Luces de bohemia
Ramón María del Valle Inclán
Pabellón 6 – Bilbao
28 de enero de 2022
Producción: Pabellón 6 y Teatro Arriaga
Intérpretes: Alfonso Torregrosa (Max Estrella); Ione Irazabal (Latino de Hispalis); Nagore Cenizo-Arroyo; Unai Elizalde Zamakona; Ramón Ibarra; Diana Irazabal; Sandra Martín Gómez; Chema Trujillo; Yeray Vázquez
Dirección: Ramón Barea
Hablar de “Luces de bohemia” y de Valle Inclán, volver a poner de relieve tanto el valor de la pieza teatral como el de su autor, insistir en lo magnífico de esta amplia pasarela de cuadros esperpénticos de la España de 1920 en el espacio de las veinticuatro horas en las que transcurre la acción, perderse en el apasionado elogio y sorpresa renovada del teatro de Valle Inclán, nos privaría de comentar y valorar el trabajo del cuadro escénico, la dirección y el montaje que nos ofrecen esta obra sobre el escenario. Y no sería justo. Porque, por muy buena y consistente que resulte ser una obra de teatro, si la interpretación de la misma no se encuentra a su altura, todo resultará ser un fiasco. Cuando una extraordinaria pieza teatral nos llega de forma convincente y nos descubre sus virtudes es que detrás hay un elenco artístico también extraordinario. Y más extraordinario cuanta mayor dificultad entrañe la puesta en escena.
Concluyamos, sin ambages, afirmando que la puesta en escena de “Luces de bohemia” rayó a notable altura en el
Pabellón 6 de Bilbao. Los matices de los personajes principales, la interpretación del resto de actrices y actores metiéndose en diferentes papeles dándoles con acierto vida a los personajes, el funcionamiento del coro, la acertada coreografía, las luces y el sonido, todo, resultó impecablemente trabajado y puesto al servicio de la mejor interpretación de esta exigente obra.
De la propia pieza teatral sorprende la riqueza y versatilidad de los diálogos, ricos en referencias culturales y alusiones a la situación concreta de ese periodo de la historia de España. Con el paso del tiempo, “Luces de bohemia” gana importancia no sólo como testimonio, sino como radiografía aguda y audaz de nuestra idiosincrasia como españoles. Y aún así, podemos darnos cuenta de que no acaba su valor en los límites históricos y culturales de nuestra geografía, sino que puede ser extrapolada y entendida a nivel europeo y, en muchos aspectos, mundial. Se trata, como suele decirse, de una obra universal. Sigue leyendo
Fake. Trampantojo.
Digo, o repito, que la idea o el conjunto de ideas con que se aborda el desarrollo de la obra para articular su montaje es bueno, interesante, incluso diría que brillante. Digo, repito, que su materialización se empobrece a partir del abuso continuado de los recursos.
LA ZARANDA
Detrás de una bandera ajada y polvorienta, los protagonistas, salidos de sus tumbas, se debaten en un duelo por su propia razón de haber vivido, donde caben las contradicciones, las actitudes encontradas y las traiciones, pero permaneciendo siempre juntos por la obligada necesidad de resistir a un enemigo que nunca aparecerá y que serán –al fin- ellos mismos.
Teatro de títeres.- Sala BBK de Bilbao
Digámoslo también y vaya por delante, la compañía Anita Maravillas no sólo entiende y domina el arte teatral de las marionetas, sino que le aporta un estilo personal y único que se corresponde con una expresión artística en la cual la belleza y la plasticidad del trabajo de títeres se traduce en un lenguaje poético de extremada sensibilidad para contar una historia. Tampoco es ornamental ni gratuito el contenido de esa historia; nos pone ante la realidad del mundo para descubrirnos y señalar los aspectos dolorosos y los obstáculos que impiden la felicidad. Porque no hay posibilidad de ser felices en un mundo injusto basado en la violencia de la explotación y las desigualdades sociales que atentan contra la dignidad de las personas.
Es, lo comentado en el párrafo precedente, la conclusión y el aprendizaje de una persona adulta; ante el mismo espectáculo el público infantil descubrirá otros matices y aprenderá las mismas cosas, pero vistas con otra mirada. Algo no estaba bien en el monte donde había lobos y peligros; algo no estaba bien en la fábrica donde las mujeres que cantaban no se sentían contentas con lo que les pasaba, fue -más o menos- la conclusión de una niña de seis o siete años asistente a la representación.
El beso. Ger Thijs
Se ha definido “El beso” como tragicomedia. Ni tanta tragedia, ni tanta comedia. El encuentro casual de dos personas adultas de edad madura y la posibilidad de enamorarse transita por las indecisiones y las dudas a lo largo del paseo compartido. Enamorarse es superar el pudor y desnudarse para el otro; pero desnudos nos sentimos vulnerables. Cuando esta oportunidad se presenta en un momento ya avanzado de la vida, con la mochila de cada cual bien cargada de experiencias frustraciones, éxitos olvidados por todos menos por uno mismo, ilusiones perdidas, ilusiones buscadas, soledad, heridas abiertas, cicatrices doloridas en sus costurones, esperanzas, sueños… es más difícil apostar por la aventura de iniciar ese largo viaje a algún sitio llamado amor.
