Mariana Pineda.-Federico García Lorca

Mariana Pineda.- Federico García Lorca

Teatro del Norte
Teatro Barakaldo, 19 de enero de 2014

Lo primero que se aprecia es que estamos asistiendo a una adaptación o versión de la obra de García Lorca convertida en un hermoso poema de amor. En su cuaderno literario, David Barbero lo critica; opina que las simplificaciones casi nunca enriquecen. Las reducciones suelen limitar. Quitan matices(sic), y en este caso reducen los enfrentamientos y las pasiones(sic) de la obra lorquiana. Acaba comparando este resultado con el de presentar una ópera en versión concierto con algunos solistas(sic).

Sobra claridad y no anda escaso de razón David Barbero en sus apreciaciones. No sé si la versión adaptada de Etelvino Vázquez surge del convencimiento de la bondad de este trabajo con la idea de hacer el espectáculo mucho más próximo al espectador, o –por el contrario- nace de la necesidad, hecha virtud, para poder llevar la obra a los escenarios con un reducido elenco de actores.

En cualquier caso, hay dos cuestiones para mí relevantes que me hacen aplaudir esta puesta en escena. La primera es el agradecimiento de encontrar otra ocasión de disfrutar y admirar un texto del poeta granadino. El raudal de belleza de su poesía, armada en metáforas tan inspiradas e inteligentes como oportunas, lo recibo como un trago de frescura en medio de la mediocridad que alimenta la inmensa mayoría de la creación poética actual, repitiéndose a sí misma en una espiral de verborrea, anacolutos y sinsentidos de textos aburridos que pretenden descubrir orillas donde sólo hay desierto, arena y polvo reseco de palabras vacías.

No era ni es mi intención dedicarme a criticar la poesía actual, sino comentar la representación del Teatro del Norte del pasado día 19 de enero en el Teatro Barakaldo; pero cuando –incluidos los recortes hechos en la adaptación- te acercas a la poesía de García Lorca, te duelen las entretelas del alma y chirrían los goznes del verso al imponerse las comparaciones.

Hacía alusión a una segunda cuestión aplaudible; ésta no es otra que la voluntad, entrega y trabajo desde la precariedad de recursos de una compañía independiente, para mantener vivo el teatro en un afán, creo que loable y honesto, de acercarlo al espectador y yendo en busca de nuevos espectadores. Si ello me parece reconocible de modo general, de manera particular lo encuentro muy aplicable a esta Mariana Pineda versionada por Etelvino Vázquez.

No hay en la puesta en escena de la representación ninguno de los elementos decorativos y escenográficos imaginados e incluso dibujados por Federico García Lorca, ni necesidad de tramoya. Porque, como corresponde a lo ya mencionado, la recreación de Mariana Pineda tiene un enfoque personal con un concepto del teatro que sigue los cánones de la vanguardia y las corrientes actuales. Simplificación del espacio escénico, buena gestión de la luminotecnia, vestuario sencillo subrayando la personalidad del personaje y el uso del mobiliario imprescindible en el que apoyar la acción de las diferentes situaciones dramáticas. En todo ello, el Teatro del Norte consigue no pocos aciertos y transmitir el contenido del texto sin perder la magia poética del mensaje. Y en medio de la poesía y la historia de amor subrayada y protagonizada en la versión presentada, no se pierden las referencias a la situación política que hizo del absolutismo de Fernando VII una lucha encarnizada y sin cuartel contra los liberales, que bien resumen y expresan los versos:

Ahora los ríos de España,
en vez de ser ríos son
largas cadenas de agua.

La actuación de la actriz Cristina Lorenzo en el papel de Mariana Pineda siguió una línea regular ascendente, ganando en credibilidad y acierto con cada recitado y cada nueva situación dramática para terminar ofreciéndonos el personaje en su integridad, con la intensa emoción de la recreación del ajusticiamiento sufrido por Mariana mediante el garrote vil, escena final diseñada para esta versión por Etelvino Vázquez.

Siempre que voy al teatro acostumbro a salir satisfecho y, en numerosas ocasiones, muy satisfecho. El pasado domingo, no fue una excepción. Vuelvo a aplaudir la oportunidad brindada del feliz reencuentro con el texto lorquiano de sus primeras obras de juventud y el esfuerzo de una compañía, Teatro del Norte, de los confines asturianos de Lugones, por subirlo a los escenarios.
Salud.

González Alonso

Teatro Colón de Buenos Aires.- Un ballo in maschera, de Giuseppe Verdi

Un Ballo in Maschera
Un baile de máscaras
Giuseppe Verdi

Teatro Colón.- Buenos Aires
6 de diciembre de 2013

De entrada, debo confesar que es un lujo poder comentar  una ópera desde el Teatro Colón de Buenos Aires. La sola presencia de este monumental edificio ya inspira los sentidos; contemplarlo por dentro es un regalo, y vivirlo con la representación de la ópera Un ballo in maschera, de Giuseppe Verdi, fue la experiencia completa de algo excepcional.

Coincide esta representación con la celebración del bicentenario del nacimiento de Verdi. Pero cualquier ocasión es buena para acercarse a la obra de este reconocido autor de finales del siglo XIX. Conocedor de su época y el mundo que emergía tras la Revolución Francesa, la crítica al poder absoluto no pasará desapercibida ni será bien tolerada por las decadentes monarquías europeas de la época. Así, su ópera se vio envuelta en rocambolescas aventuras con la censura, modificándola hasta el extremo de trasladar el asesinato del rey sueco Gustavo III, ocurrido en 1792, a la ciudad de Boston, en Estados Unidos, con otro nombre y estatus, de soberano a señor, y otras muchas modificaciones no menos absurdas.

Verdi, que se confesaba contento a medias con la ópera Gustavo III, título inicial, y de la cual opinaba que era grandiosa y vasta; bella… pero que también tenía los modos convencionales de todas las óperas, cosa que siempre me desagradó, y que ahora se me ha tornado insufrible, no puede digerir los recortes y cambios impuestos por la censura, vaciando casi por completo la obra de su verdadero sentido, la denuncia del poder y las luchas políticas y enfrentamientos sangrientos entre absolutistas y liberales tras la Revolución Francesa.

