Futuros difuntos.(Eusebio Calonge) Compañía La Zaranda.

Futuros difuntos.-La Zaranda

He podido leer numerosos comentarios y críticas sobre esta magnífica pieza teatral; todas han tocado aspectos reseñables de manera inteligente, pero todas han pasado por alto lo más obvio y a la vez sustancial, lo medular de la obra, que es, a mi entender, cómo este trabajo nos mete de bruces en el espinoso asunto de la organización de las relaciones humanas en las sociedades  y en todo aquello que  hace posible y tolerable la convivencia: cómo se articula el poder y quién manda. Ese es el tema y el drama.

Hablar de poder y de mandar puede puerilmente remitirnos a ideas sobre la naturaleza del autoritarismo, de las dictaduras o las autocracias. Nada de eso. Cualquier sociedad moderna, democrática, liberal, progresista, capitalista o comunista, está asentada en una organización del poder y la delegación -de grado o por fuerza- de la autoridad en algunos individuos, ciudadanos y partidos políticos que organizarán la convivencia, mandando. Hasta la más utópica sociedad libertaria no podría serlo sin este requisito para que verdaderamente sea la Anarquía la máxima expresión del orden, como expresó Eliseo Reclús. Incluso para el orden, reclamará Proudhon la máxima dignidad e importancia al afirmar que  la libertad no es la hija, sino la madre del orden. Conviene, al efecto, no juzgar de forma maniquea estos conceptos de orden, libertad, mandar y poder.

El texto de Eusebio Calonge nos remite a un país en el que hasta ese momento la convivencia estaba organizada por un dictador que ejercía una autoridad sin escrúpulos y en el  vacío de poder que sobreviene tras su muerte. El mundo de los locos y el manicomio como institución serán los materiales con los que construir este discurso áspero sobre el poder. Tal vez por la plasticidad que brindan, el dramatismo consecuente a la duda que sobre lo verdadero y lo falso representa la conciencia del loco; también porque tememos la palabra del loco, de quien se asegura que dice la verdad desnuda de lo que ve, liberado de las trabas racionales y el temor a las consecuencias por lo que dice, de las que no pueden escapar los cuerdos, o porque -sea como sea- vivimos al dictado de las opiniones que se nos imponen desde los medios del poder constituido: gobiernos, partidos políticos, organizaciones no gubernamentales, radio, televisión, prensa, la red o internet, etc. Parece que pensamos y opinamos, pero no deja de ser algo ilusorio, de tal modo que podemos reconocernos sin demasiados ascos en un verdadero mundo de locos en el que vamos haciendo lo que se nos va dictando.

Ocurre, no obstante, que si en una sociedad, un país, el gobierno del mismo duda de que manda, entre los mandados se extenderá inexorablemente la incertidumbre  de que realmente mande, y se abrirá una brecha en la confianza, creciendo la duda sobre las opiniones de quienes mandan y su validez o necesidad de aceptarlas.

Tengamos en cuenta  que mandar es, sobre todo, sustentar una opinión y cargar o poner en manos de alguien algo que hacer (1) Se trata, siguiendo a Ortega y Gasset, de disponer de un sistema de opiniones, ideas, preferencias, opiniones y propósitos, desde los que mandar.

En la obra Futuros Difuntos se produce la desaparición del director de la institución. En el manicomio no hay nadie que mande (2) y ocurre lo que también Ortega y Gasset describe que ocurriría en cualquier escuela de la que desaparece el maestro; los alumnos, viéndose y sintiéndose libres de nadie que les mande, se expresarán a su gusto, dejarán sus trabajos, se entregarán -en fin- a la cabriola, que es -justamente- lo que les ocurre en un primer momento a los locos de la obra de E. Calonge. Pero pasado un tiempo, sin nada que hacer, surgirá el aburrimiento, el vacío, el desconcierto, y ya nada funcionará. Los locos desempolvarán sus antiguos trajes, rememorarán sus historias más antiguas, se preguntarán quién les va a dar de comer, quién les va a dirigir, incluso acariciarán la idea de ser dueños de su propio destino, y cuando se entregan a ello, volverán a repetir los mismos errores, erigirán tiranos, harán revoluciones, pasarán por la guillotina a otros autócratas, intentarán democracias y ensayarán guerras que finalmente les conducirán a la autodestrucción y la muerte en la lucha por el poder.

