A veces la alegría que hay en tu alma envuelve en soledad de cautiverio el amor ya perdido, la imposible caricia, la emoción, beso en la boca que consumen las llamas del recuerdo.
A veces te presentas entre sombras como la noche entrando por mis ojos y sobrecoges con tu imagen viva las láminas aladas de los sueños.
A veces vienes sin aviso previo por la puerta trasera del olvido alborotando miedos y emociones con tu presencia sola y silenciosa.
A veces, sin embargo, sólo temo abrir los ojos y al llegar el alba no verte más; maldigo luego el día y la luz que te borra y te acaricia y celosa te esconde y que te abraza.
Las despedidas son por el oeste
y el sol cansado,
horizonte de agua serenada en sus colores,
tarde que arde y se consume
y anuncia la noche. Es breve
el intervalo
como un suspiro. Más allá
del día
el universo cae sobre nosotros en estrellas,
luminarias para ver
la profunda oscuridad.
Te llegará esta carta
puntual
con el mensaje plomizo del adiós
en el límite de la hora
en que comienza el firmamento.
Nunca fue ni será más hermosa
la triste alegría de la vida
arrojada a los brazos infinitos
de la nada. Lo sabrás
cada crepúsculo, beso leve
de sombra
y los ojos llenos de miradas
al oeste,
sol cansado
en los colores
que mueve el agua.
A tantos de tantos de un insólito año
de lluvias a destiempo
y soles equivocados.
No sólo el tiempo anda revuelto,
también los sentimientos
se trastornan; inquietos van y vienen
por las habitaciones del alma
desamueblada.
No sólo los sentimientos se agitan
y remueven las lágrimas
antiguas
y los posos del café; también
titilan las ilusiones en mar
de estrellas
y parece apagarse su fulgor.
No sólo las ilusiones,
también las sonrisas
huyen por los espejos de los años.
Una felicidad triste se adueña de las fechas,
los recuerdos resisten la derrota;
tal vez por la música de la vida
transite alguna clase de esperanza. No importa,
sólo la luz y la ternura a veces,
el tacto sólo del aire que te envuelve,
ese alimento del amor en la mirada.
Hay un árbol de ramas extendidas
que nos acoge en su sombra
vegetal,
el lecho blando de un prado
y los abrazos.
«VOCES DEL NERVIÓN» una antología de poetas bilbaínos actuales
Ediciones Vitruvio (Colección Baños del Carmen, nº 710.-Madrid, 2018)
El 27 de abril y en las Aulas de la Experiencia de la Universidad del País Vasco (C/ Banco de España, 9) se llevaba a cabo la presentación de un libro, en este caso una antología, con la firma de 14 autores, 5 mujeres y 9 hombres, de edad muy variada, voces personales distintas, amplia gama de estilos y la pasión de la ría del Nervión y la villa de Bilbao, en la que nacieron, enraizaron, vivieron o viven, padecen y disfrutan día a día para dejar los posos de la poesía en muchos de sus versos.
La antología ha sido organizada en la selección de autores, prólogo y comentarios, por Alberto Infante. La edición, afrontada por la editorial Vitruvio. El resto son las voces de cada poeta y la aventura de las páginas que se mueven como velas de un bajel buscando el mar aguas abajo del Nervión; una singladura que llega cerca de veinte años más tarde de la que reunió a algunos que repiten en ésta y otros que no están porque la condición era la de «poetas actuales«, o sea, vivos; aún hubo otra anterior de 1974 con el título de «17 Poetas de Bilbao» (Ediciones de Arte y Literatura-Bilbao).
Como explica muy bien el antologista, Alberto Infante, cualquier antología no puede pretender ser exhaustiva y necesariamente se han de echar en falta algunas ausencias; pero la premisa de la calidad literaria debe ser exigida a los que están para que, además de estar, sean. Y en ese sentido, sin recurrir a la falsa modestia, puedo decir que el listón ha sido alto. Siempre cabe otra antología, que en esto nunca está de más abundar en lo bueno. Y es muy probable que venga, dada la animación poética de los últimos años en el ambiente de Bilbao.
Estar, formar parte de la nómina de los autores de «Voces del Nervión» es, para el que escribe, un orgullo y motivo de felicidad indisimulada. No esperaba este honor y me sorprendió la llamada de la editorial solicitando mi participación. Como natural de León, leonés a todos los efectos, me parecía una intromisión descarada; pero, como me hicieron ver, tras más de 40 años viviendo de cara a la ría del Nervión, viendo pasar sus barcos -cada vez menos- por delante de las ventanas de mi casa, inspirándome no pocos poemas, habiendo enraizado en esta tierra formando parte de una familia con mi mujer, vasca, y mis tres hijas «vascoleonesas» (si ellas así lo quieren), y desarrollar aquí prácticamente toda mi vida laboral ¿por qué no aceptar esta adopción que se me ofrece de buena fe y con tantas buenas intenciones? Además, según se dice y me dijeron en tono desenfadado, ¿es que los de Bilbao no nacen donde les da la gana? Argumento definitivo para no dudarlo más. Quise, por todo ello, aportar también la voz poética en euskera con un par de poemas inéditos, como tributo admirado y reconocimiento a las gentes que supieron acogerme, su lengua y su idiosincrasia, abierta y generosa, alejada de sectarismos políticos y culturales propios de los nacionalistas que utilizan el idioma como arma arrojadiza en lugar de abrirlo al abrazo de la tolerancia, el respeto y la solidaridad. Y así van, como leonés, los dos poemas escritos en euskera para celebrar mi adscripción al mundo poético bilbaíno.
