La dama duende.- Pedro Calderón de la Barca. Compañía Miguel Narros

La dama duende.- Pedro Calderón de la Barca

Compañía Miguel Narros

Teatro Barakaldo.-22 de marzo de 2014

La dama duende se encuadra en el género de comedia de capa y espada. Un cúmulo de enredos y equívocos en torno al amor y final feliz para todos. El ritmo frenético de las situaciones enlazadas en la obra de Calderón acaba desorientando en más de una ocasión al espectador. Se producen escenas, como las que intercalan las escapadas de las mujeres en busca de hombres, en las que no sabes muy bien dónde está situada la acción. Pero eso, pienso, no es imputable a Calderón, sino al montaje y actualización de la comedia.

Nueve personajes sobre el escenario. Diez. Porque el décimo personaje viene a ser el pasadizo secreto del que se servirá la joven viuda Doña Ángela, interpretada por Diana Palazón, para entrar y salir en la alcoba del invitado de sus hermanos, Don Manuel, que interpretará Chema León, dejándole notas escritas o revolviendo sus pertenencias, lo que dará pie para imaginar la actuación misteriosa de una mujer duende o un fantasma. Los criados jugarán el papel más humorístico de la representación, aunque lo cómico alcanza a todos los personajes y situaciones de la comedia, sin excepción.

Todo el enredo del argumento, que viene a ser un conjunto de diversos argumentos, está puesto a disposición del espectador no sólo para entretener y divertir, sino con el propósito de plantear los aspectos y sevicias del amor como son los celos, la iniciativa de las mujeres en las relaciones amorosas y sus estratagemas para hacer valer sus derechos y conseguir sus propósitos, o el sacrosanto sentido del honor masculino y su defensa a punta de espada ante cualquier supuesto menoscabo del mismo.

No me atrevería a ver en los aspectos anteriormente reseñados una intención revolucionaria, reivindicativa o ácida de Calderón; pero lo cierto es que, al amparo de la comedia, nos describe muy bien cómo funcionaban las cosas bajo el manto rígido de la moral y nos deja a las claras la imparable fuerza del amor y los sentidos.

Calderón de la Barca escribe este texto con apenas treinta años de edad y en el momento álgido de su carrera y un reconocimiento sólido de su obra. La recreación llevada a cabo por el fallecido dramaturgo Miguel Narros es sensiblemente más corta que la original, pero no resulta trascendente ni merma el valor de la comedia. Su buen hacer lo desarrolló en una dirección de los personajes que roza, en algunos casos, la excelencia. El vestuario y la escenografía son elementos reseñables que hay que destacar.

Si atendemos a la interpretación de los actores debo confesar lo admirable de su trabajo manteniendo un alto nivel, aunque encuentro que hay aspectos mejorables y otros que se hacen innecesarios, como el excesivo movimiento en escena, con exageraciones que quedan en el aire y recargan de barroquismo el tono que imprimen en la acción. La recitación de algunos pasajes amorosos entre Doña Ángela y Don Manuel es exquisita, en contraste con la excesiva rapidez de otras partes que impiden entender bien los finales de frase. La actuación de Diana Palazón merecería que cobrara más protagonismo en cada escena en las que toma parte dando vida a la que es, per se, protagonista de todo el enredo, la joven y bella viuda Doña Ángela. Es un punto exigible, pero hay que reconocer, ante todo,  que estuvo a la altura de las exigencias del papel. Estupendo Chema León interpretando a Don Manuel; acertado y ocurrente y algo histriónico, Iván Hermes, en el criado Cosme; francamente bien, en un tono adecuado y con buenos recursos cómicos, el trabajo de Mona Martínez; divertido y con aciertos geniales, Emilio Gómez en Don Juan, hermano de Doña Ángela y de Don Luis, que interpretó con solvencia Marcial Álvarez. Con frescura, estupenda vocalización y acierto en su papel de Doña Beatriz, nos ofreció su trabajo Eva Marciel y, finalmente, con papeles menores pero importantes y bien puestos en escena, Paloma Montero, en el personaje de Clara y Antonio Escribano en el de Rodrigo.

Los diferentes argumentos incluidos por Calderón en La dama duende se ensamblan a la perfección, como –y cito literalmente- se subraya en el programa de mano, explicando el entramado general de la obra: Como siempre en sus mejores textos, Calderón engarza en La dama duende multitud de argumentos aún vigentes: la decisión de Doña Ángela de escaparse a las obligaciones de su viudedad para frecuentar la compañía de los hombres, lo que justifica y acentúa el clima erótico de ciertas escenas, al ánimo corrupto del criado Cosme que lo lleva a cometer pequeños latrocinios aparentemente disculpables. Este mundo de moral dudosa y libertaria se enfrenta a la cómica rigidez del tercer hermano, Don Luís, vigía del decoro y la corrección y eternamente frustrado en sus deseos vitales y amorosos.

Una tarde de siglo XVII español en el Teatro Barakaldo con todos los ingredientes necesarios para seguir apostando por el arte dramático y su actualidad, como lo demostró el numeroso público que llenó el aforo y que aplaudió generosamente el generoso esfuerzo del elenco de la Compañía Miguel Narros en esta su recreación calderoniana de La dama duende.