El pesimismo de esta obra no es más que un grito desgarrador llamando a la conciencia colectiva a estar alerta sobre lo que significa el poder, la libertad y la organización en libertad de ese poder. Resulta clara y dramáticamente reconocible la historia de España en todo el discurso teatral, con un manejo de la ironía que roza el sarcasmo en ocasiones, con una interpretación desgarradora, esperpéntica al más puro estilo de Valle Inclán, en ocasiones instalada en el teatro del absurdo o sin salir de sus espacios, según se mire. Pero si la realidad española ha servido y hecho los mimbres de la creación literaria, su mensaje no deja de ser universal -de ahí la grandeza de este texto- y cualquier pueblo, nación o país, puede reconocerse en él y aprender de él.

Cómo no mencionar, sería imperdonable, el trabajo de los tres actores que recrean este mundo de locos visto con tanta lucidez desde la obra teatral de Eusebio Calonge. Estos actores,  Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Enrique Bustos, son merecedores de todo el reconocimiento y los aplausos a los que renunciaron en la representación del Teatro Barakaldo (Vizcaya) el pasado día 9, dejándonos ir, abandonar la sala, con unas lúgubres campanadas de fondo. Genial. Creo que hay trabajos a los que engrandece la interpretación. Este es el caso de la puesta en escena por el grupo teatral La Zaranda (Cádiz). En una entrega total, sin dejar decaer ni un instante el ritmo, atrapan al espectador, lo zarandean y sacuden y lo ponen frente a cada situación y cada encrucijada, ayudándonos a encontrar la clave y la solución a la desolación de la muerte y la destrucción, que es ayudarnos a encontrar una opinión propia sobre la que sustentar nuestra cabeza y el funcionamiento de la maquinaria de nuestra sociedad. O de lo contrario, sí seremos los futuros difuntos.

González Alonso

(1) Mandar es dar quehacer a las gentes, meterlas en su destino, en su quicio: impedir su extravagancia, la cual suele ser vagancia, vida vacía, desolación
(2) El que manda es, sin remisión, cargante [  ] Tal vez cansados de tanto cargarles y que les encarguen, pueden las gentes sentir como una fiesta la ausencia de que manda. Pero la fiesta dura poco y pronto las mismas gentes sentirán su vida en pura disponibilidad, de tal modo que -como ocurre desde hace mucho tiempo con la juventud- de puro sentirse libres, exentos de trabas, se sienten vacíos, porque vivir es tener que hacer algo determinado, es cumplir un encargo, y en la medida en que eludamos poner a algo nuestra existencia, evacuamos nuestra vida.
(Ortega y Gasset: La rebelión de las masas)

El sueño de una noche de verano.- William Shakespeare. Ur Teatroa.

El sueño de una noche de verano.- William Shakespeare. UR TEATROA.- Teatro Barakaldo (Vizcaya)

Ur Teatroa.-El sueño de una noche de verano.- W.Shakespeare.

Reconforta el encuentro con un texto clásico de William Shakespeare en la recreación excepcionalmente imbricada en la realidad social de este siglo XXI, llevada a cabo por la salmantina  Helena Pimienta y puesta en escena con generosidad, frescura, desenfado, profesionalidad, inspiración e innegable acierto –entre otras consideraciones- por la compañía vasca Ur Teatroa. Hay que aplaudir la iniciativa de reestrenar esta pieza teatral 18 años después de su primera representación. Aplaudir y agradecer la oportunidad ofrecida de bucear en el mundo mágico de W.Shakespeare con este Sueño de una noche de verano a quienes nos perdimos la primera ocasión, porque –además de revivir una pieza única- se demuestra la bondad de la adaptación del texto de Helena Pimienta  poniendo de manifiesto la actualidad con que se siguen todas y cada una de sus aportaciones en la lectura contemporánea que del mismo ha llevado a efecto. Lectura que, en clave de cultura española, tendrá vigencia para muchos  años más, no sé si para más de los cuatrocientos que lleva escrito el texto de Shakespeare, pero sí los suficientes para ser reconocida, con todo merecimiento, como  una pieza clásica de nuestro teatro.