Como en toda ópera convencional, G. Verdi sitúa una historia de amor en el centro de su argumento. El rey y su primer ministro y mejor amigo, la mujer del ministro y el rey. El amigo que lucha y expone su vida para salvar la del rey, amenazada por los conspiradores; el descubrimiento por parte del ministro y amigo, de los amores entre su mujer y el rey. La decisión del ministro de unirse a los conspiradores y terminar con la vida del rey.

Toda esta historia, envuelta en la música verdiana, se desgrana poco a poco sobre el escenario. El asesinato del rey se llevará a cabo durante la celebración de un baile de máscaras, de donde –finalmente- la obra tomará el título. Y todo acabaría ahí, como un testimonio hermosamente compuesto por Verdi y por su libretista Antonio Somma, sobre los totalitarismos del XIX, si no fuera porque su puesta en escena actual con la dirección escénica de Alex Ollé, de La Fura dels Baus, nos desvelara –con indudable acierto- las claves de la razón de ser de los totalitarismos enquistados en el capitalismo y su modo de manejar la crisis económica y el malestar social bajo la apariencia de la democracia.

Alex Ollé nos presenta una ópera fiel a su interpretación musical y a su letra, pero que trata, además, de fijar el discurso de esta versión en la desconfianza que el concepto mismo del poder genera en el ciudadano anónimo. Todavía más cuando, en la actual crisis del capitalismo, el poder político y el financiero se confunden en una trama corrupta de intereses ambiguos del todo ajenos al bien común*. Así, las voces de los indignados cobrarán cuerpo en el personaje colectivo y anónimo, detrás de las máscaras, cuya intención será, sin embargo, arrancarle la máscara al poder*. Todos los personajes ocultarán sus intenciones y sus miedos con una máscara a lo largo de toda la obra, y en el baile final morirán todos junto al rey mientras se quitan las máscaras y aparecen otros personajes, los herederos del poder, con nuevas máscaras, éstas de gas, alzándose armados por encima de los cadáveres tendidos en el suelo.

El final referido, sugiriéndonos un inquietante poder cerrado sobre sí mismo en una forma evolucionada de un nuevo absolutismo o de un totalitarismo refundado*, nos hace agarrarnos al presente y el colapso de la sociedad producido por la crisis económica y la ya mencionada corrupción del poder político y financiero. De este modo, la ópera de Giuseppe Verdi deja de ser un simple adorno burgués o un testimonio histórico alejado de nuestro presente.

Puedo considerar que la iluminación refuerza en exceso con sus grises y sombras la intención de resaltar los aspectos más sórdidos del poder, o que el vestuario podría ser más variado sin temor a introducir alguna nota de color o mezclando trajes de diferentes épocas, lo que no restaría peso al pesimismo sin renunciar a una mayor belleza plástica. Pero son consideraciones de simple espectador nada ducho en la materia. Porque todo funcionó a la perfección, orquesta y coros, puesta en escena y el acierto interpretativo de los actores del día, con la elección –tal vez- menos acertada de la voz del tenor Marcelo Puente para el personaje de Gustavo III.

Saber de la existencia del Teatro Colón en la capital argentina de Buenos Aires, ciudad inquieta y culturalmente abierta, es creer que habrá una solución y salida digna de la crisis y problemas que asolan a nuestros pueblos y sociedades. Si entre sus paredes y sobre su escenario se representan obras como la que estamos comentando de Verdi, creo que es más posible aún y que el arte y los artistas son ariete y frente de batalla en esta guerra. Me alegra íntimamente que no se rindan.

González Alonso

*Declaraciones de Alex Ollé en los ·Comentarios del director de escena» del programa de mano de la obra.

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Los gemelos, de Plauto. Teatro romano de Mérida

Los gemelos.- Plauto
Versión de Florián Recio

Teatro romano de Mérida

Resulta saludable poder contar que el teatro romano de Mérida atesora entre las ruinas de dos mil años de piedras tanta vida, tanto ingenio y tanta cultura. Sentarse en sus escaños y entrar en la magia recreada de la obra de Plauto, Los gemelos, es un ejercicio de salud espiritual que reconforta en las noches agosteñas de luna llena de la ciudad de Mérida. No pierdo, pues, más tiempo para reconocer con un aplauso agradecido el trabajo de Florián Recio al traernos en sus carnes vivas al mejor Plauto. Acierto indudable en la interpretación de las claves satíricas e irónicas que la obra de Plauto nos legó, utilizando la risa y la sonrisa para señalar con mordacidad la corrupción que el poder regala dejando de manifiesto los males seculares que  afligen a nuestra sociedad y que vienen aquejando a las sociedades humanas desde tiempos inmemoriales.

Pero de lo dejado dicho anteriormente no debe concluirse que la resignación ha de ser el inevitable resultado a que nos condena esta situación. La risa es un arma de rebeldía inestimable. Así que nada de resignación y sí de mucha y sana risa de la que se nos proporciona en copiosas dosis con la interpretación de Los gemelos en esta coproducción del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, Verbo Producciones y Oscuro Total.

El argumento de la comedia se sustenta en los avatares de la búsqueda de su hermano gemelo por parte del otro hermano. Separados accidentalmente en la infancia, uno fue secuestrado y llevado lejos de Siracusa, patria de su nacimiento, hasta la entonces Emérita Augusta, donde crecerá y conseguirá hacer fortuna y carrera en la política. La llegada del desconocido hermano gemelo a la ciudad dará pie a numerosas escenas cómicas en las que la confusión creada será ocasión para ir reparando en cuestiones como la lealtad, el chantaje, el trabajo, el enchufismo y la picaresca de bajo cuño al lado de la corrupción política, el ejercicio del poder y el robo y saqueo de las arcas del Estado sin dejar pasar la oportunidad de hablar de una Europa germanizada, de los bancos, el paro y la emigración.

