Deja amanecer el día

 

Deja que amanezca el día
y  los rayos del sol toquen
las superficies de las aguas y las cosas. Mira en torno
y acaricia
la soledad que te acompaña; repasa los recuerdos
y  haz cuenta de los nombres, pon fecha a los fracasos,
compañía de ilusiones que huyeron con su alegría
a  los rincones perdidos de las distancias.

Mide el silencio
que abarca la mañana
entre el tictac de un reloj de pared y las horas
del toque lejano de campana; a sorbos
toma el café amargo de la vida
despacio,
con calma.

Deja amanecer
y  abre  las ventanas; de lo que atrás ya queda
es nada envuelto en sombras
y memoria que sangra; son nombres
que olvidaron, fotografías sin rostro en álbumes sin fecha
y  desierto de afectos.

Que este dolor sea el último. Abre al día
los ojos
y  los colores tendidos por los montes; el canto de los pájaros
te acompaña y te esperan las sonrisas
en ramos de ilusiones
y el abrazo del tiempo
que no olvida. Entonces, será entonces
cuando
la noche sea sábana de sueño
poblada de palabras en revuelo
y alas de mariposas.

González Alonso

 

 

A veces

A veces

A veces la alegría que hay en tu alma
envuelve en soledad de cautiverio
el amor ya perdido, la imposible
caricia, la emoción, beso en la boca
que consumen las llamas del recuerdo.

A veces te presentas entre sombras
como la noche entrando por mis ojos
y sobrecoges con tu imagen viva
las láminas aladas de los sueños.

A veces vienes sin aviso previo
por la puerta trasera del olvido
alborotando miedos y emociones
con tu presencia sola y silenciosa.

A veces, sin embargo, sólo temo
abrir los ojos y al llegar el alba
no verte más; maldigo luego el día
y la luz que te borra y te acaricia
y celosa te esconde
y que te abraza.

González Alonso

Cuatro sombras

Cuatro sombras

La vida es caminar siempre al oeste, siempre
de la luz
a la oscuridad.

Las primeras sombras
son cortas
delante de los pasos iniciales de la infancia;

las segundas se alargan
y vibran
con vigor de juventud;

las terceras merman
en  la madurez
y se abrevian
como las horas
de los días de invierno;

las cuartas desaparecen de los ojos a la espalda
de la senectud
en un ocaso de días.

Luego,

la noche.

González Alonso

Carta de mayo

 

Carta de mayo

A tantos de tantos de un insólito año
de lluvias a destiempo
y soles equivocados.

No sólo el tiempo anda revuelto,
también los sentimientos
se trastornan; inquietos van y vienen
por las habitaciones del alma
desamueblada.

No sólo los sentimientos se agitan
y remueven las lágrimas
antiguas
y los posos del café; también
titilan las ilusiones en mar
de estrellas
y parece apagarse su fulgor.

No sólo las ilusiones,
también las sonrisas
huyen por los espejos de los años.

Una felicidad triste se adueña de las fechas,
los recuerdos resisten la derrota;
tal vez por la música de la vida
transite alguna clase de esperanza. No importa,
sólo la luz y la ternura a veces,
el tacto sólo del aire que te envuelve,
ese alimento del amor en la mirada.

Hay un árbol de ramas extendidas
que nos acoge en su sombra
vegetal,
el lecho blando de un prado
y los abrazos.

Quería que lo supieras.

González Alonso

Blackbird, de David Harrower

blackbird-1Blackbird, de David Harrower

Dirección: Carlota Ferrer
Traducción: José Manuel Mora
Intérpretes: Irene Escolar y José Luis Torrijo

Teatro Barakaldo, 21 de abril de 2018

Los hechos: un hombre de 40 años sucumbe ante la seducción de una niña de 12 años; una niña de 12 años se enamora de un hombre de 40 años y en el torbellino del amor se materializa el encuentro sexual. Después, la denuncia, el juicio y la prisión para el hombre. Después, la confusión, el dolor, los sentimientos de culpa, la presión social y el sentimiento de abandono de la niña.