González Alonso

El amor después del amor.- Garbi Losada.- ADOS TEATROA

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El amor después del amor, de Garbi Losada
ADOS TEATROA

Teatro Barakaldo, 28 de febrero de 2014

Más allá de donde ubiquemos el amor, sea en una relación heterosexual u homosexual, la obra es un acierto en el modo, forma y fondo, al tratar la demencia generada por el alzheimer. Dicho esto, cabe desgranar el cúmulo de emociones suscitadas a través de la acción desarrollada sobre el escenario, así como abrir el abanico de los afectos expuestos a la irreversible pérdida de la memoria que van aflorando y abrazando con sus angustias a cuantas personas rodean a la persona enferma y, a través de la representación, a los espectadores. Del nudo en la garganta, al llanto desconsolado e incontenible de alguna de las personas asistentes. De la visión desoladora de una personalidad progresivamente desintegrada y destruida, al desamparo total de la muerte.

No hay, sin embargo, melodramatismo en este texto. Lo subrayo por si alguien se siente inclinado a pensar que la emoción y las lágrimas pudieran responder al tono sensiblero y fácil de la obra. No es el caso. Hay un trabajo serio de disección de la enfermedad y una exposición nítida y sin concesiones de sus  efectos devastadores y  el alcance de los mismos. Cualquiera que tenga o haya tenido algún familiar afectado por algún tipo de dolencia como el alzheimer o semejantes, habrá revivido dolorosamente su situación y habrá sentido, probablemente, más cercana la comprensión y la compañía en esta tragedia. Cualquiera que solamente haya oído hablar de este problema, se habrá impresionado. Creo que nadie sale de la sesión teatral indiferente ante lo que ha presenciado.

Pero tampoco conviene entender que  la obra se trate de un simple texto bien hecho de denuncia y campaña en torno al alzheimer. Estamos hablando de teatro, de arte escénico, y es desde esa perspectiva que debemos enjuiciar lo que ADOS TEATROA planta ante el espectador.

Al acierto del texto de Garbi Losada, bello y poético, crudo y desgarrador, bien construído sobre situaciones afrontadas con realismo y valentía, hay que agregarle el no menor acierto de un montaje en el que la obra plástica de Dora Salazar envuelve la acción en toda la amplitud del escenario para proyectar de manera amplificada el proceso interior de la enferma, su cada vez más fragmentada visión del mundo y el recorrido por los recuerdos que le van quedando; ese último tramo de la vida en la que permanecerán los afectos más profundos como última compañía.

También la música. En este caso está tan pegada a la acción y su desarrollo que parece pasar desapercibida. Pero sólo puede considerarse este resultado un éxito del autor, Javier Asin. Contribuye de manera eficaz a crear el clima adecuado y, junto al trabajo de iluminación de Xabier Lozano, definir en sus coordenadas exactas la acción dramática.

El otro aspecto relevante de este estreno absoluto en el teatro Barakaldo se refiere a la interpretación. Acertada y con momentos magistrales en el caso de la protagonista, Ane Gabarain; con más voluntad y corazón que aciertos los de Dorleta Urretabizkaia y Sara Cozar. Pese a su amplia experiencia, tal vez su juventud o el peso de la responsabilidad en unos papeles difíciles les haya conducido a una gestualidad y expresión corporal bien concebidas pero poco creíbles en determinadas escenas, así como una sobreactuación o tono de voz excesivamente elevado y plano. Nada, por otro lado, que afecte de manera negativa a la línea de flotación de la obra en su puesta en escena. Se merecen, sinceramente, todos mis respetos y aplausos por encima de las anteriores observaciones.

Una tarde de teatro, en suma, interesante y muy positiva. Un estupendo espectáculo que va más allá del entretenimiento, que no es cosa mala, y de la simple anécdota. Teatro de compromiso, agarrado a las raíces de los problemas humanos, aquellos que, como el alzheimer, nos deshumanizan a cuantos vivimos en su periferia cuando los ignoramos. Porque el amor lo encontramos y lo necesitamos, como el título indica, también después del amor.

González Alonso

Crítica teatral (inicial) de David Barbero: El amor después del amor

La anarquista, de David Mamet

La anarquista
David Mamet
Teatro Español
Versión y dirección de José Pascual

Teatro Barakaldo (8 de febrero de 2014)

Me comentaba un amigo a la salida del teatro que a la obra le sobraba una hora de la hora y media de representación. Es posible. Pero también puede, si nos metemos en los entresijos y nos liamos a discutir la problemática planteada, que necesitemos varias horas para, tal vez, no llegar a una solución provisional y, menos aún, definitiva.

No me parece mal el planteamiento. Es como lanzar un tema a discusión entregándolo al debate de la sociedad y que la sociedad decida. No me hubiera parecido bien si previamente no hubiera sido trabajado el tema, exponiéndolo desde todos los ángulos posibles y en un contexto amplio, sin restricciones.

El tema sobre el cual escribió el dramaturgo estadounidense David Mamet (guionista de El cartero siempre llama dos veces) no es el anarquismo, sino el ejercicio de la violencia como método para conseguir algún fin que, en el caso del anarquismo, sería el de subvertir el orden social establecido. La violencia política se contrapone al ejercicio de la violencia del Estado para evitar la primera o castigarla.