¿Y en qué aspectos de esta obra incidió Helena Pimienta  para esta ocasión? En primer lugar, en el lenguaje. Los recitados en verso  de la obra de Shakespeare están trabajados en la escena con una endiablada rapidez,  lo que imprime a la acción un ritmo intenso, pero siempre son perfectamente comprensibles. Nunca el espectador pierde el hilo del argumento enredado en el lenguaje de los recitados. En segundo lugar, en esa combinación del texto clásico con diálogos humorísticos y costumbristas de corte actual, poniendo en escena unos personajes que formarán el cuadro de actores que en la comedia ensayan una obra de teatro para representar en las bodas del Gran Duque e Hipólita, en Atenas. Estos personajes toman la forma de los distintos tipos de personas que con sus diferentes lenguas y modos de expresión culturales representan la diversidad española. Es algo que nos hace muy próxima la problemática de la comedia, ya que todo transcurre en el mundo de los sueños y la magia,  donde ensayan y ponen en escena su obra y así, con este escudo protector, se tocan los tópicos de los encuentros y desencuentros de catalanes, vascos, gallegos, andaluces, o los inmigrantes, reflejados estos en el personaje del polaco. Hay como una visión de España, desenfadada en el planteamiento y desmitificadora de los problemas que nos atribulan, que nos hace, a modo de espejo, visibles a nosotros mismos, reconocibles en nuestro particular modo de relacionarnos y compartir historia y cultura, a la vez que también de manera mágica nos reconcilia con nosotros mismos. Es como si hubiera una obra de teatro dentro de otra obra de teatro.

Pero si tenemos que explicar cuál es el tema de la comedia de W. Shakespeare y de la adaptación llevada a cabo por Helena Pimienta, digamos –sin ambages- que éste es el amor y la expresión de todas sus grandezas y servidumbres. ¿Y en qué estado puede vivirse el amor en su más natural y libre expresión? La respuesta es, en el sueño. En el sueño todo es posible, en oposición a la realidad, donde los convencionalismos y las limitaciones sociales, económicas y culturales, imponen unas formas determinadas de servirse del amor.

William Shakespeare sitúa la acción en la Atenas clásica, presentándonos a una joven que debe aceptar en matrimonio a un hombre al que no ama. La solución será la huida al bosque para reunirse con el hombre de quien verdaderamente está enamorada. Este viaje al bosque desde la ciudad, representa el viaje del mundo real al mundo de la Naturaleza, un mundo gobernado por los instintos y donde caben muchas otras realidades. El mundo del bosque es el mundo de los sueños, donde hacen y deshacen  faunos y hadas inmiscuyéndose en las cosas de los humanos y propiciando situaciones y vivencias inimaginables. Este viaje nos habla de nuestra realidad, descubriéndola más profunda y compleja de lo que imaginamos. Cuando se acaba el sueño e iniciamos el camino de regreso, nos frotamos los ojos recordando –todavía con la emoción latiendo en el pecho- lo que nos hemos atrevido a vivir y esperando, en cierto modo, encontrar parte de ello en la realidad del mundo consciente o, al menos, volver a sumergirnos en un nuevo sueño.

Es lo que produce la visión de esta comedia desarrollada –como he apuntado- con varias tramas argumentales en diferentes estilos y tipos de lenguaje interpretativos que van del estilo realista al poético, pasando por el circense, la danza o la farsa. Los actores y actrices de Ur Teatroa ( seis en total para dar vida a dieciocho personajes) nos llevan y nos traen del mundo real, de la vigilia, al mundo mágico y el sueño, llenándonos el alma de sensaciones agradables, sumergiéndonos en la confusión de los sentidos, los anhelos, los deseos prohíbidos, para posarnos luego, suavemente, de nuevo en la realidad, con la duda de si todo lo vivido fue realmente soñado o si lo soñado fue realmente vivido.

González Alonso

El caballero de Olmedo (Lope de Vega).-Teatro Corsario de Castilla y León.

El Caballero de Olmedo (Lope de Vega) es, en la puesta en escena de la compañía Teatro Corsario de Castilla y León, como un exquisito licor en copa de cristal fino y bien tallado, un trago largo de vida y felicidad. Dicho lo cual, y destacando la admirable interpretación de todo su cuadro escénico, me gustaría dejar también una breve reseña en forma de aplauso para el director, diseñador de vestuario y escenógrafo Fernando Urdiales, por la gestión del espacio escénico con criterios de modernidad sin dejar de hacer creíble y visualizar los espacios históricos en los que se desenvuelve esta tragedia. No quiero olvidar tampoco mencionar las atmósferas creadas por el iluminador Javier Martín del Río,  la concisión y efectismo logrados en el desenvolvimiento de las coreografías de Javier Juárez y la no menos y valiosa aportación musical en la composición y ejecución a la guitarra de Juan Carlos Martín. Y de los que no digo más por mor de no ser muy extenso, sepan de la reconocida labor que, como espectador, les agradezco.