Asegura Florián Recio en la presentación que hace en el programa de mano que no es una comedia política, sino una comedia de enredo donde todo el mundo busca algo, todo el mundo oculta algo y donde no todos acaban encontrando lo que esperan a lo que añade la pretensión de arrancar al respetable unas risas. Pues, bueno, pretensión conseguida. Pero las risas se montan sobre el bien delineado papel de personajes como la duquesa de Alba, alguna folclórica, el Presidente de la Junta de Extremadura, Monago, o el mismo Presidente de Gobierno actual, Mariano Rajoy, y el que fue Secretario de su partido político, Bárcenas (Fin de la cita).

La magnífica puesta en escena con el contenido carnavalesco de la escenografía y la actuación de la Banda de Plauto, fue más que suficiente para zambullirse en la atmósfera mágica de la comedia magistralmente interpretada por los actores y actrices del reparto que encabeza Fernando Ramos y cierra Nuria Cuadrado. Juan García Tirado, Ana García, Pepa Gracia, Esteban G. Ballesteros, Luisa Hurtado y Pedro Montero, serán el resto de los responsables de llevar a buen término esta interpretación.

A la felicidad de la noche y la celebración festiva y liberadora de la comedia de Plauto, debo añadir la ocasión de haber compartido la velada con el pintor Efrén, que se define como minimalista figurativo, y que resulta ser también músico y actor. Un encuentro casual que hizo más grata la velada de teatro dominada por la luna llena luciendo en mitad de la noche emeritense con soberbia grandeza.

Sólo cabría esperar, ¡ay!, que fuera ésta la última versión de la comedia de Plauto, lo que vendría a significar que las castas políticas y los poderosos grupos económicos habrían desaparecido de nuestras vidas para poder compartirlas en una democracia asentada en los valores que repudian los males denunciados. Pero esto también parece que mueve a risa. La de los poderosos. Veremos, finalmente, quién ríe el último.

González Alonso

Almagro, Festival Internacional de Teatro Clásico 2013

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Almagro, Festival Internacional de Teatro Clásico 2013

Quevedo, Lope y Calderón

1.-QUEVEDO. Donde hay poca justicia es peligroso tener razón
PREM Teatro.- Dirección: Héctor del Saz

En el papel de Francisco de Quevedo, el actor Adolfo Pastor; y en los de Felipa y la novicia, Pilar Massa y Rebeca Sala. Dentro del equipo artístico y técnico, en la dirección, Héctor del Saz. Estos son algunos de los nombres propios responsables de esta puesta en escena. El escenario, el Corral de Comedias de la ciudad de Almagro.

La luna aparecía en el cuadrante superior izquierdo por encima del escenario al dar comienzo la representación de esta obra, un viaje al corazón de Quevedo –en palabras del director- y yo diría al de España, a través de los escritos epistolarios y poemas del autor del Siglo de Oro. La misma luna desaparecía por el cuadrante superior derecho del escenario en un cielo visible desde el patio de butacas, sillas de madera y asiento de caña, con el final de la obra. Y en medio, la sorprendente historia de un hombre atribulado por las persecuciones y rabiosamente libre que no dejó de pagar con creces haber resultado ser el molesto grano en el culo de mandatarios y poderosos de la época, afectados de las mismas ambiciones y falta de escrúpulos de las que se adornan los mandatarios y poderosos de hoy día. El paso último por la cárcel en los sótanos de San Marcos en León, con el río Bernesga por cabecera y todo el frío de los rigurosos inviernos leoneses en los muros y los huesos, resultó decisivo en la balanza de la quebrada salud de Quevedo, que moriría poco después en tierras manchegas de Villanueva de los Infantes.

La interpretación, el ritmo, la intencionalidad y la oportunidad de los textos rayaron a gran altura, conmovieron y removieron rescoldos de rebeldías que amenazan con ser fuegos. Fue, sin duda, una experiencia memorable la de la noche del 19 de julio en el Corral de Comedias de Almagro y es, sin duda, una oportunidad más para reflexionar y tomar nota de cuanto nos acontece desde la voz seria, irónica y mordaz, crítica, y de un inestimable valor literario, de Francisco de Quevedo Villegas.

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2.-La noche toledana.- Lope de Vega

Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico
Dirección: Carlos Marchena

La Compañía Nacional de Teatro Clásico, dirigida por Helena Pimienta, trajo al espacio del teatro almagreño entre los muros de la Universidad Renacentista a la Joven Compañía Nacional. Nada puede resultar más gozoso y reconfortante que ver un numeroso y bien nutrido elenco de actrices y actores desenvolviéndose con tanta madurez, frescura y profesionalidad como hicieran los componentes de la Joven Compañía.

El texto de Lope, ágil y lleno de maestría, nos trae de zarandillo y sin descanso por los entresijos de una comedia amorosa que será un juego permanente a través del artificio y del ritmo frenético de los acontecimientos vividos por los personajes, en palabras del director del montaje, Carlos Marchena. La diversión, el entretenimiento y en bastantes ocasiones la sorpresa, están servidas revelando costumbres, inclinaciones y conductas de carácter sexual de una desinhibición admirable en el contexto de la moral de la época.

Sería injusto destacar el mérito de unas actuaciones sin mencionar otras, aunque sí es verdad que tuvieron ocasión de lucirse más quienes como Sole Solís, Natalia Huarte o Francisco Ortiz –entre otros- se metieron en papeles más protagonistas como la Posadera, Liserna o Florencio.

Nada que reprochar y sí mucho que aplaudir. El teatro español sigue vivo y jugará durante mucho tiempo en las primeras divisiones del teatro mundial. Sólo hace falta apostar por la cultura y el arte. Arte y Cultura, en mayúsculas.