Hay un hecho dramático en las consecuencias de la acción violenta que concluye en el crimen o el asesinato, y es que resulta irreversible e irreparable. Nadie puede restituir la vida a las víctimas, y esto genera un conflicto moral en la sociedad. Es lícito defenderse de la amenaza terrorista y de las acciones violentas, como resulta lícita la imposición del castigo. Pero si la sociedad y las leyes emanadas de su constitución organizada en la forma del Estado no quieren ponerse a la altura de los asesinos, tampoco puede actuar violentamente contra sus vidas. De ahí la lógica supresión de la pena de muerte, lo que revela una altura de miras por encima del asesino y su código ético. No obstante, ¿qué clase y cantidad de pena o castigo puede redimir la acción violenta de acabar con una vida?

El dilema, teóricamente, se resuelve incorporando el concepto de reinserción. La reinserción exigirá el arrepentimiento y la expresión de la voluntad de acatar, respetar y cumplir las leyes vigentes. Pero un problema sigue a otro. ¿Cómo medir el arrepentimiento?¿Cómo evaluar la disposición a cumplir las leyes?

En La anarquista, las dos protagonistas se enzarzan en la discusión de estos asuntos. La funcionaria de prisiones en busca de las pruebas del arrepentimiento. La presa, en busca de conseguir la libertad. Para ello la funcionaria le exigirá que delate a su compañera de asesinato revelando dónde se encuentra. La presa, que dice renunciar a las ideas que la condujeron al crimen rechazando la violencia como método y confiesa su conversión a la fé cristiana, no podrá ocultar el convencimiento íntimo de encontrarse ante una sociedad a la que el Estado tiene secuestrada manteniendo la imposición, la administración de sus libertades, derechos y obligaciones, de manera autoritaria y abusiva y protegiendo los privilegios de los poderosos en perjuicio de los más débiles. Una hará lo posible para intentar conseguir la libertad y la otra lo imposible para impedirlo.

Si no podemos saber nunca  hasta qué punto fue sincera la confesión de la presa o sólo una estratagema para salir de la cárcel, tampoco sabremos cuánto de sentimiento de venganza abriga la funcionaria de prisiones o si solamente quiere estar segura de poder firmar la petición de libertad con garantías, porque –de manera expresa- confiesa abiertamente no creer en la reinserción a la que la presa tiene derecho.

En este contexto, cualquier acto de piedad se verá superado por el sentido del deber y la aplicación de las leyes. La actuación de la funcionaria se asemeja a la del creyente poseído de la fe que practica las normas que la Iglesia le dicta; si su actuación es equivocada, no será ella quien se equivoque, sino el Estado que dicta las normas, al igual que el error del creyente no le puede ser imputado a él, sino a la Iglesia. La responsabilidad moral está a salvo en ambos casos. En cierto modo el discurso sobre la culpa que subyace en el texto de David Mamet me ha recordado la novela de Dostoievski, Crimen y castigo.

Nos encontramos, hay que decirlo, ante una obra en la que el texto lo es todo. Dos personajes, una mesa con documentos y un teléfono que suena de vez en cuando y dos sillas, es cuanto puede encontrarse en el espacio del escenario. La dificultad de mantener la tensión y la atención del espectador en estas circunstancias es muy grande. Pero la versión de José Pascual interpretada por las actrices Magüi Mira y Ana Wagener supera, con creces, la mencionada dificultad. Variedad de matices, ritmo ágil, conversaciones que transmiten naturalidad y realismo, buena gestión de los silencios y una actuación alejada de lo melodramático y exagerado, hacen creíbles a los personajes y logran que el teatro sea, una vez más,  la magia viva que nos anima y da razón para no dejar de asistir a él. Aunque tengamos que imaginar o discutir los finales.

González Alonso

Mariana Pineda.-Federico García Lorca

Mariana Pineda.- Federico García Lorca

Teatro del Norte
Teatro Barakaldo, 19 de enero de 2014

Lo primero que se aprecia es que estamos asistiendo a una adaptación o versión de la obra de García Lorca convertida en un hermoso poema de amor. En su cuaderno literario, David Barbero lo critica; opina que las simplificaciones casi nunca enriquecen. Las reducciones suelen limitar. Quitan matices(sic), y en este caso reducen los enfrentamientos y las pasiones(sic) de la obra lorquiana. Acaba comparando este resultado con el de presentar una ópera en versión concierto con algunos solistas(sic).

Sobra claridad y no anda escaso de razón David Barbero en sus apreciaciones. No sé si la versión adaptada de Etelvino Vázquez surge del convencimiento de la bondad de este trabajo con la idea de hacer el espectáculo mucho más próximo al espectador, o –por el contrario- nace de la necesidad, hecha virtud, para poder llevar la obra a los escenarios con un reducido elenco de actores.

En cualquier caso, hay dos cuestiones para mí relevantes que me hacen aplaudir esta puesta en escena. La primera es el agradecimiento de encontrar otra ocasión de disfrutar y admirar un texto del poeta granadino. El raudal de belleza de su poesía, armada en metáforas tan inspiradas e inteligentes como oportunas, lo recibo como un trago de frescura en medio de la mediocridad que alimenta la inmensa mayoría de la creación poética actual, repitiéndose a sí misma en una espiral de verborrea, anacolutos y sinsentidos de textos aburridos que pretenden descubrir orillas donde sólo hay desierto, arena y polvo reseco de palabras vacías.

