La estrofa y el poema. Apuntes para las estrofas del siglo XXI

Como hay una ciencia para todo, la Poética viene a ser aquélla que se ocupa del lenguaje poético y, según el DRAE, de los principios y reglas de la poesía, tanto en su forma como en su esencia.

Me temo que la Poética es la ciencia que menos conocen los poetas, que se mueven por los mundos del Parnaso distinguiendo a duras penas la poesía llamada lírica, la más practicada universalmente sobre todo en el tema amoroso, de la poesía épica o la dramática. Echad un vistazo a cualquier foro de poesía y podréis comprobar cómo el mundo del subjetivismo desde el que se expresan con mayor o menor calor los sentimientos, arrasa en aportaciones de trabajos. Los textos más objetivos sobre temas históricos, contar hechos o hazañas, propios de la épica, son apenas inexistentes. Y algo semejante ocurre con la poesía dramática en la que el subjetivismo y la objetividad se complementan cuando el autor entra a formar parte de la historia o se esconde tras los personajes.

Pero esta introducción es solamente un pretexto para entrar a pensar cómo se escribe actualmente y por qué se hace así. Cuando digo el modo de escribir actualmente me estoy refiriendo nada menos que al espacio de todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI; el periodo más largo de la Historia de la Literatura en el que una forma de escribir, un estilo, ha pervivido y todo parece indicar que irá para largo. Porque, básicamente, puliendo los aspectos más circunstanciales de los estilos que acostumbran a agruparse por corrientes, escuelas o modas de una manera más o menos artificial, la poesía que se escribe a lo largo de toda la centuria anterior y casi la década de ésta, es en verso libre. El verso libre es, normalmente, el refugio del sinfín de poetas que tienen la sana costumbre de caer en la tentación de escribir y que, en ocasiones, lo hacen francamente bien y con una eficacia loable, sin caer en la cuenta de que es el estilo más difícil de practicar y de conseguir hacerlo bien, se entiende. Porque, contrariamente a lo que se acostumbra a pensar, escribir verso libre no es escribir ni cualquier cosa ni de cualquier manera con tal de trazar renglones de diferente longitud a modo de versos.

La dificultad mayor del verso libre radica en que, abandonando el uso de las estrofas con métrica, el poema se sostiene con el ritmo interno y las pausas de lectura que el autor nos marque con una musicalidad muy afinada; es decir, que el poeta escribe música sin pentagrama ni notaciones musicales, pero el poema tiene que sonar y sonar bien arropando o siendo soporte de los sentimientos y emociones que el mismo poeta pretende transmitir. Porque -como he dicho en otras ocasiones y lugares- el arte más próximo a la poesía es la música. Diría más, aseguraría que la poesía nace de la música y que el verso, la unidad fija menor de un poema, procede directamente de la música tomando forma con las pausas, la acentuación, la rima y la medida de las sílabas.

Merece la pena detenerse un poco en este aspecto que considero relevante. Si somos observadores, caeremos fácilmente en la cuenta de que cada lengua o idioma tiene sus propias características referentes a la entonación y el sentido del ritmo; por tanto, cada lengua genera sus propios sistemas de versificación. Pero las lenguas, como cuerpos vivos del lenguaje, evolucionan y encuentran en cada época histórica un tipo de uso y expresión adecuados a la comunicación de la realidad histórica, cultural y el desarrollo económico de ese periodo. La evolución en el campo de las artes, empezando por la música, es evidente y va sujeta a los cambios sociales mencionados. Por eso, cada época ha encontrado su manera concreta de expresarse en poesía a través de las diferentes estrofas, conjuntos de versos de número variable, que constituyen el orden inferior al poema. Y por eso, también, las mismas estrofas exportadas de un idioma a otro, han tenido que ajustarse a las peculiaridades de cada lengua en cuanto a acentuación, medida y entonación. Baste recordar los intentos primeros de la adecuación del soneto a la lengua española del Marqués de Santillana (S. XV) hechos al itálico modo hasta su consolidación en el siglo XVI gracias a los trabajos de Boscán y el apoyo de Garcilaso de la Vega.