La obra teatral, rescatada por Federico García Lorca en los años 30 del pasado siglo para la compañía La Barraca, se nos presenta con una vigencia asombrosa en la primera recién cumplida década del siglo XXI. El lenguaje nos llega con una claridad meridiana envuelto en los posos de un español del siglo XVII que se estaba haciendo a sí mismo y, aun siendo en verso, cautiva por la belleza de la riqueza expresiva de Lope de Vega; se trata de un lenguaje lleno de sutiles matices de ironía y logros líricos de extremada sensibilidad. A  conseguir llevar a buen puerto todo ello y apreciarlo en su totalidad, contribuye de manera decisiva el formidable elenco de actores de la compañía Teatro Corsario.

El Caballero de Olmedo se sustenta en un hecho real puesto en romance acaecido entre Medina y Olmedo en el que, por razones de celos, un caballero de la ciudad de Medina, auxiliado por un amigo, decide dar muerte a Alonso en el camino de vuelta a Olmedo después de celebrar las fiestas y salir triunfante ante los toros en presencia del rey. Inés, su enamorada, recibe la noticia de su final cuando el mismo rey estaba a punto de concertar el matrimonio de la misma Inés con el asesino de su amado. La precipitada  llegada de Tello, el criado de Alonso, narrando lo sucedido y pidiendo justicia, pone fin al drama.

Federico García Lorca empleará el mismo recurso a la hora de escribir Bodas de sangre, después de recoger el argumento de una noticia de periódico.

Me he referido en dos ocasiones al Caballero de Olmedo calificándolo de tragedia, cuando el mismo Lope de Vega lo definió como tragicomedia; pero, en mi opinión, los elementos trágicos dominan claramente sobre los cómicos que se dan en algunas situaciones de la intervención del criado Tello o la alcahueta Fabia. En este sentido se percibe un claro paralelismo con la tragicomedia de Calixto y Melibea en la Celestina, y es posible que Lope de Vega la intitulara del mismo modo por esta misma razón. El hecho de conocer de antemano el final trágico del protagonista al recitarse al comienzo de la obra la parte del romance que da cuenta del desenlace,  nos sitúa claramente en el marco de la tragedia al estilo clásico.

Como acertadamente se explica en el programa de mano de la función para esta puesta en escena  son, básicamente, tres los ingredientes que configuran la obra: Amor, Muerte y Destino.

El Destino lo va a encarnar el personaje de Fabia, la alcahueta, que pronosticará y anticipará la muerte de Alonso. La Muerte está siempre presente creando una atmósfera en forma de presagio, amenaza, premonición, miedo, en el riesgo de los desafíos, en las luchas con navaja, en la sangre de los toros y, finalmente, en la propia sangre derramada del héroe abatido por los disparos de sus enemigos. El Amor se desenvuelve y expresa con la vehemencia del enamoramiento y la pasión, en pasajes y escenas de un delicado lenguaje en boca de los enamorados Inés y Alonso que nos evoca la talla indiscutible de un William Shakespeare en las mejores e inspiradas escenas de Romeo y Julieta.

Puede decirse mucho más y mejor que lo que hasta aquí dejo dicho sobre el teatro de Lope de Vega y el espectáculo admirable de la compañía Corsario de Castilla y León en la jornada del teatro Barakaldo de Vizcaya; guardo silencio, no obstante, para dejar oir el cariñoso aplauso de un teatro felizmente lleno de gente entregada a la calidad de un texto inmortal y al arte y la profesionalidad de este cuadro escénico al que, a los que no habéis tenido ocasión de ver, os animo a hacerlo en cualquiera de las ocasiones que se os ofrezcan.

González Alonso

Ariadna.- Carlos Iniesta

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Ariadna.-Teatro Atalaya

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Teatro Barakaldo (Vizcaya): Ariadna (Carlos Iniesta).- Grupo Teatral Atalaya.

