El vino. Cuando el dios Baco pasea por La Mancha de la mano del Quijote

Sancho Panza y su mujer Teresa ante una barrica de vino.

Si don Quijote salió a las del alba Campos de Montiel adelante en busca de gigantes y follones a los que enfrentar sus armas y se topó con molinos harineros de viento, ovejas y cuerdas de forzados, ¿cómo no tropezarse con el vino, que hace junto al queso una de las glorias mayores de la extensa Mancha y de la gastronomía española de entonces y de ahora?

Sería grave error, ya que no pecado -y no venial ni disculpable-, hacer alusión a la gastronomía sin hacer parada en los caldos manchegos que alegran y dan chispa a las mejores mesas. Y no es baladí la mención, cuando podemos comprobar cómo a lo largo del Quijote el vino aparece en unas 74 ocasiones, casi a partes iguales entre las dos entregas que componen la obra de Cervantes en las tres salidas de Alonso Quijano el Bueno del lugar no declarado por no recordado o no querido recordar, que así sería cosa de que por siglos los distintos pueblos manchegos se disputaran el origen del que dio en llamarse Don Quijote, nombre que tomará de su propio apellido, Quijano, convertido en Quixote, lo que venía a ser una pieza de la armadura que protegía el muslo de los caballeros, andantes o no.

Las situaciones en las que podemos encontrar a lo largo de la novela el descubrimiento de Baco, son muy diversas: entre los pastores, en bodas como las de Camacho, en bálsamos como el de Fierabrás (I.-cap. XVII) en el que el vino sirve de uso medicinal, pues después de ser apaleado y malherido Don Quijote por aquel moro encantado, él mismo cura milagrosamente sus heridas mezclando vino con un poco de aceite, sal y romero. Cervantes conocía, tal vez por su experiencia militar, que las infecciones en las heridas abiertas procedían del exterior, por lo que era preciso lavarlas con vino (cap. XXXIV) para evitar que se emponzoñaran.

La afición y devoción de Sancho por el vino quedan sobradamente documentadas a lo largo de la obra cervantina; ya en la primera aventura de los molinos de viento sabemos que Sancho caminaba muy despacio sobre su jumento, y de cuando en cuando empinaba la bota con tanto gusto que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga. Más adelante, en el encuentro con los cabreros, Sancho callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo el segundo zaque que, porque se enfriase el vino, le tenía colgado de un alcornoque.

Una ocasión memorable en la cual se pone de manifiesto el conocimiento que sobre los diferentes vinos demuestra poseer Sancho es la que le proporciona el encuentro con otro escudero llamado el del Bosque (II, cap.XIII), quien declara traer fiambreras y esta bota colgada del arzón de la silla, por sí o por no, y es tan devota mía y quiérola tanto, que pocos ratos se pasan sin que la dé mil besos y abrazos. Sancho Panza, que escucha estas razones con natural interés, así como el del Bosque le pasó la bota  se la puso en las manos y empinándola, puesta en la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y en acabando de beber dejó caer la cabeza a un lado, y dando un gran suspiro dijo: -¡Oh hideputa, bellaco, y cómo es católico! averiguando, a continuación, tal y como le explicó al del Bosque, que el vino era de Ciudad Real. Presumía Sancho, sin complejos, de tener tan gran instinto en esto de conocer vinos, que, en dándome a oler cualquiera, acierto patria, el linaje, el sabor y las vueltas que ha de dar…

No es de extrañar por cuanto antecede que Don Quijote, entre los muchos consejos que le dio a Sancho Panza con ocasión de ser nombrado gobernador de la ínsula Barataria, incluyera algunos referidos al vino y el uso recto que del mismo conviene hacer, cuando recomendándole un consumo moderado del mismo, le dice: sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado, ni guarda secreto ni cumple palabra. Sigue leyendo →

Futuros difuntos.(Eusebio Calonge) Compañía La Zaranda.

Futuros difuntos.-La Zaranda

He podido leer numerosos comentarios y críticas sobre esta magnífica pieza teatral; todas han tocado aspectos reseñables de manera inteligente, pero todas han pasado por alto lo más obvio y a la vez sustancial, lo medular de la obra, que es, a mi entender, cómo este trabajo nos mete de bruces en el espinoso asunto de la organización de las relaciones humanas en las sociedades  y en todo aquello que  hace posible y tolerable la convivencia: cómo se articula el poder y quién manda. Ese es el tema y el drama.

Hablar de poder y de mandar puede puerilmente remitirnos a ideas sobre la naturaleza del autoritarismo, de las dictaduras o las autocracias. Nada de eso. Cualquier sociedad moderna, democrática, liberal, progresista, capitalista o comunista, está asentada en una organización del poder y la delegación -de grado o por fuerza- de la autoridad en algunos individuos, ciudadanos y partidos políticos que organizarán la convivencia, mandando. Hasta la más utópica sociedad libertaria no podría serlo sin este requisito para que verdaderamente sea la Anarquía la máxima expresión del orden, como expresó Eliseo Reclús. Incluso para el orden, reclamará Proudhon la máxima dignidad e importancia al afirmar que  la libertad no es la hija, sino la madre del orden. Conviene, al efecto, no juzgar de forma maniquea estos conceptos de orden, libertad, mandar y poder.

