La Estrella de Sevilla.- Lope de Vega .- Compañía Clásica de Sevilla

La Estrella de Sevilla.- Lope de Vega
Teatro Clásico de Sevilla.- Dirección de Alfonso Zurro
Teatro Barakaldo.- 29 de marzo de 2014

Con todos los ingredientes de la tragedia, esta obra de Lope de Vega nos deja, en la versión de Alfonso Zurro, en terreno de nadie. Lo que el espectador poco avezado y aún menos versado en cuestiones críticas puede ver, como es mi caso, no es sino un enredo monumental provocado por un rey en la Edad Media española que pretende gozar los favores de una noble sevillana y, a consecuencia de ello, acaban encontrando la muerte dos personas; una, por intentar facilitar las cosas al rey dejándolo entrar en la casa de la atractiva mujer, y la otra por oponerse a las pretensiones del mismo rey.

Nada me hace pensar en las intenciones de alzar la voz contra las arbitrariedades del poder, como se sugiere en la sinopsis del programa de mano. Los muertos y los enredos, intrigas amorosas y escarceos, se producen entre las gentes que detentan el poder, los nobles y el más noble de los nobles, el rey. Entre los muertos, una víctima plebeya, la esclavilla que franqueó la nocturna entrada  del rey en la casa, muerta a manos del hermano de la dama pretendida por el monarca, y el mismo noble hermano –puntilloso y altamente pagado de honra, juicio recto y comportamiento ejemplar cuando se trata de defender sus intereses- a manos de un sicario contratado por el mismo rey, que resultó, a su vez, ser el prometido de la dama y amigo de la víctima.

Para hacer creíble todo este rocambolesco argumento hay una apelación constante y desmesurada a las cuestiones de honor y el sentido de la justicia que fueron esgrimidos durante el medievo. La mujer es rea de las decisiones del padre, del hermano o del marido, por este orden. Además, resultará ser culpable por ser bella y por ser mujer de lo que su beldad y atractivo femenino desencadene en los hombres, y cuando puede decidir porque le es permitido, lo hará por amor y perdonará al asesino.

Da la impresión de que las cosas del gobierno no existen, sino solamente la cuestión de con cuántas mujeres irse a la cama. El monarca parece atender las cuestiones amorosas con la misma suerte que las olvidadas obligaciones del reino. Para ello, como para cualquier otro capricho, el poderoso repartirá prebendas, comprará voluntades, terminará con la vida de quien se interponga en su camino e interpretará la ley a su antojo. De igual modo, se entiende que actuarán del rey abajo cuantos le rodean, jalean, sirven, adulan y temen.

Debo confesar que la obra llega a aburrir en determinados momentos. Hay pasajes interesantes y muy bien interpretados en los que la cosa parece despegar; pero enseguida vuelve a lo mismo sin remedio. La interpretación tampoco ayuda mucho. Bastante plana y falta de contrastes. Cada actor o actriz tiene sus minutos de gloria y buena puesta en escena de su personaje, y el resto queda en brazos de un transcurrir tedioso y previsible. La plasticidad del montaje, en cambio, resulta sugerente y hermosa. Todo el juego de largas varas o lanzas delimitando en cada momento los diferentes espacios en los que transcurre la acción sobre el escenario, el trabajo de los duelos con espadas o el ambiente de la corte real, los coros introducidos o los efectos de iluminación, son un acierto al que sirve también de manera eficaz la música que se acompaña. El vestuario y el movimiento escénico, impecables.

Se trata, en fin, de un Lope de Vega poco reconocible en este drama que él situó en tiempos del reinado de Sancho el Bravo de Castilla en el siglo XIII. Un siglo XIII demasiado contaminado del rancio sentido del honor caballeresco del siglo XVII, junto con el desprecio por la vida. Intentar sacar más de donde no hay, es vano intento. Tarde primaveral de teatro, ocasión siempre feliz para aplaudir la voluntad y el trabajo del elenco del Teatro Clásico de Sevilla y su aproximación al Siglo de Oro de la mano de esta tragedia de Lope de Vega.