No era ni es mi intención dedicarme a criticar la poesía actual, sino comentar la representación del Teatro del Norte del pasado día 19 de enero en el Teatro Barakaldo; pero cuando –incluidos los recortes hechos en la adaptación- te acercas a la poesía de García Lorca, te duelen las entretelas del alma y chirrían los goznes del verso al imponerse las comparaciones.

Hacía alusión a una segunda cuestión aplaudible; ésta no es otra que la voluntad, entrega y trabajo desde la precariedad de recursos de una compañía independiente, para mantener vivo el teatro en un afán, creo que loable y honesto, de acercarlo al espectador y yendo en busca de nuevos espectadores. Si ello me parece reconocible de modo general, de manera particular lo encuentro muy aplicable a esta Mariana Pineda versionada por Etelvino Vázquez.

No hay en la puesta en escena de la representación ninguno de los elementos decorativos y escenográficos imaginados e incluso dibujados por Federico García Lorca, ni necesidad de tramoya. Porque, como corresponde a lo ya mencionado, la recreación de Mariana Pineda tiene un enfoque personal con un concepto del teatro que sigue los cánones de la vanguardia y las corrientes actuales. Simplificación del espacio escénico, buena gestión de la luminotecnia, vestuario sencillo subrayando la personalidad del personaje y el uso del mobiliario imprescindible en el que apoyar la acción de las diferentes situaciones dramáticas. En todo ello, el Teatro del Norte consigue no pocos aciertos y transmitir el contenido del texto sin perder la magia poética del mensaje. Y en medio de la poesía y la historia de amor subrayada y protagonizada en la versión presentada, no se pierden las referencias a la situación política que hizo del absolutismo de Fernando VII una lucha encarnizada y sin cuartel contra los liberales, que bien resumen y expresan los versos:

Ahora los ríos de España,
en vez de ser ríos son
largas cadenas de agua.

La actuación de la actriz Cristina Lorenzo en el papel de Mariana Pineda siguió una línea regular ascendente, ganando en credibilidad y acierto con cada recitado y cada nueva situación dramática para terminar ofreciéndonos el personaje en su integridad, con la intensa emoción de la recreación del ajusticiamiento sufrido por Mariana mediante el garrote vil, escena final diseñada para esta versión por Etelvino Vázquez.

Siempre que voy al teatro acostumbro a salir satisfecho y, en numerosas ocasiones, muy satisfecho. El pasado domingo, no fue una excepción. Vuelvo a aplaudir la oportunidad brindada del feliz reencuentro con el texto lorquiano de sus primeras obras de juventud y el esfuerzo de una compañía, Teatro del Norte, de los confines asturianos de Lugones, por subirlo a los escenarios.
Salud.

González Alonso

Teatro Colón de Buenos Aires.- Un ballo in maschera, de Giuseppe Verdi

Un Ballo in Maschera
Un baile de máscaras
Giuseppe Verdi

Teatro Colón.- Buenos Aires
6 de diciembre de 2013

De entrada, debo confesar que es un lujo poder comentar  una ópera desde el Teatro Colón de Buenos Aires. La sola presencia de este monumental edificio ya inspira los sentidos; contemplarlo por dentro es un regalo, y vivirlo con la representación de la ópera Un ballo in maschera, de Giuseppe Verdi, fue la experiencia completa de algo excepcional.

Coincide esta representación con la celebración del bicentenario del nacimiento de Verdi. Pero cualquier ocasión es buena para acercarse a la obra de este reconocido autor de finales del siglo XIX. Conocedor de su época y el mundo que emergía tras la Revolución Francesa, la crítica al poder absoluto no pasará desapercibida ni será bien tolerada por las decadentes monarquías europeas de la época. Así, su ópera se vio envuelta en rocambolescas aventuras con la censura, modificándola hasta el extremo de trasladar el asesinato del rey sueco Gustavo III, ocurrido en 1792, a la ciudad de Boston, en Estados Unidos, con otro nombre y estatus, de soberano a señor, y otras muchas modificaciones no menos absurdas.

Verdi, que se confesaba contento a medias con la ópera Gustavo III, título inicial, y de la cual opinaba que era grandiosa y vasta; bella… pero que también tenía los modos convencionales de todas las óperas, cosa que siempre me desagradó, y que ahora se me ha tornado insufrible, no puede digerir los recortes y cambios impuestos por la censura, vaciando casi por completo la obra de su verdadero sentido, la denuncia del poder y las luchas políticas y enfrentamientos sangrientos entre absolutistas y liberales tras la Revolución Francesa.

Como en toda ópera convencional, G. Verdi sitúa una historia de amor en el centro de su argumento. El rey y su primer ministro y mejor amigo, la mujer del ministro y el rey. El amigo que lucha y expone su vida para salvar la del rey, amenazada por los conspiradores; el descubrimiento por parte del ministro y amigo, de los amores entre su mujer y el rey. La decisión del ministro de unirse a los conspiradores y terminar con la vida del rey.