El texto de Eusebio Calonge nos remite a un país en el que hasta ese momento la convivencia estaba organizada por un dictador que ejercía una autoridad sin escrúpulos y en el  vacío de poder que sobreviene tras su muerte. El mundo de los locos y el manicomio como institución serán los materiales con los que construir este discurso áspero sobre el poder. Tal vez por la plasticidad que brindan, el dramatismo consecuente a la duda que sobre lo verdadero y lo falso representa la conciencia del loco; también porque tememos la palabra del loco, de quien se asegura que dice la verdad desnuda de lo que ve, liberado de las trabas racionales y el temor a las consecuencias por lo que dice, de las que no pueden escapar los cuerdos, o porque -sea como sea- vivimos al dictado de las opiniones que se nos imponen desde los medios del poder constituido: gobiernos, partidos políticos, organizaciones no gubernamentales, radio, televisión, prensa, la red o internet, etc. Parece que pensamos y opinamos, pero no deja de ser algo ilusorio, de tal modo que podemos reconocernos sin demasiados ascos en un verdadero mundo de locos en el que vamos haciendo lo que se nos va dictando.

Ocurre, no obstante, que si en una sociedad, un país, el gobierno del mismo duda de que manda, entre los mandados se extenderá inexorablemente la incertidumbre  de que realmente mande, y se abrirá una brecha en la confianza, creciendo la duda sobre las opiniones de quienes mandan y su validez o necesidad de aceptarlas.

Tengamos en cuenta  que mandar es, sobre todo, sustentar una opinión y cargar o poner en manos de alguien algo que hacer (1) Se trata, siguiendo a Ortega y Gasset, de disponer de un sistema de opiniones, ideas, preferencias, opiniones y propósitos, desde los que mandar.

En la obra Futuros Difuntos se produce la desaparición del director de la institución. En el manicomio no hay nadie que mande (2) y ocurre lo que también Ortega y Gasset describe que ocurriría en cualquier escuela de la que desaparece el maestro; los alumnos, viéndose y sintiéndose libres de nadie que les mande, se expresarán a su gusto, dejarán sus trabajos, se entregarán -en fin- a la cabriola, que es -justamente- lo que les ocurre en un primer momento a los locos de la obra de E. Calonge. Pero pasado un tiempo, sin nada que hacer, surgirá el aburrimiento, el vacío, el desconcierto, y ya nada funcionará. Los locos desempolvarán sus antiguos trajes, rememorarán sus historias más antiguas, se preguntarán quién les va a dar de comer, quién les va a dirigir, incluso acariciarán la idea de ser dueños de su propio destino, y cuando se entregan a ello, volverán a repetir los mismos errores, erigirán tiranos, harán revoluciones, pasarán por la guillotina a otros autócratas, intentarán democracias y ensayarán guerras que finalmente les conducirán a la autodestrucción y la muerte en la lucha por el poder.

El pesimismo de esta obra no es más que un grito desgarrador llamando a la conciencia colectiva a estar alerta sobre lo que significa el poder, la libertad y la organización en libertad de ese poder. Resulta clara y dramáticamente reconocible la historia de España en todo el discurso teatral, con un manejo de la ironía que roza el sarcasmo en ocasiones, con una interpretación desgarradora, esperpéntica al más puro estilo de Valle Inclán, en ocasiones instalada en el teatro del absurdo o sin salir de sus espacios, según se mire. Pero si la realidad española ha servido y hecho los mimbres de la creación literaria, su mensaje no deja de ser universal -de ahí la grandeza de este texto- y cualquier pueblo, nación o país, puede reconocerse en él y aprender de él.

Cómo no mencionar, sería imperdonable, el trabajo de los tres actores que recrean este mundo de locos visto con tanta lucidez desde la obra teatral de Eusebio Calonge. Estos actores,  Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Enrique Bustos, son merecedores de todo el reconocimiento y los aplausos a los que renunciaron en la representación del Teatro Barakaldo (Vizcaya) el pasado día 9, dejándonos ir, abandonar la sala, con unas lúgubres campanadas de fondo. Genial. Creo que hay trabajos a los que engrandece la interpretación. Este es el caso de la puesta en escena por el grupo teatral La Zaranda (Cádiz). En una entrega total, sin dejar decaer ni un instante el ritmo, atrapan al espectador, lo zarandean y sacuden y lo ponen frente a cada situación y cada encrucijada, ayudándonos a encontrar la clave y la solución a la desolación de la muerte y la destrucción, que es ayudarnos a encontrar una opinión propia sobre la que sustentar nuestra cabeza y el funcionamiento de la maquinaria de nuestra sociedad. O de lo contrario, sí seremos los futuros difuntos.

González Alonso

(1) Mandar es dar quehacer a las gentes, meterlas en su destino, en su quicio: impedir su extravagancia, la cual suele ser vagancia, vida vacía, desolación
(2) El que manda es, sin remisión, cargante [  ] Tal vez cansados de tanto cargarles y que les encarguen, pueden las gentes sentir como una fiesta la ausencia de que manda. Pero la fiesta dura poco y pronto las mismas gentes sentirán su vida en pura disponibilidad, de tal modo que -como ocurre desde hace mucho tiempo con la juventud- de puro sentirse libres, exentos de trabas, se sienten vacíos, porque vivir es tener que hacer algo determinado, es cumplir un encargo, y en la medida en que eludamos poner a algo nuestra existencia, evacuamos nuestra vida.
(Ortega y Gasset: La rebelión de las masas)

Luis Pastrana, Cronista Oficial de León, y el Día del Libro.

