querer escribir como se habla o hablar como se escribe. 

Villa y Marte
La cuestión que comentaremos ya es conocida de otras representaciones emblemáticas de Ron Lalá, como