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3.-La Gran Zenobia o La hermosura desdichada.- Calderón de la Barca
Teatro Galo Real

La Veleta es un centro cultural de Almagro que acoge un pequeño teatro que se define como de experimentación, laboratorio y ensayo. La noche del 18 de julio, bajo el patrocinio del Teatro Galo Real que corrió a cargo del vestuario, escenografía e iluminación, Gustavo Galindo dirigió su adaptación de la bella obra de Calderón dando a su vez vida a uno de los personajes centrales del drama, el emperador romano Aureliano. El resultado fue muy pobre. Sobre el escenario deambularon los actores sin acertar a darles consistencia a sus personajes, como si se tratara de un grupo escolar de teatro aficionado con buena voluntad y un entusiasmo estéril. No hubo unidad dramática en ningún momento, pues cada actor actuaba por su cuenta con inoportunos recitados que contradecían en su sentido dramático el lenguaje corporal con que se expresaban. El montaje y la secuenciación de las escenas fue otro lío del que no supieron salir. Se puso mucho énfasis en lo circunstancial y anecdótico de la escenografía; pero los objetos, los símbolos, los ambientes recreados por la iluminación, no actúan, sólo sirven a la interpretación del actor, de la que se desentendieron. Cabe, no obstante, reseñar la notable excepción de la jovencísima actriz María García-Alix y la actuación más afortunada de Nadia Alonso. La primera, en el papel principal de la princesa Zenobia del reino de Palmira, fue la única que acertó con una dicción impecable y el tono exacto exigido en cada situación y en cada escena; sin sobreactuaciones ni salidas de tono y un lenguaje y expresión corporal adecuados, dio coherencia e hizo creíble su personaje, salvándonos del aburrimiento al que el resto de la compañía con su director al frente nos condenaron. Como actriz se le adivinan grandes recursos e intuición, plasticidad y gusto por la interpretación.

El muy hermoso texto de Calderón, con un tema tan interesante como oportuno para ser aprovechado y sacar partido de él, fue una ocasión desperdiciada sin remedio. El argumento nos traslada a las luchas por el poder en Roma y en Palmira y a las guerras entre el imperio y el reino, con asesinatos, conspiraciones y todo tipo de traiciones. Pero pone de relieve, sobre todo, el papel de la mujer en el concierto del poder político. Zenobia, que consigue victorias ante Roma como estratega, se queja cuando le niegan el derecho a asumir todo el poder del reino, como lo hiciera un hombre, diciendo que le reconocían su valía para traer victorias, pero le negaban el derecho y la capacidad para legislar, gobernar y ejercer el poder. Por medio, el amor, la puesta aprueba de la lealtad y los actos de valentía, completan la salsa de una pieza teatral, como hemos dicho, realmente bella.

Gomzález Alonso

El caserío, de Jesús Guridi – Teatro Arriaga de Bilbao

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El caserío
Jesús Guridi

Libreto de Federido Romero y Guillermo Fernández-Shaw
Dirección de escena: Pablo Viar
Dirección musical: Miguel Roa

Teatro Arriaga
Bilbao
28 de junio de 2013

La zarzuela es un género teatral con vocación de ópera –alguna, como Marina de Emilio Arrieta, lo es- sumergida en el costumbrismo. Todos los tópicos,  tradiciones y creencias, acostumbran a desfilar por sus canciones y las partes habladas del libreto, de manera prácticamente exclusiva, en torno a un argumento en el que se repite una historia de amor y enredo con final feliz.

Dicho lo anterior, El caserío del maestro Jesús Guridi  no es la excepción, o de lo contrario me temo que no estaríamos hablando de una zarzuela.

Tiene un gran mérito este género peculiarmente español que nos ofrece retratos estereotipados de una sociedad de finales de siglo XIX y principios del XX, con ánimo de entretenimiento y exhibición orgullosa de sus valores. En este caso, la idiosincrasia vasca hace alarde de sus características a través de las danzas, el deporte tradicional, la religiosidad y las costumbres rurales próximas a lo urbano. La historia de amor lo es también hacia la tierra y los ancestros en el cuerpo, piedras y muros del caserío familiar. Así, para que éste y cuanto representa no se pierda, su dueño hace lo posible e imposible para casar a sus sobrinos, la joven y bella Ana Mari y el fuerte y apuesto joven pelotari José Miguel. Una boda entre primos que pasa antes por la posibilidad de que sea entre tío y sobrina en la estratagema urdida por el propio tío para desencadenar el compromiso y la declaración de amor de sus sobrinos, que es lo que verdaderamente deseaba. Una costumbre que podría calificarse de incestuosa y que era bastante frecuente a fin de salvar el patrimonio de la herencia familiar.

Me satisface haber podido presenciar y disfrutar esta zarzuela en su esencia, es decir, tal y como fue ideada y representada en su estreno hace 85 años. Pero esa puede ser también la mayor crítica que cabe hacer sobre la misma. Porque la recreación de una zarzuela puede tener un valor documental y testimonial, como es el caso, o puede convertirse en ocasión de afrontar una recreación actual, artísticamente hablando, respetando su esencia y razón de ser costumbrista.

No se puede dudar de la indisimulada satisfacción de la parroquia que abarrotaba el Teatro Arriaga ante el despliegue de recursos culturales y tradicionales desplegados a lo largo de la representación con algunos guiños a los tiempos actuales bien traídos y oportunos y otros bastante desafortunados, excéntricos y pueriles. Entre los primeros pongamos el intento de euskaldunizar en parte algunos pasajes hablados o el uso popular y coloquial del español tocado irónicamente por un pronunciado acento vasco; en el segundo caso llamaría la atención esa ramplona y desacertada decisión de hacer desfilar a un grupo de figurantes con la camiseta del club de fútbol bilbaíno, entre otras.

Pero, en mi opinión, lo peor de todo es haber perdido la oportunidad de interpretar El caserío con más ambición y altura de miras teatrales y artísticas; convertir esta pieza de zarzuela en algo de hoy profundizando en una nueva estética de la puesta en escena, subrayando lo esencial del costumbrismo sin caer en lo chabacano y simple folclore.

El primer acto, presidido por la fachada monumental y pesada del caserío, pecó de acartonado y rígido. A todo el movimiento de escena le faltó aire, naturalidad, y estuvo carente de intención. Las piezas bailadas o las exhibiciones deportivas mostradas resultaron artificiales y nada creíbles. Cabalmente, se tradujo en una sucesión de secuencias y actuaciones, que, una tras otra e individualmente, tuvieron su mérito; pero que no formaban una unidad o conjunto. Todo apuntaba al aburrimiento.