Merece la pena, por lo justificado, empezar subrayando los notables aciertos de la obra teatral Ariadna, el texto del escritor Carlos Iniesta fallecido en enero de 2008 cuando  estaba trabajando en los ensayos del montaje con la compañía teatral andaluza Atalaya. Y el primero puede ser, sin duda, el que se pueda presumir de la presencia literaria del tema de Ariadna por primera vez en el mundo y, además, en español y en España. El tema nunca fue tratado en las tragedias griegas ni fue objeto de la dramaturgia posterior hasta nuestros días. De hecho, el mito de Ariadna se pierde y multiplica en versiones diferentes, sobre todo en lo que se refiere a su final.

Volviendo a los aciertos del grupo escénico Atalaya en su magnífica puesta en escena, destacaremos sucintamente:

a.- La impecable dicción y trabajo vocal, tanto en los discursos de los actores y actrices, como en las intervenciones de los coros, recurso al estilo del teatro griego, con nada menos que el empleo de seis coros diferentes: el de Afrodita, el coro de las jóvenes vestales que van a ser sacrificadas, el de las mujeres cretenses, el espectacular coro de bacantes, el del laberinto o del Minotauro y un coro universal, ajeno al tiempo.

b.- El estilo interpretativo en forma declamatoria, de una rareza exquisita de matices.

c.- La gestualidad de los personajes y los coros, con unos movimientos evocadores del teatro de danza oriental, de gran belleza y plasticidad y muy eficaces para transmitir las emociones.

c.- La música sobre la que se superponen -a veces interpretando las canciones- las voces de los actores, recogiendo temas populares balcánicos.

d.- La gestión del espacio escénico, un acierto escenográfico de Juan Ruesga, en el que  el mar y el aire son los elementos que sustentan el desarrollo de la tragedia. A tal efecto se dispusieron cuatro grandes mástiles que sujetaban una  vela de barco sobre la que se desenvolvía la acción a diferentes niveles, subiendo y bajando la vela en cada escena.

Si a todo ello añadimos el ritmo imprimido a esta historia tan bien contada como interpretada, en ocasiones endiablado y siempre palpitante, enlazando sin pausas las escenas mediante las ánforas que se van depositando a un lado del escenario, podemos hacernos idea cabal del alto valor plástico y dramático alcanzados.

Otro detalle es la introducción de dos ariadnas; una Ariadna joven en Cnosos y otra adulta en la isla de Naxos, donde Teseo la abandona ante la presión del dios Dionisios.

Yendo a la propuesta dramática de Carlos Iniesta, digamos que tras narrarnos a través del coro la guerra de los cretenses contra Atenas y la imposición a ésta del tributo anual de siete muchachos y  otras tantas jóvenes vírgenes, nos introduce en el primer laberinto de Cnosos, el del Minotauro, de la mano de la heroína Ariadna y de Teseo.

Pero la tragedia de Ariadna está compuesta de otros laberintos; si  primero fue el de la lucha contra el poder terrenal que representaba su padre, el rey Minos, luego será el del amor del héroe ateniense Teseo y más tarde del dios Dionisios, el cual le ofrecerá la inmortalidad a cambio de desposarse con él. Pero el último laberinto será el de su rebeldía contra la sumisión, ya sea del padre, del amor o de la eternidad. Sus ansias de ser libre la llevan a elegir el suicidio en la isla de Naxos, momento en el que con sus últimas palabras comprende la razón de la muerte del toro y el significado de su laberinto, esa misma cárcel de la que huirá al encuentro con su hermano, el Minotauro.

El carácter de tragedia clásica de la que autor e intérpretes han investido el mito de Ariadna, hacen de esta pieza algo realmente precioso y único. La voluptuosidad de las danzas, la crudeza del gesto, la ternura y el ansia de libertad en esa relación entre dioses y humanos, le confieren un halo mágico cautivador. Me gustaría destacar, de entre todo lo bueno, la espectacular interpretación, en el difícil papel de Dionisios, del actor Jerónimo Arenal. Hay que decir y tener en cuenta que la Compañía Atalaya, con rigor y una profesionalidad artística encomiables, puede presumir de grandes aciertos y éxitos, algunos de los cuales tuve ocasión de presenciar y disfrutar también, tales como la obra El público, de Federico García Lorca, en 2005; Medea, la extranjera, de Eurípides, en 2007 o  la Ópera de tres centavos, de Bertolt Brecht, también en 2007.

