Berlín

Puente aéreo de Berlín. 1945.Berlín, tras la caída del muro..Sobrevolando Berlín.

Luna llena de julio blanca; el cielo de Berlín,
biblioteca de Pérgamo, puerta a la cultura
del universo,
Atenea mira desde lo alto.

La ciudad se desviste sin recato en las estatuas de piedra
desnudas de color, sólo esencia de la belleza,
sólo emoción y pensamiento, tacto de la vista,
seda del agua, terciopelo verde en la hondura
de sus bosques.

He visto, Berlín, tus largas estelas ajardinadas,
lápidas pétreas de nombres y de lágrimas
y angelotes tocando las trompetas,
frisos reflejados en el cauce del Spree,
sediento río de cultura en el beso de los pilares
de los museos.

Sobrevuelan Berlín picos de acero, alas poderosas
de aviones
con su carga de lenguas extranjeras, bocas
para las sonrisas, ojos para el asombro.
Con blandura de paz se posan en tus calles,
con su aliento perfuman el aire de tus plazas.

He visto, Berlín, he sentido tus musculosos brazos sosteniendo el mundo;
los jóvenes soñaban orillas los estanques, el espíritu más libre
ardía en los teatros. Sonaba la sinfonía del amor de tus gentes
con sus manos borrando el estigma de la vergüenza,
los pasos sobre las cenizas, vidrio y acero
en vertical futuro
a los abrazos cayendo de los aviones mansamente
a la alegría.

Julio González Alonso

Elogio del vino

 Peter Paul Rubens: Ceres, Venus, Cupido y Baco (1612/1613)

El vino siembra poesía en los corazones.
Dante Alighieri

En aromas te envuelves y en sarmientos
te naces de la tierra dando el fruto
en uvas con su negro y fiel tributo
que acarician las aguas y los vientos.

Y es de todos los bellos nacimientos
que nos dan, que celebro y que disfruto,
el vino en sol forjado el oro bruto
merecedor de justos cumplimientos.

Porque si en verdes parras atesora
agua, tierra, la luz, fruto y memoria,
su alma es fuerza y pasión que el hombre adora.

No cabe así otra cosa en tal historia
que dar fe de la vida siempre y ahora,
celebrando el regalo de esta gloria.

González Alonso

El vino. Cuando el dios Baco pasea por La Mancha de la mano del Quijote

Sancho Panza y su mujer Teresa ante una barrica de vino.

Si don Quijote salió a las del alba Campos de Montiel adelante en busca de gigantes y follones a los que enfrentar sus armas y se topó con molinos harineros de viento, ovejas y cuerdas de forzados, ¿cómo no tropezarse con el vino, que hace junto al queso una de las glorias mayores de la extensa Mancha y de la gastronomía española de entonces y de ahora?

Sería grave error, ya que no pecado -y no venial ni disculpable-, hacer alusión a la gastronomía sin hacer parada en los caldos manchegos que alegran y dan chispa a las mejores mesas. Y no es baladí la mención, cuando podemos comprobar cómo a lo largo del Quijote el vino aparece en unas 74 ocasiones, casi a partes iguales entre las dos entregas que componen la obra de Cervantes en las tres salidas de Alonso Quijano el Bueno del lugar no declarado por no recordado o no querido recordar, que así sería cosa de que por siglos los distintos pueblos manchegos se disputaran el origen del que dio en llamarse Don Quijote, nombre que tomará de su propio apellido, Quijano, convertido en Quixote, lo que venía a ser una pieza de la armadura que protegía el muslo de los caballeros, andantes o no.

Las situaciones en las que podemos encontrar a lo largo de la novela el descubrimiento de Baco, son muy diversas: entre los pastores, en bodas como las de Camacho, en bálsamos como el de Fierabrás (I.-cap. XVII) en el que el vino sirve de uso medicinal, pues después de ser apaleado y malherido Don Quijote por aquel moro encantado, él mismo cura milagrosamente sus heridas mezclando vino con un poco de aceite, sal y romero. Cervantes conocía, tal vez por su experiencia militar, que las infecciones en las heridas abiertas procedían del exterior, por lo que era preciso lavarlas con vino (cap. XXXIV) para evitar que se emponzoñaran.