González Alonso

La dama duende.- Pedro Calderón de la Barca. Compañía Miguel Narros

La dama duende.- Pedro Calderón de la Barca

Compañía Miguel Narros

Teatro Barakaldo.-22 de marzo de 2014

La dama duende se encuadra en el género de comedia de capa y espada. Un cúmulo de enredos y equívocos en torno al amor y final feliz para todos. El ritmo frenético de las situaciones enlazadas en la obra de Calderón acaba desorientando en más de una ocasión al espectador. Se producen escenas, como las que intercalan las escapadas de las mujeres en busca de hombres, en las que no sabes muy bien dónde está situada la acción. Pero eso, pienso, no es imputable a Calderón, sino al montaje y actualización de la comedia.

Nueve personajes sobre el escenario. Diez. Porque el décimo personaje viene a ser el pasadizo secreto del que se servirá la joven viuda Doña Ángela, interpretada por Diana Palazón, para entrar y salir en la alcoba del invitado de sus hermanos, Don Manuel, que interpretará Chema León, dejándole notas escritas o revolviendo sus pertenencias, lo que dará pie para imaginar la actuación misteriosa de una mujer duende o un fantasma. Los criados jugarán el papel más humorístico de la representación, aunque lo cómico alcanza a todos los personajes y situaciones de la comedia, sin excepción.

Todo el enredo del argumento, que viene a ser un conjunto de diversos argumentos, está puesto a disposición del espectador no sólo para entretener y divertir, sino con el propósito de plantear los aspectos y sevicias del amor como son los celos, la iniciativa de las mujeres en las relaciones amorosas y sus estratagemas para hacer valer sus derechos y conseguir sus propósitos, o el sacrosanto sentido del honor masculino y su defensa a punta de espada ante cualquier supuesto menoscabo del mismo.

No me atrevería a ver en los aspectos anteriormente reseñados una intención revolucionaria, reivindicativa o ácida de Calderón; pero lo cierto es que, al amparo de la comedia, nos describe muy bien cómo funcionaban las cosas bajo el manto rígido de la moral y nos deja a las claras la imparable fuerza del amor y los sentidos.

Calderón de la Barca escribe este texto con apenas treinta años de edad y en el momento álgido de su carrera y un reconocimiento sólido de su obra. La recreación llevada a cabo por el fallecido dramaturgo Miguel Narros es sensiblemente más corta que la original, pero no resulta trascendente ni merma el valor de la comedia. Su buen hacer lo desarrolló en una dirección de los personajes que roza, en algunos casos, la excelencia. El vestuario y la escenografía son elementos reseñables que hay que destacar.

Si atendemos a la interpretación de los actores debo confesar lo admirable de su trabajo manteniendo un alto nivel, aunque encuentro que hay aspectos mejorables y otros que se hacen innecesarios, como el excesivo movimiento en escena, con exageraciones que quedan en el aire y recargan de barroquismo el tono que imprimen en la acción. La recitación de algunos pasajes amorosos entre Doña Ángela y Don Manuel es exquisita, en contraste con la excesiva rapidez de otras partes que impiden entender bien los finales de frase. La actuación de Diana Palazón merecería que cobrara más protagonismo en cada escena en las que toma parte dando vida a la que es, per se, protagonista de todo el enredo, la joven y bella viuda Doña Ángela. Es un punto exigible, pero hay que reconocer, ante todo,  que estuvo a la altura de las exigencias del papel. Estupendo Chema León interpretando a Don Manuel; acertado y ocurrente y algo histriónico, Iván Hermes, en el criado Cosme; francamente bien, en un tono adecuado y con buenos recursos cómicos, el trabajo de Mona Martínez; divertido y con aciertos geniales, Emilio Gómez en Don Juan, hermano de Doña Ángela y de Don Luis, que interpretó con solvencia Marcial Álvarez. Con frescura, estupenda vocalización y acierto en su papel de Doña Beatriz, nos ofreció su trabajo Eva Marciel y, finalmente, con papeles menores pero importantes y bien puestos en escena, Paloma Montero, en el personaje de Clara y Antonio Escribano en el de Rodrigo.

Los diferentes argumentos incluidos por Calderón en La dama duende se ensamblan a la perfección, como –y cito literalmente- se subraya en el programa de mano, explicando el entramado general de la obra: Como siempre en sus mejores textos, Calderón engarza en La dama duende multitud de argumentos aún vigentes: la decisión de Doña Ángela de escaparse a las obligaciones de su viudedad para frecuentar la compañía de los hombres, lo que justifica y acentúa el clima erótico de ciertas escenas, al ánimo corrupto del criado Cosme que lo lleva a cometer pequeños latrocinios aparentemente disculpables. Este mundo de moral dudosa y libertaria se enfrenta a la cómica rigidez del tercer hermano, Don Luís, vigía del decoro y la corrección y eternamente frustrado en sus deseos vitales y amorosos.