El segundo acto supuso una mejora apreciable en el tratamiento de la acción y el espacio escénico con una meritoria gestión del papel del coro. Las sombras reflejadas sobre las paredes del inmenso frontón y el movimiento bien conjuntado de los actores congelando la acción en medio de las partes cantadas para darle continuidad después, haciendo una narración paralela, resultó muy eficaz y acertado. Se respiró otro ritmo y el desarrollo de la obra empezó a cobrar entidad e interés, mermado puntualmente por algunos de los guiños a la actualidad anteriormente mencionados que, por su mal gusto y extemporaneidad, sacaban al espectador del interés por la obra.

El tercer acto fue una mera continuación del segundo con un breve pasaje que nos recordó lo desacertado del primero.

Lo mejor, sin duda, fueron los cantantes y la Orquesta Sinfónica de Bilbao. Destacar la preciosa voz de Ainhoa Arteta que dio vida al personaje de Ana Mari, la magnífica actuación de José Luis Sola en la representación del pelotari Jose Miguel y, aunque con muy poca parte cantada, la estupenda interpretación vocal de Loli Astoreka en el papel de Inosensia, sin desmerecer para nada el resto del reparto que encabezaba Javier Franco en el Tío Santi. También hay que mencionar el muy meritorio trabajo, elegante e impecablemente realizado, del cuerpo de baile que dio vida a las diferentes danzas, las parejas de bailarines de Aukeran. Me gustó mucho, también, el trabajo de iluminación y, fiel a la esencia de la zarzuela representada, todo el vestuario.

Una tarde –resumiendo- agradable y agradecida por un público entregado de antemano a una zarzuela con todo el sabor de las más vetustas raíces vizcaínas. Un marco incomparable, el del precioso Teatro Arriaga, para acoger esta obra a la que por muchos años, pienso y espero, no le van a faltar seguidores entusiastas.

González Alonso

La bohème – Giacomo Puccini – Teatro Euskalduna de Bilbao

La bohème
Giacomo Puccini

ABAO-OLBE
Teatro Euskalduna.- Bilbao
18 de mayo de 2013

La bohème es una historia de amor. Amor a la juventud, al arte, a la vida; amor carnal y pasional con todos los ingredientes de seducción, enamoramiento y celos, rupturas, arrepentimientos y muerte, en medio de la sordidez de la pobreza. Pero es una historia de amor con dos ingredientes más, el de estar musicada y puesta en las voces de sus intérpretes, y el encontrarse enmarcada en el romanticismo del siglo XIX.

El término bohemia aparece con el escritor romántico Henry Murger (1822-1861) a partir de los episodios que escribió relatando su experiencia y la de sus amigos cuando vivió en el barrio Latino de la ciudad de París. La bohemia, dentro del movimiento romántico, se caracteriza por el estilo de vida de poetas, músicos, pintores, pensadores y artistas en general, imbuidos de ideales y espíritu creativo que comparten pisos y buhardillas entre muchas penurias económicas soñando con el éxito y el reconocimiento. Noctámbulos, aventureros, viviendo al margen de los convencionalismos burgueses y sin normas establecidas, liberales en extremo, participan del  valor de la amistad y el amor por la libertad.

Los personajes de La bohème, arrebatados del idealismo y los sueños propios de la bohemia, no pasan de ser unos artistas mediocres que en su loca carrera hacia la alegría del placer inmediato, de la transgresión de las normas sociales y la dosis suficiente de picaresca para sobrevivir, se topan con algunas contradicciones que no aciertan a resolver. La libertad individual, el liberalismo de las costumbres y las relaciones sociales y sexuales se encuentran con el amor y los celos o la aceptación de trabajos poco edificantes y justificables éticamente desde sus posiciones existenciales.

El drama romántico de La bohème no pretende pasar más allá de exponer el modo de vida de estos jóvenes artistas. Así, la resolución de los problemas planteados ante una idea liberal del amor y la vivencia de éste como algo exclusivo y posesivo desatará la tormenta de los celos que han de conducir a la ruptura de las parejas. La idealización del arte no resuelve la subsistencia diaria y en medio de una existencia precaria el recurso a la picaresca se convierte en el modo de sobrellevar una vida que, pese a todo, aman.

Los sentimientos profundos del amor aflorarán en la situación última y desesperada de la muerte de la joven florista enamorada del joven poeta. Admitirá éste sus celos y descargará su sentimiento de culpa en un reencuentro tardío. La amistad desata la piedad y la solidaridad; todo el grupo se vuelca con lo poco que pueden en el intento de salvar a la joven. Resulta inútil. Pero su muerte sirve para reconocer los verdaderos sentimientos de todos, a los que no pueden renunciar. La pareja del pintor y la corista se reencontrará y se aceptarán como son y con el amor que ambos sienten. El poeta se queda solo, aunque reconciliado consigo mismo.

Creo que esta ópera se verá con agrado en cualquier época y a cualquier edad. Aunque la parte dramática, aparte de la inocente pureza representada en el ansia de vivir de manera auténtica por los jóvenes bohemios, poco más puede aportar. El sentimiento del amor siempre embargará a los humanos y conmoverá sus corazones. La máquina de los afectos no descansa, afortunadamente, y junto a ellos reconocer el valor de la amistad o la solidaridad, es razón suficiente para entregarse a la obra y disfrutarla.

En la parte musical poco puedo decir, salvo que me pareció que todos los intérpretes cantaban estupendamente, con timbres vocales realmente hermosos. La intérprete de Mimí, Inva Mula, pienso que desarrolló una línea de canto muy bella y armoniosa. Los coros con los niños de la Leioa Kantika Korala aportaron frescura y belleza al conjunto perfectamente acompañado por la interpretación afinada de la orquesta. Nada se puede reprochar, o al menos yo no puedo, a sus interpretaciones. Otra cosa fue la escenografía diseñada. No se arriesgó nada. Convencional, previsible y costumbrista. No quiero decir que fuese mala o de mal gusto, que no fue el caso. Simplemente que obedeció a unos criterios muy conservadores. La ambientación e iluminación cumplieron su finalidad de recrear la atmósfera adecuada en cada escena.

