El Cañueto.- El bandolero de La Omaña (León) – (1)

El Cañueto.- Foto: Diario de León

El último bandolero leonés conocido fue Benito Perales que allá por 1908 y con sólo 16 años consiguió el título de el rey de los Picos de Europa. Su amistad con pastores y el respeto ganado entre las gentes de los caseríos de la zona con los que compartía anís, chocolate y golosinas, no le evitaron un final trágico a manos de un grupo de cazadores que abandonaron su cadáver entre las paredes de la cárcava en la que le dieron muerte y donde todavía -aseguran- pueden verse sus restos.

Conmueven estas historias del romanticismo de los bandoleros que en los siglos XVIII y XIX cobraron gran protagonismo en gran parte de España. Gente tirada al monte, ágiles y astutos, que robaban para sobrevivir y para compartir, en muchas ocasiones, con los más pobres el fruto de sus fechorías.

Pero el caso es que estos días nos ha asaltado la noticia de la detención de El Cañueto, el llamado bandolero de la Omaña. Y a uno, de repente, se le para la respiración. Al bandolero leonés de Marrubio, allá en la Cabrera, se le vio perderse en el monte cuando apenas rondaba los 12 años de edad; luego volvería para ser pastor ejemplar y de confianza, hasta que la vida que todo lo enreda le empujara de nuevo a la soledad de las montañas, plantándole cara a los lobos y a los mordiscos del frío y las noches de los inviernos, con tres dedos menos en su mano izquierda que un explosivo traidor le arrancara siendo niño. Sigue leyendo →

Nadie lo quiere creer. La patria de los espectros (Eusebio Calonge).- La Zaranda

LA ZARANDA.-Nadie lo quiere creer. La patria de los espectros. (Eusebio Calonge)

Teatro Barakaldo (Vizcaya-Bizkaia) 5 de febrero de 2011

El grupo teatral andaluz La Zaranda, premio Nacional de Teatro 2010, tal y como sugiere desprenderse de su nombre, a modo de criba o cedazo agita sobre su superficie enmallada el grano para, separándolo de la paja, ofrecernos un trabajo excelente apoyado en un ritmo sostenido, sin concesión a los tiempos muertos, aunque suene a ironía, en esta obra poblada de espectros.

El argumento sobre el que escribió Eusebio Calonge esta impecable pieza teatral es sencillo: una señora en una vieja y decadente casa, que se reclama descendiente de ilustres ancestros que llegan a los reyes godos, vive acompañada por su criada y un sobrino lejano. La muerte próxima se hace omnipresente; los recuerdos y, con ellos, los sueños frustrados, la herencia, la ambición y la decadencia moral y física que se transcribe en las heridas llagadas que nunca curan y el dolor siempre presente de los miembros progresivamente amputados.

Sobre el argumento precitado, La Zaranda, con su estilo peculiar renunciando a recibir los aplausos del público que ellos parecen preferir dedicar a sus personajes, construyen un espectáculo que no deja de impresionarnos ni permanecer indiferentes. Para ello, como singularidad, utilizan el andaluz coloquial con naturalidad, frescura y grandes dosis de ironía en acertados y sugerentes juegos de palabras.

En palabras de los propios protagonistas de la obra teatral, su intención no es sólo emocionar, sino llegar al cerebro, a la conciencia. Hacer que el espectador reflexione y se mire al espejo (sic). Y, en mi opinión, lo consiguen de forma muy eficaz con una representación que transita tanto por los brumosos ambientes del esperpento más puro y valleinclanesco, como por la ambigüedad y las incógnitas existencialistas del teatro del absurdo de Ionesco a Samuel Beckett. Los elementos románticos en la recreación de la muerte se resuelven en clave de humor. No dejan de hacernos reflexionar y sentir, sin que tengamos que abandonar la sonrisa o la carcajada, a veces. Así, con inefable maestría nos trasladarán del mundo real a la historia de una España del sainete y el esperpento (sic) Los espectros que se desplazan por el escenario y encarnan los miedos y fracasos, la vida ya a la orilla de la muerte con la rememoración de un pasado más deseado por imaginado que real, sabiéndose definitivamente abandonados a la suerte de un final de su tiempo, insisten en varias ocasiones en la sensación de realismo de su precaria y desesperada existencia, elevándola a la categoría de arte. Se multiplican las referencias al final para el que se prepara la protagonista ensayando su propio entierro y escuchando los discursos escritos para la ocasión. Soñaba con morir y murió soñando o para los muertos no se hace ya nada que dure para toda la vida, forman parte de las frases que se retuercen sobre los pensamientos y los miedos ante la realidad inapelable de un final seguro al que acompañan todos los fantasmas del pasado.

No estoy seguro de que la representación trate sólo sobre el pesimismo o sólo sobre el realismo. Tal vez todo ello forme parte del mismo mensaje de la obra, porque cuando parece que después de la muerte todo cambiará para los vivos que organizarán sus vidas con los despojos de la herencia y que amanecerá un tiempo distinto, nos damos cuenta de que no es así; los vivos decidirán disecar a la muerta, para lo que se ponen diligentemente a la faena, y fingir que sigue viva. Fingir, en definitiva, que ellos mismos siguen vivos. ¿Dónde está, entonces, la raya entre la vida y la muerte? ¿Hasta dónde hunde sus raíces la vida en la muerte y la muerte en la vida?

Voy a pensar que éstas y otras preguntas son las que, tanto Eusebio Calonge como los tres actores que dan vida a los personajes de la obra, persiguen que nos hagamos para iniciar el recorrido de una reflexión tan inquietante como enriquecedora. Dirigidos por Paco de La Zaranda, el trabajo sobre las tablas de Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Enrique Bustos, es de una profesionalidad y calidad artística dignas de todo elogio; se trata de los mismos tres actores que dieron vida a la obra Futuros difuntos también comentada en este espacio de Lucernarios.