Monjas rapsodasLa traslación de la música a la lectura en la poesía, que nace siendo cantada y acompañada por instrumentos como la lira, se concreta en la medida y entonación del verso, y éste dentro de la unidad superior de la estrofa. Así, desde el s.XII se usa la redondilla en las coplas populares tradicionales; la cuarteta, que nace en el s.XVI, se extenderá hasta el Barroco donde el mismo Lope de Vega la aconseja y la usa para los diálogos de amor en el teatro, entre otras funciones. En el Romanticismo se hará una adaptación de la cuarteta, pasando a ser asonantada o tirana, utilizada con carácter popular. Los siglos XI y XII dan origen a las seguidillas; estrofas utilizadas en poesía popular y culta, como es el caso de Federico García Lorca que la rescata, o de Manuel Machado, en pleno siglo XX. El siglo XVI es el siglo del cuarteto y el serventesio que en el siglo XIX recuperará de nuevo el Romanticismo.

Una de las creaciones más antiguas y singulares en lengua española fueron los cuartetos de alejandrinos monorrimos que se practicaron en el Mester de Clerecía y que el Modernismo y la Generación del 27 actualizarán con la estructura A-B-A-B. De los textos cultos del Mester de Clerecía, generalmente latinos y de posible influencia francesa, cabe destacar por su significación tanto literaria como histórica el Libro de Alexandre, del leonés Juan Lorenzo de Astorga (s. XIII-XIV). La estrofa más frecuente era el conocido tetrástrofo monorrimo o cuaderna vía en versos alejandrinos de catorce sílabas. La importancia capital de esta literatura y del Libro de Alexandre es que constituyen la cuna de las lenguas romances.

En el siglo XVII se consolida el soneto, se introduce la décima o espinela muy adecuada para la lírica y el teatro y Miguel de Cervantes nos regala el ovillejo, muy apropiado, también, para el género dramático.

Ya en los siglos XIX y XX se usa la seguidilla compuesta, prosperará el verso suelto apoyado en versos blancos que se venía utilizando desde el Renacimiento, sobre todo para la traducción de poemas de otras lenguas, y se desarrollará la estrofa denominada silva para, finalmente, llegar a las estrofas del verso libre.

Volveré a insistir en la dificultad de este tipo de escritura llamada verso libre, dificultad ignorada por poetas novatos y por los poetas vagos que piensan equivocadamente que es más complicado escribir sonetos, liras, manriqueñas, ovillejos o cualquiera de las estrofas conocidas. No es así. Las estrofas clásicas –al igual que las estrofas de verso libre- desarrollan con naturalidad una estructura de pensamiento poético. Las estrofas se adaptan mejor a una clase de temas u otros; las de pie quebrado parecen más adecuadas para temas como el paso del tiempo o la muerte, las décimas o espinelas para la poesía lírica, pero también para la poesía reflexiva, la octava real se adecua bastante bien a la poesía épica y la bucólica, así como los tercetos modernistas sirven a las disertaciones, las elegías o las epístolas. ¿Y las estrofas de verso libre? Pues la respuesta es que se pueden adaptar y se intentan adaptar a cualquier tipo de tema; ¿pero cómo, de qué manera? Pues de manera intuitiva alargando los versos o usando los serventesios en los temas épicos o dramáticos y acortándolos cuando el poema se hace lírico, con el tema del amor dominando la mayor parte de las creaciones. El poema de estrofas de verso libre busca la adaptación al tema y la finalidad de la creación alterando el ritmo o adecuándolo con recursos como la repetición de significados, ideas y esquemas sintácticos, apoyándose en las pausas naturales de la lectura y en las palabras escogidas que aporten sonoridad y brillo al tema. El oficio del poeta radica en el desarrollo de un finísimo sentido del ritmo asociado a la carga emocional que intenta transmitir. Eso, insisto, es muy complicado de conseguir. Así que, generalmente, se recurre a buscar frases aparentemente brillantes e inteligentes, a escribir versos sueltos al estilo de cadáveres exquisitos en un puro ejercicio caleidoscópico, cayendo también demasiado frecuentemente en el sinsentido, el anacoluto, la vaciedad y la tontería. Un buen poema puede resistir uno o dos versos puramente ornamentales, pero poco más.

