Cada rincón

Cada rincón
guarda la mínima cadencia
de un recuerdo.

Puede tener
tres
o cuatro telarañas;
puede ser de un blanco
puro
o recogerse tímido
en la penumbra de la alcoba.

Cada rincón
atesora el secreto
de un sueño inalcanzable
o esa ilusión lograda.

Mirándolos con cuidado
pueden parecer hermosos
u horriblemente desolados.

Cada rincón
esconde una palabra
en su vacío. Lloran
en silencio
y nadie los escucha.

Hay
rincones fríos.

González Alonso

 

De la condición humana

 

De la Condición Humana

A excepción del hombre, ningún ser se maravilla
de su propia existencia.

Arthur Schopenhauer

Minúscula silueta en el desierto,
sombra de  un ángel nuevo, un dios vencido;
humana criatura, sol herido
alzado en solitario desconcierto.

Te sabes antes que nacido muerto,
ser antes que memoria, sólo olvido;
efímera la vida y lo querido
por la mano del tiempo ya cubierto.

¿Cómo sacando fuerza de flaqueza
a un cielo de universos infinito
proclamas la razón de tu certeza?

¡Qué admirable pasión, si el desatino
de esta vida y de toda su riqueza
de Nada ir a la Nada es su destino!

González Alonso

Soneto publicado en el libro «Lucernarios» (Ediciones Vitruvio.-Colección Baños de Montemayor, 599.-Madrid, septiembre 2016)

Y hoy me vi mayor

 

Y hoy me vi mayor,
como agotado
por una pena inmensa
arrugada en la frente abierta;

y el corazón lo sentí más grande
machacando
sueños podridos en su sangre roja.

Una duda perdida
en un rictus de sonrisa
quedó prendida al espejo.

Y una ilusión no nació
cuando ligera
una lágrima rodó por la mejilla
en última caricia…

González Alonso

 

Poema del libro “Lucernarios” (Ediciones Vitruvio.-Colección Baños del Carmen,599.-Madrid, septiembre de 2016)

 

Si en medio de la noche

 

Si la muerte en medio de la noche llega
y estáis despiertos, no llaméis, no lloréis,
no alcéis la voz; esperad que la alondra
traiga en el pico el alba, en sus alas el aire,
la luz en los ojos
de la madrugada.

Porque de todas las citas es ésta inexcusable
a sus brazos de niebla entregaré los abrazos
y en sus labios
dejaré los besos de brisa con mis labios;
no llaméis, no lloréis,
no alcéis la voz. Esperad que el silencio
sumerja sus raíces en mi corazón, aguardad las horas
detenidas, mirad por las ventanas de las habitaciones,
recoged las sonrisas
sin tristeza. Ya voy
y todo está conforme con la vida. La carne
desvestida
y este sueño inacabable, caracola marina
en la arena de la playa y ecos de olas
rompiendo en su vacío.

Si muero en la noche, esperad al día;
ni lloréis, ni llaméis.
Esperad que la alondra
traiga en su pico el alba.

González  Alonso

Del libro «Lucernarios» (Ediciones Vitruvio.- Colección Baños del Carmen,599.-Madrid, septiembre 2016)

La máquina de cine de juguete

La pequeña máquina de cine, de lata
y cartón, verde y antigua, así parada,
posada y quieta en su anaquel de madera
parece más pequeña.

Nadie podría imaginar la magia
de su pequeño chorro de luz de imágenes
mudas
empujadas por una manivela.

Nadie, al mirarla, puede ver la obscuridad
iluminada de la fantasía,
el trozo de tela sobre la pared
recogiendo en su hilo blanco las historias
de Popeye, Cenicienta o los ratones
que metían en la jaula a un enorme león.

Las cosas importantes ocurren en la infancia,
esa llave de la puerta de la vida
que se nos pierde siempre,
y  ya sólo nos queda mirar por las ventanas
para advertir el mundo frío fuera
esperando
ausentes,
y al fin poder ver el de dentro,
cálido y discreto,
cuando una pequeña máquina de cine
proyecte su luz
sobre el paño extendido
de nuestra tristeza.

González Alonso

Teresa Cascajo

 

Teresa Cascajo

Si  en la pila tu nombre fue Teresa
y apellidó tu padre por Cascajo,
es razón preguntar por qué carajo
del apellido Panza fuiste presa.

No eras amiga de mantel en mesa
y preferiste siempre, puesto el majo
con  manteca, laurel, pimiento y ajo,
la sopa cocinar, fuerte y espesa.

Tu nombre, tu apellido, tus iguales
y vivir en tu casa con holgura
sin envidias de nadie, que los males

sólo llegan a ser tantos y tales
si te ciega traidora la locura
de ambicionar ser más de lo que vales.

González Alonso

Retrato

 

Retrato

Este que veis aquí, rostro aguileño,
de cabello castaño, frente lisa,
es más de letras y armas que de misa
y pone en escribir todo su empeño.

Alegres ojos dados al ensueño,
boca pequeña y dientes de tal guisa
que no pasan de seis; blanca camisa
que cubre el pecho noble de su dueño.

Fue herido en la batalla de Lepanto,
cautivo en Berbería por cinco años
y fue en la cárcel de Sevilla preso.

Mas de toda esa pena y tal espanto
dio al mundo a don Quijote y sin engaños
Dulcinea fue amor, fe y embeleso.

González Alonso

* A partir del prólogo de Miguel de Cervantes a Las novelas ejemplares

Damasco

Ya no llegan de Siria los aromas de incienso
ni el árbol de la mirra llora ya sus resinas;
fértil la cultura antigua corre orillas del Eúfrates
y se desangra próspera de historia y conocimientos.

¡Cómo alcanza la muerte a grabar en los cobres
de las almas su sello, cómo corre la guerra
oscureciendo los días y en los ojos
la mirada es espanto!

¡Ay, la ciudad del jazmín yace ahora desolada
sobre las ruinas, la sal de las lágrimas
y  las vidas!

Ya no mecen las brisas del Mediterráneo los sueños
de los niños, ni a los labios de las mujeres llegan los cantos
de la risa; sus corazones descansan
sobre un jardín de pólvora.

Hoy sabes
que ha llegado para quedarse la tristeza,
el exilio, la angustia, el miedo en las entrañas;
los campos yermos dejan pasar el viento
de los sirios que huyen
sin mirar atrás.

Damasco se ha sumado
a  las ciudades que arden.

.

González Alonso