¿Qué más cabe decir? Pues que será un placer esperar para disfrutar del futuro trabajo del grupo gaditano La Zaranda, en el convencimiento de que no nos defraudará. Eso, y animar a quien tenga la oportunidad de ver el espectáculo para que saque su entrada y lo haga; o que si alguien, dentro de esta inmensa red,  la ha visto y quiera hacer su crítica aportando su visión personal sobre la misma, que también lo haga. A fin de cuentas, la opinión de una persona, cuenta; pero cuentan más las de muchas más personas. Lo dicho, y salud.

González Alonso

Poesía, sueño y locura

Muchacha leyendo, de Théodore Roussel.- Editado en ColoresA menudo insisto en que el apelativo de poeta me queda grande, que no es mi piel verdadera, y acostumbro a argumentar que la causa está en la reverencia y respeto que me inspiran los poetas a quienes admiro. Pues bien, hoy, aquí y en vuestra compañía, no estoy tan seguro de que sea ésta toda la verdad si sostengo lo que a continuación expondré, la relación entre la poesía, el sueño y la locura.

Empezaré por constatar que el entender la cosa de la poesía como cosa de locos, o al menos de gente poco convencional y extravagante, es algo conocido y de dominio público que las gentes más sencillas expresan sin tapujos. Hasta el cura de Huergas, don Julián, en el concejo leonés de Gordón, decía reconocer que en algunas circunstancias como las de encontrarse ante la belleza del campo o de las mozas, se salía un poco del lugar y se hacía el loco o el poeta. No hay desprecio o menoscavo de la persona y figura del poeta, pero sí se le atribuyen características poco acostumbradas que lo convierten en personaje raro que dice cosas a veces incomprensibles, otras hermosas y las más de las veces, comprometidas. Las gentes sencillas respetan a los poetas.

Yo he afirmado en alguna ocasión que la poesía tiene que ver con el mundo onírico al utilizar la palabra abriéndola a múltiples significados, evocaciones y sugerencias que conectan con ese mundo, resultando ser un poema, en ocasiones, un sueño del que al despertar encontramos apenas dos o tres imágenes vívidas, las que alcanzaron nuestro inconsciente y removieron nuestros cimientos.

Puede resultar anecdótico, o tal vez no, pero en más de una ocasión me he sentido asombrado escuchando poemas en una conocida emisora de radio, recitados por personas oficialmente locas.

Otro testimonio impresionante es el que nos da el leonés Leopoldo Leopoldo María PaneroMaría Panero, recluído largos años en el manicomio de Mondragón y de cuyas circunstancias actuales lo desconozco todo. Este poeta de la saga de los Panero de Astorga nos dice que su poesía, lejos de ingenua y abismal, no es más que un inmenso truco en el que la locura y la muerte se presentan como dos artificios más de un inmenso poema esteticista. Y es en su texto poético El Golem donde de manera conmovedoramente hermosa nos sugiere a través de la voz que le dice suavemente al Golem: no sueñes; porque, agrega más adelante, cuando anochece y te duermes, se oyen cánticos de iglesia, porque la voz de la iglesia es la voz de la muerte. Dirige su discurso al escritor, al poeta, para ti, que has rozado la última letra; para ti, que has soñado con la última letra y que dedicaste a ella toda tu empresa poética, recordándonos que hay algo peor que el sueño y que la cesación del sueño, y que ese algo peor se llama conciencia.

De este poeta oficialmente loco, sorprende la lucidez de su juicio sobre la poesía, nada en sí misma –dice- sin la lectura en la que no hay que buscar un contenido objetivo. Traslada todo el contenido poético al terreno de la subjetividad, aspecto sobre el que opiné algo parecido en la entrevista que me hizo Alonso de Molina, declarando que el verdadero poema no es fiel a otra realidad lingüística que la rotura del lenguaje por la metáfora y la metonimia, la sinécdoque, la aliteración y la rima. La poesía se parece así al lenguaje coloquial, y es, como aquel, una destrucción del lenguaje, una negación de la gramática. Pese a todo, los versos, la escritura, el poema, son una realidad objetiva dotada de belleza y en la abstracción de esa belleza es donde el poema corre el riesgo de carecer de sentido, en su invención del lenguaje.

El Marqués de Sade afirmó, y lo hizo además en verso, que

todos los hombres son locos; para no serlo
habría que encerrarse y romper el espejo.

Marqués de SadeEl autor de Justine y la Filosofía en el tocador, que si no estuvo loco, lo convirtieron en loco y se pasó la mayor parte de su vida internado en cárceles y manicomios fue quien, tal vez como nadie, nos demuestra con su obra el paso de lo racional a lo mágico.

Manuel Kant, para definir al loco, dice de él que es un sujeto que sueña despierto. Karl Christian Friedrich Krause, masón, filósofo y de gran influencia en el mundo hispanohablante y  Alemania, pionero en reivindicar la igualdad de los derechos entre el  hombre y la mujer, los derechos de los niños, así como los derechos de la naturaleza, se refiere a la locura afirmando que es un sueño dentro de la vigilia de los sentidos. Schopenhauer mantiene que el sueño es una demencia corta, y la demencia un sueño largo.

Luciana Prato, en un texto basado en una interpretación de la película de Jean Claude Lauzon, Leolo, y fragmentos adaptados de una entrevista a Julio Cortázar, nos remite a la vida de los niños y su relación con la realidad, lo material, cotidiano y habitual, y los sueños como generadores de mundos utópicos. Afirma que el primer momento de la construcción de la utopía es el sueño (se refiere al sueño de vigilia, aunque también analiza el sueño onírico);  el segundo momento,  agrega más adelante, es la escritura. La lectura y la escritura conforman así dos experiencias vitales para el soñador. Y el puente para el niño -¿sólo el niño?- entre lo cotidiano, la realidad, y el sueño, la utopía, es la literatura.

