Las últimas naranjas del invierno agua fresca en tu boca calendario de abrazos en tus brazos miel caliente en los labios y los besos, ojos del alba.
Sabías que me iría en primavera, que soy nieve en las cumbres corriendo en los arroyos y manando en fuentes de deshielos.
Te dejo, amor, las flores de mi mano tendidas en la falda de los montes de tus senos y un alocado sueño de deseos en la fértil humedad de tus entrañas.
Sabías, ay, y me amaste y dejaste que te amara y a la boca trajimos la lujuria de las últimas naranjas del invierno.
. Transito los recuerdos y hasta ti llego de nuevo tarde, como la vez primera de nuevo envuelto en azoradas palabras, en manos torpes desnudando tu cuerpo. La noche se hace mansedumbre y calma que fluye; tú estás siempre sonriéndome, siempre eres beso siempre horizonte, deseo siempre y la palabra viene y dice por ti y por mí anhelos susurrados en miradas.
La noche nos arropa. Nunca fuimos tan bellos, nunca las estrellas nos envidiaron tanto y se disuelven las horas en el silencio y el mundo a nuestro alcance arcilla en nuestras manos flexible y moldeable. Todo era posible sólo con quererlo; tan grandes nos sentimos, tan fuertes, poderosos.
¡Míra qué miel dulcísima en los panales del tiempo qué noche sin desvelos!
Transito con dignidad un poco antigua, de pose aristocrática, los recuerdos, aquellos que tercos se resisten a abandonar sin duelo el hogar de la memoria y dejo que, como niños, se alboroten un poco, nos lastimen un poco y se vayan, luego, confortados de felicidad, ventura que como ola rompe incesante en la playa de los años, acantilado de la edad, bajel arrumbado a las costas de los sueños y las manos torpes, como entonces, desnudando tu cuerpo como la vez primera y los besos primeros.
Qué delicado tránsito ungido de nostalgia qué preocupada atención por el pasado que vuelve cargado de sentimientos y clara inteligencia.
Ay bendita humildad que en salsa pones
tomate, pan, aceite, la alegría
de ajo y pizca de sal, que es compañía
de este manjar modesto que compones.
Porque si en el calor de los fogones
crecen soberbios platos cada día
sólo el color le basta, yo diría,
para nacer sencillo con sus dones.
Fresco, suave y gentil es en el trato
jugando a seducirnos con su aroma
de armonioso equilibrio en su recato.
Y logrólo sin duda en la redoma
antigua del saber el salmorejo
del que fiel, esta salsa, nombre toma.
González Alonso
Rescato hoy, de entre la serie de sonetos gastronómicos generalmente dedicados a la cocina leonesa, este plato que descubrí hace años en la ciudad de Córdoba y del que me hice aficionado. Se trata de una sopa o salsa -no sabría distinguir bien-, hermana humilde del humilde gazpacho, que se sirve fría. No requiere, por tanto, de fogones ni complicadas y largas maniobras en la cocina; elementos primarios sencillos, naturales, bien aprovechados y ofrecidos con la virtud de su sabor, el aroma, y el color que los acompaña. Espero que disfrutéis del contenido de estos catorce versos que pretenden hacer justicia a un gran plato, uno de tantos, nacidos de la necesidad y la imaginación de gentes acostumbradas a pasar con poco y de lo poco hacer virtud.
Eran con su luz vestidas musgo de la mañana, cuando pasan por delante de tu puerta y se detienen, miran.
Eran del alba picos abiertos de pájaros a la claror del día, olas de brumas rasgadas en los faedos, otoño en abesales de sueños como sangre sujeta a las raíces de los miedos. Ay, qué quietud y qué frío por los hombros; qué sombras por lo oscuro de los ojos, brocales de pozos de oscurecidas aguas.
Eran del alba como del labio el beso y una flor encarnada.
Vienen en sones de campanillas, titilando en plata de cruces y de ramas; así vienen con su canción ya muerta por la boca y los espejos de la madrugada. Eran del alba las calles de León desiertas, silenciosas las pisadas, aire en escarcha en las márgenes del río. Del alba eran, enamoradas.
. Lo cierto es el final, frontera de la vida, momento inevitable que nos espera a todos; toda ambición y fuerza siempre serán orilla de este mar de la muerte. Mientras, nombras las cosas y tu voz las reviste de una otra mirada; son tus palabras fronda de musculosas ramas abrazadas al aire, a la verdad alzadas.