Con emoción y sincero reconocimiento para con el trabajo de Carlos Iniesta y el del grupo escénico andaluz Atalaya (Premio Nacional de Teatro 2008), dejo estas palabras al viento, los vericuetos, caminos y derroteros de la red o internet. Por si alguien las recoge y le sirven. Por si alguien más se anima a amar el teatro.

González Alonso

La muerte y la doncella.- Ariel Dorfman

La muerte y la doncella.-Ariel Dorfman

En La muerte y la doncella encontramos todo un país metido en una casa. Un país que está iniciando una transición política hacia la democracia tras largos años de dictadura y terror. En el mismo país, la casa, tienen que convivir los asesinos y torturadores con las víctimas de la violencia política, los que la sufrieron directamente y en sus carnes en las cárceles y centros policiales, y los que la padecieron en sus vidas cotidianas, escondidos, excluídos de sus trabajos, amenazados, acallados por el miedo.

En este escenario, Ariel Dorfman nos presenta sobre las tablas a una mujer torturada y violada repetidamente por razones políticas; a su marido, hombre comprometido con la democracia y salido de la clandestinidad para presidir una comisión gubernamental encargada de la investigación de los crímenes de la dictadura y a un hombre del régimen, un torturador que, como médico, participó activamente en la represión política de su país. El conflicto surge cuando la víctima reconoce a su verdugo y decide tomarse la justicia por su mano sometiendo al torturador a un secuestro y obligándole a confesar sus crímenes bajo amenaza de muerte.

El futuro de la transición política está en juego y el marido, en su papel de demócrata, intentará mediar para resolver la situación que raya, en ocasiones, en la locura. Las opciones parecen ser la venganza o la búsqueda de la justicia. Pero la nueva situación no garantiza que el ejercicio de la justicia alcance a los responsables de la dictadura, apelando al olvido y al perdón como premisas para afrontar el futuro. La exigencia de borrón y cuenta nueva dejará a las víctimas sin la reparación de su dignidad y a los culpables, sin castigo.

Estas tres historias sobre el escenario  resumen el drama de pueblos que han pasado por experiencias similares: Chile, país que sirvió de base e inspiración de la pieza teatral, Argentina o España. Y seguramente seguirá siendo, lamentablemente, ejemplo y espejo de otros países aún inmersos en dictaduras a la hora de afrontar sus respectivas transiciones democráticas.

Cabe todo tipo de amargas reflexiones; pero lo que la razón grita es que el olvido y el silencio de la memoria no resuelven el drama sufrido, del mismo modo que pondría en el mismo plano y haría iguales a las víctimas y a los torturadores y asesinos, escogiendo el camino de la venganza, por muy justa que fuera. Por eso, desde el planteamiento de esta obra dramática, el final queda abierto al camino de la reivindicación de la memoria, de la confesión de los culpables y de la acción de la justicia que restituya a las víctimas su dignidad y su humanidad. Y es por esto precisamente que desde entre las voces de La muerte y la doncella se alza el imperativo de denunciar la postura de quienes intentan quitar justificación a la reivindicación de la memoria histórica apuntando hacia el miedo y, lo que es peor, a hacer culpables de la violencia sufrida a las mismas víctimas con argumentos como eso es remover heridas del pasado, o sugiriendo que se trata de un ejercicio de venganza y que todo ello nos llevará a nuevos enfrentamientos, que las víctimas o sus correligionarios también cometieron distintos crímenes y otras ideas similares orientadas a acallar las conciencias e imponer una vida sustentada en el silencio de los crímenes cometidos, ejerciendo para ello una libertad de expresión que esas mismas personas persiguieron sistemáticamente con la tortura y la cárcel.

Al hilo de esta historia, me parece muy oportuno recordar el poema Memoria que dejé anteriormente y que precede a esta crónica. La obra de teatro de Ariel Dorfman, publicada en 1991,  fue llevada al cine en 1994 con el mismo título  por el director Roman Polanski.