El niño sabe que la utopía alimenta la vida, y entre los creadores de la utopía el niño encuentra al poeta, el domador de versos, un Quijote que lucha contra molinos de viento. Por último, y por no resultar exhaustivos, Luciana Prato aborda la relación del sueño y la locura con el convencimiento de que para soñar, utopizar, es necesario cierto aire de locura y considera que el soñador es loco porque una intensa pasión se apodera de su cuerpo y lo transfigura.

Manuel KantComo vamos viendo, sueño y locura van de la mano en las reflexiones de no pocos pensadores. A poco que preguntemos y busquemos, la maraña de teorías y estudios sobre el sueño nos envolverá de manera vertiginosa y nos colocarán al lado de la locura o instalados en la misma locura. Spitta viene a decirnos que el sueño concede al sujeto atormentado por sufrimientos físicos y sensoriales aquello que la realidad le niega, bienestar y dicha. No se trata de convertir al poeta y su oficio en un caso clínico, pero de la atormentada visión del mundo del poeta sabemos algo y de la búsqueda de la felicidad –anhelo compartido por cada ser humano-, también. El asunto está en saber si cada poema es o no la expresión de un sueño y si expresa en su lenguaje encriptado la voz de la locura. El mismo Spitta, encuentra las siguientes semejanzas entre el sueño y la locura:

1.- Se da una supresión o retraso de la autoconciencia.
2.- Existe una percepción modificada de los órganos sensoriales.
3.- Hay un enlace de las representaciones entre sí, exclusivamente conforme a las leyes de asociación y reproducción, formación automática de series y desproporción de las relaciones entre las representaciones como son las exageraciones, la existencias de fantasmas…
4.- Se manifiesta una modificación o perversión de la personalidad y el carácter.

El interés por este tema alcanza también a expertos reunidos en LocuraSeminarios en los que exponen sus conclusiones sobre aspectos como el sueño y la locura en los personajes de la literatura o los procesos psicológicos del sueño en la creación literaria, entre otros.

No estoy muy seguro de que muchas de estas características no se  correspondan con el fenómeno de escribir un poema. Pero tampoco, confieso con franqueza, me importa demasiado. De elegir un mundo de locos, prefiero éste de la poesía al de la violencia, el odio y la guerra… Hoy, estoy más cerca de aceptar el apelativo de poeta.

González Alonso

Artículo publicado en la edición nº 8 de la revista virtual Alaire (septiembre de 2008)

Artículo publicado en la revista en papel nº 16 de Alkaid (Valladolid).- Noviembre de 2012

Ricardo lll, de William Shakespeare, por el Teatro Atalaya

Teatro Barakaldo.- Compañía Teatro Atalaya.

Lleno absoluto. Y la magia del grupo Atalaya. Y, una vez más, el teatro como arma estética y cultural. No hay exageración al afirmar que el elenco andaluz dirigido por Ricardo Iniesta, al margen de los numerosos premios conseguidos, es tal vez el mejor de cuantos pisan los teatros españoles hoy día. La razón de ocupar este lugar de excepción se debe, sin duda, a un trabajo riguroso, serio y concienzudo,  que no renuncia a la investigación para llegar al hecho dramático y expresarse con una voz personal, propia, y un planteamiento coherente en una actuación eficaz que roza la perfección encima de las tablas.  En el caso que nos ocupa, la representación del drama histórico Ricardo III, de William Shakespeare, sobre una obra de Tomás Moro, el esfuerzo previo llevado a cabo por Ricardo Iniesta para desnudar de ornamento el texto original y profundizar de forma inteligente en la interpretación de las claves históricas nos ayuda a extraer la enseñanza encerrada en el mensaje sobre la falta de escrúpulos cuando se trata de conseguir el poder y de los crímenes contra la humanidad llevados a cabo para conseguirlo. Porque la figura del rey Ricardo III, contrahecho, deforme y espantoso, más psicológica y  humananmente  que lo que aparentaba físicamente, sirve de vehículo para denunciar el fenómeno actual, aunque disfrazado con otras estrategias, influencias, presiones, crímenes, asesinatos y guerras. La lógica del guerrero que representa Ricardo III es la misma de quienes se escudan en los gobiernos actuales en sus ambiciones de dominio económico, político y militar.

El tema, como he mencionado, de la lucha por el poder a través de las intrigas, la muerte y los asesinatos, se pone en escena con los recursos dramáticos adecuados mediante una escenografía ideada por Joaquín Galán en la que el elemento simbólico de la muerte se representa en las lanzas desplegadas sobre cada espacio en el que se va desarrollando la trama: la Corte, el salón real, la cárcel, el campo de batalla, el castillo o las alcobas. A veces son tronos, otras mesas, olas, espejos en los que se reflejan la crueldad o la desesperación, espadas o lanzas que, finalmente, se abatirán sobre el tirano en una escena final apoteósica.

Pero si la obra finaliza así, acompañada de la música de Mikel Laboa en un doble homenaje al cantante fallecido y a todas las víctimas de las tiranías, no resulta menos impactante el comienzo, cuando se  nos muestra la vida en la Corte, las intrigas, recelos, alianzas, amores, pactos y traiciones, en unos pasos de danza esperpénticos de los personajes, moviéndose, encontrándose, buscándose o huyéndose por las estancias palaciegas y reales. La iluminación de Alejandro Conesa  es otro recurso, un personaje más,  perfectamente imbricado en el montaje que llena el espacio de acción y tensión dramática, apoyada siempre en el trabajo musical de Emilio Morales.