Una tarde de siglo XVII español en el Teatro Barakaldo con todos los ingredientes necesarios para seguir apostando por el arte dramático y su actualidad, como lo demostró el numeroso público que llenó el aforo y que aplaudió generosamente el generoso esfuerzo del elenco de la Compañía Miguel Narros en esta su recreación calderoniana de La dama duende.

González Alonso

El amor después del amor.- Garbi Losada.- ADOS TEATROA

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El amor después del amor, de Garbi Losada
ADOS TEATROA

Teatro Barakaldo, 28 de febrero de 2014

Más allá de donde ubiquemos el amor, sea en una relación heterosexual u homosexual, la obra es un acierto en el modo, forma y fondo, al tratar la demencia generada por el alzheimer. Dicho esto, cabe desgranar el cúmulo de emociones suscitadas a través de la acción desarrollada sobre el escenario, así como abrir el abanico de los afectos expuestos a la irreversible pérdida de la memoria que van aflorando y abrazando con sus angustias a cuantas personas rodean a la persona enferma y, a través de la representación, a los espectadores. Del nudo en la garganta, al llanto desconsolado e incontenible de alguna de las personas asistentes. De la visión desoladora de una personalidad progresivamente desintegrada y destruida, al desamparo total de la muerte.

No hay, sin embargo, melodramatismo en este texto. Lo subrayo por si alguien se siente inclinado a pensar que la emoción y las lágrimas pudieran responder al tono sensiblero y fácil de la obra. No es el caso. Hay un trabajo serio de disección de la enfermedad y una exposición nítida y sin concesiones de sus  efectos devastadores y  el alcance de los mismos. Cualquiera que tenga o haya tenido algún familiar afectado por algún tipo de dolencia como el alzheimer o semejantes, habrá revivido dolorosamente su situación y habrá sentido, probablemente, más cercana la comprensión y la compañía en esta tragedia. Cualquiera que solamente haya oído hablar de este problema, se habrá impresionado. Creo que nadie sale de la sesión teatral indiferente ante lo que ha presenciado.

Pero tampoco conviene entender que  la obra se trate de un simple texto bien hecho de denuncia y campaña en torno al alzheimer. Estamos hablando de teatro, de arte escénico, y es desde esa perspectiva que debemos enjuiciar lo que ADOS TEATROA planta ante el espectador.

Al acierto del texto de Garbi Losada, bello y poético, crudo y desgarrador, bien construído sobre situaciones afrontadas con realismo y valentía, hay que agregarle el no menor acierto de un montaje en el que la obra plástica de Dora Salazar envuelve la acción en toda la amplitud del escenario para proyectar de manera amplificada el proceso interior de la enferma, su cada vez más fragmentada visión del mundo y el recorrido por los recuerdos que le van quedando; ese último tramo de la vida en la que permanecerán los afectos más profundos como última compañía.

También la música. En este caso está tan pegada a la acción y su desarrollo que parece pasar desapercibida. Pero sólo puede considerarse este resultado un éxito del autor, Javier Asin. Contribuye de manera eficaz a crear el clima adecuado y, junto al trabajo de iluminación de Xabier Lozano, definir en sus coordenadas exactas la acción dramática.

El otro aspecto relevante de este estreno absoluto en el teatro Barakaldo se refiere a la interpretación. Acertada y con momentos magistrales en el caso de la protagonista, Ane Gabarain; con más voluntad y corazón que aciertos los de Dorleta Urretabizkaia y Sara Cozar. Pese a su amplia experiencia, tal vez su juventud o el peso de la responsabilidad en unos papeles difíciles les haya conducido a una gestualidad y expresión corporal bien concebidas pero poco creíbles en determinadas escenas, así como una sobreactuación o tono de voz excesivamente elevado y plano. Nada, por otro lado, que afecte de manera negativa a la línea de flotación de la obra en su puesta en escena. Se merecen, sinceramente, todos mis respetos y aplausos por encima de las anteriores observaciones.