El reparto de la obra fue excelente, Emilio Gutiérrez Caba, Luisa Martín y José Sáiz, lo que excluye cualquier comentario sobre su impecable interpretación. Aunque en el terreno formal el montaje de La muerte y la doncella (cuarteto de Franz Schubert que acompañaba con sus notas las torturas y violaciones de la mujer) no aporta ninguna novedad relevante, inscrito en un realismo crudo en donde los efectos plásticos pasan a un lugar secundario para dar más importancia  al texto y la tensión dramática, hay que subrayar, no obstante, el acierto indiscutible de Eduard Costa en la puesta en escena y la dirección de la compañía Saga Producciones. Un Teatro Barakaldo felizmente lleno hasta la bandera en la tarde de un sábado de invierno que nos metió en el cuerpo  otro frío más grande, como es el del horror del hombre contra el hombre y la necesidad de un compromiso firme y sin fisuras a favor de la justicia y la libertad.

González Alonso

Regreso al hogar.- Harold Pinter.

Teatro Español y Centre D’arts Esceniques de Reus
Dirección: Ferran Madico
Traducción: Eduardo Mendoza
Teatro Barakaldo (Vizcaya / Bizkaia)

En medio de una atmósfera familiar angustiosa, oscura y tensa, conformada solamente por hombres, aparecerá la figura de una mujer, vestida con un significativo abrigo blanco, que introducirá un rayo de luz y color en el ambiente gris familiar. La violenta lucha por el poder ejercida hasta entonces parece poder terminar y cambiar hacia unas relaciones de respeto e igualdad y, en ese trance, nos tendrá y hará discurrrir H.Pinter a través de toda su obra. El final, sorprendente y pesimista, nos coloca en el mismo escenario inicial, aunque con un significativo cambio en las relaciones de poder: la mujer ejercerá el control, aparentemente, aunque el grupo -la sociedad- impondrá un alto coste para su ejercicio, el precio de su dignidad y de convertirse en objeto de compraventa. Y es que el poder tienta y corrompe, podríamos concluir.

No es fácil el teatro de H.Pinter, ni siquiera en obras como Regreso al hogar en la que se mueve entre el realismo y el absurdo. No se trata de un teatro de mayorías. Es un teatro incómodo y áspero que exige un cierto esfuerzo intelectual.  Regreso al hogar trata las relaciones humanas con abundantes recursos del teatro del absurdo para subrayar los aspectos de la soledad y la incomunicación en sociedad, manejando los silencios expresivos y las situaciones cotidianas con gran maestría. No se llega en esta obra, tal como sí  lo hará su amigo  Samuel Becket en obras como Esperando a Godot o Final de partida, a profundizar en  la incomunicación absoluta y la soledad metafísica, personal; la angustiosa experiencia de estar solo de sí mismo, siendo nadie ni nada y la consiguiente imposibilidad de la existencia del  diálogo interior como vehículo para mantener una mínima conexión con el mundo.  H.Pinter nos plantea este problema solamente en la esfera de lo social, apuntando a lo que significa el poder y el ejercicio del poder, aspecto tratado en la obra de manera harto realista. En este contexto, lo que es verdad y mentira adquiere un valor relativo y cambiante en función de lo que convenga o no al poder.

La obra Regreso al hogar se inicia, tal y como el autor tuvo ocasión de explicar en su discurso Arte, verdad y política con motivo de la concesión del premio Nóbel en 2005, con una frase corriente : ¡¿Qué has hecho con las tijeras?!  Alguien, obviamente, estaba buscando unas tijeras –nos explica el autor–  y le preguntaba por su paradero a alguien que sospechaba las podía haber robado. Pero de alguna manera sabía yo que a la persona a quien hablaba no le importaban un bledo ni las tijeras ni tampoco la persona que preguntaba.

El discurso del premio Nóbel Harold Pinter (1930-2008) seguirá con un duro alegato contra la política estadounidense en el mundo en general, y en particular la  de la Administración Bush,  con una denuncia sin paliativos de la hipocresía que hace presentarse a este país como paladín de las libertades y la democracia mientras fomenta golpes de estado, impone dictadores o interviene militarmente invadiendo países acusados de ser servidores del mal y, grotescamente, seguido por países como Gran Bretaña, o España, si queremos recordar la implicación del gobierno Aznar en la invasión de Irak,  o manipulando las decisiones de la ONU en beneficio de sus intereses. Para ello se miente, se desinforma o se manipula a las opiniones públicas mundiales de forma cínicamente descarada.  Fuerte crítica que podéis seguir en su discurso, ejemplo de lo que significó la militancia y compromiso político de Harold Pinter, hombre coherente con unos principios que le llevaron a ocupar el puesto incómodo de escritor y hombre que da testimonio de su tiempo. De esta manipulación de lo que es la verdad y lo que es falso, nos habla también -como he dicho- en esta obra puesta en escena y dirigida por Ferran Madico, una traducción estupenda de Eduardo Mendoza y producida por el Teatro Español y el Centre d’Arts Escéniques de Reus. El trabajo de los actores y la actriz del reparto, en la actuación del sábado 28 en el teatro Barakaldo, fue casi perfecta, con una dedicación total y sacándole a la obra un rendimiento encomiable.