Nadie escucha
un mendigo en las calles de Madrid y empieza advirtiéndonos del ruido que nos impide escucharnos unos a otros e incluso llegar a oírnos. Curioso. Porque no sé lo que escribiría hoy Julio Llamazares cuando al ruido de 1995 todavía no le había llegado el estruendo de internet, las redes sociales y los “yutubes”. Miles de millones de horas de gritos, gestos esperpénticos y comportamientos desaforados corren por los ríos revueltos de las aguas virtuales anegando la vida real de las personas y ahogando cualquier amago de conversación y escucha. La soledad es hoy más implacable y dura que nunca en medio de un universo de canales de comunicación y expresión complejo y, a lo que se ve,
rentable. Porque nada se paga mejor que la ilusión de creerte el centro y ombligo del mundo, de que –con el atrevimiento de la ignorancia- expongas opiniones traídas a contrapelo, copiadas, prediques certezas sostenidas en ocurrencias, juzgues y sentencies o te exhibas sin pudor física y moralmente con la pretensión vanidosa de atraer la atención y, por supuesto, la admiración de los millones de vociferantes, agitadores de baja estopa, filósofos de andar por casa, sensibleros empalagosos, políticos de salón o sala de estar, poetas del ripio y el anacoluto junto a otras depravadas y soeces inclinaciones.
arrancar la sorpresa cuando se trata a un autor universalmente reconocido del que se ha escrito tanto y al que se ha representado en tantas ocasiones y realizado innumerables documentales o del que se han hecho numerosas películas. Puede dar la impresión de que ya no queda mucho que decir, que el tema ya está tratado desde todos los puntos de vista y sólo cabe repetirse. Y, no obstante, la sorpresa es singular cuando se advierte en esta obra la capacidad de renovar la visión que tenemos de Federico García Lorca y la España de esa primera mitad del convulso siglo XX en el cual se cosecharon tantas esperanzas como fracasos en los desastres de la guerra en la que perecieron, junto a los muertos y asesinados, los sueños de progreso y libertad junto al futuro de un país sometido a largas décadas de dictadura
Esto es lo que parece haber ocurrido y, en cierto modo, estar ocurriendo con estos documentos sobre los que surgen toda clase de dudas, empezando por las posibles fechas de su datación.

El viaje a ninguna parte
Dejadas aquí las felicitaciones pertinentes al cuadro escénico y todo el equipo técnico por su meritorio trabajo, podemos recapitular sobre el contenido y alcance de la obra que Fernando Fernán Gómez publicara en 1.985 para ser llevada al cine apenas dos años más tarde. Este viaje a ninguna parte nace de la memoria, la experiencia y el amor por el teatro de un cómico, gran actor, escritor y poeta. Lleva en sus palabras la rabia de la reivindicación, la lucha contra el olvido y la fe en una profesión esquiva e inestable, sujeta a todas las inclemencias de los tiempos. Y aquellos tiempos de los que nos habla Fernán Gómez se enmarcan en la postguerra de una España castigada por el hambre y la dictadura que alargaría su oscura sombra de represión por espacio de más de cuarenta años. Si nada era fácil para nadie, menos aún lo fue para aquellos hombres y mujeres, herederos de los cómicos de la legua, que formaban pequeñas compañías familiares y paseaban sus espectáculos por los pueblos, trabajando cuando podían, como podían y siempre mal pagados. El haber conseguido plasmar un retrato realista de tal dureza fue un logro, pero fue un atino mayor hacerlo desde dentro del alma de sus protagonistas en los que palpitaban los sueños y las ilusiones junto a los amores y desamores, fracasos y pequeños éxitos que ardían como la llama temblorosa en el pabilo de una vela siempre a punto de apagarse.
Una ciudad de la España cristiana hace mil años
Sobre el contenido del libro que nos regala Sánchez Albornoz, lo primero que me sale decir es que si algún director de cine quisiera hacer una película, ya tiene el trabajo hecho sólo con seguir sin quitar ni poner nada la pormenorizada exposición del autor. Siendo la obra de un historiador riguroso como lo fue Claudio Sánchez Albornoz; siendo una obra muy fundamentada en la cual cada detalle, nombre, frase, uso o costumbre, encuentra su referencia histórica y documental, es, sin embargo, una obra amena, entretenida y de la cual, por supuesto, se extraen muchos conocimientos y que permite casi ver cómo era la vida cotidiana de nobles y plebeyos en León cuando se constituyó en la capital del reino cristiano más poderoso del siglo X.