Verano en dos tiempos

Verano en dos tiempos

Las muchachas paseaban su piernas
al aire
y los pájaros
cantan.

Las muchachas mostraban sus pechos
desnudos
en la playa
y los peces nadan la alegría
de las aguas.

Las muchachas sonreían en los parques
del verano
y se posa, tímida, una mariposa
en la rama.

Revolotean los pájaros el aire,
los peces huyen esquivos
por las aguas quebradas,
descansa la mariposa
extendidas
sus alas

y una sonrisa
feliz
me acompañaba.

González Alonso

 

A veces

A veces la alegría que hay en tu alma
envuelve en soledad de cautiverio
el amor ya perdido, la imposible
caricia, la emoción, beso en la boca
que consumen las llamas del recuerdo.

A veces te presentas entre sombras
como la noche entrando por mis ojos
y sobrecoges con tu imagen viva
las láminas aladas de los sueños.

A veces vienes sin aviso previo
por la puerta trasera del olvido
alborotando miedos y emociones
con tu presencia sola y silenciosa.

A veces, sin embargo, sólo temo
abrir los ojos y al llegar el alba
no verte más; maldigo luego el día
y la luz que te borra y te acaricia
y celosa te esconde
y que te abraza.

González Alonso

Blackbird, de David Harrower

blackbird-1Blackbird, de David Harrower

Dirección: Carlota Ferrer
Traducción: José Manuel Mora
Intérpretes: Irene Escolar y José Luis Torrijo

Teatro Barakaldo, 21 de abril de 2018

Los hechos: un hombre de 40 años sucumbe ante la seducción de una niña de 12 años; una niña de 12 años se enamora de un hombre de 40 años y en el torbellino del amor se materializa el encuentro sexual. Después, la denuncia, el juicio y la prisión para el hombre. Después, la confusión, el dolor, los sentimientos de culpa, la presión social y el sentimiento de abandono de la niña.

No existió violación, pero sí abuso de menores. A estas alturas, algo hay meridianamente claro, el amor del adulto y el amor de la niña son verdadero amor, pero en distinto plano. No hay igualdad. Y en ese contexto es el adulto que debe controlar la situación desde su madurez y hacer el esfuerzo de comprender el amor de la niña desde su inmadurez y falta de experiencia. El adulto es responsable de unos actos y unas prácticas para las que no está preparada psicológicamente la niña, en un momento crítico de su desarrollo y que pueden comprometer seriamente la formación de su personalidad. Y consecuentemente, la sociedad, de la que emanan las leyes y forma de hacer justicia, castiga esa conducta.

El caso es que, ahondando en las causas y atendiendo a los resultados, surgen dudas y preguntas que, en el contexto del amor, no tienen respuestas o nos ofrecen explicaciones insatisfactorias. Si ese hombre y esa niña hubieran continuado sus relaciones libremente consentidas y aceptadas, ¿qué habría pasado? ¿La personalidad de la niña hubiera resultado tan dañada como resultó serlo tras haberse hecho justicia? ¿Habría madurado y abandonado al hombre al encontrar más adelante otras relaciones entre iguales? ¿Habría soportado el hombre el posible abandono de la niña ya hecha mujer? ¿Habría sabido amarla, protegiéndola y respetando su evolución?

De situaciones similares disponemos de ejemplos en diferentes épocas, incluida la actual, y diferentes culturas. Niñas entregadas en matrimonio a hombres mayores, por no mencionar los casos aún más denigrantes de su venta y prostitución. Y nos estamos refiriendo a situaciones bien diferentes en lo esencial al tema planteado, en las que el abuso se produce en contextos inhumanos de coacción y violencia.

Nuestra sociedad ha percibido un peligro en estas conductas. Y se han dictado leyes. Se trata de proteger al más débil, en este caso la niña, y castigar la conducta impropia del adulto, calificada como delictiva.