Cuadro de mujer leyendo.- Benjamín DomínguezPuede existir un buen poeta escribiendo solamente en verso libre, como puede existir un buen pintor que sólo haga creaciones abstractas. Pero me parece raro. Los pintores que han creado y explorado un estilo pictórico, suelen descollar con mérito en otras facetas de la pintura. Los buenos escritores, aunque consigan su mejor manera de expresarse en una clase de género, suelen ser buenos o al menos más que discretamente buenos en otros campos de la escritura, en general. Por eso, ante unos brochazos emborronando un lienzo o unos versos más o menos incoherentes sobre el papel, nadie puede asegurar estar ante un autor. Hace falta algo más. El escritor del poema único, genial y de antología, es algo más que imposible. Y de existir, ese autor escribirá con corrección una carta a su madre, redactará un artículo o llegará a escribir un relato breve, un cuento o una novela. Si no lo hace, es otro tema. Lo espantoso es comprobar el nivel de escritura general de muchos de los enamorados del verso libre donde parece –craso error- que todo vale y nada es criticable (en la métrica, claro, la cosa es como es, e ineludible su resultado) cuando escriben una simple nota, una cartita o un remedo de relato. El verso libre, saco roto para todo, es como el arte abstracto en la pintura, que parece estar al alcance también de cualquier osado concursante que haya superado un poco el pudor.

La conclusión a la que me siento cada vez más inclinado a llegar es pensar que sería conveniente superar la estructura del verso libre e inventar nuevas estrofas para el tiempo que nos ha tocado vivir y la manera concreta de tratar los temas eternos de la poesía: el amor, la soledad, la muerte, el miedo, la injusticia, la nostalgia, la vida, la alegría, la duda, la fe, el futuro, el conocimiento, la angustia, el vacío, la infancia, el desengaño, la vejez, la esperanza, el paso del tiempo, la amistad y etc. etc., uno por uno o comprendiendo dos o más de ellos en cada trabajo. La vida del poema en estrofas de verso libre se mantiene y será estrofa practicada vigorosamente todavía por mucho tiempo; pero empiezo a observar, de igual modo, cómo algunos poetas parecen inquietarse y buscar estructuras estróficas que tienden a ser más regulares en medida, acentuación y rima; y eso apunta inexorablemente –desde la estrofa de verso libre- al nacimiento de nuevas estrofas, evolucionadas y de contenido más rico y ambicioso. Es pronto aún para decirlo y dependerá, en gran medida, de la suerte y la ocasión de estos nuevos poetas, pero es posible que estemos asistiendo al nacimiento de las estrofas del siglo XXI. Y de la poesía del siglo XXI.

Me referiré, por último, a un testimonio relativamente reciente. Unos años después de publicado este artículo, un poeta cercano, José Manuel Sáiz, laborioso y de escritura diáfana, propuso y desarrolló dos modelos estróficos para escribir «poemas áureos» y «poemas cuánticos». Su descripción y argumentación de la razón de ser de estas estrofas áureas y cuánticas las explica con ejemplos de sus creaciones. Básicamente se trata de hallar un grado de armonía lo más acabado y perfecto posible.

La armonía basada en la proporcionalidad que la misma Naturaleza nos muestra es la llamada áurea; la segunda, denominada cuántica, deriva de la primera y pretende «asemejarse al concepto de dualidad onda-partícula de la física cuántica«.

Partirá José Manuel Sáiz del verso endecasílabo, por su armonía intrínseca, para hallar los demás versos de la estrofa al dividirlo por 1,618 (el número áureo) de manera sucesiva y hallar los versos heptasílabos y tetrasílabos (por aproximación) que sumados entre sí nos darán la unidad superior de once sílabas. Si a la estrofa de versos blancos 4 / 7 / 11 se le agrega un verso más heptasílabo, nos daría como resultado la estructura cuántica: 4 / 7 / 11 / 7.