La afición y devoción de Sancho por el vino quedan sobradamente documentadas a lo largo de la obra cervantina; ya en la primera aventura de los molinos de viento sabemos que Sancho caminaba muy despacio sobre su jumento, y de cuando en cuando empinaba la bota con tanto gusto que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga. Más adelante, en el encuentro con los cabreros, Sancho callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo el segundo zaque que, porque se enfriase el vino, le tenía colgado de un alcornoque.

Una ocasión memorable en la cual se pone de manifiesto el conocimiento que sobre los diferentes vinos demuestra poseer Sancho es la que le proporciona el encuentro con otro escudero llamado el del Bosque (II, cap.XIII), quien declara traer fiambreras y esta bota colgada del arzón de la silla, por sí o por no, y es tan devota mía y quiérola tanto, que pocos ratos se pasan sin que la dé mil besos y abrazos. Sancho Panza, que escucha estas razones con natural interés, así como el del Bosque le pasó la bota  se la puso en las manos y empinándola, puesta en la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y en acabando de beber dejó caer la cabeza a un lado, y dando un gran suspiro dijo: -¡Oh hideputa, bellaco, y cómo es católico! averiguando, a continuación, tal y como le explicó al del Bosque, que el vino era de Ciudad Real. Presumía Sancho, sin complejos, de tener tan gran instinto en esto de conocer vinos, que, en dándome a oler cualquiera, acierto patria, el linaje, el sabor y las vueltas que ha de dar…

No es de extrañar por cuanto antecede que Don Quijote, entre los muchos consejos que le dio a Sancho Panza con ocasión de ser nombrado gobernador de la ínsula Barataria, incluyera algunos referidos al vino y el uso recto que del mismo conviene hacer, cuando recomendándole un consumo moderado del mismo, le dice: sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado, ni guarda secreto ni cumple palabra. Sigue leyendo

Naufragio en Alejandría.

Naufragio en las costas de Alejandría.

En las costas de Alejandría rompen las olas que arrastraron tu barco;
se adelgazan las brisas hasta el azul de un recuerdo de velas inflamadas;
suspiran las anémonas en la humedad de las montañas y descienden a lo amargo
de este mar
para hacerse muerte;
y, en las arenas de las playas, sólo el silencio es una huella que abrasa el sol mediterráneo.

Y se repite
que

en las costas de Alejandría rompen olas que arrastraron tu barco
y se adelgazan las brisas hasta el azul de recuerdos de velas inflamadas;
aspiran las anémonas la humedad de las montañas y descienden a lo
amargo
de este mar
hasta el rostro de la muerte
en las arenas de las playas, y sólo el silencio es una huella que abrasa el sol mediterráneo.

¡Ay tristezas que lamieron el borde gastado en las sandalias
al paso de las legiones!; todavía el salitre impregnado en la túnica;
todavía el mar en los ojos como un mapa azul con suaves fronteras de olas.

Ahora miras perplejo al cielo y los dioses no responden; sólo te llega el
soplo
de un aire cálido del sur.
En tu pelo se enredan los olivos de las últimas victorias
conquistadas en los juegos de la lejana Grecia
y te preguntas – asombrado – quiénes fueron los vencidos y quiénes los
vencedores.

En las costas de Alejandría rompen las olas con los restos de un naufragio
y el silencio se adentra en los corazones con salobre amor de algas.
Ya nunca volviste a la soberbia Roma contando las distancias infinitas
del Imperio;
ni los dioses escucharon tus palabras, depositadas en los altares perfumados de los templos. Tuviste el tiempo justo
de los héroes
cuando alcanzaste el fondo de las aguas que surcaban las trirremes,
los ojos muy abiertos
a la claridad que se alejaba hacia el fondo del cielo,
entre las mismas aguas
que llenaron el aliento de tu pecho. La espada
enfundada
y las manos abiertas a la patria de la muerte.

Julio G. Alonso.

Poema publicado en el número 4  de la revista multitemática  Alkaid (segundo trimestre de 2009.-Valladolid) que dirige Pilar Iglesias de la Torre.