No desdeña el grupo Atalaya el uso de recursos dramáticos expresivos como el teatro de sombras o el teatro balinés, y con un esmerado trabajo de expresión corporal, entre el comienzo y el final de la obra no dejan los actores y actrices que decaiga el ritmo y la tensión en ningún momento. A  la dificultad de reducir la obra a 90 minutos de representación de las probables 4 horas que llevaría la interpretación de la original, hay que añadir el problema de adaptar los versos yámbicos utilizados por W.Shakespeare, al español. La naturalidad de este tipo de verso en lengua inglesa y la fuerza fonética del mismo, encuentra difícil acomodo en nuestro idioma. El resultado de este esfuerzo se ha traducido en un texto magníficamente inteligible en la dicción perfecta de los intérpretes sin perder la fuerza expresiva original ni el ritmo acentual.

Pero todo este trabajo de equipo sería baladí sin los actores y actrices sobre el escenario. A la cabeza del reparto que hace posible esta explosión de arte en escena figura el actor Jerónimo Arenal. De su actuación, de su trabajo esmerado sobre el personaje del rey Ricardo III, de quien disecciona hasta el último gesto o pensamiento, sólo cabe el más rendido reconocimiento. No sólo hace creíble la figura del tirano, sino que nos transmite el temor y hace sentir el verdadero horror de sus crímenes. No me cuesta alabar y aplaudir su trabajo de ayer como tuve la ocasión y el placer de aplaudir su anterior trabajo en Ariadna, en un papel más corto pero no menos importante dando forma y vida al dios Dionisios, de lo que dejé constancia en su momento en esta bitácora.

Al placer de aplaudir la tarea del elenco del Teatro Atalaya y la de Jerónimo Arenal a su cabeza, me cabe el de haber tenido la ocasión de saludarle y estrechar su mano al final de la representación para hacerle llegar una pequeña parte del entusiasmo que él nos regala sobre las tablas, en forma de admiración.

Podría continuar escribiendo sobre obra y actores más y mejor si fuera crítico teatral, pero -todavía con la emoción reciente del espectáculo de ayer tarde- será mejor invitar a quien tenga la paciencia de leer hasta aquí a experimentar el teatro en estado puro acudiendo a la próxima representación de este Ricardo III de W. Shakespeare en la creación del grupo Atalaya, porque -y concluyo- William Shakespeare más el Teatro Atalaya es un fórmula explosiva que no deja indiferente a nadie.

González Alonso

Navidad 2010

Ramo leonés de navidad.

La felicitación de estas fiestas viene acompañada de la ocasión de un villancico compuesto por Víctor F. Mallada con el que colaboré poniéndole letra. Yo digo que es un villancico gordonés, dado que tanto Víctor F. Mallada como el que escribe compartimos en La Pola de Gordón (León) años de infancia y juventud, así que algo o mucho de aquella memoria y raíces pienso que habrá en la composición que se completa con un vídeo con motivos navideños en los que no faltan las referencias a nuestra tierra, tales como el ramo leonés de navidad, las pinturas románicas de S.Isidoro con el tema de los pastores o las fotografías sobre La Pola de Gordón aportadas por el amigo Eloy José.

No creo que hubiera podido encontrar un motivo mejor para este deseo de felicidad y salud que este sencillo villancico que aquí os dejo y con el que renuevo todos y cada uno de los deseos que para todos dejé en la felicitación navideña de 2009. Espero  que os guste y que se vean cumplidos  vuestros mejores sueños.

Podéis pinchar en el siguiente enlace para escuchar el villancico ¡YA LLEGÓ LA NAVIDAD!:

http://www.youtube.com/watch?v=m9QJubRFIEQ&feature=recentlik

Salud.

Julio G. Alonso

NOTA.- También podéis seguir este villancico y encontrar la tablatura con los acordes de guitarra en la página musical de Víctor F. Mallada:

¡YA LLEGÓ LA NAVIDAD! Víctor F. Mallada

APUNTES SOBRE LA ESTROFA Y EL POEMA

Es pronto aún para decirlo y dependerá, en gran medida, de la suerte y la ocasión de estos nuevos poetas. Pero es posible que estemos asistiendo al nacimiento de las estrofas del siglo XXI. Y de la poesía del siglo XXI.

Sería conveniente superar la estructura del verso libre e inventar nuevas estrofas para el tiempo que nos ha tocado vivir y la manera concreta de tratar los temas eternos de la poesía.

González Alonso

Reseña del artículo La estrofa y el poema. Apuntes para las estrofas del siglo XXI

La estrofa y el poema. Apuntes para las estrofas del siglo XXI

Como hay una ciencia para todo, la Poética viene a ser aquélla que se ocupa del lenguaje poético y, según el DRAE, de los principios y reglas de la poesía, tanto en su forma como en su esencia.

Me temo que la Poética es la ciencia que menos conocen los poetas, que se mueven por los mundos del Parnaso distinguiendo a duras penas la poesía llamada lírica, la más practicada universalmente sobre todo en el tema amoroso, de la poesía épica o la dramática. Echad un vistazo a cualquier foro de poesía y podréis comprobar cómo el mundo del subjetivismo desde el que se expresan con mayor o menor calor los sentimientos, arrasa en aportaciones de trabajos. Los textos más objetivos sobre temas históricos, contar hechos o hazañas, propios de la épica, son apenas inexistentes. Y algo semejante ocurre con la poesía dramática en la que el subjetivismo y la objetividad se complementan cuando el autor entra a formar parte de la historia o se esconde tras los personajes.