Y aquí van los nombres, en el orden en el que aparecen en la antología:
Blanca Sarasúa Julio González Alonso Jon Juaristi Julián Borao José Fernández de la Sota Pablo Müller María Maizkurrena Amalia Iglesias Pedro Ugarte Itziar Mínguez Ritxi Poo Aitor Francos Amaia Barrena Álvaro Petit Zarzalejos
Todos ellos, al decir del prologuista y como puede comprobarse tras la lectura de sus textos, pulcros y cuidadosos con el lenguaje y la corrección dentro del género poético, sin descuidos ni arbitrariedades gratuitas, como quien sabe y ama la herramienta con la que trabaja, la cuida, mima y enriquece, pues el idioma es nuestro patrimonio y obligación del poeta enriquecerlo y ampliarlo para que, cada vez más, abarque mayor número de expresiones capaces de comunicar la belleza y adentrarse en los recovecos del alma, las sensaciones y las emociones. Y no va más.
Julio González Alonso
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Entrevista en Tele7, Objetivo Bizkaia, con Susana Porras
Recuerdas abril. Los almendros florecidos
y dos repúblicas. Siglo veinte
de bandos y de mundos.
También el eco prolongado de una guerra
civil, los silencios, la tragedia
y el miedo del olvido
en las fosas. Recuerdas
las aguas del deshielo
y había que vivir
y el amor se abría paso
y abatía la tristeza en trincheras de besos,
en los abrazos del hambre
y en los tactos.
La alegría rompe las costuras de los sueños.
Tal vez, es verdad, no valga la pena recordar;
la risa es sin porqué y todo
lo que tienes que saber
es aprendido en el espacioso espíritu
de la locura
con que dios
salvó al mundo.
Los días tristes
se han ido. Abril
vuelve con sus muertes y los hijos
que llegan a los días felices.
No hay último lugar para la belleza
ni edad para el amor. Pero el tiempo
se agota en el cauce de los ríos
que corren sin esperanza
secos en sus fuentes.
Y entonces sabes
que se apagan los pulsos de la vida,
como los pétalos abandonan la corola
y suspendidos en la brevedad del aire
se entregan a la tierra.
Otras lluvias harán correr otros ríos caudalosos
y vestirán otras flores con gracia otros reflejos;
la belleza desnuda
el amor desnudo
germinarán bajo otras luces y otros tactos;
tú sabes
que serán las cenizas de la memoria
alimento
de nuevas ilusiones, calor extenuado
como un verano sin sombra.
Y sopla ante tus ojos asombrados
la belleza el aire
y se rinde a su abrazo el amor
y a su sonrisa
el beso.
Hoy
escribo
desde la ausencia y la distancia
y los paisajes de la lejana edad
de los juegos infantiles, cuando entonces
eran los sueños cantos rodados
en los lechos de los ríos
y volaban los cielos las aves de los deseos,
se cimbreaban en las ramas de los avellanos
y en las paredes rocosas escalaban la luz
de las cumbres del aire.
Conoces los espacios envueltos en sombras de los bosques,
las orillas de los arroyos y los salguerales,
los negrillos,
el frío en las manos y los ojos y el aliento
de los inviernos y el blanco de la nieve
cuando la montaña deja oír su silencio.
Ahora tienden al sol sus panales las abejas,
los prados multiplican sus flores;
rumorean las aguas,
los días crecen,
huelen las muchachas
a rondas de primavera.
La vida me mira y me enamora
su paso; será por eso
que tengo los ojos tristes.
Como un ensordecedor griterío de estorninos
en las ramas del árbol de la tarde
se columpian los recuerdos. Me mira la vida
y le sonríe mi mirada triste.
En algún lugar del alma se libra una batalla
y se está preparando la derrota. La vida me mira
por el cerrojo de la puerta de la infancia
y contempla el amor reposado de las aguas
del pozo de los años
desde el brocal húmedo de mis ojos
tristes.
Un día sabrás también de horas como abejas
del panal del tiempo
y alondras perdidas en el vértigo de las sombras
de las noches. Me mira la vida
y su paso me enamora
en la tristeza de mis ojos.
Me acecha la vida
y yo veo en mis pupilas tristes
la vida asomada a las miradas
y mis ojos tristes
enamorados de su paso
y a su paso
qué dulce aliento de recuerdos
desplegados al viento del océano como velas
de un bajel armado
de amor
para todas las derrotas.