Una tarde de teatro, en suma, interesante y muy positiva. Un estupendo espectáculo que va más allá del entretenimiento, que no es cosa mala, y de la simple anécdota. Teatro de compromiso, agarrado a las raíces de los problemas humanos, aquellos que, como el alzheimer, nos deshumanizan a cuantos vivimos en su periferia cuando los ignoramos. Porque el amor lo encontramos y lo necesitamos, como el título indica, también después del amor.

González Alonso

Crítica teatral (inicial) de David Barbero: El amor después del amor

Cumple la noche

¡Pronto la noche cumple su promesa!
Los relojes apuntan al ocaso
y se detiene en sombras nuestro paso
temeroso. La luna que embelesa

en blanco resplandor, los sueños besa
y colma de presagios este vaso
de la vida. Serenamente acaso
sea la hora de partir. La mesa

levantar. Si a la noche vence el sueño
dormir en paz será nuestro destino,
soñar será ya sólo nuestro empeño

y con feliz sonrisa en nuestro ceño
vendremos, recorrido este camino,
a la muerte ofrecer nuestro desdeño.

González Alonso

 

Música

Aire pintado en notas. Pentagrama
que en invisibles sones trae al viento
la más honda expresión del sentimiento
y enciende del amor cálida llama.

Suspendido en el sueño que reclama
el sentido vibrar del instrumento
todo es fugaz como el fugaz momento
del aroma que extiende la retama.

Nace la música en acordes puros
con deleite de voces y compases
en celestiales melodías presa

capaz de derribar todos los muros;
y a la almena más alta que te alzases
se alzará en armonía que embelesa.

González Alonso

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La anarquista, de David Mamet

La anarquista
David Mamet
Teatro Español
Versión y dirección de José Pascual

Teatro Barakaldo (8 de febrero de 2014)

Me comentaba un amigo a la salida del teatro que a la obra le sobraba una hora de la hora y media de representación. Es posible. Pero también puede, si nos metemos en los entresijos y nos liamos a discutir la problemática planteada, que necesitemos varias horas para, tal vez, no llegar a una solución provisional y, menos aún, definitiva.

No me parece mal el planteamiento. Es como lanzar un tema a discusión entregándolo al debate de la sociedad y que la sociedad decida. No me hubiera parecido bien si previamente no hubiera sido trabajado el tema, exponiéndolo desde todos los ángulos posibles y en un contexto amplio, sin restricciones.

El tema sobre el cual escribió el dramaturgo estadounidense David Mamet (guionista de El cartero siempre llama dos veces) no es el anarquismo, sino el ejercicio de la violencia como método para conseguir algún fin que, en el caso del anarquismo, sería el de subvertir el orden social establecido. La violencia política se contrapone al ejercicio de la violencia del Estado para evitar la primera o castigarla.

Hay un hecho dramático en las consecuencias de la acción violenta que concluye en el crimen o el asesinato, y es que resulta irreversible e irreparable. Nadie puede restituir la vida a las víctimas, y esto genera un conflicto moral en la sociedad. Es lícito defenderse de la amenaza terrorista y de las acciones violentas, como resulta lícita la imposición del castigo. Pero si la sociedad y las leyes emanadas de su constitución organizada en la forma del Estado no quieren ponerse a la altura de los asesinos, tampoco puede actuar violentamente contra sus vidas. De ahí la lógica supresión de la pena de muerte, lo que revela una altura de miras por encima del asesino y su código ético. No obstante, ¿qué clase y cantidad de pena o castigo puede redimir la acción violenta de acabar con una vida?

El dilema, teóricamente, se resuelve incorporando el concepto de reinserción. La reinserción exigirá el arrepentimiento y la expresión de la voluntad de acatar, respetar y cumplir las leyes vigentes. Pero un problema sigue a otro. ¿Cómo medir el arrepentimiento?¿Cómo evaluar la disposición a cumplir las leyes?

En La anarquista, las dos protagonistas se enzarzan en la discusión de estos asuntos. La funcionaria de prisiones en busca de las pruebas del arrepentimiento. La presa, en busca de conseguir la libertad. Para ello la funcionaria le exigirá que delate a su compañera de asesinato revelando dónde se encuentra. La presa, que dice renunciar a las ideas que la condujeron al crimen rechazando la violencia como método y confiesa su conversión a la fé cristiana, no podrá ocultar el convencimiento íntimo de encontrarse ante una sociedad a la que el Estado tiene secuestrada manteniendo la imposición, la administración de sus libertades, derechos y obligaciones, de manera autoritaria y abusiva y protegiendo los privilegios de los poderosos en perjuicio de los más débiles. Una hará lo posible para intentar conseguir la libertad y la otra lo imposible para impedirlo.