Pero esta introducción es solamente un pretexto para entrar a pensar cómo se escribe actualmente y por qué se hace así. Cuando digo el modo de escribir actualmente me estoy refiriendo nada menos que al espacio de todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI; el periodo más largo de la Historia de la Literatura en el que una forma de escribir, un estilo, ha pervivido y todo parece indicar que irá para largo. Porque, básicamente, puliendo los aspectos más circunstanciales de los estilos que acostumbran a agruparse por corrientes, escuelas o modas de una manera más o menos artificial, la poesía que se escribe a lo largo de toda la centuria anterior y casi la década de ésta, es en verso libre. El verso libre es, normalmente, el refugio del sinfín de poetas que tienen la sana costumbre de caer en la tentación de escribir y que, en ocasiones, lo hacen francamente bien y con una eficacia loable, sin caer en la cuenta de que es el estilo más difícil de practicar y de conseguir hacerlo bien, se entiende. Porque, contrariamente a lo que se acostumbra a pensar, escribir verso libre no es escribir ni cualquier cosa ni de cualquier manera con tal de trazar renglones de diferente longitud a modo de versos.

La dificultad mayor del verso libre radica en que, abandonando el uso de las estrofas con métrica, el poema se sostiene con el ritmo interno y las pausas de lectura que el autor nos marque con una musicalidad muy afinada; es decir, que el poeta escribe música sin pentagrama ni notaciones musicales, pero el poema tiene que sonar y sonar bien arropando o siendo soporte de los sentimientos y emociones que el mismo poeta pretende transmitir. Porque -como he dicho en otras ocasiones y lugares- el arte más próximo a la poesía es la música. Diría más, aseguraría que la poesía nace de la música y que el verso, la unidad fija menor de un poema, procede directamente de la música tomando forma con las pausas, la acentuación, la rima y la medida de las sílabas.

Merece la pena detenerse un poco en este aspecto que considero relevante. Si somos observadores, caeremos fácilmente en la cuenta de que cada lengua o idioma tiene sus propias características referentes a la entonación y el sentido del ritmo; por tanto, cada lengua genera sus propios sistemas de versificación. Pero las lenguas, como cuerpos vivos del lenguaje, evolucionan y encuentran en cada época histórica un tipo de uso y expresión adecuados a la comunicación de la realidad histórica, cultural y el desarrollo económico de ese periodo. La evolución en el campo de las artes, empezando por la música, es evidente y va sujeta a los cambios sociales mencionados. Por eso, cada época ha encontrado su manera concreta de expresarse en poesía a través de las diferentes estrofas, conjuntos de versos de número variable, que constituyen el orden inferior al poema. Y por eso, también, las mismas estrofas exportadas de un idioma a otro, han tenido que ajustarse a las peculiaridades de cada lengua en cuanto a acentuación, medida y entonación. Baste recordar los intentos primeros de la adecuación del soneto a la lengua española del Marqués de Santillana (S. XV) hechos al itálico modo hasta su consolidación en el siglo XVI gracias a los trabajos de Boscán y el apoyo de Garcilaso de la Vega.

Monjas rapsodasLa traslación de la música a la lectura en la poesía, que nace siendo cantada y acompañada por instrumentos como la lira, se concreta en la medida y entonación del verso, y éste dentro de la unidad superior de la estrofa. Así, desde el s.XII se usa la redondilla en las coplas populares tradicionales; la cuarteta, que nace en el s.XVI, se extenderá hasta el Barroco donde el mismo Lope de Vega la aconseja y la usa para los diálogos de amor en el teatro, entre otras funciones. En el Romanticismo se hará una adaptación de la cuarteta, pasando a ser asonantada o tirana, utilizada con carácter popular. Los siglos XI y XII dan origen a las seguidillas; estrofas utilizadas en poesía popular y culta, como es el caso de Federico García Lorca que la rescata, o de Manuel Machado, en pleno siglo XX. El siglo XVI es el siglo del cuarteto y el serventesio que en el siglo XIX recuperará de nuevo el Romanticismo.

Una de las creaciones más antiguas y singulares en lengua española fueron los cuartetos de alejandrinos monorrimos que se practicaron en el Mester de Clerecía y que el Modernismo y la Generación del 27 actualizarán con la estructura A-B-A-B. De los textos cultos del Mester de Clerecía, generalmente latinos y de posible influencia francesa, cabe destacar por su significación tanto literaria como histórica el Libro de Alexandre, del leonés Juan Lorenzo de Astorga (s. XIII-XIV). La estrofa más frecuente era el conocido tetrástrofo monorrimo o cuaderna vía en versos alejandrinos de catorce sílabas. La importancia capital de esta literatura y del Libro de Alexandre es que constituyen la cuna de las lenguas romances.

En el siglo XVII se consolida el soneto, se introduce la décima o espinela muy adecuada para la lírica y el teatro y Miguel de Cervantes nos regala el ovillejo, muy apropiado, también, para el género dramático.

Ya en los siglos XIX y XX se usa la seguidilla compuesta, prosperará el verso suelto apoyado en versos blancos que se venía utilizando desde el Renacimiento, sobre todo para la traducción de poemas de otras lenguas, y se desarrollará la estrofa denominada silva para, finalmente, llegar a las estrofas del verso libre.

Volveré a insistir en la dificultad de este tipo de escritura llamada verso libre, dificultad ignorada por poetas novatos y por los poetas vagos que piensan equivocadamente que es más complicado escribir sonetos, liras, manriqueñas, ovillejos o cualquiera de las estrofas conocidas. No es así. Las estrofas clásicas –al igual que las estrofas de verso libre- desarrollan con naturalidad una estructura de pensamiento poético. Las estrofas se adaptan mejor a una clase de temas u otros; las de pie quebrado parecen más adecuadas para temas como el paso del tiempo o la muerte, las décimas o espinelas para la poesía lírica, pero también para la poesía reflexiva, la octava real se adecua bastante bien a la poesía épica y la bucólica, así como los tercetos modernistas sirven a las disertaciones, las elegías o las epístolas. ¿Y las estrofas de verso libre? Pues la respuesta es que se pueden adaptar y se intentan adaptar a cualquier tipo de tema; ¿pero cómo, de qué manera? Pues de manera intuitiva alargando los versos o usando los serventesios en los temas épicos o dramáticos y acortándolos cuando el poema se hace lírico, con el tema del amor dominando la mayor parte de las creaciones. El poema de estrofas de verso libre busca la adaptación al tema y la finalidad de la creación alterando el ritmo o adecuándolo con recursos como la repetición de significados, ideas y esquemas sintácticos, apoyándose en las pausas naturales de la lectura y en las palabras escogidas que aporten sonoridad y brillo al tema. El oficio del poeta radica en el desarrollo de un finísimo sentido del ritmo asociado a la carga emocional que intenta transmitir. Eso, insisto, es muy complicado de conseguir. Así que, generalmente, se recurre a buscar frases aparentemente brillantes e inteligentes, a escribir versos sueltos al estilo de cadáveres exquisitos en un puro ejercicio caleidoscópico, cayendo también demasiado frecuentemente en el sinsentido, el anacoluto, la vaciedad y la tontería. Un buen poema puede resistir uno o dos versos puramente ornamentales, pero poco más.