Toda esta historia, envuelta en la música verdiana, se desgrana poco a poco sobre el escenario. El asesinato del rey se llevará a cabo durante la celebración de un baile de máscaras, de donde –finalmente- la obra tomará el título. Y todo acabaría ahí, como un testimonio hermosamente compuesto por Verdi y por su libretista Antonio Somma, sobre los totalitarismos del XIX, si no fuera porque su puesta en escena actual con la dirección escénica de Alex Ollé, de La Fura dels Baus, nos desvelara –con indudable acierto- las claves de la razón de ser de los totalitarismos enquistados en el capitalismo y su modo de manejar la crisis económica y el malestar social bajo la apariencia de la democracia.

Alex Ollé nos presenta una ópera fiel a su interpretación musical y a su letra, pero que trata, además, de fijar el discurso de esta versión en la desconfianza que el concepto mismo del poder genera en el ciudadano anónimo. Todavía más cuando, en la actual crisis del capitalismo, el poder político y el financiero se confunden en una trama corrupta de intereses ambiguos del todo ajenos al bien común*. Así, las voces de los indignados cobrarán cuerpo en el personaje colectivo y anónimo, detrás de las máscaras, cuya intención será, sin embargo, arrancarle la máscara al poder*. Todos los personajes ocultarán sus intenciones y sus miedos con una máscara a lo largo de toda la obra, y en el baile final morirán todos junto al rey mientras se quitan las máscaras y aparecen otros personajes, los herederos del poder, con nuevas máscaras, éstas de gas, alzándose armados por encima de los cadáveres tendidos en el suelo.

El final referido, sugiriéndonos un inquietante poder cerrado sobre sí mismo en una forma evolucionada de un nuevo absolutismo o de un totalitarismo refundado*, nos hace agarrarnos al presente y el colapso de la sociedad producido por la crisis económica y la ya mencionada corrupción del poder político y financiero. De este modo, la ópera de Giuseppe Verdi deja de ser un simple adorno burgués o un testimonio histórico alejado de nuestro presente.

Puedo considerar que la iluminación refuerza en exceso con sus grises y sombras la intención de resaltar los aspectos más sórdidos del poder, o que el vestuario podría ser más variado sin temor a introducir alguna nota de color o mezclando trajes de diferentes épocas, lo que no restaría peso al pesimismo sin renunciar a una mayor belleza plástica. Pero son consideraciones de simple espectador nada ducho en la materia. Porque todo funcionó a la perfección, orquesta y coros, puesta en escena y el acierto interpretativo de los actores del día, con la elección –tal vez- menos acertada de la voz del tenor Marcelo Puente para el personaje de Gustavo III.

Saber de la existencia del Teatro Colón en la capital argentina de Buenos Aires, ciudad inquieta y culturalmente abierta, es creer que habrá una solución y salida digna de la crisis y problemas que asolan a nuestros pueblos y sociedades. Si entre sus paredes y sobre su escenario se representan obras como la que estamos comentando de Verdi, creo que es más posible aún y que el arte y los artistas son ariete y frente de batalla en esta guerra. Me alegra íntimamente que no se rindan.

González Alonso

*Declaraciones de Alex Ollé en los ·Comentarios del director de escena» del programa de mano de la obra.

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Navidades 2013

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Renovar afectos y buenas intenciones no deja de ser saludable, y estas fechas navideñas cumplidoras de solsticios, invernales del hemisferio boreal o de verano en el austral, me parecen a mí apropiadas al caso. Todo está inventado; pero -como en el amor- todo debe ser mimado, conquistado y descubierto de nuevo. Así, hoy, os traigo mis renovados y sinceros deseos de colmada felicidad. Que cada cual escoja lo que le conviene a su bienestar y que le sea concedido.

Acompaño deseos y felicitaciones con las dos creaciones que comparto con el amigo Paco Mallada. Él, en la parte musical, y yo en la correspondiente a la letra, hemos venido a colaborar muy gratamente para hacer dos canciones navideñas, un villancico y unas coplas al ramo leonés de Navidad. Sólo espero que las disfrutéis y os acompañen con bien. Salud.

lV aniversario

Cuatro años son apenas nada en la vida de una persona, pero resultan ser un número respetable en la existencia de un cuaderno. A lo largo de estos cuatro años ya cumplidos he sentido la cercanía de los buenos amigos que pasaron a leer y, muchos de ellos también a comentar. De esta suerte mis experiencias personales son también un poco las de ellos y así seguimos, aprendiendo, compartiendo y dejando una visión personal del mundo y de las cosas.

Gracias por estar ahí, encendiendo velas, dando luz a las sombras, esperanza a la vida, alegría y palabras que atesoran abrazos. Os espero un año más.

Salud.

Los gemelos, de Plauto. Teatro romano de Mérida

Los gemelos.- Plauto
Versión de Florián Recio

Teatro romano de Mérida

Resulta saludable poder contar que el teatro romano de Mérida atesora entre las ruinas de dos mil años de piedras tanta vida, tanto ingenio y tanta cultura. Sentarse en sus escaños y entrar en la magia recreada de la obra de Plauto, Los gemelos, es un ejercicio de salud espiritual que reconforta en las noches agosteñas de luna llena de la ciudad de Mérida. No pierdo, pues, más tiempo para reconocer con un aplauso agradecido el trabajo de Florián Recio al traernos en sus carnes vivas al mejor Plauto. Acierto indudable en la interpretación de las claves satíricas e irónicas que la obra de Plauto nos legó, utilizando la risa y la sonrisa para señalar con mordacidad la corrupción que el poder regala dejando de manifiesto los males seculares que  afligen a nuestra sociedad y que vienen aquejando a las sociedades humanas desde tiempos inmemoriales.