Si no podemos saber nunca  hasta qué punto fue sincera la confesión de la presa o sólo una estratagema para salir de la cárcel, tampoco sabremos cuánto de sentimiento de venganza abriga la funcionaria de prisiones o si solamente quiere estar segura de poder firmar la petición de libertad con garantías, porque –de manera expresa- confiesa abiertamente no creer en la reinserción a la que la presa tiene derecho.

En este contexto, cualquier acto de piedad se verá superado por el sentido del deber y la aplicación de las leyes. La actuación de la funcionaria se asemeja a la del creyente poseído de la fe que practica las normas que la Iglesia le dicta; si su actuación es equivocada, no será ella quien se equivoque, sino el Estado que dicta las normas, al igual que el error del creyente no le puede ser imputado a él, sino a la Iglesia. La responsabilidad moral está a salvo en ambos casos. En cierto modo el discurso sobre la culpa que subyace en el texto de David Mamet me ha recordado la novela de Dostoievski, Crimen y castigo.

Nos encontramos, hay que decirlo, ante una obra en la que el texto lo es todo. Dos personajes, una mesa con documentos y un teléfono que suena de vez en cuando y dos sillas, es cuanto puede encontrarse en el espacio del escenario. La dificultad de mantener la tensión y la atención del espectador en estas circunstancias es muy grande. Pero la versión de José Pascual interpretada por las actrices Magüi Mira y Ana Wagener supera, con creces, la mencionada dificultad. Variedad de matices, ritmo ágil, conversaciones que transmiten naturalidad y realismo, buena gestión de los silencios y una actuación alejada de lo melodramático y exagerado, hacen creíbles a los personajes y logran que el teatro sea, una vez más,  la magia viva que nos anima y da razón para no dejar de asistir a él. Aunque tengamos que imaginar o discutir los finales.

González Alonso

Agua de febrero

Febrero de aguas abajo, ánfora
de vida.

Azul la amatista,
azul la violeta;
la mujer que te trae
de azul vestida;
cascadas derrumbándose
en las grutas,
vueltas

y peces en círculos
de agua pura.

González Alonso

Nota.- Febrero era el mes de la purificación en la Antigua Roma. Se representaba por una mujer vestida de azul con la túnica levantada y sujeta por la cintura que llevaba una ave acuática en las manos y en la cabeza una ánfora de la que salía abundante agua, símbolo de las lluvias. El mes estaba bajo la protección de Neptuno; el dios de las aguas está sobre una gruta formada por cascadas y llenas de peces, símbolo del mes. Según la tradición, la piedra de febrero es la amatista y la flor la violeta.

Los elementos anteriores son los que configuran el contenido del poema pensado para un calendario con el tema del agua en los diferentes meses. Un refrán, de los muchos del refranero: Cuando llueve por febrero, todo el año al tempero.

Mariana Pineda.-Federico García Lorca

Mariana Pineda.- Federico García Lorca

Teatro del Norte
Teatro Barakaldo, 19 de enero de 2014

Lo primero que se aprecia es que estamos asistiendo a una adaptación o versión de la obra de García Lorca convertida en un hermoso poema de amor. En su cuaderno literario, David Barbero lo critica; opina que las simplificaciones casi nunca enriquecen. Las reducciones suelen limitar. Quitan matices(sic), y en este caso reducen los enfrentamientos y las pasiones(sic) de la obra lorquiana. Acaba comparando este resultado con el de presentar una ópera en versión concierto con algunos solistas(sic).

Sobra claridad y no anda escaso de razón David Barbero en sus apreciaciones. No sé si la versión adaptada de Etelvino Vázquez surge del convencimiento de la bondad de este trabajo con la idea de hacer el espectáculo mucho más próximo al espectador, o –por el contrario- nace de la necesidad, hecha virtud, para poder llevar la obra a los escenarios con un reducido elenco de actores.