Para el razonamiento y la argumentación completa puede consultarse el artículo de la revista virtual Alaire: Proporción áurea, física cuántica y poesía, de J. Manuel Sáiz

Y, con todo, a salvo de otras experiencias y propuestas que desconozco, queda dicho. Es de esperar que alguna de estas fórmulas estróficas lleguen a buen puerto y sean utilizadas. Serán, si ocurre, el exponente de las estrofas del siglo XXI.

Julio González Alonso

Artículo publicado en el número 2 de la revista en papel Alaire (Illes Balears) el 2 de marzo de 2009

El vino. Cuando el dios Baco pasea por La Mancha de la mano del Quijote

Sancho Panza y su mujer Teresa ante una barrica de vino.

Si don Quijote salió a las del alba Campos de Montiel adelante en busca de gigantes y follones a los que enfrentar sus armas y se topó con molinos harineros de viento, ovejas y cuerdas de forzados, ¿cómo no tropezarse con el vino, que hace junto al queso una de las glorias mayores de la extensa Mancha y de la gastronomía española de entonces y de ahora?

Sería grave error, ya que no pecado -y no venial ni disculpable-, hacer alusión a la gastronomía sin hacer parada en los caldos manchegos que alegran y dan chispa a las mejores mesas. Y no es baladí la mención, cuando podemos comprobar cómo a lo largo del Quijote el vino aparece en unas 74 ocasiones, casi a partes iguales entre las dos entregas que componen la obra de Cervantes en las tres salidas de Alonso Quijano el Bueno del lugar no declarado por no recordado o no querido recordar, que así sería cosa de que por siglos los distintos pueblos manchegos se disputaran el origen del que dio en llamarse Don Quijote, nombre que tomará de su propio apellido, Quijano, convertido en Quixote, lo que venía a ser una pieza de la armadura que protegía el muslo de los caballeros, andantes o no.

Las situaciones en las que podemos encontrar a lo largo de la novela el descubrimiento de Baco, son muy diversas: entre los pastores, en bodas como las de Camacho, en bálsamos como el de Fierabrás (I.-cap. XVII) en el que el vino sirve de uso medicinal, pues después de ser apaleado y malherido Don Quijote por aquel moro encantado, él mismo cura milagrosamente sus heridas mezclando vino con un poco de aceite, sal y romero. Cervantes conocía, tal vez por su experiencia militar, que las infecciones en las heridas abiertas procedían del exterior, por lo que era preciso lavarlas con vino (cap. XXXIV) para evitar que se emponzoñaran.

La afición y devoción de Sancho por el vino quedan sobradamente documentadas a lo largo de la obra cervantina; ya en la primera aventura de los molinos de viento sabemos que Sancho caminaba muy despacio sobre su jumento, y de cuando en cuando empinaba la bota con tanto gusto que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga. Más adelante, en el encuentro con los cabreros, Sancho callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo el segundo zaque que, porque se enfriase el vino, le tenía colgado de un alcornoque.

Una ocasión memorable en la cual se pone de manifiesto el conocimiento que sobre los diferentes vinos demuestra poseer Sancho es la que le proporciona el encuentro con otro escudero llamado el del Bosque (II, cap.XIII), quien declara traer fiambreras y esta bota colgada del arzón de la silla, por sí o por no, y es tan devota mía y quiérola tanto, que pocos ratos se pasan sin que la dé mil besos y abrazos. Sancho Panza, que escucha estas razones con natural interés, así como el del Bosque le pasó la bota  se la puso en las manos y empinándola, puesta en la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y en acabando de beber dejó caer la cabeza a un lado, y dando un gran suspiro dijo: -¡Oh hideputa, bellaco, y cómo es católico! averiguando, a continuación, tal y como le explicó al del Bosque, que el vino era de Ciudad Real. Presumía Sancho, sin complejos, de tener tan gran instinto en esto de conocer vinos, que, en dándome a oler cualquiera, acierto patria, el linaje, el sabor y las vueltas que ha de dar…

