En los huesos

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Llevo en los huesos aire y  frío de infancia,
lo sé; a veces asoma a la memoria
en fotografías congeladas que la nieve reposa
con blancura y silencio, como si el pueblo fuera
luz helada suspendida en el aire; el aire, el aire…
y el frío de la infancia; sí,
lo sé bien. Entonces dejo la brisa entre  los ojos
e impunes las miradas se colman de escarchas
y de agua.

Los ríos, adelante, son rumor quebradizo de hielos en las márgenes,
corriente  oscura y pesada que rueda sobre piedras.
Llevo escrito en los huesos una niñez de inviernos
como negrillos alzados en ramas deshojadas
y es por eso que el alma se retira y  ausenta
y se recoge
en  silencio.

Nadie puede luchar contra un amor tan grande.
Nadie debe ignorar la memoria de sus huesos
y cerrar los párpados dejando que el aliento
bese  el aire sin una sonrisa; acaso
en espiral de sueños el tacto de la nieve

sólo

en la piel del tiempo.

 

 

González Alonso

No podré, no podrás

 

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Podrá el tiempo traerte otros amores
y poner en tus labios otros besos,
la vida regalarte de sucesos
y en tu boca dejar dulces sabores.

Sabrá el tiempo borrar los sinsabores
de mi vivir sin ti los sueños, esos
que guardo del olvido siempre ilesos
como al olvido di con los rencores.

No podrás, sin embargo, contra el alma
ni contra la memoria de los años
dejar de recordarme cada día.

Ni podré aunque lo intente hallar la calma
negando con orgullo y con engaños
el amor que por ti sólo sentía.

González Alonso

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Ella se soltó el amor

Ella
se soltó el amor
y la melena cayó sobre su espalda;
el pelo golpeaba el bronce de la piel
y repicaba caricias más allá de su cintura
en  el leve movimiento sensual de las caderas.

Su mano izquierda acarició
el calor estremecido de su seno derecho; su mano derecha
alcanza
la tersa suavidad en el camino del pubis; así en la dura
redondez,  sus nalgas se aprestaron
al dulce embate
y Venus se derramó copiosa de venturas
en su hueco palpitante.

Lasciva, una sonrisa recorre su desvanecido cuerpo
y se hace en los labios voluptuoso beso,
ameno galanteo entre las manos,
suspiro que aún jadea en el aliento,
deliciosa ensoñación en los ojos aún cerrados
que florece en las palabras,
los propósitos
y  libertinos pensamientos.

Una vez más accede hasta sus pechos el lúbrico deseo
para inundarse de placer en el combate
y rendirse al empuje de la entrega
sin tregua
y condiciones.

Ella
se soltó la melena
y el amor cayó sobre su espalda.

González Alonso

Frutal

 

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Cerezas en tu boca, fresa
en tus labios, en tus ojos
luz de miel
y castañas. Amor frutal.
Naranjas tus pechos, granada
abierta
tu sexo, melocotón
la piel
al suave tacto.

Acunas besos en tu boca, caricias
de palabras por tus labios;
sueños en los ojos. Amor
sensual. Tus senos
al encuentro de mis manos, como
flor de azahar estremecida
el jadeo excitado de tu aliento
y ese temblor que corre por tu espalda,
el calor entre tus piernas, el deseo
por tu vientre
alas de mariposas
revolo
te
ando.

González Alonso

El burro de Sancho Panza

El burro de Sancho Panza

Fuiste burro discreto en la aventura
del discreto escudero Sancho Panza,
enemigo de halago y alabanza,
sin punto de cobarde ni bravura.

Fuiste en su justo medio la cordura
como en su justo medio la templanza
al tiempo que en la punta de la lanza
ponía don Quijote su locura.

Supiste andar perdido los caminos
y aparecer de nuevo ante el lloroso
y feliz Sancho Panza sin reproche.

Ejemplo ya serás de los pollinos,
asno fiel que con paso silencioso
pones a la novela digno broche.

González Alonso

Publicado en ÍnsuLa CerBantaria, Poesía cervantina: El burro de Sancho Panza

La pastora Marcela

La pastora Marcela

Marcela de hermosura seductora
que así tu voluntad celosa guardas
y en alto monte y en las tierras pardas
te recluyes por mor de ser pastora.

¿Qué pretenden de ti tan a deshora?
¿Por qué cargar de culpas las albardas
y querer que en el fuego de amor ardas
todo aquél que te admira y que te adora?

Si a ninguno engañaste con promesas
y alejada de todos vives libre
para a la soledad dar tu belleza,

¿Por qué hacerse a seguir tales empresas
de exigir sin razón que tu alma vibre
sólo porque han perdido la cabeza?

González Alonso

* Don Quijote de la Mancha (Novela pastoril de Grisóstomo y Marcela, I,12,13 y 14)

Publicado en ÍnsuLa CerBantaria: La pastora Marcela

Tres rosas de otoño

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Pasó la primavera, y el verano
al otoño se rinde sin sorpresa
cuando el rosal que está sobre mi mesa
con hojas verdes se vistió lozano.

Pude admirar después en su liviano
florecer, las tres rosas; la que besa
con su color la altura; la que expresa
su timidez al roce de mi mano

y la tercera rosa con los dones
en llama de amor viva del deseo
del rojo terciopelo de sus pétalos.

Cuando el otoño venga con los años,
en el rosal reseco de la vida
verás crecer los últimos regalos.

González Alonso

Expediente 5 de junio

Expediente 5 de junio
A Sinda Alonso, mi madre

Ella decidió tramitar hoy el expediente de la muerte;
ochenta y seis años y unos meses
de contrato con la vida,
una guerra civil, marido y cinco hijos,
muerto el cuarto a las pocas semanas de parido,
mucha agua del río corriendo entre las manos
y la ropa tendida a las orillas,
sopas de ajo y patatas al calor de la chapa y los fogones,
paseos de domingo
con ropa de domingo,
misas de doce al mediodía,
turrón de Navidad y villancicos
y en raras ocasiones una película en el cine,
cohetes en las eras,
verbenas del pueblo por las fiestas
y pasodobles en la hierba de la noche
cuando aún la juventud ardía en los carbones
del amor;
horas desde el balcón
viendo pasar la gente.

Ahora que la cabeza le va y le viene sin rumbo
y sin sentido
y ya conoce sólo
los nombres propios e íntimos de los sentimientos,
las verdaderas personas que viven en su alma,
¿para qué saber de quienes andan en su torno
si ellos son mejores en sus mejores recuerdos
y tienen allí por siempre sus nombres verdaderos?

Qué dios puede querer esta luz en los ojos
cuando el cansancio es tan grande y el trámite está hecho;
ochenta y seis y meses, cubierta la hipoteca,
la ropa bien planchada, en orden los afectos.

Así y con una sonrisa firmó su finiquito;
la llamaron los suyos
y a ellos fue;
feliz como la niña que corre a los abrazos

y fue en paz
el último suspiro,

del postrer aliento
el último anhelo.

González Alonso