Seguirán, sin embargo, los cielos con estrellas marcando en la distancia las silenciosas noches, las truchas reclamando corrientes de aguas frías, verdeciendo los chopos orilla de los ríos y en vegetal futuro multiplicándose el polen.
Mas es cierto, al final, el pulso detenido, el ojo ya sin lágrima ni luz en la pupila y ese silencio espeso mientras el agua es mares.
Es cierto y, sin embargo, te escribo de caricias, tacto en la piel del tiempo, números, memoria, nombres.
Julio G. Alonso
Poema publicado en el libro de poemas compartido Árido umbral (Editorial Alaire, agosto 2011-ISBN: 978-84-939365-0-1.-Vitoria)
Puedes decir: es cierto, comiste del racimo de la vida, con mansedumbre atado al yugo del amor, viviste; y los días te ungieron con sana complacencia de regaladas horas.
Puedes decir: es cierto, levantada la vista sin temor escrutaste del sedicioso mar todos los horizontes y entretuviste en el tacto las suaves anatomías de los desiertos arenosos y sus dunas, las que naciendo de olas que el navarca surcó en bastimento de años, libres de las sevicias de las crueles tormentas, meciendo están sus siluetas entre dos azules.
Puedes decir: es cierto, la existencia se apura en el tiempo líquido de las clepsidras; las últimas uvas llegan dulcísimas a tu boca, el aire mueve las aspas y en los cedazos la harina promete el pan amasado de mañana, la memoria en la mezcla homogénea de la espiral de los deseos.
Si del correr de la vida nos damos apenas cuenta, ni advertimos su paso como una herida que sin que el cuerpo la sienta recibimos,
aún somos menos conscientes de lo que la vida llena de sentido, y amigos, amor, parientes, damos sin más a la pena del olvido.
Y haciendo de tal manera nada nos será en provecho, de tal suerte que cuanto está a nuestra vera arrojamos en el lecho de la muerte.
Perseguir aplauso y gloria es empresa fatigosa para el alma y en las vueltas de esa noria no encuentras paz provechosa ni la calma.
Y a la postre, ya en la cuenta de todo el tiempo perdido sin remedio, verás que toda tu renta será un corazón partido por su medio.
Huye de la gloria inútil que enreda tu sentimiento de tal modo que todo lo vuelve fútil sin hallar lugar, ni asiento, ni acomodo.
Y en la soledad escucha tu alma hablar con mesura lo que sientes, y abandonado a esta lucha será tu voz cual frescura de las fuentes.
Verás que no cabe gozo mayor, ni mayor sorpresa si riendo hallas el sano alborozo del vino y pan en la mesa compartiendo.
Que al fin lo que más importa de ser feliz no es la fama ni la gloria, sino en esta vida corta amar con quien bien te ama es la historia.
Julio González Alonso
Las coplas de pie quebrado eran conocidas en los siglos XIII y XIV y las usó el Arzipreste de Hita. Presentan varias formas, pero la que se hizo más famosa fue la llamada manriqueña o sextilla manriqueña a partir de las Coplas a la muerte de mi padre, de Jorge Manrique, siendo muy popular esta forma durante el siglo XV. Posteriormente, con diferentes variantes, emplearán este tipo de composición autores como Zorrilla y Espronceda en el Romanticismo, Rubén Darío en el Modernismo o Rafael Alberti en la Generación del 27. Incluso tengo entendido que el cantante y poeta Joaquín Sabina compuso alguna canción con estas estrofas.
Las coplas que traigo aquí son manriqueñas, de rima consonante que siguen la estructura: 8a-8b-4c-8a-8b-4c Ni que decir tiene que os animo a intentar trabajarlas. Se prestan bien para contar historias de carácter moralizante o para temas amorosos o los de carácter reflexivo; su ritmo ágil facilita mucho la lectura y presentan una suave musicalidad.
Multitud
de agujeros vomitando
multitud de enfermos
al asfalto
y multitud de ruidos,
multitudes
de pequeños niños sonrosados.
¿Qué harás cuando seas grande?
– Me haré un vestido de humos
y un anillo de guijarros
del Parque Güell
y un sombrero
del Museo de Picasso.
Me pondré un collar de luces
de las calles de los barrios
y un gran broche con las fuentes
de Montjüic
y haré un gran ramo
de las flores de las Ramblas…
cuando sea grande y grande
de borrachos,
policías
ruidos
y enfermos
y barcos
en las aguas verdinegras
de los muelles de mis años.