El asunto es que, aunque socialmente parece darse ejemplo y un aviso claro para navegantes, nos topamos con que, en realidad, no se resuelve el problema, no se recompone el estado emocional, ni restablece la dignidad, ni promueve una vida más sana y equilibrada para los protagonistas. La niña se hace adulta con un amor enfermizo, angustioso, dependiente y obsesivo; el hombre arrastrará su confusión y miedo, su sentimiento de culpa, su amor reprimido, tratando de rehacer su vida, organizar una familia, conseguir estabilidad económica y granjearse la aceptación social.

Pero los sentimientos profundos, irracionales, laten en las almas de ambos y sus vidas son frágiles, barcos de vela abandonados a las aguas de un océano inabarcable, conviviendo con problemas no resueltos que exigen soluciones en el encuentro de muchos años más tarde, sedientos de explicaciones, asustados, tremendamente heridos y maltratados. Huir parece una solución tentadora, ¿pero cómo hacerlo arrastrando ese lastre profundo en sus bodegas? Quisieran desposeerse de tanta carga, pero adivinan que les acompañará ya toda la vida.

La obra, llena de matices y bellas metáforas, no nos regala respuestas ni hace juicios de valor. Cada espectador, pienso, buscará las suyas. El caso es que ese pájaro negro del pasado seguirá sobrevolando la vida de estas personas posiblemente para siempre.

¿Qué decir –más allá- de la dirección de Carlota Ferrer? ¿Qué comentar de las interpretaciones de Irene Escolar y José Luis Torrijo? Pues, sinceramente, que han conseguido hacer algo realmente de excepción, muy difícil, muy artístico, sin concesiones ni guiños gratuitos en un planteamiento exigente, muy bien arropado con el diseño escenográfico, de iluminación y del espacio sonoro. Nada que objetar y sí agradecer el recurso a la imagen cinematográfica tanto en el inicio de la sesión como al final de la misma aportando un matiz actual y trayéndonos la situación hasta la butaca del teatro, envolviéndonos en las imágenes amplificadas.

Nada, como digo, que objetar y sí mucho que agradecer y aplaudir en una tarde de teatro con menor afluencia de la deseada y merecida -¡ay, el fútbol y la tentación callejera del buen tiempo!-, pero con todo el reconocimiento de todo el público a un trabajo que nos devuelve la dignidad como espectadores tratándonos como adultos libres, sin monsergas, juicios morales o moralejas. Más aplausos.

González Alonso

Nota:

«Blackbird» es una canción de los Beatles compuesta por Paul McCartney y grabada en el album doble blanco en 1968. Paul confiesa que al componerla no había pensado en un pájaro, sino en una mujer negra y como homenaje a cualquier mujer negra en el contexto de las luchas raciales de esos años en Estados Unidos de América. Ha pasado a convertirse en un símbolo representando la muerte con el color negro y la vida mediante el pájaro, la lucha entre la vida y la muerte. Cualquier pájaro negro, mirlo o cuervo, se entiende de este modo como los sucesos traumáticos y penosos de nuestra existencia y la lucha por superarlos.

Último lugar

No hay último lugar para la belleza
ni edad para el amor. Pero el tiempo
se agota en el cauce de los ríos
que corren sin esperanza
secos en sus fuentes.
Y entonces sabes
que se apagan los pulsos de la vida,
como los pétalos abandonan la corola
y suspendidos en la brevedad del aire
se entregan a la tierra.

Otras lluvias harán correr otros ríos caudalosos
y vestirán otras flores con gracia otros reflejos;
la belleza desnuda
el amor desnudo
germinarán bajo otras luces y otros tactos;
tú sabes
que serán las cenizas de la memoria
alimento
de nuevas ilusiones, calor extenuado
como un verano sin sombra.

Y sopla ante tus ojos asombrados
la belleza el aire
y se rinde a su abrazo el amor
y a su sonrisa
el beso.

González Alonso

Amor eterno, de Fernando Labordeta


Fernando Labordeta

Intérpretes: Fernando Labordeta y Dita Ruiz

Teatro Municipal de Carboneras (Almería)
3 de febrero de 2018

El teatro no es grande ni pequeño. Es teatro o no lo es. Cuando los recursos escénicos de luz, sonido y decorados son grandes, el efecto producido es también mayor. Pero no hay recursos capaces de tapar una mala dirección o una desacertada interpretación. Cuando hay menos recursos, el efecto puede parecer menor, pero con una interpretación y dirección acertadas, la magia del teatro aparecerá siempre y contagiará al espectador. Luego, hay que considerar la consistencia del texto.