No hace falta decir que merece la pena tener la ocasión de ver y escuchar una ópera como La bohème. Mis agradecimientos sinceros a la persona que, no pudiendo asistir a esta representación por razones personales, me brindó la oportunidad de disfrutar este espectáculo siempre sorprendente que es la ópera.
Salud.

González Alonso

El Régimen del Pienso.- La Zaranda- Teatro Inestable de Andalucía la Baja

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El Régimen del Pienso

La Zaranda
Teatro Inestable de Andalucía la Baja
Teatro Barakaldo (Bizkaia / Vizcaya)

Eusebio Calonge, que firma esta obra teatral en la que, como método de trabajo se sigue un riguroso proceso de creación en comunidad (según las propias declaraciones del grupo), vuelve a abordar el tema de las relaciones sociales y las estructuras económicas y de poder de las sociedades. Y lo hace desde un irrenunciable compromiso existencial y la fidelidad a sus raíces tradicionales (sic) De ahí el lenguaje rico en matices, abundante en sentencias, variado en formas de expresión, de unos personajes que nos hacen evocar la figura del filósofo cordobés Séneca, el cual pasó a la historia como el máximo representante del estoicismo romano, en una etapa tan turbulenta, amoral y antiética como lo fue la plena decadencia de la etapa imperial en que vivió; estoicismo y moralismo que, al final, lo llevaron a acabar con su propia vida (Wikipedia). Raíces andaluzas y una situación social que en España y los países de nuestro entorno guarda un grave paralelismo con la de aquel final del poderoso Imperio Romano.

La Zaranda bebe de numerosas fuentes culturales; va del romanticismo de Larra: Nuestro carácter se conserva tan intacto como nuestra ruina (Vuelva usted mañana;1833) al teatro del absurdo, en una eficaz depuración de textos y la plasmación de personajes límites(sic), y participa en todas sus obras de un pesimismo positivo, entendiendo por tal aquél que no nos paraliza, sino que sacude nuestro miedo e invita a la acción. La Zaranda presume de haber consolidado un lenguaje propio teatral, y es así. Cualquier trabajo de La Zaranda es perfectamente reconocible y diferenciable en el mundo escénico. Lenguaje propio que abarca la plasmación de recursos dramáticos como el uso simbólico de los objetos y la expresividad visual (sic).

A  medida que transcurría la representación me iba percatando de la profundidad poética del contenido de gran parte de los recitados. La obra, desarrollada como un canon, una rueda que gira una y otra vez sobre sí misma sin solución, avanza –no obstante- hacia un final caótico y esperpéntico, otra magnífica contribución al genio de Valle Inclán. Hay poesía en la muerte, en las autopsias, en la monotonía de la nada, ese trabajo infatigable de los burócratas. El mismo grupo de La Zaranda alude a esta característica cuando declaran que desarrollan una poética teatral alejada de formas estereotipadas o efímeras (sic). Así es y así resulta reconocible sobre el escenario desde el primer minuto de la representación. Culpable de ello es el elenco formado por Javier Semprúm, Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Enrique Bustos. A ellos, añadir el texto y trabajo de iluminación de Eusebio Calonge y la dirección de Paco de la Zaranda.

La obra, El Régimen del Pienso, la resumen estupendamente bien en el programa de mano, del que entresaco:

Todo apunta al factor nutricional como causa de la epidemia. Unos sostienen que es el engorde rápido, el exceso de pienso; otros apuntan al mal reparto de éste. Las teorías veterinarias enfrentan, pero no frenan, el índice de mortandaz en las pocilgas. Se inicia una simulación medioambiental para clarificar las causas.

La industria porcina comienza a verse afectada; su personal eliminado según los índices de rendimiento. La lucha por el puesto de trabajo, con el único horizonte de un horario rutinario y vacío, sin más esperanza que la de una muerte indolora, hace que las vidas del cerdo y el hombre se crucen y se confundan.

A partir de aquí, animado lector, puedes imaginar toda una serie de situaciones, ires y venires sin sentido y la tragedia humana en una pérdida absoluta de la dignidad,  más allá de la muerte, cuya solución no es la peor perspectiva ante una vida que no pasa de ser un simulacro de la misma, en la que el único valor es el precio de las mercancías, y las únicas mercancías, las personas. Demoledor y desolador. Pero La Zaranda no se anda con zarandajas, si se me permite el juego de palabras.

Con su habitual despedida del público, sin salir de nuevo a recibir los aplausos más que merecidos; y los que reciben, amortiguados o tapados por una música estridente, La Zaranda nos deja con ganas de más de su teatro. Porque con grupos así el teatro se crece, y la vida, también.

González Alonso

Noche de Reyes, de William Shakespeare.- Noviembre Compañía de Teatro

Beatriz Argüello y Rebeca Hernando en Noche de Reyes de William Shakespeare.Noviembre Compañía de Teatro en Noche de Reyes de William Shakespeare.Beatriz Argüello y Daniel Albaladejo en Noche de Reyes de William Shakespeare Noche de Reyes – Twelfth Night – Decimosegunda noche.- William Shakespeare.- Noviembre Compañía de Teatro.- Teatro Barakaldo

Decir que Noche de Reyes (Twelfth Night) es una comedia de enredo de William Shakespeare, podría interpretarse como estar hablando de una obra menor, un trabajo secundario del autor de Hamlet, Otelo, El mercader de Venecia, Ricardo III, Romeo y Julieta, y tantos otros títulos de obras dramáticas que figuran por derecho propio entre las obras cumbre de la Literatura Universal. No es así.