No es de extrañar por cuanto antecede que Don Quijote, entre los muchos consejos que le dio a Sancho Panza con ocasión de ser nombrado gobernador de la ínsula Barataria, incluyera algunos referidos al vino y el uso recto que del mismo conviene hacer, cuando recomendándole un consumo moderado del mismo, le dice: sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado, ni guarda secreto ni cumple palabra. Sigue leyendo

Luis Pastrana, Cronista Oficial de León, y el Día del Libro.

El Día del Libro nos acerca, a través de las páginas escritas, a sus hacedores, esas personas abnegadas en el trabajo de las palabras que llamamos escritores.

Los escritores son, se me antoja, hermosos troncos que sujetan y multiplican en las hojas de sus ramas el oxígeno que enriquece el aire que respiramos. Son vida.

Los árboles nos dan vida, también, con su sombra. Cuando desaparecen los árboles, desaparece la sombra, y un hueco con luz extraña se abre en torno de lo que fue el espacio que ocuparon sus troncos y la frondosidad de sus ramas; desaparece el rumor del aire y nos sobrecoge una indescriptible sensación de orfandad. En invierno nos traen sombras grises de agua y frío desprendidas de las ramas sin hojas. En verano, la rotundidad de un sol vencido en las copas verdes. En la primavera, sombra fresca de tallos nuevos y lluvias. Otoño es sombra larga envuelta en colores que se van haciendo lentamente para volar al suelo.

Sin luz no hay sombra; sin árboles no hay sombra buena, que es, incluso, la sombra de otra sombra mayor que es la noche.

De sombras buenas viven las personas buenas; que luego están las malas sombras, sombras hechas con los mordiscos que da la vida…

Luís Pastrana, a través de lo que fue su vida y de lo que es su obra, continúa siéndonos necesario y dador de vida, de buena sombra, cuando con la discreción e intuición que le caracterizaban,  apuntaba la denuncia, a veces la protesta, a través de los datos ofrecidos en sus trabajos, que acaban siendo retrato y reivindicación de nuestra condición de leoneses, porque «antes hubo mucho de olvido y todo de abandono» (dice de forma directa y poética  al hablar de Peñalba, Montes y Compludo-1987) y así, pienso, ahora como entonces, que «el camino es una senda para la aventura y las galochas«.

En gran medida ese olvido y abandono convierten  el tránsito por nuestra realidad en una aventura no exenta de riesgos, siendo el mayor y más grave aquel que desdibuja nuestra memoria de tanto mirar sin ver y oír sin escuchar. Y es que Luís Pastrana se dedicó en gran parte a la tarea de ver y escuchar para alimentar la memoria que nos hace fértiles como ciudadanos de un país que proclamaba a sus reyes al grito de ¡León, León, León y todo su Reíno...!(Políticas Ceremonias, pag.183) desde los balcones del Ayuntamiento y ante el pueblo.

El Día del Libro nos abre las páginas de la vida en cada obra de cada escritor. Y en León  tenemos, si no muchos, sí buenos escritores; y  algunos, muy buenos. Y con todos ellos tenemos contraída una deuda de gratitud con los que -y especialmente con Luís Pastrana- difícilmente podremos saldar, aunque podemos intentar devolverles un poco de cuanto nos dan, simplemente leyéndolos, acogiéndonos a su siempre generosa oferta.

Necesitamos los libros. Necesitamos a los escritores. Buscamos la protección de la sombra y encontramos la generosidad de los árboles, de las personas que nos tienden los brazos y nos acogen y dan un descanso a nuestro camino. Luís Pastrana, Cronista Oficial de León, fue una de estas personas. Lo sigue siendo. Es la buena sombra.