No existió violación, pero sí abuso de menores. A estas alturas, algo hay meridianamente claro, el amor del adulto y el amor de la niña son verdadero amor, pero en distinto plano. No hay igualdad. Y en ese contexto es el adulto que debe controlar la situación desde su madurez y hacer el esfuerzo de comprender el amor de la niña desde su inmadurez y falta de experiencia. El adulto es responsable de unos actos y unas prácticas para las que no está preparada psicológicamente la niña, en un momento crítico de su desarrollo y que pueden comprometer seriamente la formación de su personalidad. Y consecuentemente, la sociedad, de la que emanan las leyes y forma de hacer justicia, castiga esa conducta.

El caso es que, ahondando en las causas y atendiendo a los resultados, surgen dudas y preguntas que, en el contexto del amor, no tienen respuestas o nos ofrecen explicaciones insatisfactorias. Si ese hombre y esa niña hubieran continuado sus relaciones libremente consentidas y aceptadas, ¿qué habría pasado? ¿La personalidad de la niña hubiera resultado tan dañada como resultó serlo tras haberse hecho justicia? ¿Habría madurado y abandonado al hombre al encontrar más adelante otras relaciones entre iguales? ¿Habría soportado el hombre el posible abandono de la niña ya hecha mujer? ¿Habría sabido amarla, protegiéndola y respetando su evolución?

De situaciones similares disponemos de ejemplos en diferentes épocas, incluida la actual, y diferentes culturas. Niñas entregadas en matrimonio a hombres mayores, por no mencionar los casos aún más denigrantes de su venta y prostitución. Y nos estamos refiriendo a situaciones bien diferentes en lo esencial al tema planteado, en las que el abuso se produce en contextos inhumanos de coacción y violencia.

Nuestra sociedad ha percibido un peligro en estas conductas. Y se han dictado leyes. Se trata de proteger al más débil, en este caso la niña, y castigar la conducta impropia del adulto, calificada como delictiva.

El asunto es que, aunque socialmente parece darse ejemplo y un aviso claro para navegantes, nos topamos con que, en realidad, no se resuelve el problema, no se recompone el estado emocional, ni restablece la dignidad, ni promueve una vida más sana y equilibrada para los protagonistas. La niña se hace adulta con un amor enfermizo, angustioso, dependiente y obsesivo; el hombre arrastrará su confusión y miedo, su sentimiento de culpa, su amor reprimido, tratando de rehacer su vida, organizar una familia, conseguir estabilidad económica y granjearse la aceptación social.

Pero los sentimientos profundos, irracionales, laten en las almas de ambos y sus vidas son frágiles, barcos de vela abandonados a las aguas de un océano inabarcable, conviviendo con problemas no resueltos que exigen soluciones en el encuentro de muchos años más tarde, sedientos de explicaciones, asustados, tremendamente heridos y maltratados. Huir parece una solución tentadora, ¿pero cómo hacerlo arrastrando ese lastre profundo en sus bodegas? Quisieran desposeerse de tanta carga, pero adivinan que les acompañará ya toda la vida.

La obra, llena de matices y bellas metáforas, no nos regala respuestas ni hace juicios de valor. Cada espectador, pienso, buscará las suyas. El caso es que ese pájaro negro del pasado seguirá sobrevolando la vida de estas personas posiblemente para siempre.

¿Qué decir –más allá- de la dirección de Carlota Ferrer? ¿Qué comentar de las interpretaciones de Irene Escolar y José Luis Torrijo? Pues, sinceramente, que han conseguido hacer algo realmente de excepción, muy difícil, muy artístico, sin concesiones ni guiños gratuitos en un planteamiento exigente, muy bien arropado con el diseño escenográfico, de iluminación y del espacio sonoro. Nada que objetar y sí agradecer el recurso a la imagen cinematográfica tanto en el inicio de la sesión como al final de la misma aportando un matiz actual y trayéndonos la situación hasta la butaca del teatro, envolviéndonos en las imágenes amplificadas.