Pero de lo dejado dicho anteriormente no debe concluirse que la resignación ha de ser el inevitable resultado a que nos condena esta situación. La risa es un arma de rebeldía inestimable. Así que nada de resignación y sí de mucha y sana risa de la que se nos proporciona en copiosas dosis con la interpretación de Los gemelos en esta coproducción del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, Verbo Producciones y Oscuro Total.

El argumento de la comedia se sustenta en los avatares de la búsqueda de su hermano gemelo por parte del otro hermano. Separados accidentalmente en la infancia, uno fue secuestrado y llevado lejos de Siracusa, patria de su nacimiento, hasta la entonces Emérita Augusta, donde crecerá y conseguirá hacer fortuna y carrera en la política. La llegada del desconocido hermano gemelo a la ciudad dará pie a numerosas escenas cómicas en las que la confusión creada será ocasión para ir reparando en cuestiones como la lealtad, el chantaje, el trabajo, el enchufismo y la picaresca de bajo cuño al lado de la corrupción política, el ejercicio del poder y el robo y saqueo de las arcas del Estado sin dejar pasar la oportunidad de hablar de una Europa germanizada, de los bancos, el paro y la emigración.

Asegura Florián Recio en la presentación que hace en el programa de mano que no es una comedia política, sino una comedia de enredo donde todo el mundo busca algo, todo el mundo oculta algo y donde no todos acaban encontrando lo que esperan a lo que añade la pretensión de arrancar al respetable unas risas. Pues, bueno, pretensión conseguida. Pero las risas se montan sobre el bien delineado papel de personajes como la duquesa de Alba, alguna folclórica, el Presidente de la Junta de Extremadura, Monago, o el mismo Presidente de Gobierno actual, Mariano Rajoy, y el que fue Secretario de su partido político, Bárcenas (Fin de la cita).

La magnífica puesta en escena con el contenido carnavalesco de la escenografía y la actuación de la Banda de Plauto, fue más que suficiente para zambullirse en la atmósfera mágica de la comedia magistralmente interpretada por los actores y actrices del reparto que encabeza Fernando Ramos y cierra Nuria Cuadrado. Juan García Tirado, Ana García, Pepa Gracia, Esteban G. Ballesteros, Luisa Hurtado y Pedro Montero, serán el resto de los responsables de llevar a buen término esta interpretación.

A la felicidad de la noche y la celebración festiva y liberadora de la comedia de Plauto, debo añadir la ocasión de haber compartido la velada con el pintor Efrén, que se define como minimalista figurativo, y que resulta ser también músico y actor. Un encuentro casual que hizo más grata la velada de teatro dominada por la luna llena luciendo en mitad de la noche emeritense con soberbia grandeza.

Sólo cabría esperar, ¡ay!, que fuera ésta la última versión de la comedia de Plauto, lo que vendría a significar que las castas políticas y los poderosos grupos económicos habrían desaparecido de nuestras vidas para poder compartirlas en una democracia asentada en los valores que repudian los males denunciados. Pero esto también parece que mueve a risa. La de los poderosos. Veremos, finalmente, quién ríe el último.

González Alonso

Almagro, Festival Internacional de Teatro Clásico 2013

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Almagro, Festival Internacional de Teatro Clásico 2013

Quevedo, Lope y Calderón

1.-QUEVEDO. Donde hay poca justicia es peligroso tener razón
PREM Teatro.- Dirección: Héctor del Saz

En el papel de Francisco de Quevedo, el actor Adolfo Pastor; y en los de Felipa y la novicia, Pilar Massa y Rebeca Sala. Dentro del equipo artístico y técnico, en la dirección, Héctor del Saz. Estos son algunos de los nombres propios responsables de esta puesta en escena. El escenario, el Corral de Comedias de la ciudad de Almagro.

La luna aparecía en el cuadrante superior izquierdo por encima del escenario al dar comienzo la representación de esta obra, un viaje al corazón de Quevedo –en palabras del director- y yo diría al de España, a través de los escritos epistolarios y poemas del autor del Siglo de Oro. La misma luna desaparecía por el cuadrante superior derecho del escenario en un cielo visible desde el patio de butacas, sillas de madera y asiento de caña, con el final de la obra. Y en medio, la sorprendente historia de un hombre atribulado por las persecuciones y rabiosamente libre que no dejó de pagar con creces haber resultado ser el molesto grano en el culo de mandatarios y poderosos de la época, afectados de las mismas ambiciones y falta de escrúpulos de las que se adornan los mandatarios y poderosos de hoy día. El paso último por la cárcel en los sótanos de San Marcos en León, con el río Bernesga por cabecera y todo el frío de los rigurosos inviernos leoneses en los muros y los huesos, resultó decisivo en la balanza de la quebrada salud de Quevedo, que moriría poco después en tierras manchegas de Villanueva de los Infantes.