El Día del Libro nos acerca, a través de las páginas escritas, a sus hacedores, esas personas abnegadas en el trabajo de las palabras que llamamos escritores.

Los escritores son, se me antoja, hermosos troncos que sujetan y multiplican en las hojas de sus ramas el oxígeno que enriquece el aire que respiramos. Son vida.

Los árboles nos dan vida, también, con su sombra. Cuando desaparecen los árboles, desaparece la sombra, y un hueco con luz extraña se abre en torno de lo que fue el espacio que ocuparon sus troncos y la frondosidad de sus ramas; desaparece el rumor del aire y nos sobrecoge una indescriptible sensación de orfandad. En invierno nos traen sombras grises de agua y frío desprendidas de las ramas sin hojas. En verano, la rotundidad de un sol vencido en las copas verdes. En la primavera, sombra fresca de tallos nuevos y lluvias. Otoño es sombra larga envuelta en colores que se van haciendo lentamente para volar al suelo.

Sin luz no hay sombra; sin árboles no hay sombra buena, que es, incluso, la sombra de otra sombra mayor que es la noche.

De sombras buenas viven las personas buenas; que luego están las malas sombras, sombras hechas con los mordiscos que da la vida…

Luís Pastrana, a través de lo que fue su vida y de lo que es su obra, continúa siéndonos necesario y dador de vida, de buena sombra, cuando con la discreción e intuición que le caracterizaban,  apuntaba la denuncia, a veces la protesta, a través de los datos ofrecidos en sus trabajos, que acaban siendo retrato y reivindicación de nuestra condición de leoneses, porque «antes hubo mucho de olvido y todo de abandono» (dice de forma directa y poética  al hablar de Peñalba, Montes y Compludo-1987) y así, pienso, ahora como entonces, que «el camino es una senda para la aventura y las galochas«.

En gran medida ese olvido y abandono convierten  el tránsito por nuestra realidad en una aventura no exenta de riesgos, siendo el mayor y más grave aquel que desdibuja nuestra memoria de tanto mirar sin ver y oír sin escuchar. Y es que Luís Pastrana se dedicó en gran parte a la tarea de ver y escuchar para alimentar la memoria que nos hace fértiles como ciudadanos de un país que proclamaba a sus reyes al grito de ¡León, León, León y todo su Reíno...!(Políticas Ceremonias, pag.183) desde los balcones del Ayuntamiento y ante el pueblo.

El Día del Libro nos abre las páginas de la vida en cada obra de cada escritor. Y en León  tenemos, si no muchos, sí buenos escritores; y  algunos, muy buenos. Y con todos ellos tenemos contraída una deuda de gratitud con los que -y especialmente con Luís Pastrana- difícilmente podremos saldar, aunque podemos intentar devolverles un poco de cuanto nos dan, simplemente leyéndolos, acogiéndonos a su siempre generosa oferta.

Necesitamos los libros. Necesitamos a los escritores. Buscamos la protección de la sombra y encontramos la generosidad de los árboles, de las personas que nos tienden los brazos y nos acogen y dan un descanso a nuestro camino. Luís Pastrana, Cronista Oficial de León, fue una de estas personas. Lo sigue siendo. Es la buena sombra.

Julio González Alonso

Al año siguiente de la muerte de mi amigo Luís Pastrana quise recordarlo en el día especial del 23 de abril, Día del Libro, y escribí este pequeño texto que se publicó en la edición en papel del Diario de León. Hoy lo traigo aquí, a este rincón abierto de lucernarios por donde dejar entrar la luz de la poesía y la palabra, como renovado homenaje al amigo con quien tanto pude compartir, sobre todo su confianza,  amistad desinteresada y alegría. Para siempre quedaron grabados en la memoria hermosos días de León en los que me descubría sus secretos e historias con la pasión de quien ama las cosas; atrás quedan las horas de charla y siempre las gracias por el detalle de tener, sin olvido,   preparado en cada ocasión  el último de sus libros publicados para ofrecérmelo como regalo; libros que leía con fervor y de los que sacaba provecho utilizándolos en mis recorridos por tierras leonesas de la provincia o recorriendo sus páginas amenas de relatos, descripciones y anécdotas. Libros que siempre tengo presente y a los que acudo a menudo. Vaya un estrecho abrazo, amigo Luis, allá donde te encuentres, con el afecto que nada ni nadie, sabes, puede arrebatarme.

Salud

El sueño de una noche de verano.- William Shakespeare. Ur Teatroa.

El sueño de una noche de verano.- William Shakespeare. UR TEATROA.- Teatro Barakaldo (Vizcaya)

Ur Teatroa.-El sueño de una noche de verano.- W.Shakespeare.

Reconforta el encuentro con un texto clásico de William Shakespeare en la recreación excepcionalmente imbricada en la realidad social de este siglo XXI, llevada a cabo por la salmantina  Helena Pimienta y puesta en escena con generosidad, frescura, desenfado, profesionalidad, inspiración e innegable acierto –entre otras consideraciones- por la compañía vasca Ur Teatroa. Hay que aplaudir la iniciativa de reestrenar esta pieza teatral 18 años después de su primera representación. Aplaudir y agradecer la oportunidad ofrecida de bucear en el mundo mágico de W.Shakespeare con este Sueño de una noche de verano a quienes nos perdimos la primera ocasión, porque –además de revivir una pieza única- se demuestra la bondad de la adaptación del texto de Helena Pimienta  poniendo de manifiesto la actualidad con que se siguen todas y cada una de sus aportaciones en la lectura contemporánea que del mismo ha llevado a efecto. Lectura que, en clave de cultura española, tendrá vigencia para muchos  años más, no sé si para más de los cuatrocientos que lleva escrito el texto de Shakespeare, pero sí los suficientes para ser reconocida, con todo merecimiento, como  una pieza clásica de nuestro teatro.

