REIKIAVIK
Espectáculo de La Loca de la Casa y Entrecajas Producciones Teatrales
Autor y director: Juan Mayorga
Reparto:
César Sarachu en el papel de Waterloo
Daniel Albaladejo en el personaje de Bailén
Elena Rayos será Muchacho
Teatro Barakaldo, 30 de abril de 2016

La mejor manera de renovar la pasión y fidelidad por el teatro es entrar a vivir representaciones como Reikiavik. El autor y director, el dramaturgo Juan Mayorga, nos trae un texto de una belleza, rigor conceptual y profundidad del tema, absolutamente encomiables. Para dar vida a esta compleja creación y adentrarse en sus recovecos, nada mejor que la presencia y participación de Elena Rayos, Daniel Albaladejo y César Sarachu. Elena y Daniel, viniendo del teatro clásico y César, baracaldés, del teatro vasco en grupos como Karraka o Akelarre y de una dilatada carrera por los escenarios de medio mundo. Presencia, participación e implicación en la acción que nos transporta al juego real de la vida mediante la metáfora del juego del ajedrez y las figuras singulares e históricas del estadounidense Bobby Fischer y el ruso de la época soviética Boris Spaski y su espectacular partida de Reikiavik (1972).
En la representación, serán dos jugadores aficionados que se hacen llamar Bailén y Waterloo, más un tercero sin nombre que se acercará y propondrá distintas variantes a la partida, los que alrededor del tablero desarrollen las mejores jugadas de sus vidas, las peores y los inevitables empates. Todo un discurso agridulce mediante el cual nos sumergen en las eternas partidas de nuestra propia existencia, trasladando a cada espectador la responsabilidad de mover pieza.
No es casualidad que los jugadores hayan elegido refugio en los nombres de dos grandes batallas napoleónicas, dos derrotas del gigante francés ante españoles en Bailén y tropas prusianas, holandesas, británicas y alemanas en Waterloo. En toda batalla hay un vencedor y un vencido. Así, ambos protagonistas irán eligiendo las figuras de vencido y vencedor mientras desgranan las razones, fuerzas y auxilios de cada uno de ellos ante cada encrucijada. El tercer personaje, queriendo conocer y aprender, tomará parte con sus preguntas, reflexiones y propuestas, quedando enganchado a la rueda del juego que, ante la eventual desaparición de uno de los jugadores, seguirá dando vida a la repetida y siempre diferente partida.
Perderme en elogios al autor, actores, actriz y los profesionales del cuerpo técnico, no tiene mucho
sentido. Lo sorprendente, dada la penosa situación económica del país y la persecución –más que desatención- de la cosa cultural por parte del gobierno de turno, es que haya todavía personas como éstas, de tan grande capacidad profesional y artística como comprometidas de manera tan generosa con el arte escénico. Ante esto, al igual que ante el brillante resultado de su trabajo, no cesarán de sonar los más agradecidos aplausos y ganar esta desigual partida.
La singularidad de la tarde de teatro de sábado terminó con la desacostumbrada presencia de los protagonistas de la obra para responder –acabada la función- a las preguntas preparadas por el director del Teatro Barakaldo y las surgidas de entre el público. Preguntas y respuestas que, además de descubrirnos algunas claves del quehacer del actor y sus dificultades, dieron pie para debatir brevemente sobre el contenido de la propia pieza teatral.
Las respuestas y argumentos de Daniel, Elena y César brillaron con sencillez e inteligencia iluminando la representación más allá del tiempo de interpretación. César Sarachu, nacido y criado en el entorno del teatro de Barakaldo, viene a su pueblo por primera vez tras una dilatada y rica vida profesional por todo el mundo y, principalmente, por Europa. Nunca es tarde si la dicha es tan buena.
González Alonso

Spaski y Fischer ante su última partida en Reikiavik (1972)
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Este año de 2016 se cumplen cien del nacimiento de Blas de Otero que él, más o menos, nos cuenta así: «Pensándolo bien, lo primero que hay que tener en cuenta es que con la misma facilidad con que nací, pude no haber nacido. Así, como suena, no haber nacido. Creo que esa fue una posibilidad con muchas posibilidades de que ocurriera. Pero se equivocaron y a cierta hora del día 15 de marzo de 1916 salí afuera… y aquí estoy.”

Uno ya se preguntaba el año pasado, sorprendido, por las razones de este éxito, los verdaderos límites de la música grande, culta, y el alcance de este género admirable. La primera de las variadas razones es la de ofrecer conciertos a un precio asequible, más baratos que una entrada de cine. Pero también son determinantes la calidad de las orquestas e intérpretes, así como la gran y variada oferta musical. Digamos, por fin, que una organización meticulosa e impecable, sin fallos apreciables, hacen el resto o, tal vez, los fundamentos de este indiscutible éxito.
ocurrió con la Orquesta de Conservatorio Rafael Frühbeck de la ciudad de Burgos que actuó en el gran Auditorio, bautizado para este evento como Auditorio Odisea. Impecable y magnífica interpretación recorriendo diversos pasajes de las obras de Wagner, Mendelssohn y Schubert, y una gran emoción agradecida de los jóvenes intérpretes burgaleses. También hubo ocasión para escuchar a la Orquesta y Coros del Conservatorio Profesional Tomás Luís de Victoria llegados desde Ávila y disfrutar de la buena ejecución de la Sinfonía nº3 en Re Mayor de Schubert a cargo de la Orquesta Sinfónica del Conservatorio Profesional de León.
El Bacha en el Concierto para piano y orquesta nº 1 en Sol Menor de F. Mendelssohn. La proverbial inspiración de Abdel Rahman hace del piano una creación única, como un torrente en busca de las notas más puras. Podría decirse que Abdel Rahman escribió a Mendelssohn y le dictó la partitura. R. Strauss y F. Schubert también pasaron por las cuerdas, el viento y la percusión de esta gran orquesta dirigida por Giancarlo Andretta.
En tercer lugar, pero a la misma altura y nivel que las anteriores interpretaciones comentadas, si no mayor, debo mencionar el recital de obras para piano a cuatro manos de Mendelssohn y Schubert, llevado a cabo por la donostiarra Marta Zabaleta y el portugués de Oporto, Miguel Borges. El virtuosismo y compenetración de estos intérpretes rayó a gran altura, haciéndose amable su interpretación, tanto para especialistas como para simples espectadores como yo, carentes de conocimientos musicales y escaso bagaje cultural de la historia de la música.