La interpretación, el ritmo, la intencionalidad y la oportunidad de los textos rayaron a gran altura, conmovieron y removieron rescoldos de rebeldías que amenazan con ser fuegos. Fue, sin duda, una experiencia memorable la de la noche del 19 de julio en el Corral de Comedias de Almagro y es, sin duda, una oportunidad más para reflexionar y tomar nota de cuanto nos acontece desde la voz seria, irónica y mordaz, crítica, y de un inestimable valor literario, de Francisco de Quevedo Villegas.

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2.-La noche toledana.- Lope de Vega

Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico
Dirección: Carlos Marchena

La Compañía Nacional de Teatro Clásico, dirigida por Helena Pimienta, trajo al espacio del teatro almagreño entre los muros de la Universidad Renacentista a la Joven Compañía Nacional. Nada puede resultar más gozoso y reconfortante que ver un numeroso y bien nutrido elenco de actrices y actores desenvolviéndose con tanta madurez, frescura y profesionalidad como hicieran los componentes de la Joven Compañía.

El texto de Lope, ágil y lleno de maestría, nos trae de zarandillo y sin descanso por los entresijos de una comedia amorosa que será un juego permanente a través del artificio y del ritmo frenético de los acontecimientos vividos por los personajes, en palabras del director del montaje, Carlos Marchena. La diversión, el entretenimiento y en bastantes ocasiones la sorpresa, están servidas revelando costumbres, inclinaciones y conductas de carácter sexual de una desinhibición admirable en el contexto de la moral de la época.

Sería injusto destacar el mérito de unas actuaciones sin mencionar otras, aunque sí es verdad que tuvieron ocasión de lucirse más quienes como Sole Solís, Natalia Huarte o Francisco Ortiz –entre otros- se metieron en papeles más protagonistas como la Posadera, Liserna o Florencio.

Nada que reprochar y sí mucho que aplaudir. El teatro español sigue vivo y jugará durante mucho tiempo en las primeras divisiones del teatro mundial. Sólo hace falta apostar por la cultura y el arte. Arte y Cultura, en mayúsculas.

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3.-La Gran Zenobia o La hermosura desdichada.- Calderón de la Barca
Teatro Galo Real

La Veleta es un centro cultural de Almagro que acoge un pequeño teatro que se define como de experimentación, laboratorio y ensayo. La noche del 18 de julio, bajo el patrocinio del Teatro Galo Real que corrió a cargo del vestuario, escenografía e iluminación, Gustavo Galindo dirigió su adaptación de la bella obra de Calderón dando a su vez vida a uno de los personajes centrales del drama, el emperador romano Aureliano. El resultado fue muy pobre. Sobre el escenario deambularon los actores sin acertar a darles consistencia a sus personajes, como si se tratara de un grupo escolar de teatro aficionado con buena voluntad y un entusiasmo estéril. No hubo unidad dramática en ningún momento, pues cada actor actuaba por su cuenta con inoportunos recitados que contradecían en su sentido dramático el lenguaje corporal con que se expresaban. El montaje y la secuenciación de las escenas fue otro lío del que no supieron salir. Se puso mucho énfasis en lo circunstancial y anecdótico de la escenografía; pero los objetos, los símbolos, los ambientes recreados por la iluminación, no actúan, sólo sirven a la interpretación del actor, de la que se desentendieron. Cabe, no obstante, reseñar la notable excepción de la jovencísima actriz María García-Alix y la actuación más afortunada de Nadia Alonso. La primera, en el papel principal de la princesa Zenobia del reino de Palmira, fue la única que acertó con una dicción impecable y el tono exacto exigido en cada situación y en cada escena; sin sobreactuaciones ni salidas de tono y un lenguaje y expresión corporal adecuados, dio coherencia e hizo creíble su personaje, salvándonos del aburrimiento al que el resto de la compañía con su director al frente nos condenaron. Como actriz se le adivinan grandes recursos e intuición, plasticidad y gusto por la interpretación.

El muy hermoso texto de Calderón, con un tema tan interesante como oportuno para ser aprovechado y sacar partido de él, fue una ocasión desperdiciada sin remedio. El argumento nos traslada a las luchas por el poder en Roma y en Palmira y a las guerras entre el imperio y el reino, con asesinatos, conspiraciones y todo tipo de traiciones. Pero pone de relieve, sobre todo, el papel de la mujer en el concierto del poder político. Zenobia, que consigue victorias ante Roma como estratega, se queja cuando le niegan el derecho a asumir todo el poder del reino, como lo hiciera un hombre, diciendo que le reconocían su valía para traer victorias, pero le negaban el derecho y la capacidad para legislar, gobernar y ejercer el poder. Por medio, el amor, la puesta aprueba de la lealtad y los actos de valentía, completan la salsa de una pieza teatral, como hemos dicho, realmente bella.

Gomzález Alonso

El caserío, de Jesús Guridi – Teatro Arriaga de Bilbao

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El caserío
Jesús Guridi

Libreto de Federido Romero y Guillermo Fernández-Shaw
Dirección de escena: Pablo Viar
Dirección musical: Miguel Roa

Teatro Arriaga
Bilbao
28 de junio de 2013

La zarzuela es un género teatral con vocación de ópera –alguna, como Marina de Emilio Arrieta, lo es- sumergida en el costumbrismo. Todos los tópicos,  tradiciones y creencias, acostumbran a desfilar por sus canciones y las partes habladas del libreto, de manera prácticamente exclusiva, en torno a un argumento en el que se repite una historia de amor y enredo con final feliz.