¿Y en qué aspectos de esta obra incidió Helena Pimienta  para esta ocasión? En primer lugar, en el lenguaje. Los recitados en verso  de la obra de Shakespeare están trabajados en la escena con una endiablada rapidez,  lo que imprime a la acción un ritmo intenso, pero siempre son perfectamente comprensibles. Nunca el espectador pierde el hilo del argumento enredado en el lenguaje de los recitados. En segundo lugar, en esa combinación del texto clásico con diálogos humorísticos y costumbristas de corte actual, poniendo en escena unos personajes que formarán el cuadro de actores que en la comedia ensayan una obra de teatro para representar en las bodas del Gran Duque e Hipólita, en Atenas. Estos personajes toman la forma de los distintos tipos de personas que con sus diferentes lenguas y modos de expresión culturales representan la diversidad española. Es algo que nos hace muy próxima la problemática de la comedia, ya que todo transcurre en el mundo de los sueños y la magia,  donde ensayan y ponen en escena su obra y así, con este escudo protector, se tocan los tópicos de los encuentros y desencuentros de catalanes, vascos, gallegos, andaluces, o los inmigrantes, reflejados estos en el personaje del polaco. Hay como una visión de España, desenfadada en el planteamiento y desmitificadora de los problemas que nos atribulan, que nos hace, a modo de espejo, visibles a nosotros mismos, reconocibles en nuestro particular modo de relacionarnos y compartir historia y cultura, a la vez que también de manera mágica nos reconcilia con nosotros mismos. Es como si hubiera una obra de teatro dentro de otra obra de teatro.

Pero si tenemos que explicar cuál es el tema de la comedia de W. Shakespeare y de la adaptación llevada a cabo por Helena Pimienta, digamos –sin ambages- que éste es el amor y la expresión de todas sus grandezas y servidumbres. ¿Y en qué estado puede vivirse el amor en su más natural y libre expresión? La respuesta es, en el sueño. En el sueño todo es posible, en oposición a la realidad, donde los convencionalismos y las limitaciones sociales, económicas y culturales, imponen unas formas determinadas de servirse del amor.

William Shakespeare sitúa la acción en la Atenas clásica, presentándonos a una joven que debe aceptar en matrimonio a un hombre al que no ama. La solución será la huida al bosque para reunirse con el hombre de quien verdaderamente está enamorada. Este viaje al bosque desde la ciudad, representa el viaje del mundo real al mundo de la Naturaleza, un mundo gobernado por los instintos y donde caben muchas otras realidades. El mundo del bosque es el mundo de los sueños, donde hacen y deshacen  faunos y hadas inmiscuyéndose en las cosas de los humanos y propiciando situaciones y vivencias inimaginables. Este viaje nos habla de nuestra realidad, descubriéndola más profunda y compleja de lo que imaginamos. Cuando se acaba el sueño e iniciamos el camino de regreso, nos frotamos los ojos recordando –todavía con la emoción latiendo en el pecho- lo que nos hemos atrevido a vivir y esperando, en cierto modo, encontrar parte de ello en la realidad del mundo consciente o, al menos, volver a sumergirnos en un nuevo sueño.

Es lo que produce la visión de esta comedia desarrollada –como he apuntado- con varias tramas argumentales en diferentes estilos y tipos de lenguaje interpretativos que van del estilo realista al poético, pasando por el circense, la danza o la farsa. Los actores y actrices de Ur Teatroa ( seis en total para dar vida a dieciocho personajes) nos llevan y nos traen del mundo real, de la vigilia, al mundo mágico y el sueño, llenándonos el alma de sensaciones agradables, sumergiéndonos en la confusión de los sentidos, los anhelos, los deseos prohíbidos, para posarnos luego, suavemente, de nuevo en la realidad, con la duda de si todo lo vivido fue realmente soñado o si lo soñado fue realmente vivido.

González Alonso

La amarga victoria de Albert Camus a los 50 años de su muerte

Albert Camus

Cumplidos los 50 años del nefasto accidente de automóvil en el que perdió la vida el autor de La peste, El extranjero o la obra teatral Los justos – comentada en esta bitácora LUCERNARIOS– la figura del Premio Nobel (1957) se alza con la crudeza y la claridad de una verdad que nos desnuda de los trágicos errores de la izquierda intelectual heredera de J. Paul Sartre; errores tales como el del papel ignominioso que se asignaba a la violencia revolucionaria. Ya en la precitada obra drámatica Los justos se cuestionaba esta actitud enfrentándonos al dilema moral que significaba el asesinato en la actividad subversiva sustentada en el convencimiento de que el fin justifica los medios, o que ante la violencia institucional y la injusticia social ejercidas por los gobiernos, la respuesta debía ser igualmente violenta para restablecer la justicia social y empujar a las clases trabajadoras a la acción para su emancipación. La postura de rechazo de A. Camus será contundentemente más explícita desde las páginas de El primer hombre. Pero la reacción de J.Paul Sartre y sus seguidores ante esta toma de postura, parapetados en los adarves de la formación intelectual y universitaria de la que A. Camus carecía y que obscenamente  le era echado en cara,  fue de un desprecio absoluto por la persona del escritor y la condena de su obra.