Alejandría

A las puertas de Estambul

Estambul (Alex Bass)

No nos dejes a las puertas de Estambul, Bizancio,
la soñada Constantinopla; y acércanos
de la mano de Kavafis
a la ciudad milenaria y su atmósfera abrasada
de versos épicos,
altares perfumados y callejuelas de tiendas
y de historias,
de alcobas de amor en la carne de los jóvenes
que se entregaron sin pudor
a la voluptuosa sensualidad de los cuerpos abrazados,
atónitas las miradas
de los moralistas rigurosos.

Acércanos a las tabernas donde corría el vino
griego de su verbo, Constantino
el alejandrino, el que amó la luz adolescente
y lasciva
de Bizancio,
la inmortal Constantinopla, Estambul
ciudad única y radiante,
la misma que ofreció en ebrios cálices de besos
su sexualidad arrolladora y fecunda
para la poesía de versos inmortales.

Los que quedamos, una vez, a sus puertas,
miramos con envidia en la distancia.

No renunciamos;
ni podemos quejarnos –como se queja el poeta-
de haberla perdido,
pues nunca la tuvimos. Esperamos pacientes. Pero no renunciamos.

No renunciamos nunca
y esperamos, pacientes,

para que quepa, más tarde,
la queja.

González Alonso

El poema A las puertas de Estambul forma parte de la publicación de la Antología de poemas Alaire (enero de 2009)

Si fuese agua

……..Mujer flotando en el agua, de Toni Frissell (1957)-Publicada en Harper's Bazar-Florida.

Si fuese agua
sería el mar; no gota.

Si aire,
el cielo; no viento.

Si luz, el sol
entero

y si arena,
delgada arena; no grano,
no playa,
no desierto.

Mar, cielo, sol, delgada arena
que se prende en tu cuerpo.

Si fuese mar
de tu cuerpo,
cielo, sol, delgada arena;
no gota,
no viento,
no rayo sólo de luz
ni grano de arena
de tu cuerpo

sería
lo que fueses tú, luz en tu mirada,
aire en tu pelo
agua en tu sonrisa
arena en tus besos.

Si fuese agua sería el mar;
no gota.

Si aire, el cielo;
no viento.

González Alonso

Mujer flotando en el agua, de Toni Frisell (1957) girada 180º

Poema publicado en la Antología  «Universos Diversos» presentada en Madrid en septiembre de 2009.
Poema que forma parte del libro «Lucernarios» (Editorial Vitruvio.- Colección Baños del Carmen, 2016)

El habitante.

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Pasajero de los trenes suburbanos
y habitante de todas las calles;
tu mundo
la parada del autobús,
el banco
verde,
la sombra oblicua de las catedrales.
 
Todavía llevas puestos los zapatos
que no se te harán viejos mientras dormís, olvidados,
la noche del barrio gótico hasta el último silencio,
y luego
despertarás
descalzo, como viviste siempre,
en un puerto encalmado de acribillados diques.
 
 Alguna vez supiste lo que buscabas
donde
buscar es un peligro,
la asechanza mortal de la libertad anclada
en el mar que mirabas sin definiciones.
Tal vez por eso ahora te encuentro en las esquinas
con la barba crecida,
fresco todavía entre los ojos el beso de la vida
y creo que es mentira que ha muerto la bohemia.
 
 
 La trampa se ha cerrado. Sí, la ciudad es maldita;
mas, sobre los tejados,
tu canto irracional
encontró los zapatos olvidados  huérfanos
de pies;
¿qué hacen –nos sorprendes- los zapatos  en las azoteas
y en las aceras los pasos?
¿qué hacen –nos respondes- los hombres que se arrastran
hacia ninguna parte
en los pasos que encierran sus zapatos?
 
Julio G. Alonso
 
                       En las aceras....Leopoldo María Panero en un banco de la calle Triana de Gran Canaria
 
 

El poema El habitante fue premiado en la IV Edición de Poesía Virtual Editorial Alaire en 2008 y posteriormente publicado en la Antología de Poemas Alaire en enero de 2009.

Traducido al rumano por Andrei Langa en el cuaderno Oaza de Cuvinte: Boschetarul

Traducido al portugués  por Tania Alegría  y publicado en el cuaderno Um Oasis de Palavras en enero de 2012organizado por Ana Muela Sopeña:  O HABITANTE