Dicho lo anterior, El caserío del maestro Jesús Guridi  no es la excepción, o de lo contrario me temo que no estaríamos hablando de una zarzuela.

Tiene un gran mérito este género peculiarmente español que nos ofrece retratos estereotipados de una sociedad de finales de siglo XIX y principios del XX, con ánimo de entretenimiento y exhibición orgullosa de sus valores. En este caso, la idiosincrasia vasca hace alarde de sus características a través de las danzas, el deporte tradicional, la religiosidad y las costumbres rurales próximas a lo urbano. La historia de amor lo es también hacia la tierra y los ancestros en el cuerpo, piedras y muros del caserío familiar. Así, para que éste y cuanto representa no se pierda, su dueño hace lo posible e imposible para casar a sus sobrinos, la joven y bella Ana Mari y el fuerte y apuesto joven pelotari José Miguel. Una boda entre primos que pasa antes por la posibilidad de que sea entre tío y sobrina en la estratagema urdida por el propio tío para desencadenar el compromiso y la declaración de amor de sus sobrinos, que es lo que verdaderamente deseaba. Una costumbre que podría calificarse de incestuosa y que era bastante frecuente a fin de salvar el patrimonio de la herencia familiar.

Me satisface haber podido presenciar y disfrutar esta zarzuela en su esencia, es decir, tal y como fue ideada y representada en su estreno hace 85 años. Pero esa puede ser también la mayor crítica que cabe hacer sobre la misma. Porque la recreación de una zarzuela puede tener un valor documental y testimonial, como es el caso, o puede convertirse en ocasión de afrontar una recreación actual, artísticamente hablando, respetando su esencia y razón de ser costumbrista.

No se puede dudar de la indisimulada satisfacción de la parroquia que abarrotaba el Teatro Arriaga ante el despliegue de recursos culturales y tradicionales desplegados a lo largo de la representación con algunos guiños a los tiempos actuales bien traídos y oportunos y otros bastante desafortunados, excéntricos y pueriles. Entre los primeros pongamos el intento de euskaldunizar en parte algunos pasajes hablados o el uso popular y coloquial del español tocado irónicamente por un pronunciado acento vasco; en el segundo caso llamaría la atención esa ramplona y desacertada decisión de hacer desfilar a un grupo de figurantes con la camiseta del club de fútbol bilbaíno, entre otras.

Pero, en mi opinión, lo peor de todo es haber perdido la oportunidad de interpretar El caserío con más ambición y altura de miras teatrales y artísticas; convertir esta pieza de zarzuela en algo de hoy profundizando en una nueva estética de la puesta en escena, subrayando lo esencial del costumbrismo sin caer en lo chabacano y simple folclore.

El primer acto, presidido por la fachada monumental y pesada del caserío, pecó de acartonado y rígido. A todo el movimiento de escena le faltó aire, naturalidad, y estuvo carente de intención. Las piezas bailadas o las exhibiciones deportivas mostradas resultaron artificiales y nada creíbles. Cabalmente, se tradujo en una sucesión de secuencias y actuaciones, que, una tras otra e individualmente, tuvieron su mérito; pero que no formaban una unidad o conjunto. Todo apuntaba al aburrimiento.

El segundo acto supuso una mejora apreciable en el tratamiento de la acción y el espacio escénico con una meritoria gestión del papel del coro. Las sombras reflejadas sobre las paredes del inmenso frontón y el movimiento bien conjuntado de los actores congelando la acción en medio de las partes cantadas para darle continuidad después, haciendo una narración paralela, resultó muy eficaz y acertado. Se respiró otro ritmo y el desarrollo de la obra empezó a cobrar entidad e interés, mermado puntualmente por algunos de los guiños a la actualidad anteriormente mencionados que, por su mal gusto y extemporaneidad, sacaban al espectador del interés por la obra.

El tercer acto fue una mera continuación del segundo con un breve pasaje que nos recordó lo desacertado del primero.

Lo mejor, sin duda, fueron los cantantes y la Orquesta Sinfónica de Bilbao. Destacar la preciosa voz de Ainhoa Arteta que dio vida al personaje de Ana Mari, la magnífica actuación de José Luis Sola en la representación del pelotari Jose Miguel y, aunque con muy poca parte cantada, la estupenda interpretación vocal de Loli Astoreka en el papel de Inosensia, sin desmerecer para nada el resto del reparto que encabezaba Javier Franco en el Tío Santi. También hay que mencionar el muy meritorio trabajo, elegante e impecablemente realizado, del cuerpo de baile que dio vida a las diferentes danzas, las parejas de bailarines de Aukeran. Me gustó mucho, también, el trabajo de iluminación y, fiel a la esencia de la zarzuela representada, todo el vestuario.

Una tarde –resumiendo- agradable y agradecida por un público entregado de antemano a una zarzuela con todo el sabor de las más vetustas raíces vizcaínas. Un marco incomparable, el del precioso Teatro Arriaga, para acoger esta obra a la que por muchos años, pienso y espero, no le van a faltar seguidores entusiastas.

González Alonso