Empero, lo que supo ver A.Camus y tuvo el coraje intelectual de mantenerlo, venía servido –como subraya Jose Mª Ridao en su artículo de El País (La verdad transparente de Camus.- 2/01/10)- por Albert Camus con su mujer e hijosuna actitud ante la vida diametralmente opuesta a la de sus detractores.  A. Camus, escogiendo la vía de la naturalidad y la experiencia íntima en la concepción de la totalidad del mundo, fue construyendo sobre el mismo,  laboriosa y dolorosamente,  sus posiciones políticas y morales.  De ahí –como hemos subrayado en el comentario sobre la obra Calígula, de A. Camus- que la poesía y la belleza se instalen en sus escritos como vehículo de expresión y conocimiento por encima de las elucubraciones de los discursos obscuros y las argumentaciones de una racionalidad alambicada y confusa. La verdad es bella y terrible,  parece gritarnos Camus,  y exige mucho coraje, el mismo que no escatimó para ser de los pocos escritores que se atrevieron a denunciar los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki o alzando la voz para proclamar que la II Guerra Mundial no la ganaron unos países y la perdieron otros, sino que fue un inmenso drama en el que se impuso la victoria de los hombres y mujeres de todos los países –incluídos Alemania e Italia- que defendieron la libertad frente al totalitarismo.

Esta postura, mal entendida y peor interpretada, que se resumía en rechazar la idea de que el nazismo se identificara con Alemania, considerando a este país como la primera víctima del mismo, la mantuvo con firmeza reclamando, como escritor, su independencia frente al poder y reclamando igualmente dicha actitud a todos los escritores, a quienes pide que sostengan con orgullo, incluso con soberbia, las consecuencias de ejercerla.

Han transcurrido 50 años de la desaparición de A.Camus. Los errores de la izquierda han pasado una factura demoledora para las aspiraciones de la emancipación de la clase obrera, diluida, Noticia de la muerte de Albert Camus en 1960 fagocitada,  por el desarrollo del capitalismo con la incorporación de gran parte de las demandas sociales de los programas políticos de la izquierda, como educación, sanidad o sistemas de pensiones. Pero si Camus pudiera enjuiciar desde su particular independencia intelectual y moral la nueva situación, su intuición,  la naturalidad de su conocimiento,  le llevaría previsiblemente a plantear el dilema moral suscitado con la explotación de los recursos naturales y humanos del planeta en un mundo más globalizado que nunca, y el recurso a los mismos argumentos de la violencia y la guerra, la corrupción y la ambición, para ejercer y llevar a cabo dicha explotación por parte de los poderosos,  apelando a la libertad y el orden democrático e, incluso, al nombre de Dios en la lucha contra el mal. Es decir que, al igual que para la izquierda intelectual europea estaba justificada la violencia revolucionaria, para el capitalismo triunfante está justificada la violencia bélica asentada esta idea  en el principio de que  el fin justifica los medios.

Le tocaría de nuevo a A.Camus alzar la voz para exigir la independencia de los escritores y periodistas frente al poder. Y volvería a ser anatemizado, me temo, por los defensores de los valores occidentales y la economía de mercado. Porque se puede apreciar que continuamos, 50 años después, sin resolver los problemas en los que fracasó la izquierda, y que el capitalismo –sin alternativas reales-  los ha extendido al mundo entero como un reguero de pólvora al que se le ha prendido la mecha. Y es que parece estar más claro cada día que el capitalismo no es la solución al capitalismo y que, parafraseando a Camus, podríamos aseverar que no hay que identificar, por ejemplo, fundamentalismo con países árabes, señalando arteramente el fundamentalismo malo contra al que será lícito combatir a la vez que se niega y pone a salvo el fundamentalismo propio, el bueno, desde el que iniciar las agresiones contra pueblos enteros. Porque el fundamentalismo es idéntico –como lo eran el fascismo y el nazismo- en cualquier país bajo cualquier cultura y bandera.  Así que si hay alguna solución no será la de la confrontación de culturas, sino el compromiso –una vez más- de hombres y mujeres de todo el mundo con la libertad y un orden de justicia que excluyan definitivamente la miseria y restituyan la dignidad humana a cada persona en cada rincón del planeta. Tal vez sea mucho pedir. Tal vez volvamos a la utopía. Pero, como se escribió en los muros de París en los sucesos de aquella revolución pequeñoburguesa protagonizada por los estudiantes del mayo del 68, lo más real será reivindicar lo imposible.

Julio G. Alonso

El caballero de Olmedo (Lope de Vega).-Teatro Corsario de Castilla y León.

El Caballero de Olmedo (Lope de Vega) es, en la puesta en escena de la compañía Teatro Corsario de Castilla y León, como un exquisito licor en copa de cristal fino y bien tallado, un trago largo de vida y felicidad. Dicho lo cual, y destacando la admirable interpretación de todo su cuadro escénico, me gustaría dejar también una breve reseña en forma de aplauso para el director, diseñador de vestuario y escenógrafo Fernando Urdiales, por la gestión del espacio escénico con criterios de modernidad sin dejar de hacer creíble y visualizar los espacios históricos en los que se desenvuelve esta tragedia. No quiero olvidar tampoco mencionar las atmósferas creadas por el iluminador Javier Martín del Río,  la concisión y efectismo logrados en el desenvolvimiento de las coreografías de Javier Juárez y la no menos y valiosa aportación musical en la composición y ejecución a la guitarra de Juan Carlos Martín. Y de los que no digo más por mor de no ser muy extenso, sepan de la reconocida labor que, como espectador, les agradezco.