Y no lo es por distintos motivos. El primero porque un autor de la talla de W. Shakespeare convierte en oro de ley cualquier asunto que trate. En segundo lugar, porque el género de la comedia no desmerece al lado de la tragedia y sería un error considerar al autor inglés solamente genial en los dramas en los que aborda las pasiones humanas llevadas al límite, con resultados dramáticos en el enfrentamiento de las mismas. Desde la comedia, con un final amable tocado de humor, William Shakespeare disecciona también aspectos del alma humana y de las costumbres con maestría de cirujano. Noche de Reyes no es una comedia vacía, válida solamente para sonreír o reír abiertamente ante situaciones disparatadas y cómicas; se trata, ante todo, de una obra increíble que aborda sin el menor pudor nada menos que la cuestión de la sexualidad en una época en la que los personajes femeninos eran interpretados por hombres. Esto, sorprendentemente, es algo que después de 440 años todavía escuece en sectores amplios de la sociedad católica, que sigue demonizando cualquier opción sexual diferente a la heterosexual, llegando a ver una amenaza para la supervivencia de la especie en los comportamientos homosexuales, teoría defendida pública y vergonzosamente por autoridades eclesiásticas y políticas, como en el caso del ministro del Interior español, afecto al Opus Dei, y el del jesuita Portavoz y Secretario de la Conferencia Episcopal. Claro que, estas autoridades, no se cuestionan las conductas de abusos sexuales llevadas a cabo históricamente en los centros escolares regidos por sacerdotes y monjas, generalmente de carácter homosexual y contra menores, ni tampoco dan mucho ejemplo para garantizar la perpetuación de la especie cuando han elegido no tener hijos ellos mismos.

La obra, el genio y el ingenio de W. Shakespeare son una denuncia, 440 años más tarde, de la hipocresía de la Iglesia Católica y de políticos de misa y comunión. Pero, también, de su precaria formación, dogmatismo y falta de rigor de los planteamientos que sostienen. La ambivalencia sexual tratada en Noche de Reyes se presenta a través de los personajes que con una definida tendencia heterosexual se sorprenden a si mismos dudando en algunas ocasiones de sus sentimientos e inclinaciones frente a alguien de su mismo sexo; o aparece el personaje decidida y abiertamente homosexual en una relación no correspondida, pero comprendida, así como la mujer seducida por otra mujer disfrazada de hombre. Toda una variedad de situaciones en las que parece que todo es posible y nada es lo que parece se abren paso a través de la comedia de Shakespeare, y sin rasgarse las vestiduras, en esta obra festiva escrita como homenaje de la visita del Duque de Bracciano a la reina Isabel y representada en la misma Noche de Reyes. Conviene aclarar que hasta el mismo título juega un papel en esta gran comedia, pues la decimosegunda noche después de Navidad es la del 5 de enero, víspera de Reyes. Se trata de un periodo en el que, irónicamente, las cosas no son como suelen ser: las gentes se hacen regalos, se reúnen las familias, se deja de trabajar, se da un trato más igualitario y comprensivo, se dejan a un lado diferencias irreconciliables, incluso se declaran periodos de paz o de tregua en las guerras y se desdibujan los papeles atribuidos a los sexos, aspectos todos ellos reconocibles en la comedia shakesperiana.

Pero cualquier obra de teatro, por muy extraordinaria que sea y esté firmada por un autor absolutamente reconocido, puede no ser nada si no encuentra un elenco de actores capaces de hacerla creíble sobre el escenario. En este sentido, Noviembre Compañía de Teatro, con su director Eduardo Vasco y el trabajo de Yolanda Pallín en la versión de la obra, consiguen plenamente el objetivo. El reconocimiento del público del Teatro Barakaldo así lo confirmó calurosamente con sus ovaciones. Con un vestuario años veinte, la actualización del texto sin que pierda un ápice de ternura, humor y poesía, más la incorporación de escenas con viejas melodías del music hall de principios de siglo XX, William Shakespeare llena desde el siglo XVII el espacio de dos horas intensas de espectáculo y muchos huecos en la moral de una sociedad pretendidamente actual y desarrollada del siglo XXI. Todo un ejemplo hecho arte a través del teatro que nos da un baño de libertad en un mundo en el que esta palabra ha sido manoseada y pervertida hasta el extremo de vaciarla de significado. Así que no cabe otra cosa que felicitar a William Shakespeare, felicitar al elenco de actores que de manera tan magnífica desarrollan su labor en Noviembre Compañía de Teatro,  felicitarnos todos por la oportunidad de contar con esta versión inteligente de Noche de Reyes y celebrar la suerte de la ocasión vivida de cuantos pasamos por el teatro.

González Alonso

La voz humana.- Jean Cocteau

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Jean Cocteau.Meritxell Checa.

La voz humana
Jean Cocteau

Moon Produkzioak en el Teatro Barakaldo
15/02/13

Una hora acompañados de la soledad que se abate sobre toda una vida. Esa es La voz humana, de Jean Cocteau. Porque la soledad y el vértigo del abismo que abre en el alma humana, es el tercer personaje de la obra. O el segundo, entre el hombre que se fue y la mujer que se queda, pero que también se va. O, bien mirado, el primero; en el que se mecen los protagonistas. La soledad y el silencio. Silencio y soledad. De ahí la angustia que retuerce el alma y que el cuerpo expresa con desesperación; también por ello la necesidad de hablar, de hablar y hablar para escuchar la propia voz por encima del silencio aterrador. Para no decir nada. Nada por entre el entrecortado soliloquio de amor.