González Alonso

Calígula (Albert Camus). Compañía L’Om Imprebís

Calígula

La oportunidad de haber visto la representación de Calígula en el Teatro Barakalado (Vizcaya) por la compañía L’Om Imprebís,  de la que no cabe hacer más que el mayor de los elogios, me ofrece la ocasión de rememorar mi primer contacto con la obra de A.Camus.

Corrían los años 70 en León. Un año antes, actuando y dirigiendo el grupo escénico de la  Escuela de Magisterio, tuve ocasión de participar también en la formación de otro grupo teatral para el que, a la sazón, propuse el nombre inicial de Experimental Grutélipo y que luego continuaría su andadura como Grutélipo (acrónimo de Grupo Teatral Libre Popular). Fue con este grupo con el que, particicipando en el montaje de Los justos,  alcancé a entrar en contacto con la obra del premio Nóbel.

La obra Los justos, en las postrimerías de la dictadura franquista, la leíamos los jóvenes como un alegato contra dicha dictadura y a favor de la subversión y el enfrentamiento al sistema. La identificación con los ideales del grupo terrorista que protagoniza el atentado que terminará violentamente con la vida del Gran Duque Sergio de Rusia, creo que estaba por encima de la crítica al modo de hacer la revolución, de buscar la justicia y la libertad, que con notable acierto expone  A.Camus.  A mí me correspondió  interpretar en esta obra el papel del joven poeta Kaliayev, encargado de arrojar la primera bomba que acabaría con la vida del gran duque, y el que -en un primer intento- no lo hará,  dejando pasar el carruaje,  porque en el mismo viajaban dos niños que lo acompañaban al teatro.

En Calígula, al igual que En Los justos, aparecerá también la figura del poeta que sufre en sus propias carnes, como el resto de los patricios, la crueldad desmedida del emperador al ordenar el asesinato de su padre,  pero que -aún manteniendo una actitud crítica frente al poder y participando en las conspiraciones para terminar con el autócrata- no justifica la eliminación violenta del mismo y conserva un aprecio por el hombre,  odiando al personaje Calígula. Cuando Calígula perece a manos de los patricios conjurados, el poeta estará lejos.

La debilidad de A.Camus por la poesía le hace, al parecer, concederle el estatuto de protagonista en una revolución de corte humanista de la que descarta la violencia,  la injusticia y el crimen como medios para erradicar la misma violencia, conseguir la justicia y abrazar la libertad.

Además de contraponer a la sociedad corrupta, violenta, ambiciosa y egoista,  la imagen del dictador como el de  su propio rostro reflejado en el espejo de todo lo que representa ejercer el poder sin escrúpulos en beneficio propio o en nombre de ideales justicieros,  A.Camus ahonda en todos los sentimientos humanos como motores de la acción,  tales como el odio, el miedo o el amor, y expone cuál es el resultado al que se llega cuando la motivación de los intereses económicos está por encima de los intereses humanos en una sociedad.

Resulta sorprendente la frescura con que se leen estos textos y se ven en escena -sobre todo si vienen servidos por compañías de la talla de L’Om Imprebís-  los trabajos del premio Nóbel francés de origen argelino,  muerto en accidente de tráfico en 1960 cuando contaba 46 años de edad.  Sorprendente y preocupante por su innegable actualidad.  Pero,  aunque superásemos algunas de las contradicciones expuestas en las que vivimos sumergidos, la obra de Albert Camus ofrecerá siempre elementos para la reflexión y la oportunidad de conocernos mejor y hallar el modo de mejorarnos y mejorar la sociedad.  Por eso, al igual que las grandes tragedias del clasicismo, su obra ya es inmortal.

González Alonso