Este diciembre ha sido
de invierno y nieve; los montes de la infancia
aparecieron de repente ante tus ojos
con su blanco
de los días grises
y el aire frío.
Ya no hay buzones en los trenes
donde dejar las cartas, ni estaciones
donde cobijar la espera. Los andenes
vacíos
y el reloj de pared sin agujas
ni horas
hunden la soledad en el silencio
nevado de este invierno.
Este diciembre ha sido de feliz Navidad
mientras cubría de nieve las montañas.
Quise escribir una postal, pero no hay
un tren correo para echarla
y dejarla ir con sus buenos deseos.
De todas formas, el cielo acarició las ramas
heladas de los árboles y los arroyos corrieron
con la voz cantarina de sus aguas.
Y entonces
pensé en ti
y en una tacita de chocolate
bien caliente.
Fue un invierno largo de paraguas secos
y días nublados; un sinvivir de noticias sobre los gobiernos
de las naciones. Fue, lo recuerdo, imágenes de olas
con sus muertos en las arenas de las playas
y un eco sordo de millones de pisadas hacia algún lugar
lejos de la guerra. Damasco
ardía.
Delante de toda la angustia los gladiolos florecieron en enero
como la sonrisa triste de una primavera
llegada a destiempo. Incendiadas las ciudades
de Oriente
Europa se poblaba de penas, el vestido
de la tragedia
que les queda
a los refugiados.
Fue un invierno de fuegos en los montes
y viento sur, de políticos conspirando para trazar
nuevas fronteras; invierno de preguntarse qué pasa
y por qué pasa; de bofetadas de hambre
y miedo en los huesos y el peso de la historia
escribiendo páginas repetidas.
¡Qué hacer! Fue un invierno
que dejó su frío desesperado en los corazones
como deja la muerte
su beso en los ojos de los que huyen, y sin mirar atrás
entregan su aliento al horizonte de la esperanza,
esa ave que vuela confundida
el azul interminable, infinito
de distancias.
Las urnas de los votos son urnas funerarias
en las que caben los sueños
y las cenizas de las promesas.
No quedes con la luna
impuntual,
inconstante y caprichosa; déjala
ir
rasgando el horizonte
con su belleza roja,
el rutilante blanco de su rostro
rielando las aguas
sobre espumas de olas;
que acompañe, ángel del sueño,
las horas de tus noches.
Vencida de hermosura
sólo es abrazo de encendidas estrellas;
mírala
con su rumor cautivo de leyendas,
con su blancor redondo,
la dulce evocación del amor,
el sutil tacto de las sombras,
la luz titilante del deseo,
la eterna atracción de sus secretos
e ilusiones derramadas. Luna
al fin. Déjala
ir. Que vuele las cúpulas
del cielo. Que vuele sin trabas el albor
de las miradas,
la pasión que alumbran
luminarias
de las torres
más altas.
Eres cera para la luz
en la llama titilante del pabilo,
penumbra descorrida de la noche
que empuja el alba.
Hoy preguntas revoloteando sus secretos
fósiles y el silencio
arrullado por la brisa; en la llama que arde
te sabes materia del tiempo y de los sueños
en busca de los rincones de los bosques
de otoño. Y así los días
y así las olas lamiendo las orillas
arenosas y un horizonte siempre
lejano
a donde la vista alcanza.
Quizás noviembre sólo sea pálpito
de frutas maduradas, quizás eco
de palabras o nostalgia sólo
de esta carta.
Abre los ojos, deseada patria
(Sancho Panza.- El Quijote, II-LXXII)
Abre los ojos, deseada patria,
y mira que a ti vuelve Sancho Panza
no muy rico, si bien apaleado,
menos bruto y más lleno de locura
para alumbrar feliz un mundo nuevo.
Abre los brazos, patria deseada,
recibe con orgullo a don Quijote
de los brazos ajenos ya vencido
e invicto de sí mismo; dale, patria,
sepultura feliz a su cordura
y a su sana locura eterna fama.
Sobre los anchos muros de tu historia
a lomos de aquel rucio y Rocinante
cabalgarán sus nombres; Dulcinea
será llave encantada de tus sueños,
que si el vivir merece la aventura
tienes , patria, la vida asegurada.
Un sol será Cervantes en el cielo
del universo, estrella acompañada
por cuatro esferas como cuatro lunas,
cuatro planetas fijos en sus órbitas
que sin pausa recorren Rocinante,
Dulcinea sin par y del Toboso,
el audaz don Quijote y Sancho Panza.
Las siete cabras del cielo
(Sancho Panza.- El Quijote.- II-XLI)
Nos puso la NASA los ojos en Saturno,
los suelos de sus lunas, los anchos
anillos en sus órbitas
y el alma abrió la boca del asombro
al espacio solar y planetario; la Tierra, allí,
en su lejanía obscura,
diminuto puntito iluminado navegando el vacío
que corren las invisibles partículas mensajeras
del Universo. Y antes,
mucho antes de ahora,
cuatrocientos años antes que la NASA
y sus ingenios espaciales,
voló los universos Sancho Panza
a lomos
de la noble madera
clavileña
y nos descubrió las siete
cabras del cielo,
las dos verdes, las dos
encarnadas,
las dos azules
y la una de mezcla. Ningún cabrón
pasaba
de los cuernos de la Luna, por si queréis
saberlo.
Diez minutos sobran a mis propósitos:
repasar los últimos recuerdos arropados de bondad,
dejar volar la mirada
hasta la frágil línea del horizonte,
hacer las maletas con las cosas necesarias.
No hay demasiados recuerdos compasivos; tal vez
baste el gesto agradecido del emigrante negro
frente a un desayuno. El horizonte se ha borrado
entre nubes agrisadas de diciembre
y no encuentro nada imprescindible
que descolgar del armario
para el viaje que llegará a su tiempo
y espero en el andén solitario de los años.
No creo poder encontrar la frase adecuada;
además, ¿a quién le importaría? Ni siquiera
siento la premura de un gesto; a mi alrededor
el aire de la noche envuelve las horas del reloj
de una estación solitaria, los raíles
de acero, la materia del frío,
la mortecina luz de una lámpara,
el eco de la vida
con la solapa del abrigo alzada
y las manos metidas en los bolsillos.
González Alonso
Recitado en el cuaderno de Poesía y Cuentos : PoeteSSen de Elsa y Javier:
Septiembre viene al agua
de la fuente en el jardín
y vuela el aire en ramas
de palmeras. Oigo sus palabras,
presiento el otoño
columpiándose
en las flores rosadas
de las buganvillas
todavía aferradas a la altura y la luz. Un pájaro
picotea
los restos del verano. Sólo silencio
y rumor de aire y agua
salpicando la mañana. Sólo
el mar
alzándose al levante y la casa
con las puertas abiertas.
Tal vez la noche acabe llenando con estrellas
esta carta al final de las horas del día,
cuando duermen las moscas
y los recuerdos vuelven a los rincones
habitados de olvido.
Fui la señal del cielo
y aquél que advirtió un lugar
en las estrellas
y os dio un universo
de palabras.
No era ángel ni profeta
ni era dueño de los mapas
del mundo
y el caudal antiguo de la vida.
Sólo un amor desconocido
corrió por mis venas
y los pulsos,
se alzó a las savias
de mis ramas. Vosotras, hijas mías,
sabréis qué hacer con todo aquello
que una vez llegó a vuestra alma
y canta y duerme
con la alondra que anuncia
la hora primera
de la madrugada.