En el caso de “Amor eterno”, definido por su autor como “tragicomedia”, el texto no es una pieza de excepción, toca uno tras otro todos los tópicos de la vejez y se resuelve en un final poco afortunado que evoca a pieza de W. Shakespeare, “Romeo y Julieta” como remache a ese amor eterno que es el de toda una vida de un matrimonio humilde subsistiendo con una pensión humilde.

Pero si todo lo dicho anteriormente pudiera interpretarse como la falta de interés de esta pieza teatral, debo explicar que no es así. Estamos ante una obra que trata los problemas cotidianos de las personas mayores con humor y ternura; conecta con el público desatando la risa y la sonrisa y moviendo a la comprensión y el respeto de los sentimientos profundos revelados. En este aspecto, el texto fluye con soltura e inteligencia destapando sin amargura pero con la consciencia de la edad nuestra vida íntima, desposeída de disimulos o caretas. Y nos descubre una vida rica, llena de contradicciones en el camino difícil de amar y ser amado.

Esta tragicomedia de Fernando Labordeta que interpreta junto a la actriz Dita Ruiz, toca con acierto el tema de la soledad, la existencia gris y anodina, las lamentaciones, las sevicias de la edad con sus pastillas para todas las dolencias y el océano de los recuerdos en que termina el río de la vida.

Todos podemos identificarnos fácilmente y más o menos según la edad, con esta pareja de jubilados y años para perder la memoria que repite cada día sus rutinas, practican sus manías, viven sus frustraciones, se defienden de sus miedos, se necesitan y se odian, se quieren e incluso se aman evocando los tiempos pasados que siempre fueron mejores.

Así, un buen día, decidirán hacer un viaje a esos tiempos en la aventura de salir de casa para irse a pasar el día en la playa, con su sombrilla, sus bocadillos, la sangría, las pastillas y los recuerdos de los días felices entre los que aparecerán sus hijos jugando con la arena y entre las olas del mar. Por un momento ni su hija ha muerto prematuramente ni su hijo vive alejado de ellos en Alemania y podrán seguir evocando los días de pasión, de excitación sexual, de los sueños con los que dormir o morir, que, a la postre, viene a ser la misma cosa.

Lo dicho, el teatro siempre es teatro y siempre es grande hecho desde la honestidad y la profesionalidad. Y éste, lo es.

González Alonso

Tristana, de Benito Pérez Galdós

Tristana
Benito Pérez Galdós

Teatro Barakaldo, 3 de febrero de 2018

Dirección:  Alberto Castrillo-Ferrer
Adaptación: Eduardo Galán
Intérpretes: Olivia Molina en el papel de Tristana, Diana Palazón en Saturna, José Luis Ferrer es Don Lope y Alejandro Arestegui es Horacio.

La primera impresión al enfrentar este texto de Pérez Galdós adaptado al teatro es que el tiempo, que corre tan deprisa en nuestras vidas, lo hace lentamente en el discurso de la Historia. A fin de cuentas, el personaje de Tristana encarna el paradigma de la lucha de la mujer por la igualdad y conserva la actualidad y la frescura de haber sido escrito tal que ayer mismo. Tan acertado es.

Extrayendo del texto algunas de las palabras expresadas por Tristana nos podemos dar cuenta del valor de ellas en cuanto a la reivindicación de la libertad y la igualdad de las mujeres: “Ya sé que es difícil esto de ser libre… y honrada [  ] Si nos hiciéramos médicos, abogadas, profesoras, siquiera boticarias o escribanas, ya que no ministras y senadoras, vamos, podríamos… Yo quiero vivir, ver mundo [  ] Yo quiero vivir y ser libre [  ] quiero ser algo en el mundo, cultivar un arte, vivir de mí misma”. Tristana aspira a no depender de un hombre para ser honradamente libre, aspira a vivir sola y compartir parte de su tiempo con el hombre al que ame, e incluso reivindica el derecho a darle su apellido a su hijo. Entre los anhelos de la joven sobresale el de acceder a la educación, el estudio y la formación, como armas de liberación.