La obra teatral, rescatada por Federico García Lorca en los años 30 del pasado siglo para la compañía La Barraca, se nos presenta con una vigencia asombrosa en la primera recién cumplida década del siglo XXI. El lenguaje nos llega con una claridad meridiana envuelto en los posos de un español del siglo XVII que se estaba haciendo a sí mismo y, aun siendo en verso, cautiva por la belleza de la riqueza expresiva de Lope de Vega; se trata de un lenguaje lleno de sutiles matices de ironía y logros líricos de extremada sensibilidad. A  conseguir llevar a buen puerto todo ello y apreciarlo en su totalidad, contribuye de manera decisiva el formidable elenco de actores de la compañía Teatro Corsario.

El Caballero de Olmedo se sustenta en un hecho real puesto en romance acaecido entre Medina y Olmedo en el que, por razones de celos, un caballero de la ciudad de Medina, auxiliado por un amigo, decide dar muerte a Alonso en el camino de vuelta a Olmedo después de celebrar las fiestas y salir triunfante ante los toros en presencia del rey. Inés, su enamorada, recibe la noticia de su final cuando el mismo rey estaba a punto de concertar el matrimonio de la misma Inés con el asesino de su amado. La precipitada  llegada de Tello, el criado de Alonso, narrando lo sucedido y pidiendo justicia, pone fin al drama.

Federico García Lorca empleará el mismo recurso a la hora de escribir Bodas de sangre, después de recoger el argumento de una noticia de periódico.

Me he referido en dos ocasiones al Caballero de Olmedo calificándolo de tragedia, cuando el mismo Lope de Vega lo definió como tragicomedia; pero, en mi opinión, los elementos trágicos dominan claramente sobre los cómicos que se dan en algunas situaciones de la intervención del criado Tello o la alcahueta Fabia. En este sentido se percibe un claro paralelismo con la tragicomedia de Calixto y Melibea en la Celestina, y es posible que Lope de Vega la intitulara del mismo modo por esta misma razón. El hecho de conocer de antemano el final trágico del protagonista al recitarse al comienzo de la obra la parte del romance que da cuenta del desenlace,  nos sitúa claramente en el marco de la tragedia al estilo clásico.

Como acertadamente se explica en el programa de mano de la función para esta puesta en escena  son, básicamente, tres los ingredientes que configuran la obra: Amor, Muerte y Destino.

El Destino lo va a encarnar el personaje de Fabia, la alcahueta, que pronosticará y anticipará la muerte de Alonso. La Muerte está siempre presente creando una atmósfera en forma de presagio, amenaza, premonición, miedo, en el riesgo de los desafíos, en las luchas con navaja, en la sangre de los toros y, finalmente, en la propia sangre derramada del héroe abatido por los disparos de sus enemigos. El Amor se desenvuelve y expresa con la vehemencia del enamoramiento y la pasión, en pasajes y escenas de un delicado lenguaje en boca de los enamorados Inés y Alonso que nos evoca la talla indiscutible de un William Shakespeare en las mejores e inspiradas escenas de Romeo y Julieta.

Puede decirse mucho más y mejor que lo que hasta aquí dejo dicho sobre el teatro de Lope de Vega y el espectáculo admirable de la compañía Corsario de Castilla y León en la jornada del teatro Barakaldo de Vizcaya; guardo silencio, no obstante, para dejar oir el cariñoso aplauso de un teatro felizmente lleno de gente entregada a la calidad de un texto inmortal y al arte y la profesionalidad de este cuadro escénico al que, a los que no habéis tenido ocasión de ver, os animo a hacerlo en cualquiera de las ocasiones que se os ofrezcan.

González Alonso

Ariadna.- Carlos Iniesta

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Ariadna.-Teatro Atalaya

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Teatro Barakaldo (Vizcaya): Ariadna (Carlos Iniesta).- Grupo Teatral Atalaya.

Merece la pena, por lo justificado, empezar subrayando los notables aciertos de la obra teatral Ariadna, el texto del escritor Carlos Iniesta fallecido en enero de 2008 cuando  estaba trabajando en los ensayos del montaje con la compañía teatral andaluza Atalaya. Y el primero puede ser, sin duda, el que se pueda presumir de la presencia literaria del tema de Ariadna por primera vez en el mundo y, además, en español y en España. El tema nunca fue tratado en las tragedias griegas ni fue objeto de la dramaturgia posterior hasta nuestros días. De hecho, el mito de Ariadna se pierde y multiplica en versiones diferentes, sobre todo en lo que se refiere a su final.