Cuadro de mujer leyendo.- Benjamín DomínguezPuede existir un buen poeta escribiendo solamente en verso libre, como puede existir un buen pintor que sólo haga creaciones abstractas. Pero me parece raro. Los pintores que han creado y explorado un estilo pictórico, suelen descollar con mérito en otras facetas de la pintura. Los buenos escritores, aunque consigan su mejor manera de expresarse en una clase de género, suelen ser buenos o al menos más que discretamente buenos en otros campos de la escritura, en general. Por eso, ante unos brochazos emborronando un lienzo o unos versos más o menos incoherentes sobre el papel, nadie puede asegurar estar ante un autor. Hace falta algo más. El escritor del poema único, genial y de antología, es algo más que imposible. Y de existir, ese autor escribirá con corrección una carta a su madre, redactará un artículo o llegará a escribir un relato breve, un cuento o una novela. Si no lo hace, es otro tema. Lo espantoso es comprobar el nivel de escritura general de muchos de los enamorados del verso libre donde parece –craso error- que todo vale y nada es criticable (en la métrica, claro, la cosa es como es, e ineludible su resultado) cuando escriben una simple nota, una cartita o un remedo de relato. El verso libre, saco roto para todo, es como el arte abstracto en la pintura, que parece estar al alcance también de cualquier osado concursante que haya superado un poco el pudor.

La conclusión a la que me siento cada vez más inclinado a llegar es pensar que sería conveniente superar la estructura del verso libre e inventar nuevas estrofas para el tiempo que nos ha tocado vivir y la manera concreta de tratar los temas eternos de la poesía: el amor, la soledad, la muerte, el miedo, la injusticia, la nostalgia, la vida, la alegría, la duda, la fe, el futuro, el conocimiento, la angustia, el vacío, la infancia, el desengaño, la vejez, la esperanza, el paso del tiempo, la amistad y etc. etc., uno por uno o comprendiendo dos o más de ellos en cada trabajo. La vida del poema en estrofas de verso libre se mantiene y será estrofa practicada vigorosamente todavía por mucho tiempo; pero empiezo a observar, de igual modo, cómo algunos poetas parecen inquietarse y buscar estructuras estróficas que tienden a ser más regulares en medida, acentuación y rima; y eso apunta inexorablemente –desde la estrofa de verso libre- al nacimiento de nuevas estrofas, evolucionadas y de contenido más rico y ambicioso. Es pronto aún para decirlo y dependerá, en gran medida, de la suerte y la ocasión de estos nuevos poetas, pero es posible que estemos asistiendo al nacimiento de las estrofas del siglo XXI. Y de la poesía del siglo XXI.

Me referiré, por último, a un testimonio relativamente reciente. Unos años después de publicado este artículo, un poeta cercano, José Manuel Sáiz, laborioso y de escritura diáfana, propuso y desarrolló dos modelos estróficos para escribir «poemas áureos» y «poemas cuánticos». Su descripción y argumentación de la razón de ser de estas estrofas áureas y cuánticas las explica con ejemplos de sus creaciones. Básicamente se trata de hallar un grado de armonía lo más acabado y perfecto posible.

La armonía basada en la proporcionalidad que la misma Naturaleza nos muestra es la llamada áurea; la segunda, denominada cuántica, deriva de la primera y pretende «asemejarse al concepto de dualidad onda-partícula de la física cuántica«.

Partirá José Manuel Sáiz del verso endecasílabo, por su armonía intrínseca, para hallar los demás versos de la estrofa al dividirlo por 1,618 (el número áureo) de manera sucesiva y hallar los versos heptasílabos y tetrasílabos (por aproximación) que sumados entre sí nos darán la unidad superior de once sílabas. Si a la estrofa de versos blancos 4 / 7 / 11 se le agrega un verso más heptasílabo, nos daría como resultado la estructura cuántica: 4 / 7 / 11 / 7.

Para el razonamiento y la argumentación completa puede consultarse el artículo de la revista virtual Alaire: Proporción áurea, física cuántica y poesía, de J. Manuel Sáiz

Y, con todo, a salvo de otras experiencias y propuestas que desconozco, queda dicho. Es de esperar que alguna de estas fórmulas estróficas lleguen a buen puerto y sean utilizadas. Serán, si ocurre, el exponente de las estrofas del siglo XXI.

Julio González Alonso

Artículo publicado en el número 2 de la revista en papel Alaire (Illes Balears) el 2 de marzo de 2009

Aniversario.- Primer año de Lucernarios.

Ventanal de una iglesia de Ibiza

En el día de la fecha hace  un año que estos lucernarios se abrieron a la luz de la poesía. El camino recorrido  ha sido muy grato en la compañía de cuantos, por una u otra razón, os asomasteis a estas páginas a echar un vistazo o a leer algo y de cuantos se quedaron un poco más y me regalaron con sus comentarios. A todos, sinceramente, gracias. 