Nada, como digo, que objetar y sí mucho que agradecer y aplaudir en una tarde de teatro con menor afluencia de la deseada y merecida -¡ay, el fútbol y la tentación callejera del buen tiempo!-, pero con todo el reconocimiento de todo el público a un trabajo que nos devuelve la dignidad como espectadores tratándonos como adultos libres, sin monsergas, juicios morales o moralejas. Más aplausos.

González Alonso

Nota:

«Blackbird» es una canción de los Beatles compuesta por Paul McCartney y grabada en el album doble blanco en 1968. Paul confiesa que al componerla no había pensado en un pájaro, sino en una mujer negra y como homenaje a cualquier mujer negra en el contexto de las luchas raciales de esos años en Estados Unidos de América. Ha pasado a convertirse en un símbolo representando la muerte con el color negro y la vida mediante el pájaro, la lucha entre la vida y la muerte. Cualquier pájaro negro, mirlo o cuervo, se entiende de este modo como los sucesos traumáticos y penosos de nuestra existencia y la lucha por superarlos.

Carta de abril

 

 

Bandos y mundos

Recuerdas abril. Los almendros florecidos
y dos repúblicas. Siglo veinte
de bandos y de mundos.
También el eco prolongado de una guerra
civil, los silencios, la tragedia
y el miedo del olvido
en las fosas. Recuerdas
las aguas del deshielo
y había que vivir
y el amor se abría paso
y abatía la tristeza en trincheras de besos,
en los abrazos del hambre
y en los tactos.

La alegría rompe las costuras de los sueños.

Tal vez, es verdad, no valga la pena recordar;
la risa es sin porqué y todo
lo que tienes que saber
es aprendido en el espacioso espíritu
de la locura
con que dios
salvó al mundo.

Los días tristes
se han ido. Abril
vuelve con sus muertes y los hijos
que llegan a los días felices.

González Alonso

Último lugar

No hay último lugar para la belleza
ni edad para el amor. Pero el tiempo
se agota en el cauce de los ríos
que corren sin esperanza
secos en sus fuentes.
Y entonces sabes
que se apagan los pulsos de la vida,
como los pétalos abandonan la corola
y suspendidos en la brevedad del aire
se entregan a la tierra.

Otras lluvias harán correr otros ríos caudalosos
y vestirán otras flores con gracia otros reflejos;
la belleza desnuda
el amor desnudo
germinarán bajo otras luces y otros tactos;
tú sabes
que serán las cenizas de la memoria
alimento
de nuevas ilusiones, calor extenuado
como un verano sin sombra.

Y sopla ante tus ojos asombrados
la belleza el aire
y se rinde a su abrazo el amor
y a su sonrisa
el beso.

González Alonso

El sermón del bufón, de Albert Boadella

El sermón del bufón
Albert Boadella

Teatro Barakaldo, 10 de marzo de 2018

La primera recomendación, que debería ir al final a modo de conclusión, es –si se puede- acudir a ver esta representación de Albert Boadella haciendo de Albert y de Boadella sobre las tablas. Por pura higiene mental. Porque resulta ser un refrescón terapéutico de primer orden para la limpieza emocional y la toxicidad de las ideas sociales progres o reaccionarias, abanderadas de consignas y pancartas de todo signo, sibilinas o esperpénticas, pero todas disparando en la misma dirección de la imposición del pensamiento único.

A todos hace bien esta medicina. Sales del teatro más ligero, liviano, con la sensación de haber descargado el alma de la pesada carga de las verdades absolutas de los iluminados que, cogiendo el rábano por las hojas, te obligan –puesto contra la pared de frente o espaldas- a sufrir el dedo acusador de la disidencia o a convertirte en palmero de sus estupideces. Muy recomendable, por descontado, para los nacionalistas de todo cuño, aunque estos salgan con un retortijón de tripas que les conduzca a ser sepultados en su propia mierda –con perdón-. Un ejercicio higiénico imprescindible.