Volviendo a los aciertos del grupo escénico Atalaya en su magnífica puesta en escena, destacaremos sucintamente:

a.- La impecable dicción y trabajo vocal, tanto en los discursos de los actores y actrices, como en las intervenciones de los coros, recurso al estilo del teatro griego, con nada menos que el empleo de seis coros diferentes: el de Afrodita, el coro de las jóvenes vestales que van a ser sacrificadas, el de las mujeres cretenses, el espectacular coro de bacantes, el del laberinto o del Minotauro y un coro universal, ajeno al tiempo.

b.- El estilo interpretativo en forma declamatoria, de una rareza exquisita de matices.

c.- La gestualidad de los personajes y los coros, con unos movimientos evocadores del teatro de danza oriental, de gran belleza y plasticidad y muy eficaces para transmitir las emociones.

c.- La música sobre la que se superponen -a veces interpretando las canciones- las voces de los actores, recogiendo temas populares balcánicos.

d.- La gestión del espacio escénico, un acierto escenográfico de Juan Ruesga, en el que  el mar y el aire son los elementos que sustentan el desarrollo de la tragedia. A tal efecto se dispusieron cuatro grandes mástiles que sujetaban una  vela de barco sobre la que se desenvolvía la acción a diferentes niveles, subiendo y bajando la vela en cada escena.

Si a todo ello añadimos el ritmo imprimido a esta historia tan bien contada como interpretada, en ocasiones endiablado y siempre palpitante, enlazando sin pausas las escenas mediante las ánforas que se van depositando a un lado del escenario, podemos hacernos idea cabal del alto valor plástico y dramático alcanzados.

Otro detalle es la introducción de dos ariadnas; una Ariadna joven en Cnosos y otra adulta en la isla de Naxos, donde Teseo la abandona ante la presión del dios Dionisios.

Yendo a la propuesta dramática de Carlos Iniesta, digamos que tras narrarnos a través del coro la guerra de los cretenses contra Atenas y la imposición a ésta del tributo anual de siete muchachos y  otras tantas jóvenes vírgenes, nos introduce en el primer laberinto de Cnosos, el del Minotauro, de la mano de la heroína Ariadna y de Teseo.

Pero la tragedia de Ariadna está compuesta de otros laberintos; si  primero fue el de la lucha contra el poder terrenal que representaba su padre, el rey Minos, luego será el del amor del héroe ateniense Teseo y más tarde del dios Dionisios, el cual le ofrecerá la inmortalidad a cambio de desposarse con él. Pero el último laberinto será el de su rebeldía contra la sumisión, ya sea del padre, del amor o de la eternidad. Sus ansias de ser libre la llevan a elegir el suicidio en la isla de Naxos, momento en el que con sus últimas palabras comprende la razón de la muerte del toro y el significado de su laberinto, esa misma cárcel de la que huirá al encuentro con su hermano, el Minotauro.

El carácter de tragedia clásica de la que autor e intérpretes han investido el mito de Ariadna, hacen de esta pieza algo realmente precioso y único. La voluptuosidad de las danzas, la crudeza del gesto, la ternura y el ansia de libertad en esa relación entre dioses y humanos, le confieren un halo mágico cautivador. Me gustaría destacar, de entre todo lo bueno, la espectacular interpretación, en el difícil papel de Dionisios, del actor Jerónimo Arenal. Hay que decir y tener en cuenta que la Compañía Atalaya, con rigor y una profesionalidad artística encomiables, puede presumir de grandes aciertos y éxitos, algunos de los cuales tuve ocasión de presenciar y disfrutar también, tales como la obra El público, de Federico García Lorca, en 2005; Medea, la extranjera, de Eurípides, en 2007 o  la Ópera de tres centavos, de Bertolt Brecht, también en 2007.

Con emoción y sincero reconocimiento para con el trabajo de Carlos Iniesta y el del grupo escénico andaluz Atalaya (Premio Nacional de Teatro 2008), dejo estas palabras al viento, los vericuetos, caminos y derroteros de la red o internet. Por si alguien las recoge y le sirven. Por si alguien más se anima a amar el teatro.

González Alonso

La muerte y la doncella.- Ariel Dorfman

La muerte y la doncella.-Ariel Dorfman

En La muerte y la doncella encontramos todo un país metido en una casa. Un país que está iniciando una transición política hacia la democracia tras largos años de dictadura y terror. En el mismo país, la casa, tienen que convivir los asesinos y torturadores con las víctimas de la violencia política, los que la sufrieron directamente y en sus carnes en las cárceles y centros policiales, y los que la padecieron en sus vidas cotidianas, escondidos, excluídos de sus trabajos, amenazados, acallados por el miedo.

En este escenario, Ariel Dorfman nos presenta sobre las tablas a una mujer torturada y violada repetidamente por razones políticas; a su marido, hombre comprometido con la democracia y salido de la clandestinidad para presidir una comisión gubernamental encargada de la investigación de los crímenes de la dictadura y a un hombre del régimen, un torturador que, como médico, participó activamente en la represión política de su país. El conflicto surge cuando la víctima reconoce a su verdugo y decide tomarse la justicia por su mano sometiendo al torturador a un secuestro y obligándole a confesar sus crímenes bajo amenaza de muerte.

El futuro de la transición política está en juego y el marido, en su papel de demócrata, intentará mediar para resolver la situación que raya, en ocasiones, en la locura. Las opciones parecen ser la venganza o la búsqueda de la justicia. Pero la nueva situación no garantiza que el ejercicio de la justicia alcance a los responsables de la dictadura, apelando al olvido y al perdón como premisas para afrontar el futuro. La exigencia de borrón y cuenta nueva dejará a las víctimas sin la reparación de su dignidad y a los culpables, sin castigo.

Estas tres historias sobre el escenario  resumen el drama de pueblos que han pasado por experiencias similares: Chile, país que sirvió de base e inspiración de la pieza teatral, Argentina o España. Y seguramente seguirá siendo, lamentablemente, ejemplo y espejo de otros países aún inmersos en dictaduras a la hora de afrontar sus respectivas transiciones democráticas.