Julio González Alonso

Al año siguiente de la muerte de mi amigo Luís Pastrana quise recordarlo en el día especial del 23 de abril, Día del Libro, y escribí este pequeño texto que se publicó en la edición en papel del Diario de León. Hoy lo traigo aquí, a este rincón abierto de lucernarios por donde dejar entrar la luz de la poesía y la palabra, como renovado homenaje al amigo con quien tanto pude compartir, sobre todo su confianza,  amistad desinteresada y alegría. Para siempre quedaron grabados en la memoria hermosos días de León en los que me descubría sus secretos e historias con la pasión de quien ama las cosas; atrás quedan las horas de charla y siempre las gracias por el detalle de tener, sin olvido,   preparado en cada ocasión  el último de sus libros publicados para ofrecérmelo como regalo; libros que leía con fervor y de los que sacaba provecho utilizándolos en mis recorridos por tierras leonesas de la provincia o recorriendo sus páginas amenas de relatos, descripciones y anécdotas. Libros que siempre tengo presente y a los que acudo a menudo. Vaya un estrecho abrazo, amigo Luis, allá donde te encuentres, con el afecto que nada ni nadie, sabes, puede arrebatarme.

Salud

La amarga victoria de Albert Camus a los 50 años de su muerte

Albert Camus

Cumplidos los 50 años del nefasto accidente de automóvil en el que perdió la vida el autor de La peste, El extranjero o la obra teatral Los justos – comentada en esta bitácora LUCERNARIOS– la figura del Premio Nobel (1957) se alza con la crudeza y la claridad de una verdad que nos desnuda de los trágicos errores de la izquierda intelectual heredera de J. Paul Sartre; errores tales como el del papel ignominioso que se asignaba a la violencia revolucionaria. Ya en la precitada obra drámatica Los justos se cuestionaba esta actitud enfrentándonos al dilema moral que significaba el asesinato en la actividad subversiva sustentada en el convencimiento de que el fin justifica los medios, o que ante la violencia institucional y la injusticia social ejercidas por los gobiernos, la respuesta debía ser igualmente violenta para restablecer la justicia social y empujar a las clases trabajadoras a la acción para su emancipación. La postura de rechazo de A. Camus será contundentemente más explícita desde las páginas de El primer hombre. Pero la reacción de J.Paul Sartre y sus seguidores ante esta toma de postura, parapetados en los adarves de la formación intelectual y universitaria de la que A. Camus carecía y que obscenamente  le era echado en cara,  fue de un desprecio absoluto por la persona del escritor y la condena de su obra.

Empero, lo que supo ver A.Camus y tuvo el coraje intelectual de mantenerlo, venía servido –como subraya Jose Mª Ridao en su artículo de El País (La verdad transparente de Camus.- 2/01/10)- por Albert Camus con su mujer e hijosuna actitud ante la vida diametralmente opuesta a la de sus detractores.  A. Camus, escogiendo la vía de la naturalidad y la experiencia íntima en la concepción de la totalidad del mundo, fue construyendo sobre el mismo,  laboriosa y dolorosamente,  sus posiciones políticas y morales.  De ahí –como hemos subrayado en el comentario sobre la obra Calígula, de A. Camus- que la poesía y la belleza se instalen en sus escritos como vehículo de expresión y conocimiento por encima de las elucubraciones de los discursos obscuros y las argumentaciones de una racionalidad alambicada y confusa. La verdad es bella y terrible,  parece gritarnos Camus,  y exige mucho coraje, el mismo que no escatimó para ser de los pocos escritores que se atrevieron a denunciar los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki o alzando la voz para proclamar que la II Guerra Mundial no la ganaron unos países y la perdieron otros, sino que fue un inmenso drama en el que se impuso la victoria de los hombres y mujeres de todos los países –incluídos Alemania e Italia- que defendieron la libertad frente al totalitarismo.

Esta postura, mal entendida y peor interpretada, que se resumía en rechazar la idea de que el nazismo se identificara con Alemania, considerando a este país como la primera víctima del mismo, la mantuvo con firmeza reclamando, como escritor, su independencia frente al poder y reclamando igualmente dicha actitud a todos los escritores, a quienes pide que sostengan con orgullo, incluso con soberbia, las consecuencias de ejercerla.