¿Obra de teatro o conferencia? No sé. Unos verán una conferencia teatralizada, otros un teatro en formato de conferencia y habrá quien lo tilde de monólogo o algo por el estilo. ¡Qué más da! Lo importante, lo medular, es que Albert Boadella, a través de la conversación establecida consigo mismo desdoblado en el niño Albert y el adulto Boadella, pone de relieve mediante el tono burlesco o bufonesco adoptado como reto, desafío y respuesta a quienes lo tildan –especialmente desde Cataluña- de bufón entre otros insultos bastante más gruesos y vulgares. Asume el personaje del bufón capaz de denunciar lo que pasa y hacerlo por encima de las convenciones, usando el humor como pretexto –muy al estilo cervantino- para proclamar abiertamente las verdades incurables usando la broma que desde siempre disculpa al tonto, al loco y al borracho.

Boadella y Albert saben que el teatro es el arte de lo efímero, pues lo que sucede en el momento de la representación sólo permanecerá como una parte, más o menos deformada, en el recuerdo.

Albert y Boadella disparan sus críticas en todas direcciones: la represión franquista, los militares, la Iglesia, sus obispos y sus papas, los izquierdismos progres, los políticos y las políticas españolas, el rey, el arte modernista y los nacionalismos, estos últimos representados en el nacionalismo e independentismo catalán con alguna alusión al vasco, sin ahorrarse epítetos para definirlos, tales como tribu, chusma regionalista, régimen, y hacernos ver que cuanto él denunció y denuncia en sus obras es siempre superado por la realidad. A modo de ejemplo repasa las escenas del presidente Pujol, banquero corrupto y político aún más corrupto, que en compañía de sus hijos, siendo todavía niños, deja al descubierto el contenido de unos maletines negros con los que pretendían llegar a Suiza. Simultáneamente el mismo Pujol le recriminará al actor no ser buen catalán con los temas de sus obras y no pagar una pequeña deuda contraída por la compañía Els Joglars. Lo que se visualizaba en la pieza escénica Ubu President resulta ser un juego inocente comparado con lo descubierto a día de hoy sobre la actuación mafiosa de Jordi Pujol en lo personal y en el ámbito de la política de su partido.

Un episodio capital en la vida y obra de Albert Boadella resultó ser su encarcelamiento y la fuga del Hospital Clínico de Barcelona en febrero de 1978 a raíz de la puesta en escena de “La torna” que, contando la ejecución por garrote vil del apátrida Heinz Ches, explicaba la misma pena de muerte impuesta al joven anarquista Salvador Puig Antich en marzo de 1974.

A la sazón tuve ocasión de vivir estos acontecimientos en Barcelona. Si la detención de Puig Antich y su ejecución me conmovieron, la reacción ante la obra de Albert Boadella, su detención, juicio militar y fuga creo que me decidieron a formar parte del movimiento anarquista de aquellos años. Sin participar, por supuesto, de la violencia y la lucha armada. El ambiente generado en Barcelona tras aquellos acontecimientos era muy propicio para tomar decisiones como las que tomamos muchos jóvenes y entrar en organizaciones obreras como la CNT.

Pero volviendo a Albert y a Boadella, digamos que dejan clara su reivindicación, como actores, de engañar al espectador. A mayor engaño, mayor éxito. Este placer del engaño que disfruta el actor ante unos centenares de personas es incomparable al del político que engaña a todo un país, asegura Albert y corrobora Boadella.

Resultaría harto prolija la enumeración de virtudes puestas en escena y proclamadas desde el púlpito por el actor no muy bueno, estupendo dramaturgo y buen director que es Albert Boadella. Digamos, no obstante, que el final de la representación, o la conferencia o lo que sea, se cierra con la vuelta a la patria de la infancia; Albert Boadella rescatará del pozo de la edad ese cochecito de juguete, lo lúdico y lo lúcido de la vida, para regalarnos una única verdad que todos atesoramos en nuestros corazones, la mirada del niño que no podemos dejar de ser.