Cabe todo tipo de amargas reflexiones; pero lo que la razón grita es que el olvido y el silencio de la memoria no resuelven el drama sufrido, del mismo modo que pondría en el mismo plano y haría iguales a las víctimas y a los torturadores y asesinos, escogiendo el camino de la venganza, por muy justa que fuera. Por eso, desde el planteamiento de esta obra dramática, el final queda abierto al camino de la reivindicación de la memoria, de la confesión de los culpables y de la acción de la justicia que restituya a las víctimas su dignidad y su humanidad. Y es por esto precisamente que desde entre las voces de La muerte y la doncella se alza el imperativo de denunciar la postura de quienes intentan quitar justificación a la reivindicación de la memoria histórica apuntando hacia el miedo y, lo que es peor, a hacer culpables de la violencia sufrida a las mismas víctimas con argumentos como eso es remover heridas del pasado, o sugiriendo que se trata de un ejercicio de venganza y que todo ello nos llevará a nuevos enfrentamientos, que las víctimas o sus correligionarios también cometieron distintos crímenes y otras ideas similares orientadas a acallar las conciencias e imponer una vida sustentada en el silencio de los crímenes cometidos, ejerciendo para ello una libertad de expresión que esas mismas personas persiguieron sistemáticamente con la tortura y la cárcel.

Al hilo de esta historia, me parece muy oportuno recordar el poema Memoria que dejé anteriormente y que precede a esta crónica. La obra de teatro de Ariel Dorfman, publicada en 1991,  fue llevada al cine en 1994 con el mismo título  por el director Roman Polanski.

El reparto de la obra fue excelente, Emilio Gutiérrez Caba, Luisa Martín y José Sáiz, lo que excluye cualquier comentario sobre su impecable interpretación. Aunque en el terreno formal el montaje de La muerte y la doncella (cuarteto de Franz Schubert que acompañaba con sus notas las torturas y violaciones de la mujer) no aporta ninguna novedad relevante, inscrito en un realismo crudo en donde los efectos plásticos pasan a un lugar secundario para dar más importancia  al texto y la tensión dramática, hay que subrayar, no obstante, el acierto indiscutible de Eduard Costa en la puesta en escena y la dirección de la compañía Saga Producciones. Un Teatro Barakaldo felizmente lleno hasta la bandera en la tarde de un sábado de invierno que nos metió en el cuerpo  otro frío más grande, como es el del horror del hombre contra el hombre y la necesidad de un compromiso firme y sin fisuras a favor de la justicia y la libertad.

González Alonso

Navidad 09

 

Son fechas, de una u otra manera, especiales. Abrumados por la crisis, las malas noticias del mundo o los desastres personales, podemos sentirnos aún más abatidos  o, por el contrario, podemos esperar llegar a ver alguna luz de esperanza entre las miles con que nos alumbran las fiestas. Sin otros problemas en nuestras vidas más allá de los cotidianos, tal vez sintamos la tentación de celebrar estos días como un reconocimiento de persona agradecida, pero caben también otras posibles actitudes de rebeldía y denuncia del consumismo y las demás circunstancias que acompañan las fiestas.

No sé. Seguro que estáis imaginando muchas más situaciones y respuestas que yo para las navidades, buenas, malas o regulares. Pero, y vuelvo al inicio, siempre se nos acaban imponiendo con un toque especial que nos hace no sentirnos indiferentes.

Dicho lo anterior, quiero entrar en el espíritu navideño de este año deseándonos felicidad, que incluye en el lote la salud, amistad, amor o en su defecto cariño, ternura, éxito personal, generosidad, confianza en los demás, solidaridad, bienestar y cuanto bien queráis añadir a esta lista de la cesta navideña. Y lo hago con el ramo leonés, tradición precristiana de culto a la Naturaleza para pedirle a la Tierra sus frutos y su protección ante los rigores del invierno. Se viste el ramo en las casas y en los pueblos, se le cantan canciones -hoy día cristianizadas- y se recolectan regalos, generalmente relacionados con la comida, para hacer una buena fiesta de invierno, en el caso de  los jóvenes, o conseguir los juguetes en cada casa, en el caso de los guajes y las guajas.

Salud.

Ramo leonés de Navidad

Ramo leonés de Navidad.

Acerca de Harold Pinter (1930/2008)

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Obra de teatro : Regreso al hogar.- Teatro Español y Centre D’Arts Escemiques de Reus (Teatro Barakaldo, 29 de noviembre de 2009)

Artículo completo de Wikipedia.- Harold Pinter :

Harol Pinter fue un dramaturgo, guionista, poeta, actor, director y activista político inglés, ganador del Premio Nobel de Literatura en 2005. Su carrera como escritor se extendió por más de cincuenta años y fue uno de los más influyentes dramaturgos modernos británicos.

Sus obras más conocidas incluyen La fiesta de cumpleaños (1957), Retorno al hogar (1964) y Traición (1978), cada una de las cuales fue adaptada para cine y televisión. Sus adaptaciones de guiones de las obras de otros autores incluyen El sirviente (1963), El mensajero (1970), La mujer del teniente francés (1981), El juicio (1993) y La huella (2007). También dirigió y actuó en la radio, el teatro, la televisión, así como en producciones de cine propias y en las de otros.

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