Realmente impresiona la hondura del análisis que sobre el alma humana hace Jean Cocteau con el personaje de su pieza teatral (este año de 2013 hace 50 de su fallecimiento por infarto de miocardio; el mismo día de la muerte de Edith Piaf). Con ambición y decisión, disecciona los sentimientos y hace un recorrido sin concesiones al melodramatismo, el sentimentalismo ni a ningún ismo habido o por haber. El acierto de su agudo análisis encuentra la mejor expresión en el modo de representar ese desgarro ante la soledad, el final del amor, el dolor de la pérdida de los afectos y el futuro de una vejez desilusionada a la que acompañará la ruina sentimental. Para ello, Jean Cocteau se sirvió de un discurso cotidiano, habitual, reconocible; una suerte de frases vacías, de palabras que pretenden ignorar unas veces, otras esconder, chantajear, reinventar continuamente el amor. Palabras en el aire que se condensan en una atmósfera cada vez más pesada y transida por la angustia que lo impregna todo de pesimismo. Y a este discurso vacío que suena como un eco, agrega la expresión corporal, la manifestación del desgarro emocional a través de un cuerpo agitado y convulso arrastrándose por el suelo o subido a la azotea desde la que contemplar el mundo y sus gentes que continúan moviéndose mecánicamente totalmente ajenos a su drama. De la humillación a la desesperación brotan las promesas, las renuncias, las confesiones, el sentimiento de culpa, arrepentimientos vehementes y el suicidio al otro lado del hilo del teléfono. La última llamada, al fin, que nunca llegará.

Expresión corporal, danza y música, sobre los que planea de forma intermitente la palabra que ya no comunica nada, cada vez más fragmentada e inútil. Y el silencio envuelto en oscuridad. Todo ello es el lenguaje total mediante el que nos presenta La voz humana el autor francés, poeta, dramaturgo, pintor, cineasta, apasionado de la música, amigo de Pablo Picasso y controvertido personaje sumido en el consumo de opio, unas relaciones sexuales tormentosas y el catolicismo de sus últimos años de existencia.

El trabajo en escena de la bailarina y actriz catalana Meritxell Checa Esteban resultó ser de una limpieza y fuerza expresiva sorprendentes, muy meritorio y valiente. El acompañamiento en escena del músico y compositor Adrián García de los Ojos se desarrolló perfectamente acorde con el resto de elementos coreográficos y ambientales, iluminación, realización escenográfica y trabajo videográfico. No queda más que agradecer a Moon Produkzioak esta apuesta teatral y felicitar a Fer Montoya por todos los aciertos en la dirección. Y esperar, cómo no, otra nueva y feliz ocasión.

González Alonso

El Buscón.- Francisco de Quevedo

El Buscón de Quevedo.- Teatro Clásico de Sevilla

El Buscón.- Francisco de Quevedo
Versión libre y dirección de Alfonso Zurro

Teatro Clásico de Sevilla

Teatro Barakaldo (Vizcaya / Bizkaia)
12/01/13

Andalucía es tierra de inteligencia que en el teatro se multiplica en grupos como Atalaya, La Zaranda o el Teatro Clásico de Sevilla, el cual llenó el aforo del Teatro Barakaldo con El Buscón de Quevedo en la tarde lluviosa y fría de este 12 de enero . Excelente trabajo de grupo en un lenguaje ágil, deliberadamente atropellado en ocasiones, mordaz y de matices variados, tocado del gracejo andaluz unas veces, del decir culto del Siglo de Oro español, en otras, y pasando por el habla de truhanes, chismosos, agresividad de asesinos a sueldo y la frialdad de los traficantes de armas o la verborrea de los políticos.

El soporte escrito para esta interpretación viene firmado por el dramaturgo Alfonso Zurro, andaluz nacido en Salamanca, al que corresponde, además, el trabajo de dirección. Imagino que no le habrá resultado nada fácil dramatizar la novela de Quevedo; pero puede quedarle el gratificante consuelo de haberlo hecho francamente bien y tenido el acierto de actualizar los diferentes pasajes de la obra de Quevedo jugando acertadamente con el tiempo.

Teatro Clásico de Sevilla en El Buscón de Quevedo (Alfonso Zurro)La picaresca se abre camino, de la mano de Alfonso Zurro, desde El lazarillo de Tormes y El Buscón de Francisco de Quevedo a la España de hoy; afirma creer que esto es algo que llevamos genéticamente dentro en el modo de sobrevivir en medio de la escasez, el hambre y la miseria, mediante el engaño y el robo, generalmente sin violencia y aprovechando la avaricia de los demás y su deseo de conseguir riquezas sin esfuerzo aunque sea engañando o aprovechándose de la aparente inferioridad de otros; pero donde el robo deja de llamarse picaresca es en los límites del poder y los poderosos, de la riqueza y los ricos.

De manera muy sugerente el escenario se llena de un ropero o armario con una abigarrada colección de trajes roídos y maniquíes descoloridos por el tiempo que cobran vida, van y vienen del pasado para mostrarnos y demostrarnos la persistencia de unos males sociales endémicos en el gran número de comportamientos egoístas, injustos, primarios e hipócritas que desfilan ante nosotros.

Me ha gustado esta manera de hacer teatro social, arrancando de raíz el siempre doloroso asunto de nuestra Historia, pero en una clave universal; de tal modo que esta obra puede ser vista, comprendida y aplaudida tanto en cualquier país de habla hispana como en Europa si se puede disponer de una buena traducción al italiano, francés, inglés, alemán, o cualquiera de las muchas lenguas europeas. Y opino que seguirá siendo igualmente interesante pasados muchos años o cientos de años, pues la condición humana y las miserias que la acompañan poco, me temo, han de cambiar. Dicho de otro modo, creo que tiene vocación de permanencia y obra clásica.

No sería justo cerrar este pequeño comentario sin reconocer el meritorio trabajo de este cuadro escénico andaluz y, dentro de él, la admirable actuación del joven actor Pablo Gómez-Pando  interpretando el papel del Buscón para dar vida a este personaje en la sorprendente variedad de reflejos y tipos que presenta a lo largo de la representación, casi sin transición en la sucesión de escenas que se siguen unas a otras como destellos de las páginas de un libro que van pasando sin cesar.

Teatro vivo, teatro de la vida, de la herida, la llaga que no cierra de una sociedad de la que todos formamos parte y vestimos los trajes de la comedia.

Era sábado y seguía lloviendo en la ciudad; en las montañas caía nieve en la oscuridad de la noche. El alba será blanca.

González Alonso
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Teatro Clásico de Sevilla en El Buscón de Quevedo (Alfonso Zurro)