Han transcurrido 50 años de la desaparición de A.Camus. Los errores de la izquierda han pasado una factura demoledora para las aspiraciones de la emancipación de la clase obrera, diluida, Noticia de la muerte de Albert Camus en 1960 fagocitada,  por el desarrollo del capitalismo con la incorporación de gran parte de las demandas sociales de los programas políticos de la izquierda, como educación, sanidad o sistemas de pensiones. Pero si Camus pudiera enjuiciar desde su particular independencia intelectual y moral la nueva situación, su intuición,  la naturalidad de su conocimiento,  le llevaría previsiblemente a plantear el dilema moral suscitado con la explotación de los recursos naturales y humanos del planeta en un mundo más globalizado que nunca, y el recurso a los mismos argumentos de la violencia y la guerra, la corrupción y la ambición, para ejercer y llevar a cabo dicha explotación por parte de los poderosos,  apelando a la libertad y el orden democrático e, incluso, al nombre de Dios en la lucha contra el mal. Es decir que, al igual que para la izquierda intelectual europea estaba justificada la violencia revolucionaria, para el capitalismo triunfante está justificada la violencia bélica asentada esta idea  en el principio de que  el fin justifica los medios.

Le tocaría de nuevo a A.Camus alzar la voz para exigir la independencia de los escritores y periodistas frente al poder. Y volvería a ser anatemizado, me temo, por los defensores de los valores occidentales y la economía de mercado. Porque se puede apreciar que continuamos, 50 años después, sin resolver los problemas en los que fracasó la izquierda, y que el capitalismo –sin alternativas reales-  los ha extendido al mundo entero como un reguero de pólvora al que se le ha prendido la mecha. Y es que parece estar más claro cada día que el capitalismo no es la solución al capitalismo y que, parafraseando a Camus, podríamos aseverar que no hay que identificar, por ejemplo, fundamentalismo con países árabes, señalando arteramente el fundamentalismo malo contra al que será lícito combatir a la vez que se niega y pone a salvo el fundamentalismo propio, el bueno, desde el que iniciar las agresiones contra pueblos enteros. Porque el fundamentalismo es idéntico –como lo eran el fascismo y el nazismo- en cualquier país bajo cualquier cultura y bandera.  Así que si hay alguna solución no será la de la confrontación de culturas, sino el compromiso –una vez más- de hombres y mujeres de todo el mundo con la libertad y un orden de justicia que excluyan definitivamente la miseria y restituyan la dignidad humana a cada persona en cada rincón del planeta. Tal vez sea mucho pedir. Tal vez volvamos a la utopía. Pero, como se escribió en los muros de París en los sucesos de aquella revolución pequeñoburguesa protagonizada por los estudiantes del mayo del 68, lo más real será reivindicar lo imposible.

Julio G. Alonso

Acerca de Harold Pinter (1930/2008)

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Obra de teatro : Regreso al hogar.- Teatro Español y Centre D’Arts Escemiques de Reus (Teatro Barakaldo, 29 de noviembre de 2009)

Artículo completo de Wikipedia.- Harold Pinter :

Harol Pinter fue un dramaturgo, guionista, poeta, actor, director y activista político inglés, ganador del Premio Nobel de Literatura en 2005. Su carrera como escritor se extendió por más de cincuenta años y fue uno de los más influyentes dramaturgos modernos británicos.

Sus obras más conocidas incluyen La fiesta de cumpleaños (1957), Retorno al hogar (1964) y Traición (1978), cada una de las cuales fue adaptada para cine y televisión. Sus adaptaciones de guiones de las obras de otros autores incluyen El sirviente (1963), El mensajero (1970), La mujer del teniente francés (1981), El juicio (1993) y La huella (2007). También dirigió y actuó en la radio, el teatro, la televisión, así como en producciones de cine propias y en las de otros.

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