Los propósitos iniciales que dejé en el escrito Brújula siguen pareciéndome buenos propósitos a un año vista, por cuanto nada más puedo decir sino que intentaré ir profundizando en ellos y ofrecer, desde mi particular modo de ver y entender el mundo, lo mejor que pueda y sepa.

Espero poder seguir disfrutando del privilegio de vuestra compañía. Con un abrazo.

Salud.

Final de partida.- Samuel Beckett (Teatro Arriaga.-Bilbao.- Producción Teatro de La Abadía)

Ha resultado una ocasión gozosa el volver a encontrarse con Fin de partida, de Samuel Beckett, en los escenarios. Por varias razones; la primera, por la calidad de un texto que, escrito en torno a 1957, sigue ofreciéndonos en 2010 motivos más que suficientes de reflexión sobre la naturaleza humana y su destino; pero también porque S.Beckett y el teatro del absurdo representaron para el que escribe un encuentro temprano despertando una pasión que, reconozco, me acompañará toda la vida. En la mítica década de los 60 -en la que todo ocurrió- y en los años de instituto en el Padre Isla de León, un profesor de Filosofía del que solamente recuerdo su nombre, don Lucio, como le llamábamos los estudiantes, supo ganarse el respeto de un grupo al que dirigió, descubriéndonos a todos este mundo del teatro con puestas en escena como fue, por ejemplo, Esperando a Godot, otra de las obras imprescindibles del dramaturgo irlandés. Su estilo de profesor, con aquellas gafas enormes y aspecto más bien desaliñado, sonriente y despistado, me hace evocar desde Sócrates a Marcuse, Heidegger, Camus o Sarte y toda la intelectualidad europea de la época que era, fundamentalmente, francesa. Él nos contagió a no pocos el gusanillo de las tablas y nos ayudó a entender el teatro como medio de expresión y de conocimiento. Pero hay otras razones, entre las que no puedo dejar de contar la de que en La Pola de Gordón (León), también formamos un pequeño elenco teatral con actuaciones veraniegas y en una de ellas fue representada la pieza Final de partida con anécdotas, incluso, con la guardia civil por medio, aunque es cuestión que no hace el caso explicar aquí.

La actuación promocionada por el Teatro de la Abadía, con la dirección del polaco Krystian Lupa, del pasado 23 de octubre en el Teatro Arriaga de Bilbao, tuvo la virtud de remover en mí las emociones que creía olvidadas, pero que solamente dormían, y reelaborar la crítica de un mundo que en el bien entrado ya siglo XXI, galopa sin sentido hacia un retroceso ético y moral que castigará aún más la percepción que tenemos sobre nosotros mismos y que nos aproxima también más a ese final del juego o partida que S.Beckett descarnó sobre los escenarios a mediados del siglo XX.

Pero he de decir también que, en mi modesta opinión, la representación dirigida por K.Lupa adoleció de vigor, incapaz de transmitir la angustia del mal, la soledad, la imposibilidad de comunicarse eficazmente con los demás, de la ternura y la poesía agónica contenida en el trabajo de Samuel Beckett. Apoyándose en elementos sensoriales de luz, humo y sonidos, el director de este Fin de partida pretendió envolvernos en la atmósfera axfisiante del texto, relegando éste a un mero recitado, más bien murmullo, ayudado de micrófonos, que se hacía en no pocas ocasiones ininteligible, plano, aburrido, incoherente con la acción que la trama dramática exigía. No creo que les haya pasado por alto el hecho de los tibios aplausos, más fieles y respetuosos con S.Beckett que de reconocimiento del trabajo allí presentado, ni el abandono de la sala de no pocos espectadores antes de acabar la representación.

Dicho lo anterior, ¿qué añadir?. Tal vez subrayar, una vez más, la tremenda vigencia del teatro del absurdo de S.Beckett en una obra abierta al posible análisis desde numerosos puntos de vista. En el escenario, si miramos con un enfoque psicológico, tenemos al «yo» encarnado en el personaje de Hamm que será el  «yo» universal, ciego e imposibilitado en una silla de ruedas, como una catástrofe que nace de los primeros miedos de nuestra infancia y que nos aboca a la soledad y el sufrimiento, causa del mal. Recluídos en sendos cubos de basura estarán los padres, los progenitores que nos forzaron a adoptar su humanidad en nombre de la cultura, sin que la entendiéramos cabalmente. Esta comunicación deficiente, frustrada, y la imposición, harán que los niños que fuimos paguemos con odio nuestra frustración y fracaso, y que los niños nos devuelvan a su vez -cuando ocupamos el rol de progenitores- la misma violencia. Es curioso, pues no existen precedentes en el mundo animal de un odio tal de los hijos hacia sus progenitores ni de estos hacia sus hijos, por lo que es plausible encontrar su explicación en el caso humano si lo entendemos en relación a la Cultura.

Hamm, el personaje ciego y que se incapacita a sí mismo para andar (lo hará al final del juego, ya definitivamente solo) interactúa de una manera mecánica y autoritaria con Clov, su sirviente. Ninguno de ellos puede escapar a la situación creada, y cuando intentan un gesto de comprensión, de afecto, fracasan una y otra vez. No hay salida posible en un mundo arruinado y destruido. La cuestión es que ese es el único mundo posible, sin que sea -por contra- el mundo deseado y pretendido. Por eso se sigue y se persiste en la búsqueda de los culpables, y de ahí su deseo de ofrecer a los culpables el odio, aunque -y esa será la mínima y única expresión de esperanza- seguramente lo que se desea ofrecer es amor.