González Alonso

Amor eterno, de Fernando Labordeta


Fernando Labordeta

Intérpretes: Fernando Labordeta y Dita Ruiz

Teatro Municipal de Carboneras (Almería)
3 de febrero de 2018

El teatro no es grande ni pequeño. Es teatro o no lo es. Cuando los recursos escénicos de luz, sonido y decorados son grandes, el efecto producido es también mayor. Pero no hay recursos capaces de tapar una mala dirección o una desacertada interpretación. Cuando hay menos recursos, el efecto puede parecer menor, pero con una interpretación y dirección acertadas, la magia del teatro aparecerá siempre y contagiará al espectador. Luego, hay que considerar la consistencia del texto.

En el caso de “Amor eterno”, definido por su autor como “tragicomedia”, el texto no es una pieza de excepción, toca uno tras otro todos los tópicos de la vejez y se resuelve en un final poco afortunado que evoca a pieza de W. Shakespeare, “Romeo y Julieta” como remache a ese amor eterno que es el de toda una vida de un matrimonio humilde subsistiendo con una pensión humilde.

Pero si todo lo dicho anteriormente pudiera interpretarse como la falta de interés de esta pieza teatral, debo explicar que no es así. Estamos ante una obra que trata los problemas cotidianos de las personas mayores con humor y ternura; conecta con el público desatando la risa y la sonrisa y moviendo a la comprensión y el respeto de los sentimientos profundos revelados. En este aspecto, el texto fluye con soltura e inteligencia destapando sin amargura pero con la consciencia de la edad nuestra vida íntima, desposeída de disimulos o caretas. Y nos descubre una vida rica, llena de contradicciones en el camino difícil de amar y ser amado.

Esta tragicomedia de Fernando Labordeta que interpreta junto a la actriz Dita Ruiz, toca con acierto el tema de la soledad, la existencia gris y anodina, las lamentaciones, las sevicias de la edad con sus pastillas para todas las dolencias y el océano de los recuerdos en que termina el río de la vida.

Todos podemos identificarnos fácilmente y más o menos según la edad, con esta pareja de jubilados y años para perder la memoria que repite cada día sus rutinas, practican sus manías, viven sus frustraciones, se defienden de sus miedos, se necesitan y se odian, se quieren e incluso se aman evocando los tiempos pasados que siempre fueron mejores.

Así, un buen día, decidirán hacer un viaje a esos tiempos en la aventura de salir de casa para irse a pasar el día en la playa, con su sombrilla, sus bocadillos, la sangría, las pastillas y los recuerdos de los días felices entre los que aparecerán sus hijos jugando con la arena y entre las olas del mar. Por un momento ni su hija ha muerto prematuramente ni su hijo vive alejado de ellos en Alemania y podrán seguir evocando los días de pasión, de excitación sexual, de los sueños con los que dormir o morir, que, a la postre, viene a ser la misma cosa.

Lo dicho, el teatro siempre es teatro y siempre es grande hecho desde la honestidad y la profesionalidad. Y éste, lo es.

González Alonso

Carta de marzo

 

 

Carta de marzo

Hoy
escribo
desde la ausencia y la distancia
y los paisajes de la lejana edad
de los juegos infantiles, cuando entonces
eran los sueños cantos rodados
en los lechos de los ríos
y volaban los cielos las aves de los deseos,
se cimbreaban en las ramas de los avellanos
y en las paredes rocosas escalaban la luz
de las cumbres del aire.

Conoces los espacios envueltos en sombras de los bosques,
las orillas de los arroyos y los salguerales,
los negrillos,
el frío en las manos y los ojos y el aliento
de los inviernos y el blanco de la nieve
cuando la montaña deja oír su silencio.

Ahora tienden al sol sus panales las abejas,
los prados multiplican sus flores;
rumorean las aguas,
los días crecen,
huelen las muchachas
a rondas de primavera.

González Alonso