Todo lo antedicho lo expone Benito Pérez Galdós en su novela Tristana avanzado el siglo XIX y entrado el XX. Este hombre políticamente republicano, literariamente de la talla de Miguel de Cervantes, canario de nacimiento y español universal, alejándose del romanticismo inaugura la novela realista en la que prevalecen la expresividad y la hondura psicológica de sus personajes, adentrándose en las reflexiones sobre el papel y la función de la mujer en la sociedad. Con un estilo directo e impregnado de naturalidad le confiere al texto un tratamiento coloquial en el manejo del lenguaje al estilo cervantino, trabajando los planos culto y popular con maestría.

Pero la afortunada tarde de teatro se debió, además de al autor de Tristana, a la elaborada adaptación para el teatro de Eduardo Galán. Un trabajo dramático excelente muy bien dirigido por Alberto Castrillo-Ferrer que nos ofrece la acción simultánea en dos espacios diferentes y el diálogo entre ellos; así las escenas amorosas de Tristana con el pintor Horacio en la casa de éste y la escena que transcurre en la casa del tutor de Tristana, don Lope, con los reproches y amenazas que profiere sospechando el abandono de su tutelada y el alejamiento afectivo de la misma. Un constante pasar de una escena a otra de la protagonista dando respuesta a uno y a otro, con las dudas, planteamientos y actitudes de la joven en busca de una vida auténtica, libre y de la que sentirse dueña.

El triángulo amoroso entre el viejo tutor don Lope, especie de trasnochado seductor al estilo de don Juan Tenorio y que entiende el honor en su provecho, Tristana y el joven artista que confunde el amor con la pasión y la seducción ante la belleza y la juventud, terminará con el fracaso de los hombres que no entienden las aspiraciones de Tristana de vivir la vida como una experiencia de libertad e igualdad de la mujer con el hombre, aspirando a tener una educación, formación, la capacidad de elegir un trabajo y experimentar el amor fuera de los cánones sociales y las convenciones del matrimonio.

El papel de Saturna resulta ser el contrapeso con su actitud práctica y positiva, en absoluto ajena a la censurable doble moral de don Lope ni al desmayado y aparente amor de Horacio, siempre atenta y preocupada por el bienestar de Tristana, cómplice de sus anhelos y recelosa de los resultados.

Luis Buñuel realizó una película en 1970 en la que introduce un final trágico al plantear la muerte de don Lope, finalmente casado con Tristana tras perder ésta una pierna afectada de cáncer de rodilla y abandonarla el joven Horacio que acabará casándose con otra joven  lejos de Madrid, y hacerlo con la intervención de Tristana que, estando enfermo don Lope, finge llamar por teléfono al médico y deja abierta la ventana en una noche de tormenta y nieve.

La obra de teatro respeta el medio final feliz de Pérez Galdós cerrando la representación con la escena de la boda de Tristana y don Lope en un matrimonio de conveniencia.

El teatro siempre es oportuno. Si, además, el texto proviene de un gran escritor como Benito Pérez Galdós y la adaptación, dirección e interpretación nos llega del excelente hacer del grupo de personas precitadas, más las que no hemos citado y que cuidan los aspectos de la música, luminotecnia, vestuario, coreografías, etc. el éxito está asegurado y como espectadores sólo nos queda levantarnos del asiento, aplaudir, agradecer y dar por muy bien empleados los 15 o 20 euros de la entrada.

González Alonso

La puerta de al lado

La puerta de al lado
Fabrice Roger Lacan

Teatro Barakaldo
15 de julio de 2017

Dirección y adaptación.- Sergio Peris Mencheta

Intérpretes.- Silvia Marsó, Pablo Chiapella y Tofol Martínez (músico y narrador)

“La puerta de al lado” es una comedia escrita por F.Roger Lacan, nieto del psicoanalista francés Jackes Lacan, adaptada y dirigida por Sergio Peris Mencheta e interpretada por Silvia Marsó, Pablo Chiapella y Tofol Martínez  como músico y narrador. La producción es de Barco Pirata Producciones.