En cualquier caso, hay dos cuestiones para mí relevantes que me hacen aplaudir esta puesta en escena. La primera es el agradecimiento de encontrar otra ocasión de disfrutar y admirar un texto del poeta granadino. El raudal de belleza de su poesía, armada en metáforas tan inspiradas e inteligentes como oportunas, lo recibo como un trago de frescura en medio de la mediocridad que alimenta la inmensa mayoría de la creación poética actual, repitiéndose a sí misma en una espiral de verborrea, anacolutos y sinsentidos de textos aburridos que pretenden descubrir orillas donde sólo hay desierto, arena y polvo reseco de palabras vacías.

No era ni es mi intención dedicarme a criticar la poesía actual, sino comentar la representación del Teatro del Norte del pasado día 19 de enero en el Teatro Barakaldo; pero cuando –incluidos los recortes hechos en la adaptación- te acercas a la poesía de García Lorca, te duelen las entretelas del alma y chirrían los goznes del verso al imponerse las comparaciones.

Hacía alusión a una segunda cuestión aplaudible; ésta no es otra que la voluntad, entrega y trabajo desde la precariedad de recursos de una compañía independiente, para mantener vivo el teatro en un afán, creo que loable y honesto, de acercarlo al espectador y yendo en busca de nuevos espectadores. Si ello me parece reconocible de modo general, de manera particular lo encuentro muy aplicable a esta Mariana Pineda versionada por Etelvino Vázquez.

No hay en la puesta en escena de la representación ninguno de los elementos decorativos y escenográficos imaginados e incluso dibujados por Federico García Lorca, ni necesidad de tramoya. Porque, como corresponde a lo ya mencionado, la recreación de Mariana Pineda tiene un enfoque personal con un concepto del teatro que sigue los cánones de la vanguardia y las corrientes actuales. Simplificación del espacio escénico, buena gestión de la luminotecnia, vestuario sencillo subrayando la personalidad del personaje y el uso del mobiliario imprescindible en el que apoyar la acción de las diferentes situaciones dramáticas. En todo ello, el Teatro del Norte consigue no pocos aciertos y transmitir el contenido del texto sin perder la magia poética del mensaje. Y en medio de la poesía y la historia de amor subrayada y protagonizada en la versión presentada, no se pierden las referencias a la situación política que hizo del absolutismo de Fernando VII una lucha encarnizada y sin cuartel contra los liberales, que bien resumen y expresan los versos:

Ahora los ríos de España,
en vez de ser ríos son
largas cadenas de agua.

La actuación de la actriz Cristina Lorenzo en el papel de Mariana Pineda siguió una línea regular ascendente, ganando en credibilidad y acierto con cada recitado y cada nueva situación dramática para terminar ofreciéndonos el personaje en su integridad, con la intensa emoción de la recreación del ajusticiamiento sufrido por Mariana mediante el garrote vil, escena final diseñada para esta versión por Etelvino Vázquez.

Siempre que voy al teatro acostumbro a salir satisfecho y, en numerosas ocasiones, muy satisfecho. El pasado domingo, no fue una excepción. Vuelvo a aplaudir la oportunidad brindada del feliz reencuentro con el texto lorquiano de sus primeras obras de juventud y el esfuerzo de una compañía, Teatro del Norte, de los confines asturianos de Lugones, por subirlo a los escenarios.
Salud.

González Alonso

Aspasia de Mileto

¡Hija de Axioco, templa en la belleza
de tus labios el don de la palabra
y en tu hermosa oratoria la grandeza
de la sabiduría toda, labra!

Haz, Aspasia, que Sócrates acuda
a visitar el verbo de tu casa,
ramo verde en la mano y una duda
que al corazón o a la razón abrasa.

Portento de hermosura, gracia, ingenio
en un siglo de gloria para Atenas
a ti cabe, mujer, desde el proscenio
representar las más altas escenas,

que no ha de haber Pericles sin los dones
del encendido amor de tus pasiones.

González Alonso

Notas.- Sobre la figura de Aspasia, lo que se sabe y no se sabe sobre ella, lo que se discute y no se discute, etc. hay abundante información en la red. Puede servir Wikipedia: Aspasia de Mileto, la mujer del siglo de Pericles

Sobre el soneto inglés, composición en la que está escrita el poema, decir que su rima es consonante (coincidencia de vocales y consonantes a partir de la vocal sobre la que recae el acento de la última palabra de cada verso), consta de 14 versos distribuidos en tres serventesios y un pareado final. Su estructura:  ABAB  CDCD  EFEF  GG. Generalmente los versos son endecasílabos. Este es el modelo que adoptó y practicó William Shakespeare, pero existen otras variantes.