Ironía, cinismo, brutalidad, pesimismo y otras cualidades de parecido pelo podemos atribuir a la obra de S.Beckett, pero igualmente la lucidez en la desesperanza. Resultan demoledoras las situaciones que se plantean a lo largo de la obra y de las que traeré a colación, por ejemplo, la que nos ofrece Hamm cuando le comunica a Clov que ha dormido mal, que tal vez había soñado -o no- que en el pecho se había visto una gran mancha o quizás un hueco. Clov le pregunta: ¿y te viste el corazón?, a lo que Hamm responde: no, era algo vivo:

HAMM: La rutina. No se sabe jamás. (Pausa.) Anoche me vi el pecho. Tenía una pupa grande. CLOV: Te viste el corazón. HAMM: No, era algo vivo. (Pausa. Con angustia.) ¡Clov!

O también el pasaje en el que Clov le recrimina a Hamm su pasado, acusándolo de una crueldad que Hamm niega; entonces le recuerda cómo a una mujer le negó aceite para su lámpara. Cuando Hamm, cínicamente, le quita importancia a este hecho, Clov le espeta: pero murió de obscuridad:

Clov(duramente): Cuando la tía Pegg te pedía aceite para su lámpara y tú la mandabas al infierno, sabías lo que pasaba en ese momento, ¿no? (Pausa.) ¿Sabes de qué murió la tía Pegg? De oscuridad.  HAMM(débilmente): No tenía. CLOV(lo mismo): ¡Sí, tenías!

En conclusión, admirable y siempre aprovechable la oportunidad de enfrentar el teatro del Nobel de Literatura de 1969 en un examen duro de conciencia para preguntarnos qué queda al final de la partida, si hay horizonte o ya no, si queda vida o solamente la nada, si cabe la esperanza en algún rincón de la existencia humana y el sinnúmero de cuantas preguntas se os agolpen angustiosas en el corazón y que podéis agregar, si así lo queréis, aquí.

Salud.

González Alonso

Una relación pornográfica.- (Philippe Blasband) dirigida por Manuel González Gil.

Teatro Campos.- Bilbao. Una relación pornográfica.- Pastora Vega y Juan Ribó.

Teatro Campos.- Bilbao

Lo mejor del argumento de esta pieza teatral se puede encontrar en la desinhibición de la mujer a la hora de enfrentar sus necesidades de relación y sexuales, tomando la iniciativa y explorando todas sus posibilidades. El papel del hombre se reduce, ya que no a ser simple comparsa, a seguir las pautas marcadas por la mujer.

La dificultad o dificultades para mantener un tipo de relación sexual aséptica, desprovista de implicaciones afectivas (recuerda muy mucho a El último tango en París), harán acto de presencia cuando afloran los sentimientos y surge el enamoramiento. La pareja se encuentra ante el dilema de continuar, renunciando a esa explosión de afectividad que los embarga, o dejar que la relación evolucione hacia una forma de relación, digamos, convencional. Conscientes de que ya no pueden aparentar que nada les ha cambiado, enfrentan el compromiso de iniciar una vida juntos, pero el miedo a ese compromiso desde el convencimiento íntimo de que toda relación de pareja está abocada al fracaso les hace renunciar para vivir del recuerdo, embellecerlo y rememorarlo en las sesiones de psicoanálisis en las que se desenvuelve la acción. El psicoanalista, con voz en off, les irá guiando por todo el recorrido de su experiencia.

La obra teatral se basa en un guión de Philipe Blasband sobre el que se hizo la película Une liason pornographique (1999) de notable éxito en Francia. La puesta en escena en el renovado Teatro Campos de Bilbao no pasa de discreta, incluso aburrida. Las razones hay que buscarlas en la naturaleza del texto y el tratamiento de unos diálogos tan absolutamente previsibles como monótonos. Sólo salvan el resultado final, digno, la valiosa interpretación de Pastora Vega y Juan Ribó. Pero no basta. El trabajo de dirección de Manuel González Gil no arriesga nada, ni ofrece aristas nuevas, propuestas estéticas o de planteamiento conceptual al tema. La obra se desenvuelve con timidez a caballo de la comedia que invita más a la sonrisa que a la risa y el drama, pero sin ahondar en la fractura humana, abandonada al conformismo. No es una obra valiente. El tema está abordado desde la perspectiva y el pudor de una sociedad pequeño-burguesa. No escandaliza, aunque no sea requisito de una obra de teatro el escandalizar; pero tampoco remueve las conciencias e invita al conformismo, lo que -evidentemente- no amenaza para nada la vida de la pequeña burguesía, siendo complaciente con los hábitos morales establecidos.

La pulcritud de la interpretación, con sus aciertos en el uso de los recursos dramáticos, no consigue impedir un resultado global deficiente. El teatro, previsiblemente, se llenará en las sesiones de Bilbao, pero más debido al «tirón» de los actores que a la bondaz de la pieza teatral; lo que me lleva a la amarga reflexión de que el público elige los espectáculos por razones muchas veces ajenas al teatro. Cualquiera de las obras que esta temporada se han representado en el Teatro Barakaldo y de las que he dado cuenta en esta bitácora, han resultado ser insuperablemente mejores, pero en muchas ocasiones -salvo excepciones- no había más de media entrada. Esa es la realidad. Pero, puestos a hablar, también  hay que tener en cuenta el precio del Teatro Campos para esta sesión, de 29 euros, contra las entradas del Teatro Barakaldo, entre 11 euros (para los Amigos del Teatro) y los 15 euros. Eso también cuenta.

Al menos, como consuelo, he de decir que la velada resultó agradable disfrutando de un Teatro Campos totalmente renovado, confortable y de una acústica muy buena, en el que se han respetado los elementos arquitectónicos originales. Construido en 1902, es de estilo art noveau. La fachada fue diseñada por Jean Baptiste Darroquy, con aplicaciones cerámicas de Daniel Zuloaga. La reconstrucción costó 26 millones de euros cofinanciados por el Ayuntamiento de Bilbao y la SGAE.

González Alonso