La definición de “comedia” nos remite a una clase de obra dramática, opuesta a la tragedia, que muestra lo ridículo con elementos que divierten y hacen reír, y con final feliz.

Desde Aristófanes al teatro español del XVII y la actualidad, los elementos que definen la comedia permanecen inmutables en la búsqueda de entretenimiento, la exageración de los defectos o  los vicios de los personajes que responden a estereotipos de los que se amplifican y caricaturizan sus conductas, y que pueden tener un tono moralizante o de denuncia social.

¿Qué diferencia, entonces, a una buena comedida griega de una española del Siglo de Oro o de otra actual? Pues, básicamente, el modo de vida de las personas representadas, la complejidad del desarrollo tecnológico de la sociedad y el modo de vida. Lo demás, incluidos los problemas existenciales, vitales y de intereses de las sociedades, son –básicamente- los mismos.

Así, tenemos a un F. Roger Lacan escribiendo una comedia y encontramos a unos intérpretes representándola por última vez, última ilusión, últimos aplausos, en el Teatro Barakaldo.  Decimos que es una comedia porque entretiene, hace reír de manera saludable y nos ofrece la representación de dos personajes que obedecen a las características mencionadas exigidas para una comedia. Sigue leyendo →

Cita

CITA

Cuchillo, tenedor, cuchara;
cuchara, cuchillo, tenedor;
tenedor, cuchara, cuchillo;
vino en copa, servilleta,
vaso de agua,
camarero, tú
y yo,
huevo frito, arroz con leche,
sopa fría
con jamón; plato hondo,
plato llano, verduritas,
pan, pescado,
carne a la brasa;
tú
y yo, mantel de hilo,
cucharilla, té,
tacita,
café helado, tú
y yo,
azucarillo y la noche,
cita, sueño, velas,
risa; en tu casa
o en la mía, hotel, llaves,
baile, música,
labio, beso, amor, caricia,
sábanas limpias,
tú
y yo.

González Alonso

Lo que el amor propone

LO QUE EL AMOR PROPONE

Ver sonreír tus labios de cereza
y un sueño azul volar entre tus ojos;
amor frutal temblando en labios rojos,
mirada limpia llena de pureza.

Siento el peso del tiempo con largueza
en el alma, la vida y sus despojos;
cada día mayores los enojos
y mayor cada día la tristeza.

La risa de tus labios me hace preso
de lo mejor de mis pasados años
vividos del amor con embeleso;

ya sé que no podré salir ileso
si ignoro la verdad con los engaños
que arden y se consumen en un beso.

Tal vez sea por eso
que cerrando los ojos se dispone
aquello que el amor así propone.

González Alonso

Peces pequeños

Peces pequeños. Agua de agosto
clara.
El sendero de un año y otro año
en nuestras sandalias desgastadas
que llegan al borde del arroyo
y se paran.

Y miramos los peces en el agua.

Te dije –somos los pequeños,
los más pequeños de todos esos
peces-. Y nos besamos.

Vamos cada año y nos asomamos temerosos
para ver si estamos todavía
o se nos han comido los más grandes
de aquellos peces.

Es el mismo sendero en el agua clara
de agosto,
la misma sombra
de los altos chopos;
pero sólo he llegado yo con mis sandalias desgastadas
al borde de sus espejos
de verano.

Peces pequeños. Podíamos reír, tirar una piedra
y asustarlos,
besarnos
y sentir la verde hierba herida en nuestros juegos,
cuerpo a cuerpo,
peces pequeños, besos, hierba fresca
en los prados.

Ahora sólo un pez pequeño
nada en las ondas de la soledad del agua
en el claro verano.

Y me he parado a contemplar su tristeza;
su tristeza y la verde hierba
fresca
y el próximo año tal vez
agua de agosto
clara,

peces pequeños.

González Alonso